lunes, 14 de julio de 2014

Mudar el habla, fragmento de un texto de la poeta argentina Griselda Gómez

"Mudar el habla"
(fragmento de poema)

 Griselda Gómez (Argentina)



 Sospechas de vocablos
Interrogan lado costado
Páginas repletas
Escribas en tribus
Avanzan enflechando
Nepentes cicutas
Peripecias y lágrimas
Hordas horadan indecentes
Histéricos silencios

El habla se legitima en esa página
O en aquella
Donde la vuelta es otra
Y no culmina
Por exponer frente al mundo
Todo dicho maldito.
 
 
 
 

lunes, 7 de julio de 2014

Ese lugar existe, fragmento de novela de Ulises Paniagua

Ese lugar existe
 
Ulises Paniagua



(fragmento de novela)
 

            Hoy decidí dejar la guarida durante horas; me atreví a abandonar mi enclaustramiento. Al recorrer los alrededores para tomar aire, Lustro me ha hecho compañía. Allí, sobre  la nieve, hemos visto las huellas del tigre, lo que nos ha causado una profunda impresión.

            Después de andar os alrededores, de haber contemplado el mar, me dio por sentarme sobre una pila de troncos, y comenzar el imperecedero oficio de recordar. No sé de dónde proviene este ímpetu hacia las imágenes del pasado, supongo que se trata de una debilidad afectiva que  asalta de vez en vez en la búsqueda de una respuesta de antemano vedada. Este asunto de volver a andar los pasos es extraño, ayuda incluso a reconocerme y a reconocer lo que convive conmigo cada amanecer y cada puesta de sol; incluso me revela confinado en esa oscura buhardilla. Gozo de absoluta conciencia acerca de que este es el mundo, un mundo material y palpable, y sé que soy sólo un fragmento del mismo. Me acepto, me asimilo como una disección de tiempo, un retazo del espacio habitado,  y ahora estoy aquí, en este sitio, es cierto, sin posibilidades de marcharme durante un lapso; sin embargo, no puedo evitar ser memoria. Cómo podría dejar de serlo: recordar es la fuente de los días que se viven y se vivirán. El tiempo es un río esférico donde no se bracea hacia ninguna orilla.

            Vienen, felices, los recuerdos. Ofelia –al menos aquella Ofelia- era la luz, era vida sobre el rocío en un campo de flores. Cómo olvidar a la Ofelia de aquellos años en que decidimos formar una familia y refugiarnos en un departamento modesto, justo en el centro de la ciudad.  Llevábamos una rutina sencilla pero íntima. Yo trabajaba como agente de seguros en una empresa con cierto prestigio y cierto futuro, mientras Ofelia pintaba cuadros que procuraba vender en contadas  galerías contemporáneas. Por la mañana yo engatusaba clientes, abusando de su paranoia a la muerte y las jugarretas del destino, mientras ella se encerraba con sus presencias hermosas o malignas en un cuartucho que había acondicionado como estudio. Nos encontrábamos cada noche, a eso de las ocho, una vez que yo llegaba de la oficina; y cenábamos juntos mientras compartíamos nuestras pequeñas desavenencias laborales y angustias pequeñoburguesas, entre sorbos de café con leche y mordiscos de panecillos. Algunos días hacíamos el amor con el más delicioso de los arrebatos; otros, en cambio, estábamos tan agotados que preferíamos ir a la cama a escuchar música, para leer alguna novela barata o cortarnos las uñas.

            ¿Amaba a Ofelia? Sería incierto responder a esa pregunta, aunque estoy seguro que me iniciaba en el rito de hacerlo. Cómo saber qué es el amor, qué significaba para mí en aquel entonces (el amor muda de perspectiva al paso del tiempo y al amparo de las circunstancias). Yo era joven e inexperto, y amaba a Ofelia con la novedad con que se estrena un miocardio después de un trasplante exitoso; con la felicidad del pez que ha estado ahogándose fuera de su elemento y que ha sido devuelto al agua. Amaba a Ofelia con frescura, al vigor de nuestros años, desde luego incluso al incendio del deseo y entre la atracción de nuestros cuerpos ágiles, esbeltos, ávidos de lo pasional y lo novedoso. La amaba como se ama a una esposa joven, de manera loca, imprudente, irracional. Jamás me he arrepentido de ello.

            Amar cuando uno recién se casa es ignorar lo que viene, jugar a una exploración entre dos vidas, apostar a un destino de borrasca o de días claros; convencerse de poder extender la piel y el afecto a alguien más que corresponda con la misma sinceridad a nuestro contacto y a nuestro destino. En esas circunstancias, el amor implica sincronizar vidas y sentimientos, aunque sea a través de una ilusión. Poco después aprendería mucho más en mi relación con Ofelia, alcanzaría a conocer ese sentimiento espiritual verdadero por cotidiano y por ríspido; ese amor lejos de las pueriles fantasías y los lugares comunes que me había inculcado a través de una estafeta social.

            No obstante, en ese entonces bastaba con lo que teníamos a mano  y no exigimos a la vida ni un gramo más de satisfacción. De Ofelia me acuerdo sacudiendo una vieja foto familiar, no sé por qué. En la imagen ella era pequeña –tendría cuatro o cinco años-  y jugaba a la pelota con su padre, un profesor distinguido, justo entre el verdor y la espesura de un patio cercado por un muro tapiado con madreselvas. Sucede así, uno recuerda instantes, relampagueos de alguien que vienen a nosotros y conforma una imagen poética que se graba hondo. A Ofelia la recuerdo sacudiendo esa foto, girando con gracia la cabeza para mirarme. Luego sonríe. Lleva un paliacate en la cabeza, se ve preciosa, sus ojos  reflejan la plenitud de un día tranquilo y soleado, sus ojos son la pureza absoluta. El efecto es doble: por una parte miro a la Ofelia con la que contraje matrimonio, bella, en plenitud que despide encanto y sensualidad; y por otra parte me encuentro con la otra Ofelia, la pequeña que me despierta una gran ternura por su postura inocente, por la afectuosa entrega, en su risa, al cariño de su padre. Más tarde esa imagen de las dos Ofelias se tornaría una realidad contundente y desoladora, de un gris alarmante, una verdadera pesadilla que se sueña en carne viva; pero en ese entonces todo era maravilloso: el destino deslumbraba por su amplitud y sus inabarcables dimensiones.

