viernes, 22 de noviembre de 2013

La fiereza de lo amado, un poema de Ulises Paniagua



La fiereza de lo amado
Ulises Paniagua
(fragmento)

Imagen tomada  de la obra del artista visual Santiago Carbonell


 Tu cuerpo no es la llave
es conculcación       estremecimiento

Mi respiro es búsqueda entre tus muslos
Mi soledad: avidez en la proximidad de tu vientre

 Mis ojos / limpios / se besan en tus ojos:
dulce tiempo en que habremos de penetrar en el gemido

Detrás del azafrán de tu cabello
el cosmos de tu espalda
ilumina la caverna que es mi mundo

Detrás de tu carne ninguna deidad adormecida:
apenas cruce somos
aquello que es hereje
calor de saxofón y su mujer hecha de noche

Celebración de lo tan cerca somos

Muy profundo / en ti /
nuestras pieles inscriben el sonido del universo

Muy profundo / en ti /
tus ojos y mis ojos se devoran

Celebración de lo tan cerca somos

Tu cuerpo no es la llama
sino el más intenso estallido.

 
 
 
 
 
 
 

martes, 22 de octubre de 2013

Videos y audio del disco Cuadriversiones, del Colectivo Pena Ajena


Comparto dos videos, a manera de mensaje abierto, para quien quiera vivir la experiencia artística. Con la agrupación artística, de nombre Colectivo Pena Ajena, generamos en el año 2012 un disco, de nombre "Cuadriversiones", que esperamos disfruten.

"El escriba"
http://www.youtube.com/watch?v=Ji23GWxIhE8

"Texturas"
http://www.youtube.com/watch?v=R33EzSVrj2I


Poema "El escriba otra vez", de Saúl Ibargoyen; frases y/o versos de Ernesto Guevara, Mahatma Gandhi, Mario Santiago Papasquiaro, e improvisaciones y poemas de Ulises Paniagua.
Voz poética: Ulises Paniagua.
Voz cantante: Brenda Herrera Villalobos.
Guitarra: Eduardo Arana Segura.
Chapman stick: Japhlet Bire Attias.
Teclado: Alan Herrera Villalobos.
Bajo: Javier Carreón Montoya.
Imágenes de portada y contraportada, ejecución de pintura en vivo: Luis Alanís Téllez.
Diseño del disco, realización de videos: Andrea Macías.
Relaciones públicas: Gabriela Vega y Miguel Ángel Sainz.
MÉXICO, 2012.


 
 

viernes, 18 de octubre de 2013

Dos ficciones navegantes de Ulises Paniagua


La isla de los sueños salvajes
Ulises Paniagua





Villa Morgana, por la noche.

En esta isla que asoma por Oriente, donde los habitantes acostumbran el ascetismo de manera ininterrumpida, se practica una extraña costumbre cada vez que culmina cualquiera de los dos solsticios del año. Sólo a manera de ejercicio y en las fechas referidas, los villa morganos guardan la extraña costumbre de liberar las pesadillas. En una ceremonia nocturna y silenciosa, el sacerdote se encarga de correr pestillos y cerrojos desde las oscuras celdas. Como bestias furiosas, las pesadillas embisten el mundo armónico y organizado que escapa de los pensamientos de los practicantes, semejando en el asedio intelectual el vapor que emerge de una cacerola una vez que ha alcanzado el punto de ebullición.

            Pero la paciencia y la reflexión, cual si fueran poderosos escudos de cruzados en Tierra Santa, impiden cualquier acercamiento o incursión  de los malos sueños. Los ascetas, que permanecen con los ojos cerrados, en una postura vertical pero relajada que estimula la meditación, consiguen en una armonía cósmica absoluta, desplazar de su mente las imágenes oníricas en que el soñante cae desde una almena mora; o donde la amada escapa en las grupas de un caballo del demonio; o aquéllas donde se es atravesado por un tiro de ballesta o devorado por un jabalí hambriento; incluso los sueños recurrentes en que se posee una sed incontrolable de alcanzar algún exótico oasis, sin que esto sea posible.

