jueves, 24 de julio de 2014

Prólogo de Glafira Rocha a "Historias de la ruina" de Ulises Paniagua

 
Prólogo de Glafira Rocha a "Historias de la ruina" de Ulises Paniagua
(Sediento Ediciones, México, 2013)
 

Imagen: Glafira Rocha, escritora y dramaturga mexicana

Una ruina implica destrucción, un proceso de decadencia, son los restos de un todo que quedó fragmentado por el olvido. La ruina es el abandono del sí mismo, el despojo del ser que no encuentra su lugar en el mundo. Historias de la ruina nos lleva a un universo donde sus personajes deambulan entre lo que fueron y lo que desean ser, caminan por los fragmentos de un edificio que quedó derruido por el tiempo, por una estructura que no tiene forma exacta porque aún se está reconstruyendo. Estimado lector audaz, estás entrando en una dimensión que tal vez te llevará a las reminiscencias de ti mismo.

Ulises Paniagua, es, además de un literato, un arquitecto de profesión, es decir, que conoce cómo se le da vida a una construcción y cómo devolverle una nueva estética a aquella edificación que se perdió en el abandono. Esta habilidad es notoria en cada uno de los cuentos. Inicia con “Juguete chino” que funge como un instructivo, el cual indica que, como en Las mil y una noches, un cuento se hila con otro hasta regresar de nuevo al principio, donde el inicio no será el mismo pues ya se tiene la experiencia de la primera vuelta. Esta travesía literaria  se mezcla entre la voz en primera persona y entre el narrador omnisciente que cree que todo lo sabe, pero en realidad los personajes lo engañan al ocultar secretos. Esto se puede ver en “Para domar las furias” donde el personaje, un ingeniero en una obra en construcción, sucumbe a la fantasía de sus trabajadores, a las leyendas, que como símbolos nos persiguen y nos atrapan en el momento en el que creemos en ellas.

En cada uno de los cuentos de Historias de la ruina, podremos encontrar a un ser que se tambalea entre lo que es y lo debe ser e intenta salir de una vida inauténtica. El filósofo Martin Heidegger, decía que la existencia auténtica es como el llamamiento de la Conciencia, que comprende al silencio y a la angustia en sus más extremas posibilidades, y sus posibilidades consisten en ver su nada. Este ser auténtico es un modo privilegiado del conocimiento. Sólo en este modo es que se ve la verdad, porque la define, sólo en él se ve la perfecta transparencia de estar consigo mismo, a diferencia de la vida ordinaria, la inauténtica, que se establece y se mueve en la no-verdad, sin embargo, es en esa no-verdad donde aprendemos y aprehendemos el camino para llegar a casa, es decir, hacia nuestra existencia apropiada. En este libro que tienes en tus manos, excelente lector que subraya y hace anotaciones, lo anterior se traslada a una serie de voces que se descubren sometidas al devenir de la costumbre y buscan una salida. En “Historia del desasosiego” aparece la siguiente frase que funge como la esencia del libro: “Enfrentarse es destruir la imagen que se tiene de sí mismo, desatar los lobos de la conciencia, desplomarse desde un cenit indomable”. En el cuento “La rampa”, Ulises dice: “No hay nada seguro en este mundo excepto la conciencia de que podemos desprendernos a través de historias resguardadas bajo capas de otras historias”. Cada personaje está en una indagación hacia sí mismo, porque es desde ahí donde podrá reconocerse. Esto nos recuerda a Julio Cortázar, quien en sus cuentos mostraba las capas externas de una narración, cuyo fondo es en realidad lo que provoca en el lector una sacudida estructural. Eso que no está dicho, pero que está ahí, aquello que es lo que nos lleva a continuar inmiscuido en una lectura que trastoca a la expresión, porque no está encaminada a la parte consciente del hombre, sino a un nivel más hondo que se sitúa en un inconsciente que se expresa a través del lenguaje cifrado, en poesía. El mismo Cortázar lo menciona claramente en Rayuela, capítulo 62: “así, al margen de las conductas sociales, podría sospecharse una interacción de otra naturaleza, un billar que algunos individuos suscitan o padecen, un drama sin Edipos, sin Rastignacs, sin Fedras, drama impersonal en la medida en que la conciencia y las pasiones de los personajes no se ven comprometidas más que a posteriori. Como si los niveles subliminales fueran los que atan y desatan el ovillo del grupo comprometido en el drama”.

