martes, 1 de abril de 2014

Del amor y otras miserias, de Ulises Paniagua, poemario completo

En el año 2009, con la editorial Fridaura tuve la fortuna de publicar mi primer libro de poesía, que lleva por título Del amor y otras miserias; y se halla dividido en tres capítulos; el primero trata del erotismo, Territorios; el segundo  trata de la muerte: Vámonos poniendo fúnebres; y el tercero, es un ligero adentramiento a lo abstracto: La búsqueda del minotauro. Espero lo disfruten y puedan perdonar la inocencia implícita en un primer libro (aunque sospecho que hay algunos poemas rescatables y con suerte memorables).

Un abrazo:

Ulises Paniagua
 


 

 

 

DEL AMOR Y OTRAS MISERIAS



Ulises Paniagua

 
 
 

 

M è x i c o,   2 0 0 9
 
 
 
 
 
 
 


NOTA BREVE DEL AUTOR.

 

            Cita Borges, en su libro Discusión, a uno de los más cultos y lúcidos escritores que nos hayan obsequiado las letras mexicanas, Don Alfonso Reyes. La cita hace alusión a la labor del literato, y a una  terrible duda implícita en el oficio: cuándo cerrar la última página de un libro, y dar por concluida la labor. “Esto es lo malo de no hacer imprimir las obras; que se va la vida en rehacerlas” apunta Reyes,  muy atinado.

 

            Uno quisiera, al concluir un libro, tener la certeza de que  cada palabra, cada idea en él, goza de una precisión absoluta; al paso del tiempo (aún cuando la labor del escritor sea obsesiva

y metódica, o bien, sustentada en una casi mística confianza en un arrebato de genio) uno reconoce la imposibilidad de satisfacer a todos los lectores de la obra, y lo que es peor, reconoce también la propia insatisfacción. Sin embargo, hay un punto justo en este terrible desasosiego narrativo o poético, en que uno decide dejar una obra en paz, pase lo que pase, y enfrentar la critica. A fin de cuentas, es el azar, la frescura, y la propia imprudencia del autor, quienes se encargan de encarnar el cuerpo y el alma de la obra.

 

Este libro no podía ser la excepción: en sus páginas se cumple el destino azaroso que le corresponde. Arriesgo, pues, mis yerros y desatinos, esperando que llenen la memoria y el gusto del lector.  Del amor y otras miserias es el resultado de un proceso de varios años de incertidumbre y decisión, de atrevimiento e irresponsabilidad. Valgan pues, las letras titubeantes de este poemario, para enfrentarse a si mismas.

México D.F. Octubre del 2008.

       





TERRITORIOS

 

 

“Los hombres y mujeres o bien se devoran rápidamente en eso que se llama el acto del amor, o bien se crean el compromiso de una larga costumbre a dúo. Entre estos dos extremos no hay término medio. Eso tampoco es original.”

 

Albert Camus.

 

 

 

 

“Hay que hablar de amor y deseo mientras nos queden labios con que besar…”

 

U. P.

 

 

 

 

 

 

I      Territorios

Después de todo sólo se trata de la carne, de los amorosos territorios;


de esa fiebre incesante con que los cuerpos se revuelcan en la tumba.

Después de todo se trata del amor como una fiera oscura,

dentellada furtiva que reclama nuestro encuentro.

 

Quizá, en recovecos urbanos donde asoman la timidez y el prejuicio,

en las calles lunares, sin sortilegios y sin ruido,

convoquemos urgentes al placer milagroso,

ese sueño que todos soñamos

-¿quién lo sabe?-

 

Tal vez sea aproximación de vahídos en combate de cuerpos,

crucigrama de pieles cicatrizadas a fuerza de besos,

perfume que dejamos en batallas;

un nombre, un rastro, un ángel compartido.

Tal vez:

ese león insatisfecho que nos habita entre los muslos,

ese jugoso pretexto de retozar cama,

jornada ardua de caricias y mordiscos;

luz, sombra, muerte chica,

desnuda necesidad de piel,

desnuda necesidad de piel, y  olvido.

II  M a p a s

 

Y he aquí que los cuerpos ocultan extraños códigos,

rutas indescifrables, cercanías y desvelos;

la tersura de piel en brama revelada ante el asombro del viajero;

los parajes adversos, perversos, ávidos de descubrimiento;

deleitosas jornadas sin fatiga,

puertos de bravas fragatas,

nuestra mitad de océano sudoroso.

 

Don Juan declara:

los territorios son tan inmensos como la posibilidad de nunca recorrerlos;

Yo contradigo:

estas comarcas son infinitas pero mesurables,

como las palabras tuyas que bautizan mi vientre,

como coordenadas de desamparo en nuestro rumbo,

tan húmedas como labios que palpitan al contacto de tu sexo.

 

Guardo silencio, te busco, nos perdemos,

debiéramos al alba conseguir un astrolabio...

 

 

 

III  Lobo y cordero

 

De tu cuerpo me gusta todo, porque es tuyo,


porque es nuestro: porque lo compartimos.


Me gusta que sea la hostia que devoro,

me gusta ser lobo.

 

De mi piel ansiosa, suave y abierta que a ti ofrezco,

exijo sea parte de tu sed, ser alimento.

Preciso habitarte,

navegar encima, debajo, detrás de ti,

navegar profundo…

 

De mí en ti y de ti en mi cuerpo me maravilla, me encanta todo;

porque todo lo que somos, porque todo lo que hacemos me gusta;

incluso la delicia con que maltrato y me maltratas,

las palabras sucias que retratan la ternura que resguardo;

hasta la candidez de un ambiguo te amo o la impúdica caricia,

y el abandono de tu almohada cuando te marchas en diciembre;

el escozor que dejas en la entrepierna,

y los rastros olorosos, dolorosos de tu sexo

entre sábanas que también te echan de menos.

 

De tu cuerpo extraño todo, hasta lo que no es tuyo,

hasta mi miembro erguido que vela tu ausencia

guardando luto a la delicia del momento,

y tu cáliz que jugoso se derrama, tu herida que ardiente se desborda,

y el oscuro suspiro en que te entregas;

presencia animal que culmina en desagarre de dos,

fin de encarnizada lucha: bi orgasmo.

 

Me gusta que aún cuando eres tuya, eres nuestra.

Me gusta penetrarte toda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IV  Misterios y rarezas

 

Siendo adolescente, la muerte y el sexo

se cernían sobre mí como poderosos misterios.

Hoy por hoy a la muerte la respeto,

pero la sacralización del sexo me mueve a risa:

 

y que alguien - tal vez Dios o un simio -

exculpe a los vientres que no se buscan,

las entrepiernas que no disfrutan,

la soledad que frígida muge en el armario.

 

Que alguien, como ya se dijo,

canonice a las putas,

nos regale una cajita de deseo

o una muñeca inflable en su defecto,

esa válvula de fuego que mitigue

el tedio de una tarde larga;

 

que alguien nos invada

derramando mosto, primitivo y jugoso,

desde el calor de su cuerpo,

y multiplique las manos y los besos,

y que beba y coma de nosotros

en convite interminable

de deleite y alborozo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

V.  Breve tratado sobre los amores de paso

 

Creo en esos seres que presiden la noche,

cuyas paredes suspiran y gimen;

que cálidos despiertan al antojo

de una sábana  

y se llaman hoteles.