Después del acoso que se prolonga hasta las primeras luces del alba, reina la voluntad de los ascetas. A las pesadillas, derrotadas y en franca humillación, no les queda más remedio que emprender una huída decorosa, para volver a guarecerse en la soledad de la prisión, donde a pesar de las incomodidades se sienten a salvo del desdén de sus pretendidas víctimas.

Los habitantes de Villa Morgana, por su parte, regresan a la vida común, esperando con ansia el próximo solsticio, para volver a comprobar la fuerza invencible de su interior (al menos esto refieren, en un lenguaje cincelado, una pila de menhires que se exponen en las playas de la isla).

Confieso que hasta hoy no había visto nada parecido.





 
 
Historia de caballerías
Ulises Paniagua
 
 
 
“Escribo, por tanto, acerca de lo que ni vi, ni comprobé, ni supe por otros y, es más, acerca de los que no existe en absoluto  ni tiene fundamento para existir.”
Luciano de Samosata
 
Las sorpresas que nos brindan los puertos son infinitas. Hoy, día veintitrés  de Abril; poco después de un año de viaje, sucedió un encuentro inesperado: justo con la puntualidad del mediodía, un trozo de mundo por demás extraño apareció ante nosotros; una isla de marcada firmeza, que bien podría confundirse con la boca de algún continente.
Reconocimos, sobre una loma retorcida, el porte y desafío de un caballero que destacaba por los fulgores del sol en su armadura. Montaba un poderoso corcel, al que dosificaba el coraje mediante sutiles llamamientos de brida. Se trataba -según apuntó un viejo que hace funciones de cartógrafo en nuestro barco-, del mismísimo Amadís de Gaula, de quien tanto se rumoraba en libros y folletines de Occidente.
Por un momento nos incomodamos ante la presencia del personaje; pero poco a poco, conforme arrimábamos el esqueleto de la embarcación a la peña; nos dimos cuenta de que el Amadís no parecía notarnos siquiera. Por el contrario, se concentraba en vigilar una hilera de casas que descansaban en el valle; un pequeño villorrio de tejos remendados, de paredes humedecidas por los contenidos de bacín que los habitantes acostumbran arrojar por las estrechas ventanas.
En el pueblo, mientras la fragata rozaba los abrojos secos e indiscretos de un terraplén; emergió de entre lo oscuro de las casuchas un desfile de personajes que no nos llevó mucho tiempo reconocer. Bajo el dintel de una sencilla biblioteca, –que disimulaba una fachada barroca- el malévolo encantador de Arcalús presumía el libro más reciente de la saga caballeresca. Mientras tanto, Urganda la Desconocida, hechicera y protectora de Amadís y su familia, cuyas profecías afectan las acciones de los demás; disfrutaba, a mitad de una plaza desierta, danzar sobre una pira de leña húmeda. Por Oriente, apostados como fortalezas incólumes, dos rudos gigantes dormitaban en espera de un desafío. Hacia el Sur, justo hacia donde se presume el fin del globo terráqueo; una curiosa cámara que sube y baja mediante un mecanismo semejante a una viga lagar, causaba el asombro de Tirante el blanco y  Palmerín  de Oliva.  En el Norte de la villa, melancólico y lleno de angustia, Tristán  cantaba, acompañado por un laúd plañidero, la terrible pérdida de su amada Isolda, y los inmensos trabajos que le esperaban al intentar  recuperarla.
            Nuestro navío pasó de largo. En un adormecimiento casi onírico, como si  una escena del Teatro de los sueños desfilara ante nuestros ojos, vimos desaparecer al Amadís y su villorrio, entre la confusión de una niebla espesa…
Pensé entonces en un frágil caballero, de flaco rocín y adarga antigua, contemplando la escena bajo la mirada de un Alonso Quijano lleno de asombro. Seguramente un poco más allá, en los umbrales de la creatividad y en la ineludible presencia de una mazmorra triste y salitrosa, el manco de Lepanto se daba a la tarea de crear mundos posibles; justo a la sombra de una presencia, quién sabe si funesta o benevolente, quién sabe si de Cide Hamete Benengeli o de alguna existencia aún más misteriosa que las anteriores, que no dejaba de escribirlo, mientras llenaba con la tinta de su apremio y concentración, cientos y cientos y cientos de páginas inmortales.
 