Historia de la ruina, querido lector macho (Cortázar) une una historia con otra a través de pequeños guiños, que nos indican que cada elemento se relaciona con otro para formar la unidad, una singular narración que con toda libertad puede prestarse, incluso, a sus personajes, sin necesidad de que esto implique que por sí mismo, cada universo narrativo, tiene su propia integridad. Esto nos lleva a Louis Aragon en La mise á mort: “un texto para el que no tenemos clave. Ni si quiera se sabe quién es el héroe,  positivo o no. Hay una serie de encuentros de gentes que uno olvida apenas las  ha visto y de otras gentes sin interés que reaparecen todo el tiempo. Ah, qué mal hecha está la vida. Uno trata de darle una significación general. Uno trata. Pobre diablo”. Un ejemplo de esto aparece en el cuento “Crónica del Minotauro”: el hombre y el animal se trastocan, intercambian roles y es el segundo por quien tenemos misericordia. El toro es un expresidente, que es puesto en el ruedo para que se lleve a cabo la fiesta brava. Un torero sale con sus banderillas para hacer de la masacre un arte, en donde miles de espectadores vituperan y piden venganza. Los cargos que se le imputan a ese pobre animal son los de alevosía, ventaja o premeditación contra los recursos naturales de la nación, su economía y/o desarrollo tecnológico o cultural. El hombre se ha convertido en su propio verdugo.

            Ulises Paniagua, teje estas historias, desde una introspección que hace que cada elemento literario se transforme en una búsqueda del ser hacia algo que intuye y se dirige a lo desconocido que es él mismo.  Lector entrañable, te invito a adentrarte en esta edificación bordada con filamentos de palabras que renacen de las ruinas.
 
 
 

lunes, 14 de julio de 2014

Mudar el habla, fragmento de un texto de la poeta argentina Griselda Gómez

"Mudar el habla"
(fragmento de poema)

 Griselda Gómez (Argentina)



 Sospechas de vocablos
Interrogan lado costado
Páginas repletas
Escribas en tribus
Avanzan enflechando
Nepentes cicutas
Peripecias y lágrimas
Hordas horadan indecentes
Histéricos silencios

El habla se legitima en esa página
O en aquella
Donde la vuelta es otra
Y no culmina
Por exponer frente al mundo
Todo dicho maldito.
 
 
 
 

lunes, 7 de julio de 2014

Ese lugar existe, fragmento de novela de Ulises Paniagua

Ese lugar existe
 
Ulises Paniagua



(fragmento de novela)
 

            Hoy decidí dejar la guarida durante horas; me atreví a abandonar mi enclaustramiento. Al recorrer los alrededores para tomar aire, Lustro me ha hecho compañía. Allí, sobre  la nieve, hemos visto las huellas del tigre, lo que nos ha causado una profunda impresión.

            Después de andar os alrededores, de haber contemplado el mar, me dio por sentarme sobre una pila de troncos, y comenzar el imperecedero oficio de recordar. No sé de dónde proviene este ímpetu hacia las imágenes del pasado, supongo que se trata de una debilidad afectiva que  asalta de vez en vez en la búsqueda de una respuesta de antemano vedada. Este asunto de volver a andar los pasos es extraño, ayuda incluso a reconocerme y a reconocer lo que convive conmigo cada amanecer y cada puesta de sol; incluso me revela confinado en esa oscura buhardilla. Gozo de absoluta conciencia acerca de que este es el mundo, un mundo material y palpable, y sé que soy sólo un fragmento del mismo. Me acepto, me asimilo como una disección de tiempo, un retazo del espacio habitado,  y ahora estoy aquí, en este sitio, es cierto, sin posibilidades de marcharme durante un lapso; sin embargo, no puedo evitar ser memoria. Cómo podría dejar de serlo: recordar es la fuente de los días que se viven y se vivirán. El tiempo es un río esférico donde no se bracea hacia ninguna orilla.

