jueves, 9 de mayo de 2013

Sobre las nueve historias del libro “Nadie duerme esta noche”



                                                                           Ulises Paniagua
 

Edgar Allan Poe, H.P. Lovecraft, Horacio Quiroga, Stephen King y Richard Matheson, son algunos de los grandes nombres que dominan el panorama literario universal en el género del horror, o del terror, de acuerdo a la literatura propuesta por dichos autores. Después de disfrutar sus historias, tejidas con maestría y con una técnica envidiable; impecable en algunos casos, y propositiva cuando menos en otros, parece que queda poco por decir, por escribir, en cuanto al género referido.               

Sin embargo, el camino de las letras es tan generoso que permite siempre reinventar o reconstruir historias. Nadie duerme esta noche se convirtió en un libro de horror para mí, pero no de un horror que implica el género en el cual pretende proponerse el libro, sino de un verdadero horror hallado en la incertidumbre de pensar que las nueve historias podrían ni siquiera asomar ligeros destellos de temor en los lectores. La comedia y el terror son géneros muy riesgosos. Reír o invocar al miedo es difícil, porque el sentido del humor, y del temor, muchas veces se define de acuerdo a las características culturales y personales del lector o los espectadores.

Hace poco acudí a una charla impartida por Vicente Quirarte, poeta y gran especialista, junto con Alberto Chimal, en el género. Quirarte habló de la idea de escribir historias sobrenaturales como una forma de purificación. Creo que su comentario resulta muy preciso en estos agitados días, en que la violencia ha invadido las propias entrañas de un país en desconcierto. El horror que la tradición literaria pretende continuar, está por encima de esta serie de decapitaciones  y reyertas de sicarios, cuyos móviles principales para cometer tales atrocidades son el dinero, el poder o las drogas. Si bien es cierto que la realidad del mundo es más horrorosa que la propia ficción, también es cierto que este tipo de sucesos estaría más cercano a la nota roja o al periodismo.

La literatura de horror propone seres o situaciones asombrosas, complicadas vueltas de tuerca que estimulan la imaginación y el inconsciente. Y aunque en algunas de estas historias, los asesinos terrenales están presentes, se les ha conferido –tal vez de manera indirecta- una capacidad legendaria, de la que si bien no gozan en la vida real, sí se les otorga dentro de las páginas de un ansioso escritor que pretende capturar las emociones y sensaciones de quien sigue sus líneas. Los espíritus, las venganzas, los hechos inexplicables, también están presentes en este libro, como lo dictan los cánones.

Escribir a medianoche es un ejercicio recomendable. Internarse en los senderos de la locura y lo herético, también puede proponerse de vez en vez, para alimentar la fantasía, y evadir de una manera muy digna esta realidad vulgar e insípida que pretende gobernarnos con un terror sin gloria y sin sentido. Espero que el libro guste, o impacte, o si goza de mejor suerte, logre alcanzar el inconsciente de cada lector, por medio de los recursos explícitos, y los recursos implícitos dentro de cada historia. El horror más penetrante es aquél que no puede explicarse del todo.

Muchas gracias.

Ulises Paniagua

Centro cultural Xavier Villaurrutia, México DF, 2012

miércoles, 8 de mayo de 2013

La carne de las horas


 Un poema de Ulises Paniagua
 
 


A qué suena la pastura de los días

dónde gruñe el amor de una oficina

qué rememora el desplome de una hoja

el desliz de una persiana

la nerviosa exhalación de un pabilo

 

Cómo gravitar un hoyo negro

 

Cuándo besar la saudade

el advenimiento de metáfora

cómo suplir el tacto del crimen

el canto de un ronco mirlo

el brote la sonrisa un mullido vientre

 

Dónde intuir la ventisca del poema

 

A qué saben la privación o la risa

el dócil velo de una tarde con lluvia

la lumínica memoria de quien se ama

un musgoso cantar en parto de rosas

la ofuscación de armonía sobre el piano

 

Dónde alcanzar la densidad de la atmósfera

cuándo descifrar la libertad del oficio

el holograma del abrazo

la huella en el espectro de sol

la calma la antimateria el espíritu

 

Cómo degustar la carne de las horas.

 

Cómo palpar o intuir

la presencia del relámpago

Cuándo alcanzar lo que no se suple

y dónde nominar aquello

que no se toca.




Ulises Paniagua, Derechos Reservados, 2013.