Ambas historias, del libro "Bitácora de una navegación efímera", de Ulises Paniagua.




 

martes, 1 de octubre de 2013

La médula de la noche, de Ulises Paniagua

 
            
 
               La médula de la noche
           Ulises Paniagua
 
 
 
Como si pudiera intuirse aquello que aguarda
tras la puerta calcinada
 
Como si se reconociese la ambigüedad    
los pasos    ese algo
que viene bordeando la esquina
 
Como adivinar los ojos de la noche
la rajada en el parietal del entendimiento
las yemas que alcanzan la tersura de lo dentro
 
Como dilatar la pupila en la médula del fuego
Como disolver la furia dentro de las enrojecidas venas
 
Tan cerca
Tan sigilosamente cerca
Tan oscura            
tan siniestramente cerca de cada atisbo        
                    en cada silencioso estallido.
 

 

 Derechos reservados al autor





jueves, 26 de septiembre de 2013

Clarice Lispector, "Brasilia" y "Felicidad Clandestina"

Aquí comparto un cuento magnífico, y un texto magistral, de la insuperable Clarice Lispector:
 
 
 
Felicidad clandestina
Clarice Lispector
 
 
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:
-Vas a prestar ahora mismo ese libro.
Y a mí:
-Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?
Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.
 
 
 
 
 