            Vienen, felices, los recuerdos. Ofelia –al menos aquella Ofelia- era la luz, era vida sobre el rocío en un campo de flores. Cómo olvidar a la Ofelia de aquellos años en que decidimos formar una familia y refugiarnos en un departamento modesto, justo en el centro de la ciudad.  Llevábamos una rutina sencilla pero íntima. Yo trabajaba como agente de seguros en una empresa con cierto prestigio y cierto futuro, mientras Ofelia pintaba cuadros que procuraba vender en contadas  galerías contemporáneas. Por la mañana yo engatusaba clientes, abusando de su paranoia a la muerte y las jugarretas del destino, mientras ella se encerraba con sus presencias hermosas o malignas en un cuartucho que había acondicionado como estudio. Nos encontrábamos cada noche, a eso de las ocho, una vez que yo llegaba de la oficina; y cenábamos juntos mientras compartíamos nuestras pequeñas desavenencias laborales y angustias pequeñoburguesas, entre sorbos de café con leche y mordiscos de panecillos. Algunos días hacíamos el amor con el más delicioso de los arrebatos; otros, en cambio, estábamos tan agotados que preferíamos ir a la cama a escuchar música, para leer alguna novela barata o cortarnos las uñas.

            ¿Amaba a Ofelia? Sería incierto responder a esa pregunta, aunque estoy seguro que me iniciaba en el rito de hacerlo. Cómo saber qué es el amor, qué significaba para mí en aquel entonces (el amor muda de perspectiva al paso del tiempo y al amparo de las circunstancias). Yo era joven e inexperto, y amaba a Ofelia con la novedad con que se estrena un miocardio después de un trasplante exitoso; con la felicidad del pez que ha estado ahogándose fuera de su elemento y que ha sido devuelto al agua. Amaba a Ofelia con frescura, al vigor de nuestros años, desde luego incluso al incendio del deseo y entre la atracción de nuestros cuerpos ágiles, esbeltos, ávidos de lo pasional y lo novedoso. La amaba como se ama a una esposa joven, de manera loca, imprudente, irracional. Jamás me he arrepentido de ello.

            Amar cuando uno recién se casa es ignorar lo que viene, jugar a una exploración entre dos vidas, apostar a un destino de borrasca o de días claros; convencerse de poder extender la piel y el afecto a alguien más que corresponda con la misma sinceridad a nuestro contacto y a nuestro destino. En esas circunstancias, el amor implica sincronizar vidas y sentimientos, aunque sea a través de una ilusión. Poco después aprendería mucho más en mi relación con Ofelia, alcanzaría a conocer ese sentimiento espiritual verdadero por cotidiano y por ríspido; ese amor lejos de las pueriles fantasías y los lugares comunes que me había inculcado a través de una estafeta social.

            No obstante, en ese entonces bastaba con lo que teníamos a mano  y no exigimos a la vida ni un gramo más de satisfacción. De Ofelia me acuerdo sacudiendo una vieja foto familiar, no sé por qué. En la imagen ella era pequeña –tendría cuatro o cinco años-  y jugaba a la pelota con su padre, un profesor distinguido, justo entre el verdor y la espesura de un patio cercado por un muro tapiado con madreselvas. Sucede así, uno recuerda instantes, relampagueos de alguien que vienen a nosotros y conforma una imagen poética que se graba hondo. A Ofelia la recuerdo sacudiendo esa foto, girando con gracia la cabeza para mirarme. Luego sonríe. Lleva un paliacate en la cabeza, se ve preciosa, sus ojos  reflejan la plenitud de un día tranquilo y soleado, sus ojos son la pureza absoluta. El efecto es doble: por una parte miro a la Ofelia con la que contraje matrimonio, bella, en plenitud que despide encanto y sensualidad; y por otra parte me encuentro con la otra Ofelia, la pequeña que me despierta una gran ternura por su postura inocente, por la afectuosa entrega, en su risa, al cariño de su padre. Más tarde esa imagen de las dos Ofelias se tornaría una realidad contundente y desoladora, de un gris alarmante, una verdadera pesadilla que se sueña en carne viva; pero en ese entonces todo era maravilloso: el destino deslumbraba por su amplitud y sus inabarcables dimensiones.