 

Creo en esas celestinas con nombre de farra,

en el encuentro lejos de lazos y reproches,

en el tálamo clandestino y la noche sin bodas.

 

Creo en un dios de carne,

en los asomos de lumbre;

en los pechos que regalan

y palpitan como bestias furiosas.

 

No creo pero creo en el sida,

el aborto y la comunión de muslos,

en los grandes amores de las habitaciones 105 y 206.

en la urgencia clandestina, cuando dos se gozan,

desnudos y salvajes.

 

Creo en el deseo que gobierna destinos,

en el mañana que promete

la dulzura de los cuerpos;

creo en lo que ansío, en lo que invita,

en lo que muerde.

 

Confío en la sana insania del deseo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VI  E d è n

 

“Nada sé, salvo que la sed de amar es persistente...”

U.P.

 

Adán y Eva han demandado a Dios:

culpan a un fruto, a la sierpe

y al intransigente Paraíso;

ajenos a las pomas que colman el planeta;

ungidos del suave misterio sin saberlo,

hartos de tanta ciencia,

se les ha visto andar sobre la ingenuidad de sus cuerpos.

 

(Algo sucede…)

 

La serpiente –sigue así rastrera- 

busca en el contacto una excusa, un consuelo;

y ante el  placer que anuncia desconcierto,

encuentra la  verdad en el fulgor de unos labios:

Adán, casi dormido,

se refugia en los pechos de Eva.

(Se produce entonces un albor de advenimiento)

 

En el Edén de Eva, Adán arde,

Eva arde, y arde el Edén de Adán.

El Edén es una cama enorme que da gusto.

 

Mientras tanto,

mientras el amor sucede  bajo la sombra

apacible de un manzano,

me pregunto si Dios ya habrá conseguido mujer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VII   A   p i e l    a b i e r t a

 

Está claro, es imprescindible el beso;

es preciso el contacto entre la tersura de las pieles.

Debes saber una cosa:

yo no creo en los sexos obscenos ni en la animalidad en sí

(aunque algunas veces...)

 

Me siento entrar en ti, refugio de carne,

besarte sin prisa desde la nuca hasta el cielo,

perseguir con humedad deleitosa que explora lento.

 

Sé cuando permites mi arribo por detrás,

suave y salvaje, abriéndome paso entre la maleza de las bragas,

entre el nido pausado de tus caderas lustrosas,

en el estanque que bebo

y desfloro cada vez que te reencuentro.

Siento que dentro crezco, que indago;

te penetro, te absorbo, te muerdo;

hierven sangre y corazón a tu contacto,

hierve también el cabello que yo jalo.

 

Tú me pides que apriete, que destruya;

luego me pierdo,

Soy  sólo sabor que embiste y descarga,

lamento antropófago en tu cuerpo;

compruebo,

entre Sodoma y Gomorra existen muchas virtudes

-¿cómo fluidos no?-

entre tu carne y mi carne, linda,

no siempre debe haber amor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VIII  En busca de Roma

 

Dame tu cuerpo, negra,

ondeante y sigiloso,

para empezarte a vivir.

 

Tú, tan llena de bondad,

tan buena de cada parte, de todas partes;

yo, tan siniestramente amoroso,

tan vulgarmente atado a tu cobijo.

 

Dame tu boca,

tu cuello floración de besos,

ese ciervo que entre tus pechos se inflama,

esa Roma que arde entre tus piernas.

 

Deja que se consuma el verso afable en palabras sucias,

entre exigencias y abandono.

            Negra jugosa, negra suave,

trémula alegría que desborda,

que rico flagela,

que goza lento.

 

Dame tu cuerpo, oscuro y llano,

la borrasca y la maleza del cabello;

dame luz, dame noche,

dame horas interminables

en el profundo misterio de tus muslos.

            Negra rica, negra tersa,

prodiga con tu orgasmo el cielo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IX  A  solas

 

Me gusta ser animal telúrico, deleitoso,

me gusta ser carne que se abre,

carne que se vuelca sobre carne:

tu cuatrero.

 

Me gusta ser los labios que calientes

se regalan a tus pechos,

frágil pendulaciòn

de dedos  en tu entrepierna;

me gusta ser la lengua que derrama.

 

Prefiero tu urgencia de pantera enfurecida,

ver cómo te agitas sobre mí, medusa interminable;

y la curva de tu espalda que ya dije,  y  tus ojos

tan clavados en los míos, decididos pero hermosos,

-y entonces, sólo entonces- me gusta verme perdido,

como un náufrago,

olvidado en el letargo interminable del goce,

agitado y sudoroso, urgido de éxtasis,

radiante,

-y entonces sólo entonces-

 

tensado en un arco de abandono,

sobre tu cuerpo como casa,

des can sar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

X    O b i t u a r i o

 

Amargo como obituario de memorias,

una mariposa abandonada en cada beso,

el Amor, dolorido, se hundió en la noche;

sano ejercicio onírico que apenas ocultó el engaño:

el destino apuntaba siempre a su condición de esclavo,

magro y afectivo.

 

Al final

extrañaba el calor de otro cuerpo en el océano de su cama.

Al final

extrañaba la zozobra que comparte, la delicia aguerrida.

 

Cómo culparlo,

el húmedo fetiche de la nostalgia marchita a cualquiera.

 

¡Ay, amor impuro que duermes mordiendo la almohada,

que sería de ti sin el amor...!

 

 

 

XI   Apología  del  engaño

 

De tus fervorosos engaños, linda,

sólo despojos me llevo,

que más valdría censurarnos los labios

cuando nos vencen los miedos.

 

Roto el corazón,

aún persiste el deseo;

nos demudan las huellas,

nos acusan los sueños

- y de azarosas serpientes

está colmado el desierto-

 

(Todos reniegan los tormentos de amor;

más amor es lo único cierto,

ahondado, clásico y quieto

el corazón sigue latiendo)

 

De tus  fervoroso engaños, linda,

sólo los huesos conservo,

que más nos valiera ser sabios

y comenzar a entregarnos completos.

“Venid, bajemos y confundamos su lenguaje”

Nuevo Testamento (V, 7)

 

XII   E p í l o g o

 

En ese lugar del que hablas, linda,

la mantis se provee de maridos;

un alargado gemido ensordece los oídos del planeta;

la devastadora soledad se masturba

haciendo guardia ante una sábana sin reposo.

 

Alcánzame tu cintura, linda,

que hoy no tengo ganas de lo subjetivo

-¿y quién dice que hacer el amor no es subjetivo?-

Las termitas se comieron mis manos,

sólo me quedan los labios para perseguirte entera.

 

Esto es confuso, linda, mi amiga murió de sida

y aún conservo su negligé como memoria de guerra.

No hay impudicia a juzgar, ni sollozos de culpa;

apenas el coraje desnudo ante una muerte gozosa.

            (La batalla de los cuerpos no pide descanso…)

 

 

Debes saber que entre un hombre y otro cuerpo

se ocultan las preferencias de cada quien;

lo mismo ocurre con las mujeres, y con todos.

Y yo aquí sentado bebiendo mundo,

desfilo mis ojos entre tantos cuerpos,

cuerpos y cuerpos por multitudes,

t e r r i t o r i o s,

y todos ellos, nocturnos,

gustan del mismo néctar,

y todos ellos, noctámbulos,

disfrutan un húmedo infierno.