Brasilia
Clarice Lispector
(1970) 20 de junio

EN LOS INICIOS DE BRASILIA...
Brasilia está construida en la línea del horizonte –Brasilia es artificial. Tan artificial como ha de haber sido el mundo cuando fue creado. Cuando el mundo fue creado, fue necesario crear un hombre especialmente para aquel mundo. Nosotros estamos todos deformados por la adaptación a la libertad de Dios. No sabemos cómo seríamos si hubiésemos sido creados en primer lugar, y después el mundo deformado según nuestras necesidades. Brasilia todavía no tiene al hombre de Brasilia. –Si yo dijera que Brasilia es linda, percibirían de inmediato que me gustó la ciudad. Pero si digo que Brasilia es la imagen de mi insomnio, ven en esto una acusación; pero mi insomnio soy, es vívido, es mi espanto. Los dos arquitectos no pensaron en construir belleza, sería fácil; ellos levantaron su espanto, y dejaron inexplicado el espanto. La creación no es comprensión, es un nuevo misterio. –Morí, un día abrí los ojos y era Brasilia. Estaba sola en el mundo. Había un taxi parado. Sin chofer. –Lúcio Costa y Oscar Niemayer, dos hombres solitarios. –Veo a Brasilia como veo a Roma: Brasilia empezó con una simplificación final de ruinas. La hiedra todavía no creció. –Además del viento hay otra cosa que sopla. Sólo se reconoce la crispación sobrenatural del lago. –En cualquier lugar donde donde se está de pie, un niño se puede caer, y quedar fuera del mundo. Brasilia queda en la orilla. –Si yo viviera aquí, dejaría que mis cabellos crecieran hasta el piso. –Brasilia es de un pasado esplendoroso que ya no existe más. Hace milenios desapareció ese tipo de civilización. En el siglo IV a.C. estaba habitada por hombres y mujeres rubios y altísimos, que no eran americanos ni suecos, y que brillaban al sol. Eran todos ciegos. Es por eso que en Brasilia no se corre el riesgo de tropezar. Los brasiliarios se vestían con oro blanco. La raza se extinguió porque nacían pocos hijos. Cuanto más bellos los brasiliarios, más ciegos y más puros y más centelleantes, y menos hijos. No había nada en nombre de lo cual morir. Milenios después fue descubierta por una banda de forajidos que en ningún otro lugar serían recibidos; ellos no tenían nada que perder. Allí encendieron fuego, armaron tiendas, poco a poco excavaron las arenas que cubrían la ciudad. Eran hombres y mujeres más pequeños y morenos, de ojos esquivos e inquietos, y que, por ser fugitivos y estar desesperados, tenían en nombre de qué vivir y morir. Habitaron las casas en ruinas, se multiplicaron, y construyeron una raza humana muy contemplativa. –Esperé por la noche, como quien espera por las sombras para poder escabullirse. Cuando llegó la noche, me di cuenta con horror de que era inútil: donde estuviera, me verían. Lo que me aterroriza es: ¿quién? –Fue construida sin lugar para ratas. Toda una parte nuestra, la peor, exactamente la que siente horror por las ratas, esa parte no tiene cabida en Brasilia. Ellos quisieron negar que no servimos para nada. Construcciones con espacio calculado para las nubes. El infierno me entiende mejor. Pero las ratas, todas muy grandes, la están invadiendo. Es un titular de los diarios. –Aquí tengo miedo –Este gran silencio visual que yo amo. También mi insomnio habría creado esta paz del nunca. También yo, como ellos dos que son monjes, meditaría en este desierto. Donde no hay lugar para las tentaciones. Pero veo a lo lejos buitres que sobrevuelan. ¿Qué se está muriendo mi Dios? –No lloré ni una vez en Brasilia. No había motivo. –Es una playa sin mar. –En Brasilia no hay por donde entrar, ni hay por dónde salir. –Mamá, es lindo verte de pie con esa capa blanca, volando (Es que estoy muerta mi hijo). –Una prisión al aire libre. De cualquier manera, no habría dónde escapar. Pues quien huye se dirigiría probablemente a Brasilia. Me atraparon en libertad. Pero libertad es sólo lo que se conquista. Cuando me la conceden, me están ordenando ser libre. –Todo un costado de frialdad humana que tengo, lo encuentro en mí aquí en Brasilia, y florece gélido, potente, fuerza helada de la naturaleza. Aquí es el lugar donde mis crímenes (no los peores, sino los que comprenderé en mí), donde mis crímenes no serían de amor. Me voy a los otros crímenes, los que Dios y yo comprendemos. Pero sé que volveré. Me atrae aquí lo que en mí me asusta. –Nunca vi nada igual en el mundo. Pero reconozco esta ciudad en lo más profundo de mi sueño. Lo más profundo de mi sueño es una lucidez. –Pues como iba diciendo, Flash Gordon… -Si me retrataran de pie en Brasilia, cuando revelaran la fotografía sólo saldría el