            Herido por los recuerdos, me puse en pie y me encaminé a la buhardilla. Lustro correteaba a un par de cuervos que habían aparecido de no sé dónde, tuve que silbar varias veces para que llegara conmigo. El perro regresó, un poco receloso por haber sido interrumpido en su juego; sin embargo, al acariciarle las orejas y hablarle con el profundo cariño que me despierta, movió la cola y se puso contento. Volvimos.

            Habríamos caminado cien o ciento cincuenta metros, cuando la vi. Llevaba un abrigo púrpura, entallado, que la hacía lucir hermosa. Se asomaba por la terraza, recargada sobre la baranda, con la mirada perdida en el horizonte. La sorpresa casi me obliga al descuido, por un momento estuvo a punto verme. Rápido tomé a Lustro entre mis brazos y me oculté detrás de un grueso tronco de uno de tantos pinos que flanquean la playa entre la nieve. Me sentí estúpido al comprender que el afecto nos vuelve vulnerables. Pensar en la otra vida, en Ofelia, estuvo a punto de arruinarlo todo. Creo que estuve allí veinte o treinta minutos, acariciando y abrazando a Lustro,  dibujando figuras sobre la nieve con una rama larga y seca, a la espera de que ella se fuera.

            Una vez que eché un vistazo, pude comprobar que la silueta había desaparecido de la terraza. ES incómodo. En ocasiones me canso de ser un fantasma, una aparición que ronda estos parajes. Regresé a la buhardilla y me di a la tarea de escribir estas páginas, en el más profundo de los desasosiegos. Lo pretérito puede ser un pasaje alcantarillado que conviene no destapar.

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 2 de julio de 2014

"El poema es el tigre" y "Uno es el ojo de sí mismo". Dos poemas de Ulises Panigua


Dos poemas de Ulises Paniagua
 
 
El poema es el tigre                                         

ese tigre que enluta sobre el límpido hielo

más allá de sangrientos pulmones hinchados de metáforas

 
El poema es el tigre que devora las imágenes del aire
y las tritura
Es goce de fauces entre lumínicos o romos versos

 

Es hígado de lo que quiere pero no alcanza
La mirada que toca la noche y se extiende hacia su centro
Lo imposible en su quieta existencia

 
El poema son las zarpas sobre el musgo
el salto entre abrojos
el rugido que repite el eco figurado

 
Es el umbral   /  La presencia
La intuición que no se menciona

 
El poema es el tigre blanco que se interna en la albura de la nieve.

 
 
 
Uno es el ojo de sí mismo
uno es la vigilancia  y la libertad sobre el propio precipicio
Uno es la boca y el culo del universo
espiral que confluye hasta el ombligo del sueño
Uno es el sueño
Uno es el ojo del universo
ése que es observado por el universo
Uno es el ojo
Uno es uno
Uno observa      
contempla  y es contemplado
Uno es el universo que implosiona aspira y exhala
al murmullo de un remo cortando las aguas
sobre un adormecido estanque de lotos.
 
Del libro "Ronco Canto luminoso"
D.R. Ulises Paniagua Olivares
 
 

jueves, 26 de junio de 2014

Lento: un poema erótico de Ulises Paniagua

Ulises Paniagua
 
 

Lento  /  invocando la tibia complicidad de los cuerpos
/ en el orto de tu piel clareando con la mía / (expandiendo)      Muy lento 
/ en la armonía que recibe la húmeda frontera de dos universos   
/ en el jadeo que despierta mi rugido de tigrillo   / Muy muy lento    / elevándonos
en un estrecho nadir  /  arrasando como oleaje el candor de la cama  (espejo y aroma de lo amado)  /    Allí tan lento    /    en el caracol del tiempo que nunca deja de
extenderse…
/  …habremos de estallar   / supernovas jugosas de caricias  /  al
tronche de una hoja inflamada  / en un
segundo  /  un lampo de fiereza y de ternura / en la
extensa noche de las miradas que se encuentran a pesar de la destrucción y la
furia de los muchos otros  /  Lento  /
Muy lento / Volveremos a convocar la palabra que sólo se consigue a través de
un eco de silencio.
 