 

 

 

 

 

lunes, 29 de abril de 2013

La Trilogía Cube. Coreografía: Kulbik y Juan Carlos Valls. Poemas de Ulises Paniagua

 
Estimado lector. Si mi atrevimiento no te abruma, comparto contigo una de las más bellas sorpresas en la vida de un oscuro escritor. Un día decidí publicar un poema, en una página vecina, como se tira una botella al mar. Alguien en Barcelona, para ser precisos un magnífico coreógrafo de nombre Kanga (Juan Carlos Valls), lo tomó para integrarlo y desarrollarlo en un proyecto que le venía dando vueltas en la imaginación, como propuesta dancística.
         Así nació Cube, un video que Kanga y su grupo coreográfico Kulbik desarrollaron a manera de trilogía, de manera magistral. Trabajo que valió para el coreógrafo, los bailarines de la compañía y este humilde poeta, el 1er. Lugar en el Concurso Nacional de TV Española, "Tú sí que vales".
       Espero disfruten de los video tanto como un servidor. Y compartan un poco de la alegría que representa, en este azaroso oficio, lanzar una botella al mar. El trabajo coreográfico y su ejecución hablan por sí solos.
 
 

 
The Cube
(Kanga, Kulbik)
 


Ánim
(Kanga, Kulbik)



Voluntad
(Kanga, Kulbik)





La Biblioteca Habitable de Lezama Lima

¿Me habló de un proyecto de biblioteca habitable?
 
 
(Foto extraída del sitio Biblioteca de Kansas City)
 

"Usted saca afuera ahora ese gato desvelado. Es, digamos, un proyecto reiterado de la duermevela. Al enunciarlo, aparece como el influjo irremediable de Borges. Borges adoptó, ahijó, a las bibliotecas, sobre todo las desmesuradas y laberínticas. Si ahora concibo una confortable biblioteca-hogar, parece que no puedo prescindir ni de su tigre de palabras, apresado y escapando siempre. Mi biblioteca imaginada tendría amplios salones iluminados y un mínimo de paredes y muros: sería comunicable y comunicante, de puntal alto y techo de dos aguas. Y además, cómo no, con un número aceptable de ventanas y sillones, pues acostumbro, para dicha de la corpura y la suavidad de los glúteos, permanecer sólo donde haya una ventana y un sillón, una para viajes cortos por la luz y el otro para periplos de más largo alcance. La biblioteca tendría, claro, trozos de cielo  -sería una especie de biblioteca a cielo abierto-, tendría, claro, alguna espléndida luz de mediodía, árboles y pájaros respectivos, luna y puñado de soles tiritando en la oscuridad de un pedazo de noche. Habría olores trasegando, por supuesto: el nocturno y furtivo del jazmín y el diurno de la calandria colgando de sus penachos rosados. Y perfumes bien condimentados de frijoles negros, por ejemplo, de quimbombó, por ejemplo, de plátanos maduros o verdes a puñetazos. Y algunas otras golosinas de carne. Y café en el ambiente. De ninguna manera faltaría un baño íntimo, acogedor, con algunos buenos títulos en el estante, para refrescar las vehemencias que se sufren en el trance de aligerar. En fin, un paraíso o Paradiso calientito. Algo bien pensado, amigo, no tema, para quien subsiste con letras, engorda con lecturas, nutre con palabras el protoplasma, entra en solfa después de lecturear. Este proyecto de biblioteca, posible porque es imposible, es susceptible de cambios y sugerencias y permanece abierto de par en par. Se le puede agregar algo de cualquier imaginación o naturaleza. Un hidratante contra incendios. Un manantial a la entrada. Hamacas para siestas y algún paraguas para capear temporales. Y si lo desea, algo, una regadera o manguera para mantener el jardincito, sí, porque ni los jazmines ni las calandrias viven de chuparse el codo. Ese es mi proyecto: una majadería, una quimera con alas de papel."

