sábado, 18 de junio de 2016

El baño, lo público y lo privado a través del celuloide, por Ulises Paniagua

El baño, lo público y lo privado a través del celuloide

Ulises Paniagua



El baño, es sin lugar a dudas, uno de los espacios de privacidad dentro de una casa o un departamento. Si bien la sala, el comedor, o incluso la cocina, son espacios compartidos donde las familias o los room mates se relacionan de manera frecuente, la recámara y el baño constituyen islas donde es posible guardar secretos, donde no es necesario mostrarse a los otros si no se quiere.
               Por otra parte, el baño público presenta dinámicas socio-culturales totalmente opuestas. Desde un punto de vista urbanístico, se trata de un espacio abierto con cierto umbral de privacidad, pues no se mantiene a la vista de cualquier paseante que anda por la calle, pero no tiene la intención, en ningún momento, de producir el aislamiento de los frecuentadores. En el baño público se conversa, se comparten preocupaciones, se desea el cuerpo ajeno, se ama, se odia, se cumplen ritos y tradiciones.
               Esta mirada de lo público y lo privado en el baño ha sido motivo de inquietud entre algunos cineastas, quienes no han resistido la tentación de retratar las relaciones personales, psicológicas, antropológicas y sociológicas que suceden en tales lugares.
               Hablemos de lo privado. En este sentido, la visión cinematográfica parece ocuparse de un término que dice mucho en sí: intimidad. La intimidad, en su condición solitaria, se erige como un refugio del mundo; o permite un aislamiento angustiante donde puede ocurrir un crimen sin que algún vecino se entere de lo que pasa en la casa cercana.
               Veamos dos ejemplos puntuales al respecto. En la película Intimidades de un cuarto de baño, el cineasta mexicano Jaime Humberto Hermosillo, que escribe y dirige la cinta, consigue que una familia mexicana de clase media desnude sus más oscuros secretos frente al espejo del baño (Administrador Proyecto Cuarenta, 08/01/2016). En la cinta estrenada en 1989, todo ocurre en el cuarto de baño de una familia: ducharse, evacuarse, hacer los ejercicios, hasta masturbarse. Se observan conversaciones en las que se revelan las tensiones, las angustias y los secretos de los habitantes del hogar: una pareja, su hija adulta y el novio de la hija. Todo ello ocurre en un período de veinticuatro horas (Corre Cámara, fecha de consulta: 13/04/2016). A través de la pantalla, es posible comprender las diversas actividades que se realizan en un espacio tan reducido, incluso las vergonzosas.
               En el segundo caso, la intimidad como angustia, la cinta Psicosis, de Alfred Hitchcock, muestra que si bien tomar una ducha en la regadera es una de las acciones más privadas, el hecho de que alguien espie mientras lo hacemos nos vuelve vulnerables. El director británico llevo la invasión a la privacidad al máximo, al apologizarla en el célebre crimen de Norman Bates (Anthony Perkins), cometido sobre el personaje de Marion Crane (Janet Leigh). Filmada en 1960, la escena de la ducha se rodó en siete días, dura tres minutos, tiene setenta y siete ángulos de cámara, y cincuenta planos. La música de violines de Bernard Hermann ayuda a generar este efecto donde se pasa de la más absoluta tranquilidad a una alarma estresante, en una metáfora de la transformación abrupta del espacio privado al espacio público. El acierto psicológico de Hitchcock de colocar la escena en la regadera, sigue estremeciendo el inconsciente de muchos espectadores.
               En cuanto al baño público como práctica socio-cultural, existen diversos testimonios cinematográficos provenientes de culturas distintas. En la cinta Kadosh, de 1999, dirigida por Amos Gitai, se muestra la práctica judía de lavar, en un baño semipúblico, a las novias a punto de desposarse. El baño es, entonces, un espacio sagrado para la cultura israelí, un sitio al que sólo les está permitido acceder a algunas mujeres además de la novia, lugar de preparación espiritual y física de una prometida que debe ser virgen, idea anacrónica de un judaísmo dogmático que no es tema de esta ponencia, pero que ha legado esta práctica religiosa especial.