            Herido por los recuerdos, me puse en pie y me encaminé a la buhardilla. Lustro correteaba a un par de cuervos que habían aparecido de no sé dónde, tuve que silbar varias veces para que llegara conmigo. El perro regresó, un poco receloso por haber sido interrumpido en su juego; sin embargo, al acariciarle las orejas y hablarle con el profundo cariño que me despierta, movió la cola y se puso contento. Volvimos.

            Habríamos caminado cien o ciento cincuenta metros, cuando la vi. Llevaba un abrigo púrpura, entallado, que la hacía lucir hermosa. Se asomaba por la terraza, recargada sobre la baranda, con la mirada perdida en el horizonte. La sorpresa casi me obliga al descuido, por un momento estuvo a punto verme. Rápido tomé a Lustro entre mis brazos y me oculté detrás de un grueso tronco de uno de tantos pinos que flanquean la playa entre la nieve. Me sentí estúpido al comprender que el afecto nos vuelve vulnerables. Pensar en la otra vida, en Ofelia, estuvo a punto de arruinarlo todo. Creo que estuve allí veinte o treinta minutos, acariciando y abrazando a Lustro,  dibujando figuras sobre la nieve con una rama larga y seca, a la espera de que ella se fuera.

            Una vez que eché un vistazo, pude comprobar que la silueta había desaparecido de la terraza. ES incómodo. En ocasiones me canso de ser un fantasma, una aparición que ronda estos parajes. Regresé a la buhardilla y me di a la tarea de escribir estas páginas, en el más profundo de los desasosiegos. Lo pretérito puede ser un pasaje alcantarillado que conviene no destapar.

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 2 de julio de 2014

"El poema es el tigre" y "Uno es el ojo de sí mismo". Dos poemas de Ulises Panigua


Dos poemas de Ulises Paniagua
 
 
El poema es el tigre                                         

ese tigre que enluta sobre el límpido hielo

más allá de sangrientos pulmones hinchados de metáforas

 
El poema es el tigre que devora las imágenes del aire
y las tritura
Es goce de fauces entre lumínicos o romos versos

 

Es hígado de lo que quiere pero no alcanza
La mirada que toca la noche y se extiende hacia su centro
Lo imposible en su quieta existencia

 
El poema son las zarpas sobre el musgo
el salto entre abrojos
el rugido que repite el eco figurado

 
Es el umbral   /  La presencia
La intuición que no se menciona

 
El poema es el tigre blanco que se interna en la albura de la nieve.

 
 
 
Uno es el ojo de sí mismo
uno es la vigilancia  y la libertad sobre el propio precipicio
Uno es la boca y el culo del universo
espiral que confluye hasta el ombligo del sueño
Uno es el sueño
Uno es el ojo del universo
ése que es observado por el universo
Uno es el ojo
Uno es uno
Uno observa      
contempla  y es contemplado
Uno es el universo que implosiona aspira y exhala
al murmullo de un remo cortando las aguas
sobre un adormecido estanque de lotos.
 
Del libro "Ronco Canto luminoso"
D.R. Ulises Paniagua Olivares
 
 

jueves, 26 de junio de 2014

Lento: un poema erótico de Ulises Paniagua

Ulises Paniagua
 
 

Lento  /  invocando la tibia complicidad de los cuerpos
/ en el orto de tu piel clareando con la mía / (expandiendo)      Muy lento 
/ en la armonía que recibe la húmeda frontera de dos universos   
/ en el jadeo que despierta mi rugido de tigrillo   / Muy muy lento    / elevándonos
en un estrecho nadir  /  arrasando como oleaje el candor de la cama  (espejo y aroma de lo amado)  /    Allí tan lento    /    en el caracol del tiempo que nunca deja de
extenderse…
/  …habremos de estallar   / supernovas jugosas de caricias  /  al
tronche de una hoja inflamada  / en un
segundo  /  un lampo de fiereza y de ternura / en la
extensa noche de las miradas que se encuentran a pesar de la destrucción y la
furia de los muchos otros  /  Lento  /
Muy lento / Volveremos a convocar la palabra que sólo se consigue a través de
un eco de silencio.
 
 
 
 

jueves, 19 de junio de 2014

Reseña al "Nocturno imperio de los proscritos", de Ulises Paniagua, por el poeta y narrador Roberto López Moreno

Aquí comparto una reseña del poeta, narrador y maestro chiapaneco, Roberto Lopez Moreno. Es un privilegio ser reseñado por un gran escritor, como lo es él.
 
NOCTURNO IMPERIO DE LOS PROSCRITOS DE ULISES PANIAGUA
(Sediento Ediciones, 2014)

por: ROBERTO LÓPEZ MORENO
 
 

 