José Lezama Lima 
(Fragmento de una entrevista)



jueves, 25 de abril de 2013

Ahmad Abdel-Muti Hiyazi (Poema)


ESCULTURA


Ahmad Abdel-Muti Hiyazi
(Egipto, 1935)


Ese cuerpo, tú no lo posees.
Tú no lo eras, ese cuerpo, cuando entraste de pronto
en mi cuarto, y te sentaste en mi silla.
Tu cuerpo, esa visita incierta, vino
como una sombra adornada por tu ropa
y se desnudó para aislarse en su propio rincón.
Déjalo en la confusión de los tiempos
y aléjate
quiero descubrir su secreto
dialogar con él por medio de mi boca y mis manos
para que evoque su infancia
la edad previa a los recuerdos
las palabras que no fueron pronunciadas
los torbellinos de sangre alegre de la juventud
olvidando mañana, su aurora y su tarde.
Si fuera un tigre hambriento
le daría una copa de vino
y encendería fuego en la chimenea.
Si fuera una yegua desatada
con sus crines al viento
la seguiría en el espejismo
y la buscaría hasta el fin de los tiempos
para regresar con ella
pero sin domarla:
¿cómo atrapar un relámpago?
¿cómo encadenar la brasa del alma?
Sin embargo, bailo con ella toda la noche
hasta el amanecer cuando ella revive
como mármol despierto,
desligada, libre,
feliz en un tiempo eterno,
revelando su corazón y buscando su deseo
perdido en las tardes y los jardines solitarios
dibujando con su desnudez interior
imágenes que aparecen una tras otra
sobre sus miembros
como los velos transparentes de sombra y de luz
que caen en lluvia de crepúsculo sobre sus hombros
y hacen como que respiran sobre ese cuerpo al que visten y
     /desvisten.
Cada vez que el cuerpo extiende una pierna
o suspira o descubre su blanco pecho
o acaricia su cabellera negra
el tiempo se detiene un instante
y retoma su ritmo
cubriendo de sombras las frescas colinas
y de luces las cimas
como una fuente que corre
se vuelve transparente sobre los guijarros
y sombra entre las sombras
haciéndose espuma
finalmente.
Le he dicho al cuerpo cuyo ardor se ha calmado durante la noche
y que se ha vuelto una idea en mi cabeza:
–Vuelve a ser lo que eras, mi dueño.
Pero aquello que fue nunca regresa.

          (Versión de Jean-Clarence Lambert y Rodolfo Alonso)




jueves, 11 de abril de 2013

Tres Poemas de Czeslaw Milosz

Czeslaw Milosz
 

                                 
 
 
Reseña biográfica

       Poeta polaco nacido en Szetejnie, Lituania, en 1911.
Al terminar estudios universitarios en Wino, fundó el grupo
literario "Zagary" y publicó en 1930 los primeros volúmenes
de poesía mientras trabajaba en la radio polaca. Desde 1932
lideró el movimiento vanguardista y durante la II guerra
Mundial participó activamente en la resistencia a la ocupación
nazi. Posteriormente viajó a Washington como diplomático, y
al romper con su gobierno se exilió en Francia durante la década
de los años cincuenta, produciendo varias obras en prosa que le
merecieron el "Premio Literario Europeo".
         Desde 1961  hasta su muerte, vivió en California donde ocupó
la cátedra de Lenguas y Literatura Eslava de la Universidad de
Berkeley. En 1977 recibió el título de Doctor Honoris Causa en
Letras por la Universidad de Michigan y en 1980 el Premio
Nobel de Literatura. Tradujo al polaco obras de Baudelaire,
T. S. Eliot, John Milton, Shakespeare, Simone Weil, y Walt
Whitman. Falleció en agosto de 2004.
 


Una vida feliz

Su antigua edad cayó en años de abundante cosecha.
No había terremotos, sequías o inundaciones.
Parecía como si el cambio de las estaciones ganara en constancia,
Las estrellas crecían vigorosas y el sol aumentaba su poder.
Aún en remotas providencias no se agitaba la guerra.
Las generaciones crecían amistosas hacia el prójimo.
La naturaleza racional del hombre no era un motivo de irrisión.

Era amargo decir adiós a la tierra renovada.
Estaba envidioso y avergonzado de su duda,
Contento de que su lacerada memoria desaparecería con él

Dos días después de su muerte un huracán arrasó las costas.
Humo vino de los volcanes inactivos por un centenar años.
La lava se extendió por los bosques, viñedos y poblados.
Y la guerra comenzó con una batalla en las islas.