 
 
 

jueves, 19 de junio de 2014

Reseña al "Nocturno imperio de los proscritos", de Ulises Paniagua, por el poeta y narrador Roberto López Moreno

Aquí comparto una reseña del poeta, narrador y maestro chiapaneco, Roberto Lopez Moreno. Es un privilegio ser reseñado por un gran escritor, como lo es él.
 
NOCTURNO IMPERIO DE LOS PROSCRITOS DE ULISES PANIAGUA
(Sediento Ediciones, 2014)

por: ROBERTO LÓPEZ MORENO
 
 

 


La felicidad tiene rostro, joviales perímetros ululantes, verbos que no hablan, que actúan para querernos decir toda la fuerza del mundo, posee una sonrisa en la que cabemos todos y que en colectivo tránsito nos abroguemos el estandarte. La felicidad llegó una vez más conmigo, desde la primera página del libro que hoy comento hasta la mesa en la que sustento esta algarabía en que me sustento. Y pregunto yo, qué mayor algaratanto puede haber que encontrarse un alma gemela en la curva del curso. Sentir que nuestros años, por medio de un elástico sistema toca las dos puntas del tempo… y del juego, porque siempre he creído, como sistema, que hay que saber jugar para descender hasta lo más hondo que nos mueve ascendidos. La alegría de la que hablo se sustenta en la absoluta coincidencia, fraternidad ya, entre acto y lenguaje.
De pronto desciendo del convoy en el kilómetro 2014 una más de las avanzadas del trajinar y en la hoguera tal trajinar considera las palabras que sobre Nocturno Imperio de los Proscritos, Juan Carlos Castrillón ha escrito en axis de verbal justicia, pupila rotatoria: “Este nuevo poemario de Paniagua (-interrumpo a Castrillón-, el poeta en referencia se llamaba Ulises Paniagua, después de este episodio se llamará Ulises Paniagua más todos nosotros, quienes nos habremos reinaugurado en su letra- ahora regreso con Castrillón: “Este nuevo poemario de Paniagua está enriquecido de transformaciones, de contradicciones y de síntesis; de hallazgos y de honestidad; la distribución versal cambia constantemente. Se nota la pasión por experimentar, la exasperada necesidad de ludificar; las ansias libertarias del ser de carne y sangre que aún hoy se niega a robotizarse; y así, asume la entrañable condición del hombre nuevo frente a la magnificencia de las estrellas. Adelante lector, estás advertido”.
70 páginas ¡y cómo fui yo en este libro! En medio de estas tensiones eléctricas el poeta establece su presencia con una suma de tiempos que fueron rebeldía, que fueron la sorpresa revolucionaria de lo nuevo para que sigan siendo en él. Ulises Paniagua no necesitaba de mi presentación, Castrillón lo dice todo. Absolutamente todo, con sólo leer las palabras del prólogo basta. Sabio en su letra el poeta del libro y sabio en su letra el escritor que lo prologa. Pero finalmente, qué bueno que fui invitado a este acto, qué bueno, gracias Ulises que no quedé afuera de esta magnífica fiesta de la libertad, como debe llamársele.
Tracendente la cita de Paniagua desde todos los imanes en acción “sobre verde leña peras quevedianas”, advierte. Aradi Anan fincaba desde su siglo primero que la ciencia sin cultura es desperdicio y luego me encuentro tal verdad con nuevos acentos en la página 25 de Ulises: “irredento protón inseminado/ en fruto de ciencia;/ corrosiva partícula./ Primitivo elemento,/ antimateria de ciego”. Qué golpe rotundo a la conciencia cuando nos subraya: “Estállanos en retazos/ de demonio viejo;/ entre el rencoral machacante”. Ah, entonces advetimos que estamos frente a un poeta en el que el lenguaje no es lenidad sino el peso del arma que requerimos en esta hora de sombras y naguales. Así como dice él “nos volveremos libro y en medio del enceguecido ciclón que virgilea desde su centro relampaguearemos intermitentes pero profundos”.