 

Regálame una indecencia, linda,

que las termitas

ya vienen taladrando mis fronteras,

destapando los oscuros pozos de la palabra.

Bésame, regálate

en el hondo suspiro de la noche plena;

al final de la trinchera

son los mismos ojos, linda,

siempre los mismos ojos.

 

XIII   Reunión

 

Furtivo te mido,

de mi mirada a la tuya media una promesa,

un encuentro.

 

No sé bien cuándo tu boca se convirtió en este mosto

que imaginario, pero rudo, me devoro.

Te acaricio sin tocar tu ropa,

te gozo, te siento.

Me miras con ojos claros de gatita:

sonríes y levantas la oscura copa.

Pienso que tal vez quieras hacer el amor

aún cuando ya lo estamos haciendo.

Ahora mismo mi aliento, y mis dedos, índice y medio…

Sonríes, insistente: te abro, espero.

 

Nueve pasos distan de una comunión de cuerpos.

Te intuyo, te adivino.

Bebo un trago, me levanto,

Hace rato nos desnudamos con los ojos.

 

 

XIV      EL MUNDO

 

Tendido en el imperio de esta cama, amplio y ansioso,

escucho el confluir de orgasmos que es el mundo.

Los amantes estallan en una celebración de gestos y caricias;

un clitórico murmullo me adormece/

me despiertan tus manos tibias,

tu lengua que recorre personales territorios:

me conduzco, te conduzco y me dejo conducir,

encuentro tu contacto sobre mí,

tu tacto con dulce tacto sobre mí, conmigo;

ciego y mudo me entrego a tu misterio;

una suave lascivia invade mis venas

y mi sexo, enhiesto, cada vez más ansioso,

es cada vez más tuyo.

 

 

 

 

 

 

 

 

XV   De vuelta a los antiguos territorios

 


Después de todo sólo se trata de la carne, de los amorosos territorios;


de esa fiebre perpetua con que los cuerpos se deleitan en la tumba.

Después de todo sólo se trata  del prolongado rugido del deseo;

de un hombre, una mujer,  y en ocasiones una nueva vida.

 

Al final -¿quién así lo dispuso? ¿cuándo se consumó el edicto?-

los cuerpos nuestros sean habitables a plazos,

como mudanzas que se repiten sin sentido.

Después de todo el amor exista…

(creo haberme aventurado demasiado)

 

Déjame alcanzar tu vientre, linda,

hoy no quiero pensar de qué se trata todo esto.

Se extingue la noche, amenaza el alba,

y con la sed de tu piel y de mi piel quedan tantas cosas que escribir.

Hoy sólo sé que se  anuncia, placentera,

la orgía de dos, nuestro cobijo;

nuestros cuerpos enredados sin cansancio,

con este pretexto necio de compartir cama,

con esta constante necesidad de olvido.

 

Quizás, después de todo,

sólo se trate de la carne, de la mordida certera,

del desvelo.

Quizás, al final de todo,

sólo nos reconozcamos, salvajes y puros,

a través del espejo de los cuerpos.

 

 

 

 

Fin de “Territorios”.

 

 

 

 

 

 

Ulisses 2006.

 

 

 

 

 

NOCHE  DE  LOBOS.

 

            Todos decían que cobijarme en su sarcasmo

causaba cáncer. Tenían razón.

 

            Todos decían que jugaba a la ruleta rusa

cocinando balas expansivas.

 

            Me refugiaba de la soledad, eso era todo.

Me divertía pensar que no pensaba.

 

(Destapé mi cajita de Pandora

una tarde sin nublados ni tormenta.

Creo que de ella surgieron agonías felices,

conversaciones malgastadas,

largas caminatas sin tregua y sin sentido)

 

            Organizar el recuerdo de sus ojos

equivale a cruzar un hoyo negro sin ningún cuidado;

llamarle a la estupidez, inocencia,

y a la fatalidad, romance o aventura.

 

            Ahora no quiero reducir su recuerdo

al engaño de unos cuantos trazos fastidiosos.

Del olvido más vale no acordarse;

la memoria es siempre una trampa exacta,

urdida justa al tamaño de una noche de lobos.

 

            Te olvidé una vez y hoy te olvido de nuevo:

tú me ves ya, que no estoy cansado.

 

            Ojalá que tú no me recuerdes

de ningún modo.

 

Ojalá tampoco a ti te persigan los lobos.

 

 

Ulisses 2005

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VÀMONOS PONIENDO FÙNEBRES

Breves Poemas al cobijo de la festejada.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

                                                           Sólo vinimos a dormir, sólo vinimos a soñar;


no es verdad, no es verdad


 que vinimos a vivir en la tierra…”


 

Anònimo mexica.

 

 

 

I

 

Que ninguno se salva de tus labios,  

bien lo sabes,

que nadie del otero se refugia,

suicida Santa.

Que  el gusano teje olvido carne a carne,

hueso a hueso,

al amparo de los cánceres y el sida.

 

Que no se rechaza invitación al aposento,

al festín de tierra  entre los dientes,

a la celebración del polvo y de la mosca

bien lo sabes, perversa,

terroncito de azúcar;

bien lo dicta tu desdén, tu empeño.

 

Dime entonces, sin fingimiento:

¿ tu expiación, cuándo se llega?

¿ cuándo tu lápida se yergue?

 

Nada para siempre queda, hermana,

ni tu ni nada para siempre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 


 


 

 

 

 

II


 

¿Para qué tanto escándalo de horas,

tanto cuesta arriba y cuesta abajo,

tanta verbena de mercado

y tanto  andar nervioso de una hormiga?

 

Para qué tantos besos

de Judas y Caìnes, y este seguir hollando mundo;

la deslealtad del hombre caza-hombres,

¿para qué entonces el llanto de la ciencia?

 

Al final, lejos, muy después del camino

sólo dos misterios nos esperan.

Y ellos no entienden de retórica.

Ellos no comen de pretextos.

 

 

 

 

 

 

 

III

 

¿Y tú, por qué no te mueres?

¿Por qué no carcome tu hueso flaco

la mansedumbre apacible de un abeto?

¿Por qué no te ocultas,

te desprendes, te arrebatas?

 

¿Nunca cesas?

¿No conoces de finales de jornada y

agonías de milenio?

¿Nunca has sentido los pies llagados

en las fatigosas marchas sobre el mundo?

¿No sientes escozor en las venas

con la sangre alimentando, macabra,

el subsuelo?

¿No te espantan las bombas?

¿No aborreces el asesinato por la espalda

o el infanticidio?

¿No sufres los terribles legados de la guerra?

¿Nunca lloras?

 

¿Quién te crees? ¿Qué esperas?

¿Por qué no te mueres de una vez,

y resguardas, en sigilo,

el rastro negro, solitario,

de esta especie ingrata y asesina?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IV

 

-Asistí a una comedia

que versaba sobre un Mesías

resurrecto y triunfante-

 

Nada más absurdo que el ascenso

del Houdini entre hipérboles de  potestades.

 

Lejos del sueño,

hacía parecer tu cuerpo una luna sin brillo.

 

Como si la muerte fuera romántica,

como si enterrar a tu madre o a tu hijo

causara risa,

como si los cuerpos chamuscados tuvieran descanso,

como si de verdad, en serio,

creyéramos en algo.

Como si fuéramos niños pidiendo calavera

en un placentero inframundo…

 

Asistí ayer a una buena comedia:

me causo espanto.