La felicidad tiene rostro, joviales perímetros ululantes, verbos que no hablan, que actúan para querernos decir toda la fuerza del mundo, posee una sonrisa en la que cabemos todos y que en colectivo tránsito nos abroguemos el estandarte. La felicidad llegó una vez más conmigo, desde la primera página del libro que hoy comento hasta la mesa en la que sustento esta algarabía en que me sustento. Y pregunto yo, qué mayor algaratanto puede haber que encontrarse un alma gemela en la curva del curso. Sentir que nuestros años, por medio de un elástico sistema toca las dos puntas del tempo… y del juego, porque siempre he creído, como sistema, que hay que saber jugar para descender hasta lo más hondo que nos mueve ascendidos. La alegría de la que hablo se sustenta en la absoluta coincidencia, fraternidad ya, entre acto y lenguaje.
De pronto desciendo del convoy en el kilómetro 2014 una más de las avanzadas del trajinar y en la hoguera tal trajinar considera las palabras que sobre Nocturno Imperio de los Proscritos, Juan Carlos Castrillón ha escrito en axis de verbal justicia, pupila rotatoria: “Este nuevo poemario de Paniagua (-interrumpo a Castrillón-, el poeta en referencia se llamaba Ulises Paniagua, después de este episodio se llamará Ulises Paniagua más todos nosotros, quienes nos habremos reinaugurado en su letra- ahora regreso con Castrillón: “Este nuevo poemario de Paniagua está enriquecido de transformaciones, de contradicciones y de síntesis; de hallazgos y de honestidad; la distribución versal cambia constantemente. Se nota la pasión por experimentar, la exasperada necesidad de ludificar; las ansias libertarias del ser de carne y sangre que aún hoy se niega a robotizarse; y así, asume la entrañable condición del hombre nuevo frente a la magnificencia de las estrellas. Adelante lector, estás advertido”.
70 páginas ¡y cómo fui yo en este libro! En medio de estas tensiones eléctricas el poeta establece su presencia con una suma de tiempos que fueron rebeldía, que fueron la sorpresa revolucionaria de lo nuevo para que sigan siendo en él. Ulises Paniagua no necesitaba de mi presentación, Castrillón lo dice todo. Absolutamente todo, con sólo leer las palabras del prólogo basta. Sabio en su letra el poeta del libro y sabio en su letra el escritor que lo prologa. Pero finalmente, qué bueno que fui invitado a este acto, qué bueno, gracias Ulises que no quedé afuera de esta magnífica fiesta de la libertad, como debe llamársele.
Tracendente la cita de Paniagua desde todos los imanes en acción “sobre verde leña peras quevedianas”, advierte. Aradi Anan fincaba desde su siglo primero que la ciencia sin cultura es desperdicio y luego me encuentro tal verdad con nuevos acentos en la página 25 de Ulises: “irredento protón inseminado/ en fruto de ciencia;/ corrosiva partícula./ Primitivo elemento,/ antimateria de ciego”. Qué golpe rotundo a la conciencia cuando nos subraya: “Estállanos en retazos/ de demonio viejo;/ entre el rencoral machacante”. Ah, entonces advetimos que estamos frente a un poeta en el que el lenguaje no es lenidad sino el peso del arma que requerimos en esta hora de sombras y naguales. Así como dice él “nos volveremos libro y en medio del enceguecido ciclón que virgilea desde su centro relampaguearemos intermitentes pero profundos”.
Ulises Paniagua enriquece nuestro idioma con sus sorpresivos neologismos, pero más haría, creo yo, si éstos no estuvieran escritos en cursivas, sino que se sumaran naturalmente a nuestro pleno decir, sin advertencia tipográficas, estamos queridísimo poeta, estás, en el ábrara de las escrituras. Tú eres el mago. Tú el obrero. El hacedor. Sin las cursivas virgilémonos plenamente. Me comprometo, humilde, a utilizar tus neologismos en mis poemas como “palabra de uso” y que después la cotidianidad continúe haciendo su trabajo.
Hablo de Ulises, hoy, como de uno de los poetas de la libertad que escriben en mi ciudad, en mi país. Como uno más de los libertarios que escriben en el mundo. Sus verbos han estado hablando por él en ese tono y lo seguirán haciendo. Hablo de ese Ulises que conspira en mi país haciendo estallar la letra con la fuerza que merecen los lepradores o los que nos tratan de arrebatar la tinta con sus “buenas formas”, y después, con sus “malas formas, sin pudores ni en el ágora ni en el aula”; pero después, cuando ni forma tengan habrán de sentir el espolón del estilo veraz sobre las vesanias.
La palabra es conducto de libertad y Ulises termina convirtiéndola en mayor libertad para que más libertad sea, la verdadera libertad empalabrada. Quiero traer aquí a un poeta del que ya muy pocos se acuerdan, se llamó Jesús Arellano y fue muy amigo de la gente decente. Ya había pasado el tiempo de los “Estridentistas” que muchas inquietudes había sembrado en las generaciones que se encontraban entonces en ebullición, aunque los bienpagados sigan diciendo que no; ya los teóricos universales habían determinado que las Vanguardias habían clausurado su muestrario de sorpresas y libertezas; que en los años veinte, unos, que en los treinta los más dadivosos. Pero la Vanguardia quieran o no, con los “Etridentistas” primero y después con muchos otros que insisten en hacer estallar el artefacto, sigue aquí, está aquí entre nosotros, construyéndose y deconstruyendo para seguir golpeando donde hay que golpear.
Las Vanguardias ya habían desaparecido por decreto, cuando una buena gama de poetas siguieron sembrando sus cartuchos de dinamita. Fue cuando Armando Duvalier quien en este 2014 también cumple 100 años de bien nacido, vio a los políticos sin necesidad de señalarlos como dinosaurios alquimistas, tratando de distraerse con la niña y su hipotenusa. Fue cuando Jesús Arellano el poeta de quien les hablo solicitó verbásico: “Mariposa demócrata, marimbarisa fósforo en los hombres a lo mejor a algún político se le ensocialistea la ignorancia coloratriz”. Es el mismo Arellano que aya en otra parte: “Que un día ya se igualescan las conciencias y vivan junto de las gotas del rocío y debajo del árbol cuyo pajarerío raicé para siempre la justicia, con la tan vieja esperanza de una patria, asesinos de la inocencia vida de perro del poema”.
Desde el nocturno imperio de los proscritos se alza Ulises Paniagua y le da la mano al camaradazon Arellano y su tema lógica jesusista. “Dentro de mí, el Caos despunta / vuelven las hidras demandantes a destrozar la convulsa fragilidad de la imagen”. Yo lo leo y lo releo y en cada línea me sigo encontrando multiplicado; conozco a uno de sus fraternos mayores Saúl Ibargoyen, y casi estoy seguro que él también se ha de encontrar seguido a cada vuelta de la esquina del verbo dentro de las estructuras que Ulises ha levantado.
Acerca de las palabras, “Chillen putas” propuso la derecha en algún momento; pero es a los demás a quien nos pertenece mayormente tal propuesta; sobre todo cuando las palabras evocadas han servido para sentar estadíos cuando las palabras se han hecho estado que hay que remover, sacudir, demoler, hasta sus tercos cimientos. Sí, “chillen putas”, las de la ley torcida y la injusticia sonora. Hay que remover; hay que esgrimir el pico y la pala de la palabra y estar listo para las nuevas construcciones.
Desde esa perspectiva el libro de Ulises Paniagua ya no es de él, nos pertenece a todos como instrumento necesario para que aprendamos a construir teas. Si las Vanguardias fueron clausuradas en los años treintas por los especialistas, yo hago mi Vanguardia con su libro y me preparo para el asalto al cielo. 