Ulises Paniagua enriquece nuestro idioma con sus sorpresivos neologismos, pero más haría, creo yo, si éstos no estuvieran escritos en cursivas, sino que se sumaran naturalmente a nuestro pleno decir, sin advertencia tipográficas, estamos queridísimo poeta, estás, en el ábrara de las escrituras. Tú eres el mago. Tú el obrero. El hacedor. Sin las cursivas virgilémonos plenamente. Me comprometo, humilde, a utilizar tus neologismos en mis poemas como “palabra de uso” y que después la cotidianidad continúe haciendo su trabajo.
Hablo de Ulises, hoy, como de uno de los poetas de la libertad que escriben en mi ciudad, en mi país. Como uno más de los libertarios que escriben en el mundo. Sus verbos han estado hablando por él en ese tono y lo seguirán haciendo. Hablo de ese Ulises que conspira en mi país haciendo estallar la letra con la fuerza que merecen los lepradores o los que nos tratan de arrebatar la tinta con sus “buenas formas”, y después, con sus “malas formas, sin pudores ni en el ágora ni en el aula”; pero después, cuando ni forma tengan habrán de sentir el espolón del estilo veraz sobre las vesanias.
La palabra es conducto de libertad y Ulises termina convirtiéndola en mayor libertad para que más libertad sea, la verdadera libertad empalabrada. Quiero traer aquí a un poeta del que ya muy pocos se acuerdan, se llamó Jesús Arellano y fue muy amigo de la gente decente. Ya había pasado el tiempo de los “Estridentistas” que muchas inquietudes había sembrado en las generaciones que se encontraban entonces en ebullición, aunque los bienpagados sigan diciendo que no; ya los teóricos universales habían determinado que las Vanguardias habían clausurado su muestrario de sorpresas y libertezas; que en los años veinte, unos, que en los treinta los más dadivosos. Pero la Vanguardia quieran o no, con los “Etridentistas” primero y después con muchos otros que insisten en hacer estallar el artefacto, sigue aquí, está aquí entre nosotros, construyéndose y deconstruyendo para seguir golpeando donde hay que golpear.
Las Vanguardias ya habían desaparecido por decreto, cuando una buena gama de poetas siguieron sembrando sus cartuchos de dinamita. Fue cuando Armando Duvalier quien en este 2014 también cumple 100 años de bien nacido, vio a los políticos sin necesidad de señalarlos como dinosaurios alquimistas, tratando de distraerse con la niña y su hipotenusa. Fue cuando Jesús Arellano el poeta de quien les hablo solicitó verbásico: “Mariposa demócrata, marimbarisa fósforo en los hombres a lo mejor a algún político se le ensocialistea la ignorancia coloratriz”. Es el mismo Arellano que aya en otra parte: “Que un día ya se igualescan las conciencias y vivan junto de las gotas del rocío y debajo del árbol cuyo pajarerío raicé para siempre la justicia, con la tan vieja esperanza de una patria, asesinos de la inocencia vida de perro del poema”.
Desde el nocturno imperio de los proscritos se alza Ulises Paniagua y le da la mano al camaradazon Arellano y su tema lógica jesusista. “Dentro de mí, el Caos despunta / vuelven las hidras demandantes a destrozar la convulsa fragilidad de la imagen”. Yo lo leo y lo releo y en cada línea me sigo encontrando multiplicado; conozco a uno de sus fraternos mayores Saúl Ibargoyen, y casi estoy seguro que él también se ha de encontrar seguido a cada vuelta de la esquina del verbo dentro de las estructuras que Ulises ha levantado.
Acerca de las palabras, “Chillen putas” propuso la derecha en algún momento; pero es a los demás a quien nos pertenece mayormente tal propuesta; sobre todo cuando las palabras evocadas han servido para sentar estadíos cuando las palabras se han hecho estado que hay que remover, sacudir, demoler, hasta sus tercos cimientos. Sí, “chillen putas”, las de la ley torcida y la injusticia sonora. Hay que remover; hay que esgrimir el pico y la pala de la palabra y estar listo para las nuevas construcciones.
Desde esa perspectiva el libro de Ulises Paniagua ya no es de él, nos pertenece a todos como instrumento necesario para que aprendamos a construir teas. Si las Vanguardias fueron clausuradas en los años treintas por los especialistas, yo hago mi Vanguardia con su libro y me preparo para el asalto al cielo. 