V     BALADA  DEL RÌO

 

Me siento torpe al ofrecer

el cuerpo a ojos ajenos, así, tan descompuesto;

culpable por mostrar a cielo abierto

una dentadura imprecisa y los huesos largos.

 

Me siento torpe por volverme tierra,

lombriz de tierra,

agonía de tierra; cerca del pie vecino,

memoria de río.

 

Da vergüenza cómo me camina tanto sol

entre los ojos,

por sobre la mochila enrarecida de desierto,

en la cartera despojada de biznagas

y la mezclilla atajada de escorpiones.

 

Da pena la línea inútil tan cerca de mi,

y la sangre palpitando, dolorida,

allá tan lejos,

donde no habrá más

de mis pasos en el eco de la milpa.

 

Sólo esta lumbre que incendia

los olvidos más furiosos,

las lágrimas sin destino.

 

No puedo evitarlo, hoy me siento triste,

estùpido y lejano,

por haberme muerto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VI

 

Cuando alguien muere,

consumimos los pabilos para avivar el fuego de la ausencia;

suplantamos su sombra sobre el pavimento;

gastamos cartuchos en busca de perdones y excusas;

trocamos viejos rencores en felices momentos.

Nos creemos santos, y hasta

hacemos verbena de buenos principios frente a todos.

 

Pero a solas, en el silencio estático de nuestros adentros,

sabiendo lo que sólo nosotros sabemos,

nos da por llorar:

lloramos.

 

Cuando alguien muere,

sencillamente lloramos.

 

 

 

 

 

 

VII

 

Me nublo,

de mi va quedando

apenas un rastro sin dueño.

En el cielo asoma

la confusa presencia

del enigma y su llave.

 

Torbellinos de tierra se vuelcan

sobre uñas y mis parcos labios,

el mundo no existe más allá de mi puño crispado;

en el aire flotan las preguntas sin respuesta;

en el aire se respira misterio.

 

Más allá no hay nada.

Quizás frío, quizás ánima,

Quizás la incertidumbre

que nos agobia desde el primer parto.

 

 

 

 

VIII

 

Ampáranos, mal sueño,

de terminar descarnados en una fosa,

de alimentar susurros de anonimato y silencio,

de  convertirnos en un asalto de taxi mal pagado

o juguete de adolescente violento.

 

Protégenos de calles de afilados cuchillos

y entrañas de metal mestizo;

de la furia de cada día,

de una rabieta de hambre o abandono.

 

Líbranos de las esquinas impredecibles,

de los recovecos oscuros,

de los pasos que persiguen nuestros pasos,

de la espantosa hidra del miedo.

 

 

 

 

 

 

IX

 

 

Vayamos todos a la  Muerte, de buen modo. Los caducos anarquistas, el miasma del catolicismo; los revólveres sin pólvora, los sedientos de sueño, las bellas, los ridículos,  los feos. Este animal absurdo como un cerbero, que juega con el corazón del pueblo.

 

Doblemos la esquina y alarguemos la zancada. Vayamos todos a la Muerte, derechito y sin escalas. Y que se derrumbe el mundo, si es preciso, antes del alba, que se desgarre el cielo en su profunda negrura. Que nada quede en pie, hermanos lobos.

 

Vayamos, juntos, doloridos, a la Muerte y de buen modo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

X

 

Sólo vinimos a soñar

que no dormimos,

que somos accidentes de tiempo;

acaso una perezosa telaraña

enredada en el determinismo;

como raíces de rudo ciprés  bien plantado,

como ángeles, como niños.

 

Sólo vinimos a fingir que algo nos pasa,

así,

de vez en cuando, en silencio o con regocijo;

que alguna vez una sombra fugaz

nos iluminó el rostro en invierno;

y que en ese instante, al cobijo del destello,

en una calle sin ruido,

verdaderamente nos pensamos vivos.

 

 

 

 

 

XI

 

Nada a tu paso queda, hermana,

nada a tu paso;

desde el microbio hasta la orca

nada dejas sobre el mundo;

ni las piras quevedianas,

ni las bibliotecas imposibles,

ni el destino, ni el fusil,

ni un zapato.

Todo por morir termina,

a tu paso toda senda arrollas,

tren nocturno.

 

De nosotros nada sobrevive,

todo por morir acaba;

ni la flor, ni el canto,

ni la mentira que atraviesa un puño de agua;

nadie queda,

nadie,

lo que vemos la chingada se lo carga la chingada.

Nada para siempre, hermana,

ni tú ni nadie para siempre.

Es apenas un arrebato de sueño,

una tímida señal, un gesto,

es apenas la ilusión de ser materia de aire

en la impaciencia del camino,

o la esperanza de

pertenecer a un llanto,

a una cruz, a un guijarro.

 

Nada para siempre queda.

Ni tú ni nada para siempre.

 

 

 

Fin de Vàmonos poniendo fúnebres.

2005

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA BÚSQUEDA DEL MINOTAURO.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL GRITO.

 

 

Escurrían lágrimas amargas desde sus sucios corazones de poeta; pero la palabra no nacía. Atados y amordazados, castrados, locos, los poetas     eran/son    perros mugrosos y hambrientos. Malditos por no lograr parir palabras. Mil veces malditos. Su condena:

 

reptarán por los muros arañando sueños; aguardarán como refrigerador  de casa vacía; lamerán la sangre propia; hilvanarán angustia en noches de desvelo

 

Como perros rabiosos, puercos, malvenidos, los poetas largos y mudos, escucharán la tierra derrumbarse alrededor de ellos. Sólo entonces llorarán su cobardía.

 

 

 

 

 

 

 

 

ELEGÌA DE DOMINGO.

 

            ¿Qué hace la gente a media tarde, cuando el sol estira las membranas del cielo, y el agua del aire se transmuta en sudor, bajo influjos de rigurosa alquimia,  y entonces cuando el sudor se vuelve sal, y la sal aburrimiento?

 

            En estadios la tribuna salta,  al calor de un atún furioso entre las redes. Líneas hienden la virginidad de papel sobre cuadernos de escuela; se preludian poemas y reposos de  amantes vespertinos ¿Qué hace la gente bajo el sopor  de las calles? ¿Descansa la resaca, desmantela el orden de la casa? ¿Arrastra la mediocridad en una siesta?  ¿Santifica puteros?

 

            ¿Hay suicidas de azotea a las dos p.m.? ¿Los asesinos  se contratan? ¿Se levantan las guerrillas,  y Dios hace recorrido para contemplar sus campos, a  la ribera de un manso  río?

 

Alguien debiera, en la hora aciaga, regalarnos una cerveza y un cigarro, quizás desde luego una mujer; o labrar una queja, un grito, y con la furia y el rencor de una voluta,  suprimir  esos días terribles y aburridos, tautología miserable convertida en desasosiego.

 

            ¿No sería más feliz el mundo – me pregunto - si un día de éstos suprimiéramos la media tarde del domingo?

 

Ulisses 2003.


 

LA AGONÍA DEL MINOTAURO.

 

 

I

 

Maldito Minotauro que reposas al amparo de mi sombra

como silencio que vulnera una armonía

como fatiga de nocturno peregrino

o encrucijada donde llora una taberna.

 

Maldito Minotauro que habitas mis horas,

riguroso carnicero de añoranza,

grito último y certero.