 

jueves, 12 de junio de 2014

Ese lugar existe, fragmento de una novela de Ulises Paniagua

Hola, comparto aquí el inicio de mi próxima novela, "Ese lugar existe". Espero lo disfruten:

 
Ese lugar existe  (inicio de novela)
 
Ulises ¨Paniagua
 




En Luxindra, la claridad se desborda de tal modo que aun asomando a través de la cerradura una llega a pensar en quedarse ciega. El cielo parece blanco, las paredes son brillantes, y el bosque nevado allá afuera infunde la sensación de una pureza indescifrable. Esta fortaleza es del color de la nieve. El océano también. Diría, incluso, que el sol es de una albura incandescente.

            En cambio, el tigre que ronda, sigiloso y cercano, parece tener intenciones oscuras y carniceras. Es un animal torvo; es lo único que me remite a lo negro. Él y el umbral del sótano.

            Hace tiempo vivo aquí. He olvidado mi nombre. No recuerdo si decidí retirarme, o este encierro se debe a la privación de mi libertad por motivos represivos o de algún terrible secuestro. Indago en el misterio de la libertad: ser libre es aparentar hacer lo que quieres. O hacer lo que quieres, da igual. Quiero decir, si no recuerdas por qué eres libre en un lugar donde reina el hielo, todo es cosa de apariencia. No hay a dónde ir sin riesgo de morir en el camino. No hay con quien hablar.

            Hoy amaneció más radiante que de costumbre, y tengo que colocar mi mano sobre los ojos -a manera de visera- para evitar que la luminosidad se vuelva intolerable. Sólo así, entre una vista incierta, puedo contemplar el horizonte: no hay nada ni nadie alrededor. Quizás, de vez en vez algún animalillo (una liebre, una comadreja) quiebra una rama, rasca en su madriguera y se oculta. Luego sobreviene el silencio absoluto, interrumpido apenas por ráfagas de viento. Por cierto, el viento también es helado. Entre el viento y los rayos del sol que se reflejan sobre el hielo de la terraza donde coloco la silla para contemplar el horizonte) me tienen el rostro requemado. No moreno, sino enrojecido, ¿me explico?

            El tigre anduvo cerca anoche. Escuché sus pasos por el acceso norte. No me asusté. Debajo de la cama guardo una escopeta que podría partirlo en dos. No sé dónde aprendí a disparar, pero sé hacerlo. Es mejor que el animal no se acerque, porque no tengo intenciones de dañarlo. Prefiero la armonía entre las fuerzas naturales y cósmicas; aunque a veces la paciencia se agota: sus resoplidos son molestos y estruendosos más allá de la medianoche.

            Luxindra es un lugar particular, pero respeta los niveles del universo, sin duda. No hay nada que vaya más allá de los niveles del universo. Luxindra no podría ser la excepción. El tigre, en todo caso, está a salvo, siempre y cuando no se meta conmigo.

 



 
 
………………………………………………………………………………………………….
 
Escribo desde las sombras porque sólo desde la oscuridad puedo comprender la médula de lo espiritual, el abismo que trasciende. Mis aliadas son siete velas discretas y una ventana que he preferido sellar con una cortina. No estoy solo, porque en la habitación hay una araña que a diario teje su tela en uno de los rincones del techo. Aquí todo parece negro: la madera del piso, la mesa, el marco de la ventana. Hasta Lustro, mi perro, se mira negro entre poca luz. No sé por qué decidí ponerle ese nombre: Lustro. Supongo que se lo debe a mi ansiedad ante el paso irremediable del tiempo, y por lo tanto, a mi fijación por la muerte. Admiro mucho a la muerte, eso es claro, me parece una eventualidad precisa, irreprochable en su silencio. Un día la muerte sale de un callejón, te saluda como quien no quiere la cosa y ya estás tieso, tu corazón y tu cerebro han dejado de funcionar. La muerte posee el encanto de un poema leído sobre el muelle de un puerto: es hermosa aunque melancólica, y te subyuga aun cuando te das cuenta de que el sol se ha escondido, y al puerto lo cubre la más absoluta de las oscuridades, apenas interrumpida por la inocencia de las luciérnagas. La muerte es un profundo eco en el movimiento del universo, una piedra que permanece cayendo hacia el oleaje del espacio-tiempo. La muerte es hermosa por su persistencia.
 