               El baño de vapor en la cultura japonesa, y en general en la cultura oriental tuvo también una gran aceptación. En el interior de los baños públicos japoneses, al igual que sucedió y sigue sucediendo en México, se suscitan una gran cantidad de conversaciones que ayudan a los hombres a orientarse (o desorientarse) ante un mundo externo donde no les es permitido compartir sus intimidades, por considerarse que abrir el corazón es signo de debilidad femenina. Así, en el baño público se atienden negocios, se llega a acuerdos, se suscitan improvisadas terapias de grupo. La cinta china La ducha, conocida también como El baño, dirigida por Yang Zhang en 1999, muestra un negocio de baño público que es atendido por el padre del protagonista. Cuando su padre muere, el protagonista tiene que hacerse cargo del negocio contra su voluntad, en un inicio, pero poco a poco comienza a darse cuenta de la importancia de este establecimiento, de la riqueza y profundidad de las prácticas socio-culturales que allí se practican. Cuando, al final de la cinta, ya no le es posible sostener el negocio por falta de frecuentadores y el baño es demolido, el director parece presentar la metáfora de la modernidad destruyendo el patrimonio antropológico de la cultura japonesa. Cabe aclarar que en Japón existen diferentes tipos de baños públicos, no todos son iguales. Dos ejemplos de ello son el sentó, baño comunitario donde hombres y mujeres pueden ir a bañarse a diario, si quieren, pagando un módico precio; la entrada de estos baños públicos siempre está marcada por una pequeña cortina, llamada nōren;  y el rotenburō, que no es más que un ōnsen al aire libre, es decir, un baño de aguas termales al aire libre. Se trata de baños termales naturales que se encuentran al exterior, rodeados de jardines, montañas y una naturaleza de belleza extrema.
               En el caso de la cultura mexicana, el baño se ha erigido como un espacio sagrado y de interacción humana. El baño entre los indígenas era una costumbre habitual. Se dice que Moctezuma se lavaba a diario y tenía baños en todos sus palacios (Bautista, 2014-2105:33). Durante la época virreinal no existían baños ni públicos ni privados. Gustavo Curiel narra en Ajuares Domésticos, Los rituales de lo cotidiano, que la casa del capitán Cristóbal de Avendaño, en 1672, tenía regadera, y era considerada una rareza (Bautista, 2014-2015:33).
               Los primeros baños públicos en México comenzaron a construirse a finales del siglo XVIII, en tiempos del virrey Pedro de Cebrián. El primer baño de vapor en la Ciudad de México, por su parte, se ubicaba en la calle de Filomeno Mata número diez, antes callejón de los Betlemitas, justo al costado del actual museo de Economía (Bautista, 2014-2015:33).
               Actualmente hay más de doscientos baños en la ciudad, entre ellos los Baños Balmis de la colonia Doctores, los baños Catalina, de Mixcoac, el San Juan, a dos cuadras del metro Salto del agua, y el Señorial, en Isabel la Católica esquina con Regina.
               Éste último es muy importante desde el punto de vista de la cinematografía nacional, pues se cuenta que en su interior sucede el trepidante final de la película Principio y fin, de Arturo Ripstein, filmada en 1993.  En el film, los Botero, una familia de la clase media mexicana, luchan contra la pobreza tras la muerte del padre. Doña Ignacia, la madre, decide sacrificar el futuro de sus tres hijos mayores y proteger a Gabrielito, el menor, en quien ha depositado todas sus esperanzas para que devuelva la fortuna a la familia. Sin embargo, cuando las cosas salen mal y con las esperanzas muertas, Gabrielito (Ernesto Laguardia), pide a su hermana prostituta, interpretada por Lucía Muñoz, que se suicide en un privado de estos baños para evitar la vergüenza de la familia, mientras él hace lo mismo inhalando gas desde uno de los tanques de la azotea de El Señorial, en una secuencia que lleva como única música de fondo un conjunto de percusiones.
               Dos ejemplos más para resaltar la importancia del baño público a través de la mirada del celuloide. En En el callejón de los milagros, adaptación del director mexicano Jorge Fons de una novela de Naguib Mahfuz, filmada en 1995, es justo en los baños públicos donde Don Rutilio (Ernesto Gómez Cruz) descubre su homosexualidad tardía, al sentirse atraído por un joven que acude frecuentemente al lugar. El contacto y la visión del cuerpo masculino es también motivo de concurrencia para muchos. El baño público como punto de reunión de encuentros homosexuales, es también una característica de tales espacios. Son famosos en la comunidad gay los baños Finestre de la colonia San Rafael.
               El segundo ejemplo viene acompañado de la película Perro callejero 2, porque muchas escenas de esta película fueron filmadas dentro de los baños de Peralvillo.
               En resumen, la importancia socio-cultural del baño, tanto público como privado, en México, es innegable. En el caso del baño público, se constituye como un refugio íntimo ante “los otros”. En el caso del baño público, es un espacio de convivencia, de encuentro, de rituales. Ambas miradas han sido registradas a través del ojo observador del lente de la cámara cinematográfica. El baño, de esta manera, ha sido inmortalizado gracias a la industria cinematográfica.