 

Protervo, sensible, con asombro de alba

ríes y atacas cuando el luto te frecuenta,

 y esgrimes tristeza

cual bandera de letras:

 

Carcómete, pues, en tus rincones de olvido,

templos de cantinas y borrachos,

hilos de Ariadna a tres el kilo,

en las anheladas muertes personales,

en tu ruego.

Destrúyete, cáncer de sociedad,

refugio de mundo.

 

Destempla el corazón,

vuelve al carril de la llana vida.

Despierta,

¿dónde quedó tu laberinto?

 

 

II


 

Te vi, bebiendo. Te vi bebiendo una cerveza quemada. Descansabas la cornamenta, fatigado, sobre la  barra. Esperabas una ilusión, una voluta de cigarro. Hablabas mucho: de la terrible condena que implica ser un hombre de asfalto, del diario llevar el pan para la departición de la cena, del amargo carnaval que en Latinoamérica se gesta, del agudo acero de letras, del recibo de luz. De esta Creta de alta tensión y amplias avenidas bajo  tráfico de oficina, del hilo telefónico que conduce siempre al semáforo –preventiva- del espantoso laberinto.

 

Hablabas. Jorobado y musical. Con ojos de sinsabor, con el dolor a cuestas, con las pezuñas desnudas sin limar. Hablabas. Bebías.

 

Bebías una cerveza, y otra, mientras en los tersos encalamientos de paredes perfumadas de tequila e historias insalubres, el eco de mariachis, y Vicente, y Alejandro, el olor a pulque y José Alfredo y Pedro Infante, inflamaban, sórdidos, un retazo de tiempo.

 

Bla, bla, bla. Hablabas. Con ojos de sueño. Blablabas. De la oscura permanencia de las soledades, estériles como pavimentos en selva lacandona.

 

En el arrastre  de tu cornamenta larga y retorcida -nido de paloma a media noche- contabas maravillas de tu improvisada isla en confines urbanos, de tu particular península que a todos pertenece, del aullido que provoca no conocer jamás la salida; de llanto, de miedo, de la interminable espera del justiciero Teseo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Ulisses 2005


 

 

 

EN EL AIRE.

 

Este viento que fustiga las ventanas

este sollozo aguzando  los tejados

esta rabia que estremece los cimientos.

 

Este vesánico desgarre que regala plomo,

este torcer de calles descompuestas;

este grito en Ámsterdam,

este terror de Londres,

este espectro delirante en  favelas brasileñas.

 

Este desgarre de tiempo

(Este poema incompleto)

 

Las fementidas Furias, las fúlgidas,

las que acosan en noches sin pan y sin cobijo,

las que derrumban verdades  sobre el mar.

Las que acusan, las que castran.

 

Estas Furias que escupen el rostro

con  la acidez de llanto en Afganistán;

esta cruz y su veneno,

ecos de desierto de  humanidad.

 

Y esta repetición insulsa

que no resuelve,

que no busca resolver.

 

Hoy día hay Furias que navegan el aire, Amor,

tantas Furias.

 

 

 

 

 

 

Ulisses 05


 

 

 

 

 

 

 

 

LA CIUDAD Y LOS ZAPATOS.

 

“En esta ciudad  siempre seré un extranjero”.

U.P.

I

 

No voy a hablar de ella,

sino de los zapatos que se tienden

sobre sus venas de acero,

que cuelgan y derraman como párpados de desprecio y polvo.

 

No voy a hablar de la urgencia entre sus plazas,

o las saudades mexicanas que despiertan sus calles sin brillo;

sino del miedo que se traga al miedo en cada esquina,

o el hambre que se oculta tras el pliegue de un mercado;

o del asma amorosa que nos consume sin prisa,

en un lecho sin esperanza ni posibilidad de entendimiento.

 

Prefiero guardar silencio,

respirar el asfalto de una avenida en acecho;

aguardar el arribo justiciero

de un  sueño sin sobresaltos ni juicio.

 

II

 

Una terca espera sigilosa

tras el ojo de niebla que se abre.

En la caza de una bocanada de taxi,

me transcribo en la memoria

persiguiendo fugitivos tamemes salvajes.

 

El mundo avanza hacia los cuatro vientos

con tanta prisa, ciego.

Y el recuerdo de nuestros pasos,

alguna vez caminados al mismo ritmo,

se desperdicia en la tristeza inútil

de un crucero de Insurgentes y Reforma.

 

Abro la mano, despacio:

sobre la palma extendida, una semilla de olvido.

 

 

 

 

 

III   NOCHE MUERTA.

 

Asomo a la soledad, a esta boca sin dientes. Implacable y cínica, una horda de malas memorias se empeña en sitiarme. Desnuda, la realidad –pordiosera persistente- me ataja de tajo en una avenida desierta.

 

Es una de esas noches en las que un rostro en el asfalto puede despertar a los demonios más holgazanes.

 

La verdad asalta. Despoja mis despojos. Hiere pero no mata –no quiere la maldita- sólo hilar  collares de pupilas derramadas.

 

No hay descanso para mí,  el más abatido espectador del mundo. No me dejaron nada. Ni siquiera pudor con que  escribir lo que ahora escribo. Ni siquiera rencor o jubiloso pesebre de odio. Nada.

 

Tus calles no me dejaron nada.

 

 

 

 

 

 

IV

 

De todas las tardes que imagino,

la tarde de mi ciudad es la más triste.

Puede que en Santiago o Buenos Aires

la melancolía comprima los pulmones;

o que la lluvia en Madrid  alimente los cuerpos;

pero la tarde de la Ciudad de México

es la más gris de todas la grises,

y pobre como desamparo de niño.

 

Tal vez porque me recuerda un llanto fingido

a la orilla de un crucero;

tal vez porque rememora días soleados

y felices hasta la médula de la inocencia.

Quizás, porque de vez en vez,

uno necesita hacerse la  victima.

 

Por lo que sea, es claro,

la tarde de la ciudad que habito

es la más triste. Porque es mía.

Y punto.

 

 

V

 

Despierta la plaza.

Un cortejo fúnebre preside

el patio que, al costado de Palacio,

se queja mustio.

Hace frío,

parece una de esas navidades que no llegan;

Debajo,

permeando un terror procedente de inframundo,

el gusano persistente engulle el subsuelo,

resuenan estáticos los ecos

de un derrumbe del ochenta y cinco,

conviven trenos silenciosos.

Arriba,

en los dominios de una deidad

que se oculta bajo grandes orejeras;

un tianguis fantástico enhebra las calles;

el odio acumulado tras largas jornadas de sudor

atesta, implacable, las alcantarillas.

 

Guardo silencio. No quiero decir más.

Ni de los zapatos que se me vienen enredando en las arterias,

ni de los ojos largos, ni del asombro

que representa ser un extranjero en nuestra tierra,

o del reflejo ambiguo en un parabrisas pretérito,

o de la eterna inquietud

a la que se ha reducido mi persona,

o del mundo que aquí se me termina,

ni del nuevo que, paso a paso, metro a metro

(como acontecer diario),

el futuro nos promete  a tu amparo

tras la ambigüedad de un  Jano malicioso.

 

 

Ulisses 05


 

 

 

 

 

 

 

TRÒPICO DE CARNE.

 

Puedo verlos tras la bruma; todos sonríen y se entregan;

el instante no exige lejanía:  se prolonga en calor comunal y sugestivo.