 
 
 
 



 

martes, 13 de mayo de 2014

Té para dos, un magnífico cuento de Milorad Pávic

Té para dos
Milorad Pávic
 
 

El escritor les aconseja, queridos lectores, que no lean este cuento un miércoles y de ninguna manera antes del mes de mayo. Además, lo más conveniente sería que lo leyeran por las noches y en la cama. Descubrirán las razones por ustedes mismos. Aún debo decir que en este cuento no hay héroes; los únicos héroes aquí son ustedes, sus lectores.
Yo sé que, mientras escribo esto, mi ojo izquierdo mira el papel como el ojo de mi padre, y el derecho, como el ojo de mi madre. Tal vez por esa razón esto no resulta tanto un cuento como una especie de elixir de amor, y estos renglones se convierten en las instrucciones para el uso de dicho elixir.
Ustedes, no obstante, saben que la diferencia entre dos amores puede ser más grande que la diferencia entre el amor y el odio. Quizás por eso cada amor grande empieza con tres pequeñas mentiras y son justamente ellas, esas pequeñas mentiras, lo que tenemos que agregar al cuento como base para esta pócima de amor.
La primera de ellas, queridos lectores, sean quienes sean o se llamen como se llamen, será su nombre secreto, es decir falso. Así que el nombre de la lectora de este cuento será desde ahora Aseneta, como la esposa del hermoso Josefo, mientras que el nombre secreto del lector será Aristin como se llamaba un escritor del siglo XII.
Pero el elixir de amor aquí ofrecido podrán aprovecharlo, queridos Aseneta y Aristin, sólo si pasan por una iniciación especial, es decir, si logran alinearse entre los héroes de este cuento. Porque no todos los lectores de este texto podrán realizarlo. Por otro lado, tengan en cuenta que eso no es inocuo, porque la conversión del lector en el héroe de un libro le da la posibilidad al escritor de lastimarlo, incluso de matarlo, en cuestión de dos renglones. Sin embargo, nuestro objetivo aquí es el amor, y no la muerte, un elixir de amor, y no un veneno. Así que ármense de valor y escuchen las primeras instrucciones. Aparentemente, todo parece bastante fácil, es suficiente que en un futuro cercano mientan tres veces, pero también se necesita que algo ya haya ocurrido en su pasado reciente. Un evento aparentemente pequeño e insignificante, que, sin embargo, representa la condición para acceder a la pócima del amor.
Mis instrucciones seguirán por separado para Aseneta y después para Aristin, porque difieren dependiendo de su destinatario.
Instrucciones para Aseneta
1. Querida Aseneta,
Tal vez tiene usted unos maravillosos ojos negros que lanzan miradas aromáticas a su alrededor, tal vez siembra tras de sí sombras costosas y tal vez orina agua de colonia, como dijo una escritora, pero eso no le ayudará a llegar a ser la heroína de este libro. Lo puede conseguir sólo la lectora que antes del día en que empieza a leer este cuento haya perdido una llave. Una llave cualquiera. La llave del maletín de maquillaje, la llave de su auto, o de un departamento ajeno, da igual. Si eso le ha pasado está en buen camino y sólo usted puede considerarse la heroína de este cuento y la portadora del nombre falso de Aseneta. Ninguna otra. Las demás lectoras pueden tirar este libro, inclusive, porque él ya no se refiere a ellas.
2. Su siguiente deber, querida Aseneta, es soñar un sueño. Antaño los monjes de Constantinopla curaban las enfermedades del sueño de sus hermanos, o de otra gente, solicitándole a toda la hermandad de su monasterio que una determinada noche soñara el mismo sueño, previamente descrito. Algo semejante se necesita aquí también. Sólo que aquí el modelo tiene que ser un sueño femenino, por lo que vamos a aprovechar un sueño que había soñado mi media hermana. Así que la lectora que se sentó a leer este cuento habiendo olvidado en algún lugar una llave, por lo que tiene derecho a llevar el nombre de Aseneta, debe soñar el siguiente
Sueño femenino
Sueño que camino de noche por una calle desierta. Es tarde, está oscuro, empiezo a sentir miedo cuando de pronto escucho unos pasos detrás de mí. Son pesados y resuenan cada vez con más velocidad. Aún estoy lejos de mi casa, me apresuro, y luego empiezo a correr con pánico. Los pasos pesados son cada vez más frecuentes y el desconocido a mis espaldas está corriendo. Me persigue. En una esquina alcanzo a verlo con el rabillo del ojo. Es un hombre más robusto que yo, que apresura su paso sin hablar en la oscuridad. Allí ya no hay calles, sólo una zona densamente poblada, uno atraviesa los patios de las casas, viejas escaleras, pasa por los pórticos, a veces por las antesalas abandonadas de las casas. De pronto, como suele ocurrir en los sueños, las piernas ya no me obedecen. Sigo corriendo, pero no me muevo de un portal que me observa con su oscuridad. Me quedo paralizada. El desconocido se acerca cada vez más, casi me cubre su sombra, pero en el momento decisivo de repente deja de perseguirme, se detiene en una esquina, se para junto a la pared y orina por un largo, largo rato…
3. Por supuesto que a la mañana siguiente, en cuanto se despierte, querida Aseneta, usted se dará cuenta que no lo ha logrado. No ha soñado el sueño solicitado, sino algún otro, diferente, quién sabe cuál. Pero no se preocupe. Eso no importa en absoluto. El sueño, en realidad, no le fue solicitado para que lo soñara, porque hoy en día ya nadie sabe hacerlo, sino para recordarlo muy bien. Incluso, hay una razón adicional, pero cada cosa en su momento. Ahora debe buscar algún arete suyo. Cualquiera. Necesitará sólo uno. Póngalo en su bolso.