Hemerografía
Bautista, Tayde (2014-2015), De los baños públicos. Casa del Tiempo No. 11-12. UAM, México, Diciembre 2014-Enero 2015..

Fuentes electrónicas:

Administrador Proyecto Cuarenta (2016), Intimidades en un Cuarto de Baño, 08 /01/ 2016.

http://www.proyecto40.com/programa/la-vida-es-cine/nota/2016-01-08-11-57/intimidades-en-un-cuarto-de-banio/           

 

Corre Cámara, El portal del cine mexicano y más. Desde 2002 hablando de cine, Intimidades de un cuarto de baño. Fecha de consulta: 13/04/2016.

http://www.correcamara.com.mx/inicio/int.php?mod=peliculas_detalle&id_pelicula=8865



 

miércoles, 30 de marzo de 2016

Un poema de William Johnston


cuando el destino sea hígado etrusco
evaporando sin causa cada una de las piedras.

y la amatista conjure la aurora.

y la aurora separe carne sin nieve de la penumbra manuscrita
de los cuartos en los cuales hiciste el amor similar a esa fuga

entonces entenderás por qué la curva
sin sorpresas de las líneas de tu mano.


Del libro "Leve sombra" (Ediciones de Hermes Criollo)

miércoles, 23 de marzo de 2016

Dos poemas de William Johnston





Hacia Mérida

William Johnston


El calor como un dragón con sus mil colas y veinte mil fauces abiertas nos rodeaba
igual que a las promesas nunca cumplidas.
Benjamín similar a un adolescente dios apenas coronado
iba ami lado contándome como el río Lerma hacía fluir sus sueños.
El auto hacia Mérida con la misma velocidad aparente
de las constelaciones mayas y la fuga siempre esquiva de los peces
y mi otra vida siendo amordazada por el rosal silvestre de mi madre
y mi muerte siendo amordazada por la nada
y la nada siendo amordazada por este presente ya encontrado
en el fondo de ese mar donde sólo es memoria que nada nombra y todo abarca.




Vida Ejemplar

William Johnston


La última persona que lo vio salir
fue a la hora en que los trenes pasaban
con esa apariencia de espejos sin azogue.
Nadie supo decir dónde había transcurrido su adolescencia,
ni que circunstancias lo obligaron a casarse con una mujer madura.
A lo largo de los años,
unos rencores cuyos motivos se fueron perdiendo entre las fotos familiares,
acortaron los diálogos con su esposa.
Siempre se levantaba con una fatiga inventada por el día de ayer,
por la ausencia de amor en la vieja cama,
por las ceremonias impuestas por el horario de oficina,
mientras la rutina era la amante solícita.
Volvió a presentir el miedo en el olor rancio en la almohada
-desde la noche de bodas se había preguntado
si ese era el olor de los cuerpos cuando envejecen-.
Al amanecer se lo encontró flotando boca abajo en el río
mientras la luz se deslizaba desde su transparencia corrompida.