 
 
 
Nunca de ti, ciudad

Nunca de ti, ciudad, he podido irme.
Larga fue la milla, pero algo me retrocedía como a una
pieza en el ajedrez.
Huía yo por la tierra que rodaba cada vez más rápida
Y siempre estuve ahí: con los libros en mi morral de lona,
Clavando los ojos en las pardas colinas detrás de las torres
de Santiago
Donde se mueven un pequeño caballo y un hombre pequeño
detrás del arado,
Ciertísimamente desde hace mucho ya muertos.
Sí, es verdad, nadie comprendió la sociedad ni la ciudad,
Los cines Lux y Helios, los letreros de Halpern y Segal,
El paseo en la calle de San Jorge, llamada de Mickiewicz.
No, no los comprendió nadie. Nadie lo ha logrado.
Pero cuando la vida transcurre en una sola esperanza:
De algún día ya sólo quedan claridad y distinción,
Entonces, muy a menudo, da pena.

Versión de Jan Zynch
 
 
 
 
  Noticias

De la terrena civilización, qué diremos?

Que fue un sistema de coloreadas esferas vaciadas en vasos ahumados,
Donde un luminiscente hilo líquido se mantuvo envuelto y desenvuelto.

O que fue una imponente colección de repentinos resplandores de palacios
Destrozados a tiros desde una cúpula de macizas puertas
Detrás de la cual anduvo un monstruo sin rostro.

Que cada día se echaron las suertes, y que quienquiera que se arrastró bajo
fue conducido hasta allá como sacrificio: ancianos, niños,
                                                                                             muchachas y muchachos.

O pudiera ser de otra manera: que vivimos en un vellocino de oro,
en una red de arco-iris, en un capullo de nube,
Suspendidos de la rama de un árbol galáctico.
Y nuestra red fue tejida de materia de signos,
Jeroglíficos para el ojo y el oído, amorosos anillos.
Un sonido retumbado adentro, esculpiendo nuestro tiempo,
El pestañeo, aleteo, gorjeo de nuestro lenguaje.

Que nosotros pudimos tejer la frontera
Entre dentro y sin, luz y abismo,
Si no, desde nosotros mismos, desde nuestro propio cálido aliento,
Y lápiz labial y gasa y muselina,
Desde el latido del corazón cuyo silencio hace el mundo morir?
O quizá, no diremos nada de la terrena civilización.
Para que nadie realmente conozca lo que fue.


Versión de Rafael Díaz Borbón
 
 
 
Extracto del blog http://www.amediavoz.com/milosz.htm#UNA VIDA FELIZ
 
 
 
 

 

miércoles, 20 de marzo de 2013

El escarabajo

Un poema de Vicente Alexandre
Premio Nobel de Literatura 1977
 
                                          Imagen de un cuadro de Agustín Castro
 
He aquí que por fin llega al verbo también el pequeño escarabajo,
tristísimo minuto,
lento rodar del día miserable,
diminuto captor de lo que nunca puede aspirar al vuelo.

Un día como alguno
se detiene la vida al borde de la arena,
como las hierbecillas sueltas que flotan en un agua no limpia,
donde a merced de la tierra
briznas que no suspiran se abandonan
a ese minuto en que el amor afluye.

El amor como un número
tan pronto es agua que sale de una boca tirada,
como es el secreto de lo verde en el oído que lo oprime,
como es la cuneta pasiva que todo lo contiene,
hasta el odio que afloja para convertirse en el sueño.

Por eso,
cuando en la mitad del camino un triste escarabajo que fue de oro
siente próximo el cielo como una inmensa bola
y, sin embargo, con sus patitas nunca pétalos
arrastra la memoria opaca con amor,
con amor al sollozo sobre lo que fue y ya no es,
arriba entre las flores altas cuyos estambres casi cosquillean el limpio azul
vaga un aroma a anteayer,
a flores derribadas,
a ese polen pisado que tiñe de amarillo constante la planta pasajera,
la caricia involuntaria,
ese pie que fue rosa, que fue espina,
que fue corola o dulce contacto de las flores.

Un viento arriba orea
otras memorias donde circula el viento,
donde estambres emergen tan altos, donde pistilos o cabellos,
donde tallos vacilan
por recibir el sol tan amarillo envío de un amor.

El suave escarabajo,
más negro que el silencio que transcurre después de alguna muerte,
pasa borrando apenas las huellas de los carros,
de los hierros violentos que fueron dientes siempre,
que fueron boca para morder el polvo.

El dulce escarabajo bajo su duro caparazón que imita a veces algún ala,
nunca pretende ser confundido con una mariposa,
pero su sangre gime
(caliente término de la memoria muerta)
encerrada en un pecho con no forma de olvido,
descendiendo a unos brazos que un diminuto mundo oscuro crean.