4. El siguiente miércoles debe ir a la terraza de la taberna más cercana a la iglesia principal de su lugar (aquí en Belgrado, sería la terraza de la taberna “El signo de interrogación” en la calle Kralja Petra, número 6). Al medio día debe sentarse allí, al sol, y ordenar un té. Mientras lo esté bebiendo ponga sobre la mesa aquel arete. Luego ya no tendrá que hacer nada, salvo esperar. Debe esperar a un joven que pondrá sobre la mesa ante usted una llave sin cortar. Sin embargo, la espera es un oficio difícil. También una buena escuela…Pero, tenga cuidado, el cuento en este punto puede dejar de ser un cuento de amor en un sentido clásico. Porque, sólo Dios sabe a quién traerá la casualidad ante usted un miércoles en la terraza de la taberna para que en un té para dos se tope con quien le hace falta en la vida…Puede suceder que nadie con una llave aparezca no sólo ese miércoles, sino tampoco el siguiente. O puede suceder que un solo joven con una llave sin cortar se tope con diez chicas con aretes sobre la mesa. Es decir, este cuento se convirtió en una tienda de elixir de amor, pero éste, como todas las demás pócimas mágicas, no es inocuo.
*
En este lugar de pronto dejé de escribir porque en mi mente apareció una pregunta clara como el cristal:
-¿Por qué le mientes? ¿Por qué mientes a Aseneta, si sabes muy bien que es totalmente incierto que algo ocurra y qué cosa puede ocurrir el miércoles siguiente en la terraza de dicha taberna?
Al pensarlo un poco me respondí a mí mismo:
-Porque cada gran amor empieza con tres pequeñas mentiras…
Instrucciones para Aristin
1. Querido Aristin,
Usted puede tener las manos y la voz que hacen temblar los oídos femeninos, los bigotes que embellecen su sonrisa y la sonrisa que embellece sus bigotes, pero eso no va a ayudarle a convertirse en el héroe de este cuento. El lector atinará fácilmente si él es el verdadero, si es el único que puede lograrlo, si por la noche, en la cama, cuando se disponga a leer este cuento, recordara que hace poco encontró en el pasto o en la calle un arete perdido. Un arete femenino común que no tiene que ser caro en absoluto. Ese lector es el elegido. Y sólo él tiene derecho de llevar el nombre secreto del héroe de este cuento: Aristin. Los demás ya pueden desistir de los intentos y la lectura de este cuento ya no les va a concernir.
2. Si ha leído la instrucción del punto 2 para Aseneta se refiere a usted también. Aquí está el sueño que se requiere de usted para los fines mencionados con la advertencia de que se trata de un sueño masculino que yo había soñado, por lo que supongo lo podrá soñar usted también, Aristin…
Sueño masculino
Sueño que estoy acostado en una cama. Arriba de mí está el techo de madera al cual está sujeta una mesa cuadrada puesta para comer. Parece como si estuviera clavada a un suelo de madera volteado. En la mesa están de cabeza, pero sin caerse, un plato lleno de comida, tenedor, cuchara y cuchillo, una fuente con pan y un vaso de aguardiente de ciruela pasa. Tal vez en el plato está el bagre frito en agua para el Día de San Nicolás. El techo es bajo y la mesa está justamente a una distancia que acostado pueda tomarme el aguardiente y almorzar todo lo que hay en ella. Y eso resulta tan fácil que causa un placer supremo, una calma y felicidad que desconocemos en la tierra. Todo allí es completamente “natural”, adaptado al cuerpo, un cuerpo astral, que está conectado con mi cuerpo a través de mi ombligo astral…Mientras aquí, en la Tierra, camino por un bosque y me duele cada hoja.
3. Querido Aristin, creo que usted no pudo soñar el sueño exigido y comerse allí el almuerzo, aquel bagre frito en agua para el Día de San Nicolás. Pero no se desespere. Usted ya sabe, porque echó un vistazo en las instrucciones para Aseneta, que el sueño no se le exige para soñarlo, sino para otros propósitos. Por eso, continúe ahora su camino, es decir, pase por una tienda y cómprese la llave sin cortar.
4. El siguiente miércoles váyase a la terraza de la taberna más cercana al templo de su lugar (aquí, en Belgrado, está en la calle Kralja Petra, número 6, donde se encuentra la taberna “El signo de interrogación”). Tendrá que estar allí al mediodía y buscar a una persona femenina que esté tomando té y sobre la mesa ante ella tenga un arete femenino. Acérquese a ella, ponga la llave sobre la mesa y pregúntele si usted puede sentarse. Si ella no le da permiso, preséntese, dígale que se llama Aristin. Si ella es Aseneta, se puede suponer que le ofrecerá el asiento y usted le contará lo que soñó la noche anterior. En realidad, el sueño que no ha soñado, sino que le fue exigido. Cuénteselo como si lo hubiera soñado, aunque no lo hubiera hecho. Si también ella le cuenta un sueño que le fue pedido, el cual usted ya leyó en este cuento, se cumplió el objetivo y todos los requisitos están ahí. Es decir, cada amor grande empieza, como dijimos, con tres pequeñas mentiras. Esa condición la habrán cumplido los dos parcialmente, mintiendo haber soñado lo que no soñaron y presentando sus nombres falsos. Eso significa que están en el mejor camino para aprovechar el elixir de amor y convertirse en los protagonistas de un gran amor. Si Aseneta le pregunta a usted, querido Aristin: ¿por qué precisamente una llave y por qué precisamente un arete?, usted contestará lo siguiente: No tiene ninguna importancia si es una llave o un arete. Lo importante es que a los hombres, por lo general, les falta algo de atención, así que alguien que fue lo suficientemente atento para notar en el pasto o en la calle un arete perdido es muy recomendable. A las chicas, por lo general, les falta ser un poco distraídas, entonces, es recomendable la que puede llegar a perder unas llaves. Esos dos, según parece, podrían formar una pareja bastante armoniosa…
*
En este lugar interrumpí por segunda vez la escritura de este cuento porque en mi mente apareció una pregunta clara como el cristal:
-¿Por qué le mientes? ¿Por qué mientes a Aristin, si sabes muy bien que todo es totalmente incierto? Porque los que lo intenten experimentarán por sí mismos que una relación basada en llaves sin cortar y una chuchería femenina no debe significar gran cosa. Puede ocurrir que Aseneta y Aristin simplemente no se gusten. O aún peor, puede darse el caso que, yo mismo me lo imaginaba, que Aseneta o Aristin no encuentren a nadie para tomarse un té para dos con ellos, alrededor del medio día en la terraza junto a la iglesia. La cosa puede convertirse en la amistad entre dos chicos, un compañerismo mutuamente útil entre un viejo y una joven, la plática entre dos viejas, un romance entre dos lesbianas o quién sabe qué más. Entonces, ¿por qué mientes a Aristin?
-Porque cada gran amor –me respondí a mi mismo- empieza con tres pequeñas mentiras…
II
Casi dos años después de que este cuento fuera escrito y publicado en un periódico me llamó por teléfono una voz masculina, me dijo que no nos conocíamos, que era mi lector y que tenía que decirme algo extraordinario en relación con el cuento “El té para dos”. Quedamos en encontrarnos en la terraza de la taberna “El signo de interrogación”. En ese entonces yo ya había cumplido setenta años, había entrado en el siglo XXI y empezaba a olvidar sin orden muchas cosas – cazar cornejas, tirar los guijarros sobre la superficie del agua, entrar por la puerta de espaldas, días de la semana primero en ruso y después en francés, mientras que los nombres de días en inglés brotaban de mi memoria a pesar de que jamás lo había aprendido bien. En resumen, el alma se me salía por la nariz, y yo tenía que estornudar cada mañana. Aunque todavía no me olvidaba cómo reír. Por eso me reí en el auricular, él no lo hizo, y nos encontramos en la terraza de la taberna “El signo de interrogación”. Él estaba tomando café y leyendo el periódico “La voz pública”. Estaba en la mejor edad, cuando las virtudes aún no empiezan a convertirse en vicios. Vestía bien, de negro, tenía tres caras transparentes una encima de la otra, cada una hermosa a su propia manera. Y tres tipos de cabellos en la cabeza – uno cerdoso, otro parecido a plumas y un corto pasto hirsuto en la mollera. Con su mirada podía congelar el agua en el vaso delante de él…Yo me desconcerté y concluí: Dios cura, nosotros sólo cambiamos vendajes…
Me contó lo siguiente.
El cuento del lector
“Antes que nada, quiero decirle que yo no soy ningún ratón de biblioteca. Es todo un milagro que haya leído su cuento y el milagro se dio de la siguiente manera. Un día mientras paseaba por Kalemegdan, mi mirada cayó, por pura casualidad, sobre un objeto que brillaba en el pasto. Me agaché y encontré un arete femenino. Parecía un poco aplastado, probablemente pisado, pensé, y lo metí en el bolsillo. Lo olvidé allí, porque los bolsillos son los mejores lugares para olvidar cosas. Cuando después de algunos días volví a ponerme el mismo saco palpé el arete en el bolsillo, primero sorprendido de que estuviera ahí, pero luego pasé por “El Bazar del Milenio” a visitar a un joyero que fue mi compañero de escuela.
- ¿De dónde sacaste esta maravilla? –preguntó.
- La encontré.
Examinó el arete bajo la lupa y dijo:
- Oro de catorce quilates con tres diamantes, tres verdaderos diamantes.
- ¿Cuánto vale eso?
Mi amigo dijo una suma aproximada que hizo dar vueltas a mi cabeza. Siguió examinando el arete cuidadosamente bajo la lupa.
-En el arete hay un poco de sangre seca. Fue arrancado de la oreja de una chica. Por eso está un poco deformado…
Al devolverme la joya mi amigo quedó un poco pensativo y agregó:
- Yo sé de quién es ese arete.
Me quedé pasmado.
- ¿Estás bromeando?
- Lo sabe todo el mundo. Perteneció a Ksenia Kaloper. Hace un mes todos los periódicos escribieron sobre ella. Fue robada y asesinada en Kalemegdan. Sabes aquello: “Nena, ¡quítate la chuchería para que no te arranque la oreja!” No obedeció. A juzgar por los periódicos, le arrancaron los aretes, le quitaron las sortijas de las manos y un anillo de un pie, todo con violencia y rapidez. El asesino tenía prisa. El anillo del pie fue encontrado ahí mismo. Lo demás no…
- ¿Y qué hago ahora con esto?
- Tienes varias posibilidades, cada una peor que la anterior. Entregar el asunto a los órganos de justicia, devolver el arete a la familia de la difunta Ksenia Kaloper, vendérmelo a mí bajo la condición de que yo quiera comprarlo. En los tres casos tendrías que explicarle a la policía cómo lo obtuviste.
Desesperado regresé el arete al bolsillo y decidí olvidarlo allí de nuevo. Por ahora. Antes de salirme de la tienda mi amigo me gritó:
- Todo eso tiene un lado bueno.
- ¿Cuál?
- Te convertiste en el personaje de un cuento.
- ¿Cuál cuento? –me quedé asombrado de nuevo.
- El cuento se llama “Té para dos” y sus personajes llegan a ser todos aquellos que encontraron cualquier arete en cualquier lugar. Yo leí hace poco en un periódico. Un momento…aquí está.
De un montón de periódicos sacó uno y me tendió su cuento. Así llegué a “Té para dos”. Y así se dio que leyera su cuento. En un momento pensé irme a la cita en la terraza del “Signo de interrogación”, hasta conseguí una llave sin cortar por si acaso, pero esas intenciones se vieron impedidas entonces por un gran cambio en mi vida.