Del libro: Fragmentos dispersos (Ediciones del pez volador)






Presencia de los beat en México, por: Ulises Paniagua

Presencia de los beat en México

Ulises Paniagua



Los escritores de la generación beat[1] representan una profunda influencia en el imaginario de la colonia Roma. Aunque en su estancia en México no tuvieron oportunidad de convivir con la intelectualidad mexicana, y prácticamente pasaron desapercibidos para los escritores encumbrados de nuestro país, que sólo los veían como simples vagos o drogadictos, al paso del tiempo y con la fama en pleno ascenso, los ojos se volvieron hacia la Roma, esa colonia clandestina, junkie, donde vivieron algunos de estos autores, figuras de los movimientos contraculturales de la segunda mitad del siglo XX.
           Pero vayamos al origen de este grupo. Lo beat viene de “Beatniks”. La adjetivación de “Beatniks” surgió del propio Kerouac para calificar una constelación de escritores que nunca escribieron un manifiesto, ni buscaron directamente imponerse como un grupo que representaría una tendencia literaria o menos que pretendía hacer escuela. El calificativo se refirió a su peculiar sentido de una vida desenfrenada. El calificativo de “Beatniks” o “Beats” tuvo una fuerte resonancia en el medio cultural, aunque no fue decisivo para los mismos miembros del grupo, que se despreocupaban bastante de este apelativo (Hiernaux, 2007:34)
           Uno de estos escritores “beatniks” fue el narrador William S. Burroughs, autor de novelas clásicas de la literatura universal, como The Naked Lunch (El almuerzo desnudo, 1959), Junkie (Drogadicto, 1953, publicada bajo el seudónimo de William Lee), y Queer (Marica, escrita entre 1951 y 1953, aunque publicada hasta 1985). El imaginario de Burroughs en México, y particularmente en la Roma es fuerte, sobre todo por los trágicos sucesos ocurridos en la calle de Monterrey que a continuación se describirán, aunque, como lo afirma Jorge García Robles, estudioso mexicano de la generación beat en México, para William Burroughs México no era más que un punto más en el mapa. En términos geográficos, México no fue más que una localización entre muchas que recorrerá a lo largo de su vida, de Nueva York a Tánger, antes de terminar su vida en su rancho de Lawrence, Kansas (García Robles, 1995).
           En su estancia en la ciudad de México, Burroughs no demostró mucho interés ni siquiera para conocer mejor los barrios donde vivió, a pesar de la vida cultural y social significativa que en ellos se presentaba a fines de los cuarenta e inicio de los cincuentas, cuando el primer presidente civil de México, Miguel Alemán, rompió en buena medida concierta tradición populista originada en los ideales revolucionarios, para hacer alianza con una burguesía que no pedía más que asociarse a la posibilidad de desarrollo que vislumbraba después de la Segunda Guerra Mundial. Dicha burguesía ya no era revolucionaria, pero sí fuertemente prendida de su vida social, que se evidenciaba en las colonias como la Roma, la Condesa o la nueva Zona Rosa, santuario de los bares, restaurantes de moda y demás lugares de reunión de esta clase “chic”. William Burroughs no frecuentó este mundo exquisito, vivió totalmente al margen del mismo. Tampoco lo hará Jack Kerouac quien, atraído por las cartas animosas de Burroughs, decidió emprender su primer viaje a México a principios de los cincuenta (Hiernaux, 2007:36-37).
           Lo interesante, sin embargo, es que aunque Burroughs declara en entrevistas que México no fue relevante en su vida (algunos aseguran que se fue renegando de este país), hay que considerar el imaginario de la Roma que influyó en sus novelas. Queer y Junkie fueron escritas durante su residencia en México, y ello guarda una profunda congruencia con la estancia de un extranjero en esta colonia en aquellos años. En la Roma, entre vecindades y casonas semiabandonadas, se conseguían prostitutas, así como drogas suaves o duras que se podían consumir en parques oscuros y solitarios como lo era la Plaza Luis Cabrera. Además, el carácter clandestino del lugar era muy atractivo para ejercicio de la diversidad sexual. Los extranjeros llegaban allí en busca de aventuras de todo tipo, a la manera en que lo hacen hoy en día los spring breakers, sólo que de manera más desbordada, extrema.
Otro miembro de este grupo fue el novelista Jack Kerouac, que mencionamos antes, cuya novela On the Road (En el camino, escrita en 1951 y publicada en 1957), se convirtió en un manifiesto “hippie”, al apologizar la vida libre, el “aventón”, el recorrido al azar en las autopistas y carreteras norteamericanas. Kerouac, también conocido como "King of the Beats", escribió el En el camino como una crónica que relata los viajes que él y sus amigos hicieron por los Estados Unidos y México entre 1947 y 1950.
Keoruac también escribió poemas clásicos dentro del mundo contracultural, como lo es el México City Blues (El blues de la Ciudad de México), que inició y finalizó justo en su residencia en la colonia Roma, en México, en el año de 1959. También escribió por aquellos años su novela Tristessa, traducida en México por Jorge García Robles, especialista en el tema, cuya protagonista es un chica de rasgos indígenas, de mirada triste (de allí el nombre de la novela) a la que mira salir de misa cada domingo, en una iglesia de la colonia Roma. El verdadero nombre de Tristessa era Esperanza Villarrreal, y fue pareja del escritor norteamericano durante algún tiempo. Aunque no describe a la colonia de manera directa, las alusiones de Keoruac al lugar son constantes, en episodios de su novela Tristessa, y de poemas como el México City Blues, en el cual escribe:
México Camera / I”m walking down Orizaba Street / Looking everywhere. Ahead of me / I see a mansion, with wall / big lawn, Spanish interior, fancy, windows very impressive…(Kerouac, 1959: 224).[2]
Con respecto a la relación entre México y ese “Dostoievsky con jeans”, como Jorge García Robles define a este narrador estadounidense, ésta no fue marcada por una relación amor-odio, sino que Kerouac, evitó emitir juicios sobre nuestro país. El narrador beat, como ha detallado Jorge García Robles, nunca arremetió contra el salvaje incivilizado que todos los mexicanos llevan dentro, al contrario, siempre se mantuvo en una posición neutral en la que nunca hubo sentimientos de animadversión contra nuestro país. Más aún, según el análisis de Jorge García Robles, al final de las ocho visitas que Kerouac realiza a nuestro país, se quedó con una imagen compasiva y hasta liberadora de la cultura y la sociedad mexicanas (INBA, 19/05/2014).
Al autor de Mexico City Blues, que llegó a vivir en la calle de  Orizaba 210 y la Cerrada de Medellín, en la Colonia Roma, García Robles lo describe como alguien quien tenía pegado a la frente la palabra “tragedia”: un escritor que “vivía para escribir; no escribía para vivir” (INBA, 19/05/2014).
Allen Ginsberg, autor de un poema épico, Howl (Aullido), una ácida crítica al imperialismo y capitalismo “yanqui” escrita por un “yanqui”, también vivió en la calle de Orizaba, en el número 210. También tuvo su lugar de residencia en la célebre cerrada de Medellín, compartiendo habitación con Kerouac y Burroughs. Es, desde luego, uno de los pilares de la generación beat.
Para recalcar la importancia de las figuras beat en el ambiente contracultural y cultural norteamericano, cabe mencionar que Ginsberg colaboró en canciones y videos con figuras como Paul McCartney y Philip Glass. De Burroughs se rumora que colaboró en algunas letras del grupo de grounge Nirvana, y aparece improvisando poesía y música con Kurt Cobain, en videos que pueden encontrarse en la red.
Desde una lectura geográfica, los Beats no son quienes vinieron a México a echar raíces o a cambiar sus modos de vida. Sus aspiraciones, por su mismo egocentrismo, fueron mucho más modestas y delicadas a sus propias personas. No formaron comunidad en México, como apenas la formaron en ciertos sitios de Estados Unidos. Pero sí construyeron un espacio totalmente distinto, virtualmente confortado por sus indagaciones místicas y sus experiencias con las drogas, recorridas transversalmente por su imaginario particular sobre México. No podemos describir su espacio porque es el suyo y sólo el suyo. Podemos, no obstante, entender que para ellos México se volvió un espacio místico en parte, y mítico por la otra y, ciertamente, la antinomia del espacio estadounidense que detestaban pero que al mismo tiempo aprendieron a amar (Hiernaux, 2007:40).
Por otra parte, para los beats, la Ciudad de México no fue meramente el escenario de estos libros, sino que en palabras de Pablo Molinet, fue su protagonista auténtica, buscada en su lado más lóbrego: cuartos de azotea, tugurios, vecindades. La narración, los poemas, despiden el mismo halo de desolación y belleza en el que Kerouac quiso hallar una revelación trascendente (Capital 21, 14/03/2014).    
El primero en llegar a la Roma fue William Burroughs, quien a primera instancia se instaló en José Alvarado 37(hoy Cerrada de Medellín 37), un actualmente desvencijado edificio blanco frente a Plaza Insurgentes. Este autor llegó a nuestro país huyendo de la policía americana. Tiempo después, Kerouac y Neal Cassady le hicieron compañía en 1950 tras su famoso viaje por la ruta 66. Las fiestas con estos escritores eran salvajes y juntos exploraban la Colonia Roma lugar por lugar. El punto de reunión era Orizaba 210 (algunos aseguran que se trataba del número 10), ahora un edificio demolido. Kerouac, Burroughs, Cassady, Corso y Ginsberg pasaban sus días embriagándose en este espacio (Esquinca, 9/03/2016)
Poco después la tragedia dotaría de una fama oscura a este grupo literario. Burroughs afirma en la introducción de Queer: “jamás habría sido escritor sin la muerte de Joan”. El 26 de septiembre de 1951, Burroughs y su esposa, Joan Vollmer, se encontraban en la ciudad de México, bebían en un departamento en la planta superior del Bounty Bar donde solían reunirse los beat, propiedad de un estadounidense. Para ser exactos, se hallaban en el interior del edificio ubicado en la avenida Monterrey, en el número 122. Algunos aseguran que el episodio ocurrió en el número interior 8, o bien, en el número 10.
El asunto es que, en medio de una farra terrible, en que se mezclaron alcohol y algunas drogas, a Burroughs se le ocurrió proponerle a su esposa jugar a Guillermo Tell, pero usando un revólver (el escritor norteamericano siempre andaba armado en México). Vollmer aceptó, y el desenlace de la historia fue terrible, tal y como lo describe el siguiente texto:

- Escucha Joan, ¿recuerdas a Guillermo Tell?. (…) ¿Te animas? Nunca he fallado. Preguntó Burrougs.
Joan bebió de un trago el resto de tequila que tenía en el vaso y se paró como lo hacen los jardineros cuando esperan que el pitcher dispare la bola al bateador. Williams le arrojó la manzana, ella la recepcionó con habilidad. Él tomó el Colt y tiró el percutor. Joan se colocó a unos cinco metros de Williams, con la fruta posada sobre su cabeza. Un haz de luz que se filtraba a través de la cortina, pegaba sobre ella y la volvía dorada.
- Vamos hazlo, dispara - Dijo Joan y se quedó petrificada, para que no se le cayera la manzana.
El disparo lo dejó sordo y confundido unos segundos, cuando abrió los ojos, Joan estaba allí tendida en el piso. La sangre, que fluía a chorros a la altura del cuello, fue haciendo un charco alrededor del cadáver (Filinich, 26/11/2012).
Burroughs pasó 13 días en la cárcel antes de que su hermano llegara a la ciudad de México y sobornara a los abogados y funcionarios mexicanos para liberarlo bajo fianza, mientras esperaba el juicio por el asesinato, caratulado homicidio culposo. La hija de Vollmer, Julie Adams, se fue a vivir con su abuela, y William S. Burroughs, Jr. fue a San Luis a vivir con sus abuelos. Burroughs se reportaba todos los lunes por la mañana en la cárcel de la ciudad de México, mientras que su abogado mexicano trabajaba para que fuese declarado inocente.
Según contó James Grauerholz años más tarde, dos testigos habían accedido a testificar que el arma se había disparado accidentalmente mientras la estaba revisando para ver si estaba cargada, y los expertos en balística fueron sobornados para apoyar esta historia. Pero no todo resultó tan rápido y sencillo, el juicio se retrasó de forma continua y Burroughs en medio de los habituales viajes de peyote o heroína, empezó a escribir lo que eventualmente se convertiría en la novela corta Queer (Marica), a la espera de su juicio. Después de un año en la misma situación, su abogado huyó de México con destino desconocido, debido a sus propios problemas con la ley, Burroughs entonces, decidió regresar a los Estados Unidos. Fue condenado en ausencia por homicidio y sentenciado a dos años de prisión, sentencia que fue suspendida. Antes de morir Vollmer, Burroughs había completado en gran medida sus dos primeras novelas en México, aunque Marica no se publicó hasta 1985. Yonqui fue escrito a instancias de Allen Ginsberg, que fue determinante para que el trabajo fuera publicado, incluso como un libro de bolsillo para el mercado masivo. Ace Books publicó la novela en 1953 bajo el seudónimo de William Lee, con el título de Junkie: Confessions of an Unredeemed Drug Addict. (Filinich, 26/11/2012).
En fin, que la presencia de los beat en México es apasionante, pero también guarda una oscura leyenda, que la integra a los imaginarios malignos de la colonia Roma. Un imaginario clandestino, lleno de vecindades, lugares solitarios, prostitutas, homosexuales, drogas y asesinato. Un imaginario de novela negra que convierte a la colonia en un lugar único e irrepetible en la experiencia urbana de la capital.