Me fundo en una fotografía, con ellos,

un papel vivo de niños, primos,

una madre; éstos sus hijos;

entre el corazón y el propio idioma.

 

Reímos. Huele un poco a leña.

Sangre llamando a sangre; el fuego vivo somos.

Entre las ceibas, que conviven con nosotros

-con un gesto, una mala palabra- nos reconocemos.

Regocijo que quema, que desborda.

Trópico de carne. Eso somos.

Sudoroso desparpajo; pueriles de amor, supongo.

Linaje envuelto por la noche, poseído por la luna,

un sueño compartido.

Y reímos, con la boca grande. Nosotros. Mi familia.

 

 

 

BRAMBILA SUR.

 

No existe sombra para despojos de tiempo,

Brambila Sur es peldaño contrario de cielo.

Los parroquianos de este silencio de lugar

depositan sus gafas en el clasicismo roto.

 

La soledad es un perro rabioso,

lo sabes,

ritual de adoradores de iguanas;

simiente de dolor perpetuo;

oscuro treno sin el requisito de sus muertos.

 

Brambila silencia

rasura bigotes con la vieja podadora

regala hormigas a los vientres claros

devasta lunas en noches de alborozo.

 

El sur es la decadencia del sur:

se mecen montañas sobre ciudades

amenazando derrumbe.

¿Se desplomarán algún día?…

 

 

Recogí mi cigarro entre  colillas abandonadas, llegó hasta mi mano en la partida hacia el origen. Olvidé que no fumo desde que Buñuel y Cortázar incendiaron la galería del centro. Era un día claro. Había ambulancias, sirenas, y un Ulises sembrando semillas en su pecho. Debes saber que hay cosas turbias, que lo peor de todo no es ser un megalómano: lo peor de todo es ser un megalómano  y además mediocre. Debes saber.

 

Brambila me prestó algunos pesos.

Con ellos quisiera aprender a recitar

poemas como hacen los loros,

sus pendido e in merso en mí;

ahora

paseo mi desencanto sobre un viejo carrito;

prefiero un café a un manifiesto.

 

Hoy no tengo ganas de imaginar que escribo.

Prefiero guardarme en el armario.

Y Brambila desliza su ataúd sobre su cuerpo;

dos monjas gráciles se desprenden desde el tejado.

Ya no recuerdo cuando naciste,

las manecillas de silencio se han detenido,

¿recuerdas tú?

 

No recuerdas.

Brambila acabó con todo:

con la soledad cabello de iguanas,

con la endecha descarriada del mediocre;

no creo creer en nada.

Ella abarca la tierra,

los sueños y los días,

y luego se pone a tejer ojos

en la poltrona,

junto a los cálidos leños de  la chimenea.

 

No creo poder creer en algo,

ni en mascaradas de  elefantes,

el bebé nuclear

o el tostador que produce arte.

 

Ni en la alusión

o la constancia de un pensamiento,

vivo pero llagado.

No creo en creer.

Brambila Sur es un espacio que lo abarca todo.

 

Ulisses. 2005.

ESE  OSCURO  PREDADOR  DE  SUEÑOS.

 

 

El tren no para; el almanaque es un verdugo. Quisiera que hoy las calles más que frías estuvieran desiertas. No es posible ¿Te habías fijado que  es septiembre?  Esas luces insolentes lo delatan. Hay afrenta en las luces  intermitentes; hay ofensa en este puto país inventado. Recargo la frente sobre el cristal; soy un rey abatido, un perpetuo profanador de la palabra.

 

En el asiento contiguo, El Tiempo, ataviado de mujer, me compadece.

 

Olvidamos el origen, la estación de partida. Olvidamos que para el amigo una mano es sólo una mano;  y un beso es más que un beso para los enamorados.

 

Las manos se alejan, a los besos se los devora la noche, se los jode. Después nos queda la monotonía y el miedo.

 

Terribles gestos se adivinan tras  la bruma. No son mil ojos, es uno solo. La persistente presencia del paso de las horas. Luego es cierto. El tiempo no perdona.

 

 

Septiembre 04

 

 

 

ÌNDICE LITERARIO:

 

 

 

 

Nota breve del autor………….……………..2

 

 

Territorios……………………………….….3

 

Noche de lobos……………………..…...….28

 

 

 

Vámonos poniendo fúnebres……………..30

 

 

 

La búsqueda del Minotauro……………..46

 

 

El grito……………………………………..47

 

Elegía de domingo…………………………48

 

La agonía del minotauro…………………...49

 

En el aire………….………………………..52

 

La ciudad y los zapatos……………………54

 

Trópico de cáncer………………………….60

 

Brambila sur……………………………….61

 

Ese oscuro predador de sueños…………....64

 






 

miércoles, 19 de marzo de 2014

Poesía a partir del relato, reseña del libro "Historias de la ruina", de Ulises Paniagua; por: Carlos Santibañez Andonégui

(Sobre el libro "Historias de la ruina", Sediento Ediciones, 2013)
por: Carlos Santibañez Andonégui
 

 
Ulises Paniagua, Historias de la Ruina, prólogo de Glafira Rocha, Imagen de portada: El alma del viento, de Vero Fernández, Concepto y Diseño Editorial: Manuel Pérez-Petit, (Col. Lengua de Gato, Narrativas en Español) SEDIENTO Ediciones, twitter.com/Sediento _ed, sedientoportatil@gmail.com, Ia. ed. julio 2013, Ia. reimpre...sión, septiembre 2013, reseña de Carlos Santibáñez Andonegui, marzo 13, 2014.


Algo de lo muy nuevo que se está dando, es la poesía a partir del relato. Nuevo entre comillas, ¿eh?, porque ya existía pero no en idéntica forma que ahora se da. No es en sí la poesía en prosa ni es prosa poética, porque no tiende a buscar el verso como mínima unidad de significado poético, se trata de un segmento de significado donde puede o no haber ritmo visible pero donde la fantasía juega con las palabras de manera de crear situaciones fuera de lo común, que colindando con el humorismo sin ser solamente humorísticas, liberen energía adicional a lo narrado, y en esa medida, digan más, por lo que adquieren calidad poética. Recordemos que una de las mejores definiciones de la poesía es como el arte de la revelación en las palabras, a través de la cual “dicen más” de lo que son. No es por tanto un mero relato y dista de serlo. Es algo más profundo e interesante: la poesía a partir del relato.

Uno de los autores actuales que lo consiguen, es Ulises Paniagua Olivares, nacido en ciudad de México en 1976, es también arquitecto, por eso estoy de acuerdo con lo que dice Glafira Rocha en el prólogo: “Ulises Paniagua es, además de un literato, un arquitecto de profesión, es decir, que conoce cómo se le da vida a una construcción y cómo devolverle una nueva estética a aquella edificación que se perdió en el abandono. Esta habilidad es notoria en cada uno de sus cuentos”.  Ulises además es autor de los poemarios: Del amor y otras miserias (Fridaura, 2009), y Guardián de las Horas (Eterno Femenino Ediciones, 2012), así como los libros de cuentos: Patibulario, Cuentos al final del túnel, (Mutibilda, 2011), Nadie duerme esta noche (Fridaura, 2012) y el CD sonoro-poético Cuadriversiones (Colectivo Pena Ajena, 2013).