Dos semanas después de haber leído “El té para dos” me dieron inesperadamente un empleo en el extranjero. Estuve fuera de Belgrado varios meses, trabajaba en Moscú y tenía la intención de continuar mi vida allá cuando me avisaron que mi padre había muerto, así que vine a enterrarlo y a encargarme de su departamento. Después del funeral y de los demás trámites regresé al desierto hogar paterno lleno de cosas viejas que desde hace mucho habían perdido sus aromas y adquirieron una especie de tufo común. Miraba fijamente esas cosas y a mí mismo en medio de ellas a través de un espejo de mi padre, gastado y con un agujero y sentí que el hombre cada día tenía la oportunidad de ser inteligente al menos por un instante. Porque todo hombre pasa cada día, sin siquiera percatarse, por un semi-instante anterior a su nacimiento y por un semi-instante posterior a su muerte. Entre esos dos semi-instantes está la gota de la sabiduría que apenas notamos…Con esos pensamientos me tumbé en la cama, pero no pude dormirme. Toda la noche estuve dando vueltas y me levanté tarde sin pegar un ojo. Miré por la ventana, me di cuenta de que era casi mediodía y de que era primavera; me puse mi viejo saco que estaba en el armario y que no me había puesto en mucho tiempo. Palpé una llave en el bolsillo, la saqué, me pregunté de qué era y con sorpresa noté que no tenía cortes. Me acordé, por supuesto, que estaba preparada para la cita en la taberna “Signo de interrogación”, pero que jamás tuve tiempo de verificar si funcionaba o no. En el otro bolsillo estaba, desde luego, el arete de oro con diamantes.
De pronto se me ocurrió que podría tomarme el café de la tarde, que necesitaba sobremanera, justo en “Signo de interrogación” y me fui directamente a la calle Kralja Petra. Hacía calor, en la terraza había mucha gente sentada, y no quedaban mesas desocupadas. En una mesa noté a una chica sola tomando té. Tenía un zapato negro con el tacón blanco, y otro blanco con el tacón negro, junto a su taza estaba un arete. De oro con tres piedritas brillantes. Con tres diamantes. Algo deformado. Me quedé petrificado. El otro igual a ése, estaba en mi bolsillo. Al acercarme, puse aquella llave sobre la mesa y dije:
- Buenas tardes, soy Aristin, ¿puedo sentarme?
- Cuéntame un poco de eso –contestó la chica- ¿quién se llama así hoy en día? Es decir, mientes, pero siéntate, ya que el lugar está lleno. Tomate un café y largo de aquí.
Me senté, pedí un café e intenté una vez más. Le pregunté:
- ¿Quiere que le cuente lo que soñé anoche?
- Está bien, si no va para largo. De todos modos estamos matando el tiempo –dijo.
Entonces empecé a contarle el sueño que me fue encargado en el “Elixir de amor””:
- Sueño que estoy acostado en una cama. Arriba de mí está el techo de madera al cual está sujetada una mesa cuadrada puesta para comer. Parece como si estuviera clavada a un suelo de madera volteado…
- Mientes de nuevo. En tus ojos veo que anoche no pegaste un ojo. ¿Cómo pudiste soñar despierto?
Ante esas palabras yo quise levantarme de la mesa cuando ella preguntó:
- ¿Y dónde está tu arete?
- ¿Disculpe? –me desconcerté, pero empecé a revisar mis bolsillos aunque sabía que, por ahora, no iba a enseñarle el arete de ninguna manera. Finalmente pregunté sólo por decir algo:
- ¿Cuál arete?
Creo que mi rostro lucía una sonrisa acartonada mientras pagaba el café, pero ella no desistía:
- ¿Cómo que cuál arete? El que es prerrequisito para que te conviertas en el héroe del cuento “Té para dos” y vengas acá. ¡Felicidades! Es tu tercera mentira hoy. ¡Mentiste antes de que terminaras de leer el cuento! Tú no encontraste ningún arete en absoluto…
Me reí y regresé a la mesa. Desde entonces empezamos a vernos a diario. En las mañanas, mientras me iba a trabajar, la dejaba sola en mi apartamento. Era fácil notar que revisaba los cajones en mi ausencia. Buscaba los diamantes. Anteayer, por fin, le enseñé el arete. Le dije que lo había comprado para mi hermana, que supuestamente usaba esos adornos siempre en una sola oreja. Sabía que eso iba a obligarla a ella y a su cómplice, probablemente el asesino de Kalemegdan, a descubrirse y comenzar a actuar con rapidez antes de que el arete que apenas pudieron encontrar en mi casa, se esfumara de mis manos. Así podía agarrarlos y entregarlos a las manos de la ley…”
*
Ese fue el cuento del joven. Estábamos sentados tomando café y callamos por un instante, cuando el joven apuntó con la mano hacia la chica que estaba entrando en la terraza. Tenía los labios pintados de un brillo labial negro, y en el moño una aguja de plata con una canica de vidrio verde. Calzaba un zapato blanco con el tacón negro y otro negro con el tacón blanco…
Un paso blanco, un paso negro, otra vez blanco, otra vez negro. Y luego un silencio particular. Un silencio salado, diría. Él se levantó, se besaron y mientras todos miraban ese beso, ella le dio la mano a pesar de que él tuviera sus dos manos alrededor de los hombros de ella. Después se volvió hacia mí y se presentó:
- Aseneta. Se ve que usted ha desechado más gorras en su vida que las que yo he comprado. Usted tuvo razón. Aquel elixir suyo sí funciona. Cada amor grande empieza con tres pequeñas mentiras…
Entonces la chica puso ante mí, sobre la mesa, una caja de dulces con whiskey para hombres “Laroshell de Luxe”.
- Es para usted –agregó-, además le tengo dos preguntas, profesor. Primero, el elixir del amor, su té para dos, ¿también le concierne a usted? Segundo, ¿se puede considerar como una pequeña mentira algo que en el futuro llegará a ser una gran verdad?
- Por supuesto –dije.
- ¿Por qué, entonces, no toma un poco de su elixir de amor que con tanta generosidad nos ofrece a nosotros?
Me reí, ellos se despidieron y se fueron abrazados, y yo ordené en vez de café un té de menta con alcaravea. Como si esperara a alguien en un té para dos. Al abrir “La Voz Pública” que Aristin dejó en la mesa, leí en el periódico que ese día yo había muerto en las primeras horas de la mañana.
*
Mi querida lectora y mi querido lector, seas quien seas, recordarás que mis palabras al final de este cuento son, en realidad, mi declaración de amor hacia ti. Mi tercera pequeña mentira que llegará a ser verdad en el futuro.
Porque cada gran amor empieza con tres pequeñas mentiras.