[1] Se considera generación beat a un grupo de escritores que aparecen en el panorama cultural norteamericano de los años cincuentas y sesentas del siglo XX. Eran amantes del jazz, les gustaba experimentar las drogas suaves y las duras, y también la libertad. Sus experiencias fueron plasmadas en múltiples poemas y novelas, donde también ejercieron una dura crítica al capitalismo norteamericano y a las políticas de guerra e invasión del gobierno estadounidense. Son los precursores del movimiento “hippie” y del movimiento “hípster”. Algunos autores sospechan que los “beatles” adoptaron este nombre en homenaje al movimiento beat, encabezado por William S. Burroughs, Allen Ginsberg y Jack Kerouac. Beat puede traducirse como golpetear algo, llevar el golpeteo de un ritmo.
[2] Cámara en mano en México / Camino acera abajo por la calle de Orizaba / Mirando hacia todos lados. Frente a mí / veo una mansión con un muro / pasto crecido, interior español, elegante, con ventanas impresionantes…(Traducción libre de Ulises Paniagua).



viernes, 12 de febrero de 2016

Sobre la presentación del libro: Bitácora del eterno navegante, de Ulises Paniagua por: Juana María Naranjo

Sobre la presentación del libro:
Bitácora del eterno navegante, de Ulises Paniagua