Lo primero que resalta es su capacidad de fabulación, que en el caso de Ulises crea lo que pretendía Nathaniel Hawthorne en cuanto a volver lo narrado, una especie de “recinto poético”. (v. prólogos a The House of the Seven Gables, y a The Marble Faun). La fábula es una suma de motivos, tan antigua que se pierde en la noche de los tiempos. Lo que cuenta en la fábula es la suma, el factor acumulativo.

“Cacería en la ciudad”, habla sobre el cliente obsesivo de las librerías de viejo, análogo al asesino serial, tenemos así al “lector serial”. Los libros son nuestro hogar, pero también un peligroso hogar, el hogar de lo infinito. Dice Saer en El concepto de ficción (Ed. Planeta, p. 131) que la narración, es una función inherente al espíritu humano, y nos da a entender que con ella, más allá de la novela, se abren paso formas imprevisibles, “que carecen todavía de nombre pero que aspiran a ser el hogar de lo infinito”. Tal, estas ruinas, de las que Ulises nos ofrece su Historia.

El mejor cuento, para mí es “Al otro lado”, porque acumula elementos típicos que hacen verosímil el relato a partir de aquel hueco aparecido en el gabinete del conspicuo lector, ya un tanto desconectado de lo verdadero, mas por lo mismo, buen blanco para volver lo imaginario, posible, y lo posible, real. Se juega con la idea de territorio que por extensión es la noción territorial geográfica que regía como un factótum las relaciones humanas antes que se impusiera la realidad virtual de nuestro tiempo. El hueco aparecido en el relato es y no es imaginario. Lo es en el sentido en que todo lo que existe, para ser registrado, pasa primero por la aduana de la imaginación, lo es en el sentido de que la vida humana se interna en su “agujero negro”, lleno de significados que van de lo absoluto a lo múltiple, caprichoso y confuso, y que sólo la muerte nos podría decir hasta qué punto nos vamos metiendo dentro “de una mancha oscura donde la vida no podría germinar”, que es una buena razón para justificar la muerte. Pero el protagonista del relato no es libre, se dedica a destrozar obras prohibidas “por encargo de sus superiores”, para lo cual se sirve de un martillo despostillado que guarda en un lugar invaluable, insubstituible, la edición empastada de Las trampas de la fe. (Buenas noches Octavio Paz).

No obstante, la víctima de sí mismo que ha llegado a este punto, se niega a enfrentar el hueco, y paulatinamente declina el reto “entre amigos”.

En “El sueño”, el personaje sigue soñando, no hay modo de volverlo a lo real porque la clave sólo la sabe él mismo y el soñar de este modo es una manera de demostrarnos que el sueño a fin de cuentas también es real. Notables son los avances mostrados en el campo del sueño en cuentos como el de García Márquez que no todos conocen, intitulado Ojos de perro azul. No hay paralelismo. Acá se está ante el sueño como corriente de conciencia continua donde, de pronto “los éxtasis se desvanecen y sobreviene la confusión, los brotes de locura” y aparece una figura trastornadora que se aproxima a dar cuenta del personaje, que la encara a través de una maligna sonrisa.

“Para domar a las furias”, contiene un memorable epígrafe de Poe: “Tal vez sea la propia simplicidad del asunto lo que nos conduce al error”. El relato se construye sobre aquella antiquísima, pero siempre dudosa y horrible costumbre de que un puente, una fábrica, para que amasen, deben tener sangre y huesos procedente de víctimas humanas. “Ingeniero, -me decían algunos- ya llevamos tres meses y ni un muertito”.  El lector es llevado mediante un suspenso a la culminación de esta extraña idea, presente de algún modo en el ánimo colectivo de los pueblos: “Tal vez las leyendas novohispanas donde se rumora que enterraban cadáveres en los basamentos de puentes para aumentar su resistencia, no eran tan infundadas como pudiera suponerse”.

En “Todos somos licenciados”, se asoma al tema social. Decía Napoleón: “Si quieres que algo sea hecho, nombra un responsable. Si quieres que se demore eternamente, nombra una comisión”. El contenido irónico del cuento, se refuerza al quitarle el plural en el sustantivo propio: “Secretaría de Relaciones Exteriores”, por el singular “Secretaría de Relación Exterior”, que hace resaltar más una materia aislante del resto del mundo. El cuento me recuerda una frase de López Portillo cuando reconocía: “Esta mañana en el desayuno, comentaba con el Jefe de Estado Mayor Presidencial: oiga General, hemos hecho un país de credenciales”. En ese tiempo se podía aplicar rigurosamente el retrato delineado por el autor en este relato: “lo licenciado se nos nota enseguida”. En esa tesitura lo que más molestó en la matanza de estudiantes no fue el hecho en sí, sino el problema de la autorización. “Tramitar nos inflama el pecho, -dice el protagonista- nos vuelve poderosos”.
También dentro del tema social, “Crónica del Minotauro”, hace metáfora de ese afán persecutorio de los ex presidentes de México, que se echan la culpa unos a otros yendo a caza de un chivo expiatorio que cargue, entre ellos, con la vergüenza que no consiguen sobrellevar entre todos.

“Encuentro en la Embajada” es también un acierto indudable al plantear la entrevista con el hombre al que de un modo u otro, se reconoce como “el Cuento”, una verdadera leyenda poseedora de todas las mitologías pero que él, el periodista termina por ver en su más pura y desoladora realidad, y concibe la idea de no transmitir todo a su público, porque no tendría caso, sería confundirlos gratuitamente. Esto es muy importante, ¿hasta qué punto el exagerado afán del reportero por reconstruirlo todo hasta los mínimos detalles, se vuelve también un sacrificio inútil no sólo literariamente, (ejemplos de sobra habría en la llamada “novela reportaje” cuando abusa de esa manía de comprobación total en los mínimos detalles que cree indispensables sin que sean relevantes en realidad y que no vienen al caso), sino también en enfrentar al público con cosas que de verdad no entiende porque no está en su potestad entender, ni mucho menos manejar. El personaje alude a la etimología de la palabra Cuento, que muchos desconocen, el término contus, el cual remite a la idea de extremo, o fin, aquello que sólo permite adivinar lo que hay detrás. Por eso “Cartas a un espejo muerto”, es la metáfora de los vivos cuando se aproximan a la muerte. Quien va a morir extravía la atención antes puesta a aquellos argumentos con los que se quiso dar consuelo. Quien va a morir no levanta la cabeza. No alcanza a verse la cara. Como a personaje del cuento, cuando vas a morir “te deja impávido la presencia de tu reflejo”. Pero lo peor es la ausencia de cara. Cuando está próximo a morir uno cree que ya no la tiene y en cierto sentido hay que entender que la ha perdido. Y podríamos decir que en este trance “no hay Mutibilda que valga”: “Hoy no vendría a pasar calientita la madrugada; hoy no habría farsas, no más textos, no más miedos”.