 

jueves, 12 de junio de 2014

Ese lugar existe, fragmento de una novela de Ulises Paniagua

Hola, comparto aquí el inicio de mi próxima novela, "Ese lugar existe". Espero lo disfruten:

 
Ese lugar existe  (inicio de novela)
 
Ulises ¨Paniagua
 




En Luxindra, la claridad se desborda de tal modo que aun asomando a través de la cerradura una llega a pensar en quedarse ciega. El cielo parece blanco, las paredes son brillantes, y el bosque nevado allá afuera infunde la sensación de una pureza indescifrable. Esta fortaleza es del color de la nieve. El océano también. Diría, incluso, que el sol es de una albura incandescente.

            En cambio, el tigre que ronda, sigiloso y cercano, parece tener intenciones oscuras y carniceras. Es un animal torvo; es lo único que me remite a lo negro. Él y el umbral del sótano.

            Hace tiempo vivo aquí. He olvidado mi nombre. No recuerdo si decidí retirarme, o este encierro se debe a la privación de mi libertad por motivos represivos o de algún terrible secuestro. Indago en el misterio de la libertad: ser libre es aparentar hacer lo que quieres. O hacer lo que quieres, da igual. Quiero decir, si no recuerdas por qué eres libre en un lugar donde reina el hielo, todo es cosa de apariencia. No hay a dónde ir sin riesgo de morir en el camino. No hay con quien hablar.

            Hoy amaneció más radiante que de costumbre, y tengo que colocar mi mano sobre los ojos -a manera de visera- para evitar que la luminosidad se vuelva intolerable. Sólo así, entre una vista incierta, puedo contemplar el horizonte: no hay nada ni nadie alrededor. Quizás, de vez en vez algún animalillo (una liebre, una comadreja) quiebra una rama, rasca en su madriguera y se oculta. Luego sobreviene el silencio absoluto, interrumpido apenas por ráfagas de viento. Por cierto, el viento también es helado. Entre el viento y los rayos del sol que se reflejan sobre el hielo de la terraza donde coloco la silla para contemplar el horizonte) me tienen el rostro requemado. No moreno, sino enrojecido, ¿me explico?

            El tigre anduvo cerca anoche. Escuché sus pasos por el acceso norte. No me asusté. Debajo de la cama guardo una escopeta que podría partirlo en dos. No sé dónde aprendí a disparar, pero sé hacerlo. Es mejor que el animal no se acerque, porque no tengo intenciones de dañarlo. Prefiero la armonía entre las fuerzas naturales y cósmicas; aunque a veces la paciencia se agota: sus resoplidos son molestos y estruendosos más allá de la medianoche.

            Luxindra es un lugar particular, pero respeta los niveles del universo, sin duda. No hay nada que vaya más allá de los niveles del universo. Luxindra no podría ser la excepción. El tigre, en todo caso, está a salvo, siempre y cuando no se meta conmigo.

 



 
 
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Escribo desde las sombras porque sólo desde la oscuridad puedo comprender la médula de lo espiritual, el abismo que trasciende. Mis aliadas son siete velas discretas y una ventana que he preferido sellar con una cortina. No estoy solo, porque en la habitación hay una araña que a diario teje su tela en uno de los rincones del techo. Aquí todo parece negro: la madera del piso, la mesa, el marco de la ventana. Hasta Lustro, mi perro, se mira negro entre poca luz. No sé por qué decidí ponerle ese nombre: Lustro. Supongo que se lo debe a mi ansiedad ante el paso irremediable del tiempo, y por lo tanto, a mi fijación por la muerte. Admiro mucho a la muerte, eso es claro, me parece una eventualidad precisa, irreprochable en su silencio. Un día la muerte sale de un callejón, te saluda como quien no quiere la cosa y ya estás tieso, tu corazón y tu cerebro han dejado de funcionar. La muerte posee el encanto de un poema leído sobre el muelle de un puerto: es hermosa aunque melancólica, y te subyuga aun cuando te das cuenta de que el sol se ha escondido, y al puerto lo cubre la más absoluta de las oscuridades, apenas interrumpida por la inocencia de las luciérnagas. La muerte es un profundo eco en el movimiento del universo, una piedra que permanece cayendo hacia el oleaje del espacio-tiempo. La muerte es hermosa por su persistencia.