paisaje. -¿Dónde están las jirafas de Brasilia? -Cierta crispación mía, ciertos silencios, hacen que mi hijo diga: caramba, los adultos son tremendos. –Es urgente. Si no la pueblan, o mejor superpueblan, otra cosa va a habitarla. Y si eso sucede, será demasiado tarde: no habrá lugar para las personas. Se sentirán tácitamente expulsadas. –El alma aquí no hace sombras en el piso. –Los primeros dos días estuve sin hambre. Me parecía que todo sería comida de avión. –De noche extendí mi rostro hacia el silencio. Sé que hay una hora desconocida en que el maná baja y humedece las tierras de Brasilia. –Por más cerca que se esté, todo aquí se ve de lejos. No encontré un modo de tocar. Pero por lo menos esta ventaja a mi favor: antes de llegar aquí, ya sabía cómo tocar de lejos. Nunca me desesperé demasiado: de lejos, yo tocaba. Tuve mucho, y no lo que toqué, sabes. Mujer rica es así. Es Brasilia pura. –La ciudad de Brasilia queda fuera de la ciudad. –Boys, boys, come here, will you, look who is comming on the street all dressed up in modernistic style. It ain’t nobody but… (Aunt Hangar’s Blues, Ted Lewis and His Band, con Jimmy Dorsey en clarinete.) –Esa belleza que asusta, esa ciudad trazada en el aire. –Por ahora no puede nacer el samba en Brasilia. –Brasilia no me permite cansarme. Persigue un poco. Bien dispuesta, bien dispuesta, bien dispuesta, me siento bien. Y finalmente siempre cultivé mi cansancio, como mi más rica pasividad. –Todo eso es hoy. Sólo Dios sabe lo que pasará con Brasilia. Es que el azar aquí es abrupto. –Brasilia es fantasmal. Es el perfil inmóvil de una cosa. –De mi insomnio miro por la ventana del hotel a las tres de la madrugada. Brasilia es el paisaje del insomnio. Nunca duerme. –Aquí el ser orgánico no se deteriora. Se petrifica. –Yo querría ver dispersas por Brasilia 500 mil águilas del más negro ónix. –Brasilia es asexuada. –El primer instante de ver es como cierto instante de la embriaguez: los pies que no tocan la tierra. –Qué profundo se respira en Brasilia. El que respira empieza a querer. Y querer, es lo que no se puede. No hay. ¿Será que lo habrá? No veo dónde. –No me espantaría cruzarme con árabes por las calles. Árabes antiguos y muertos. –Aquí muere mi pasión. Y adquiero una lucidez que me vuelve grandiosa en vano. Soy fabulosa e inútil, soy de puro oro. Y casi mediúmnica. –Si hay algún crimen que la humanidad todavía no cometió, este crimen nuevo será aquí inaugurado. Y tan poco secreto, tan bien adecuado al planalto, que nadie lo sabrá jamás. –Aquí es el lugar donde el espacio más se parece con el tiempo. –Estoy segura de que aquí es mi lugar. Pero es que la tierra me envició demasiado. Tengo malos hábitos de vida. –La erosión va a desnudar a Brasilia hasta el hueso. –El aire religioso que sentí desde el primer instante, y que negué. Esta ciudad se obtuvo mediante el rezo. Dos hombres beatificados por la soledad me crearon aquí de pie, inquieta, sola, al viento. Hacen tanta falta caballos blancos sueltos en Brasilia. De noche ellos serían verdes a la luz de la luna. –Sé lo que los dos quisieron: la lentitud y el silencio, que también es la idea que me hago de la eternidad. Ambos crearon el retrato de una ciudad eterna. –Hay algo aquí que me da miedo. Cuando descubra lo que me asusta, sabré también qué amo aquí. El miedo siempre me guió hacia lo que yo quiero; y, porque quiero, temo. Muchas veces fue el miedo el que me tomó de la mano y me condujo. El miedo me lleva al peligro. Y todo lo que yo amo es riesgoso. –En Brasilia están los cráteres de la Luna. –La belleza de Brasilia son sus estatuas invisibles
 
 
 
 
 
 
 
 

martes, 24 de septiembre de 2013

Respiración y paquidermo, un poema de Ulises paniagua


Respiración y paquidermo
Un poema de: Ulises Paniagua
(México, 1976)
 
 

 

 
Puedo palpar la respiración del soñante:

qué de frágil eterno en sus rompientes encorva

cómo florece el aleteo de lo negro    la proximidad

la cándida amenaza que peina al imaginario del coloso

 

Dentro de su diafragma de agua    la muerte y la ilusión

afelpan  yerguen  rugen con persistencia

relámpagos de sal esperan un guiño de luna

 

El orbe transparenta fósiles laberintos

acuosos huesos de paquidermo embestido en cada oleaje

 

Y las boyas y los barcos

en su sábana extendida

se vuelven incandescentes focos que dictan armonía

 

Silencio   Vigilia  Silencio   

El soñante respira

La eternidad responsa en el sonido de una playa

 

Silencio   Asciende    Desciende

El soñante cae los párpados

en busca de una hembra con estola de tormenta.




De: Lo tan negro que respira el Universo.