El vocablo Mutibilda es para Ulises crucial en su literatura, como vemos al afirmarse en el nombre del personaje que se aísla del pueblo en la “Fábula de Mutibilda”, y su repetición en otros cuentos. Existe también esta interrelación de unos cuentos en otros ya delineada como una constante que habrá de afirmarse y caracterizar la obra de este Creador, que lo mismo abarca en sus trazos la realidad de esa poética Villa Semiótica, en la que Mutibilda se aparta a soñar y da realidad al sueño que le da realidad a ella, llevándola a través de los aires a un mundo más allá del pueblo, que la realidad humana que sucumbe ante la espera asfixiante de un Dios y prefiere canjearla por el pleito, la riña, el conflicto a gran escala en la “Historia del desasosiego”. La búsqueda de lo Absoluto se revive en cada época, en forma siempre urgente, pero ante ella cabe preguntarse como lo hace el cuentista: “¿Si Dios estuviera muerto; si fuera víctima de una broma mal intencionada de otro demiurgo lejano? ¿Si se tratara de un padre irresponsable y alcohólico?” Hay una carga psíquica que crea los mitos, que vertebran y orientan el sistema, los distintos sistemas por los que atraviesa la humanidad. Una carga de imaginación en los que sueñan, no sólo dormidos sino con un ideal o un anhelo, individual o colectivo, y esta carga influye a los despiertos, que a su vez aparecen lo soñado, lo aparecen primero como entrevisto, volviéndolo leyenda antes de ser verdad, de que las circunstancias lo hagan verdad.

En “Las leyes cuánticas”, retoma a Einstein: “Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo, no estoy seguro”.  Como en la vieja leyenda prehispánica de los gemelos que se parten en pedacitos para luego volverse a recrear, y al final hacen que alguien no lo pueda lograr, es decir, ya no lo regresan a su forma original, así aquí falla el transportador cuyo fin sería trasladar a una gente a otro contexto mas sin dejar de ser ella misma, y empieza a haber fallas, la gente sí es cambiada a veces en lo sustancial, lo que origina el fracaso de este invento que se creía como ninguno adelantado a su tiempo, y la noticia es entonces su quedar como uno más en la lista de objetos “interesantes, pero prescindibles que han desfilado a través de la historia de la humanidad. Los dueños de las aerolíneas, las cadenas de autobuses y un nuevo consorcio que anuncia posibilidades ilimitadas en los negocios, mediante el empleo de la clonación, celebran con entusiasmo la noticia”.

“En las catacumbas no se baila tango”, ofrece una incursión en el inconsciente del que ha sido despedido bruscamente de su empleo. Sufre un regreso a lo peor, a las catacumbas, donde por cierto, topa con una de las reflexiones más interesantes del libro, y de la condición humana en general, reflexiones que como tantas de Ulises Paniagua, son para recordar y serán disfrutadas por millones. “Me acordé de los santos, yo que nunca creí en ellos. Me acordé de mis padres y mis hermanas y de todas esas invenciones terribles que el ser humano se construye para darse consuelo”.

Al final, el autor intenta un salto mortal, no sé en qué medida lo habrá logrado. Salirse del texto él mismo, dejar de ser lo contado para tratar de que lo contado sea él, como ser humano. Es un intento de humanizar el relato pero hay que ser Unamuno en Niebla para lograrlo. Como reseñista voy a dejar solo al lector ante este salto mortal. Lo único que diré es lo que él dice para justificarlo: “No hay nada seguro en este mundo excepto la conciencia de que podemos desprendernos a través de historias resguardadas bajo capas de otras historias”. No es un salto mortal del que tenga que arrepentirse, porque en todo caso sella su vocación transformadora del relato y además lo anuncia como “Epílogo”, construyendo así en “La Rampa”, un último relato en que el protagonista hace un viaje con Amantis La Bella, (La Rampa era el nombre de la cafetería) y, bueno, da todas las notas constitutivas esenciales de Amantis, la típica dulce y buena niña que trata de interpretar de un modo positivo hasta la desgracia misma: “Mira amor, ese niño desnutrido está lindo”. Todo lo que sucede en el viaje lleva buen paso, encuentran un Premio Nacional de Cuento en un taxi, “era compatriota. Se apellidaba Soltero”, Amantis y el protagonista coinciden con él en diversas ocasiones, y “en un recorrido que la agencia había organizado con destino a la Cueva del Reposo”.  Después lo dejan de ver y la pareja se interna y hace vida en la ciudad de Boato, a orillas del mar. La presencia del Océano los envuelve como una Burbuja de Vida. Una mulata le coquetea. La experiencia íntima con Amantis le permite arribar a puntos finos psicológicos: se deja llevar por su cuerpo “como si estuviera ante el reto de una gran interpretación musical, echando mano de tempos suaves y salvajes, con la rudeza tierna que uno, a los treinta años, adivina les gusta a las chicas”.
 
Sin embargo, hay algo dentro del relato que transforma las cosas, un personaje llamado Juanito lo hace pensar con fuerza en el país de donde viene el protagonista: México, y lo saca de quicio, la escena se va derrotando desde dentro, Juanito reconoce que la isla de Boato es el desperdicio del mundo: “no somos los que quisiéramos, tú sabes”,

Ahí se descubre la razón del título, cuando el autor expone: “Procedí a explicarle, lo mejor que pude, que estaba escribiendo un cuento sobre la isla, y en él dejaba claro que cada país piensa que es el peor del mundo, un deshecho de otro o la ruina del mundo, el verdugo o la víctima. Es el libro de la ruina, la historia de la ruina, recalqué”. Sin embargo, al final de este libro se abre una puerta, y como el mismo autor reconoce: “Existen puertas que deben conservarse intactas”. Sólo el lector podrá juzgar si hizo bien o mal en abrirla. Es una puerta que había estado empujando desde que maliciaba frases como ésta: “no hay nada seguro excepto la conciencia”, y en la que, para sentirse seguro en la última página comete un crimen narrativo. Léalo usted. No cometeré yo el crimen de contárselo.

A partir del momento en que el autor aclara el origen del título, él mismo se inmola, o se ofrece como víctima expiatoria. Amantis le hace una escena de celos porque ha besado a otra, él duerme en una ridícula pose en un camastro del hotel, “el mundo comenzó a parecer sospechoso”, esta expresión es clave porque el relato se deshará, andará por su reivindicación hacia su propia agonía o éxtasis. Toma un avión después de visitar al Padrino. Amantis se ha reconciliado en cierto modo con él, se siente el clima de despedida que hay en los grandes viajes al abordar aviones desconocidos, esto es importante también, y por supuesto que hace de Ulises un autor del que se entiende por qué ha merecido diversos premios tanto en México como en España, el ambiente que crea dentro de lo ruinoso de su ser, que es extranjero dentro de él mismo, es una situación consolidada, así como guardadas las distancias en el Retrato del artista adolescente se siente que el protagonista o quizás, el destino ha construido algo que ni él mismo entendía en un principio: su salida, su marcha, su despedida. ¿Quién no sufrió en la novela de Joyce por ese niño extraño, que es la mala conciencia de su tiempo y es el artista, y que se va de su casa? ¿Quién no sufre ahora por un autor que toma el avión de salida, y se va del relato? ¿Es correcto hacer eso, o se lo perdonamos, creadores, por tratarse de él? ¿Qué es lo que se sabe de ese curioso salto mortal dado en la última página? No lo diremos todo. Sea Usted quien juzgue. Amantis le dice. “A pesar de todo te quiero, Te voy a extrañar”, La ve agitar la mano con esa lindura un poco boba que tanto le gusta, mas comprende que es tarde: su rostro pareció distorsionarse. Y es así como explica: “La perdí. A Amantis la Bella la perdí. Sonriente, entre un aire enrarecido, se esfumó”.
Lo demás es el salto mortal que el lector juzgará, y yo me retiro para dejarlo a tiempo de hacerlo.