por: Juana María Naranjo




Con las velas a toda asta y el viento a favor: ¡zarpamos, Almirante: Ulises!
La tripulación lista  a bordo de  la gran  fragata. Zarpamos desde el Puerto de Zarpa.  Donde también  las  gaviotas izaron a  gran altura, sus alas para que nosotros, la tripulación nos empeñáramos y soltáramos a todo viento, la
felicidad; pues dicen que la felicidad alcanza cielo, porque lleva también
grandes velas como alas.
Juntos leemos y escribimos nuestra Bitácora  de viaje, Almirante Ulises hoy le informo que zarpamos  en Mar Abierto y  las condiciones  del viento  son regulares. El astrolabio , la brújula y todos los implementos dispuestos. Pero la marea, con los efectos de la luna llena, subirá a la media noche.
Con el cielo entero tan azul, para nosotros; y agua y agua a nuestro paso, vamos navegando. Esta vez, los delfines nos custodian – anotamos- aquí, en éste mar que hoy nos guía nuestra gran proeza y nos envuelve.  Era el Año de Nuestro Señor.
Jano el ebanista siempre tan dispuesto, es un gran vigía. A sotavento, supimos de su hallazgo. Encontró un mensaje flotando en una botella y hablaba de las cavilaciones de un hombre. Y con todo el asombro de la tripulación, puesto a babor, la nao se ladeaba, todos querían leer el mensaje y enterarse. Hasta que el almirante puso orden, de una vez por todas y exclamó: ¡todos a sus puestos!-, y la nave en un movimiento brusco, con el viento en contra casi se vuelca. Con esfuerzo, los encargados de las velas lograron estabilizar la nao. Seguimos anotando: Casi nos vamos a pique por una distracción. Y todo volvió a la normalidad una vez más. ¡Era el tiempo de la marea, del agua de las  cavilaciones!  Nos mantuvimos algunas horas a gran fragor, con el timón en las manos a barlovento.
Arribamos al lugar “donde no hay ni silencio, y no pasa nada y no se va a ningún lado”. Pero nos mantuvimos a flote. Luego, nos topábamos unos con otros y subíamos dos escalones y descendíamos tres, y volvíamos a subir y no llegábamos nunca. Luego desesperados externamos: ¡es de reconocerse,  Almirante Ulises. ¿acaso estamos sobre el Décimo Infierno?!
Y díganos. Almirante Ulises, ¿es verdad que existe según cuenta la leyenda después de este infierno, el bosque lánguido donde se dan la tristeza y la desolación más profundas?
Y escribimos: “era un Año Confuso, justo en Pleamar por el 20 de junio, y ni la brújula ni el astrolabio pudieron orientarnos”. De lo que sí estábamos seguros es de que llegamos a una zona donde meridiano y paralelo se funden y forman una cruz.
Y gracias a unos barberos turcos que eran famosos por sus chismes, la noticia se esparció como nunca. Y así se creó una revuelta entre los andaluces y bávaros, entre otros.
Y llegamos a Villa Morgana por la noche, -seguimos anotando- allí donde las pesadillas surgen como una gimnasia espiritual. Y donde los ascetas consiguen mantener su postura vertical.
Arribamos a la Península Occidental, en la primera luna de Julio. Donde miramos a los dragones en sus arrebatos de ira. Esos seres alados que jugueteaban entre las laderas.
Las laderas de colores rebosaban sus fuegos y sus amenazas en sus vuelcos tan acostumbrados; todo, bajo los influjos de la luz de la luna. Después transcurrieron semanas o meses y llegamos al archipiélago catorce, donde fuimos atacados por las ninfas. Y la nao, encallada en los pantanos.
Pero definitivamente, los mayores estragos los produjo la soledad de loshombres de la tripulación ante tanta tentación a sus ojos. ¡Tanta voluptuosidad y ellos tan solos! Esa era la noche de las ninfas para los marineros –anotamos en nuestra bitácora-, estábamos en la latitud seis y la longitud nueve.  Y llegamos al Puerto de Pangea, cerca del Meridiano de Greenwich.
Llegó a nuestras manos el mapa del tesoro de Marco Polo y nos empeñamos en buscar cualquier destello, cualquier fulgor en la oscuridad cuando de pronto ahí estábamos en las catacumbas jamás imaginadas. y así todos, cerrando los ojos para empezar a soñar…
¿Quieren saber qué más pasó en esta hazaña de nuestra nao? Pues lean el libro…



11 de febrero, CEMUART, Tlalnepantla.



viernes, 15 de enero de 2016

Escritores en la colonia Roma. Crónica urbano-literaria de un barrio cosmopolita, de: Ulises Paniagua

Escritores en la colonia Roma
 Crónica urbano-literaria de un barrio cosmopolita

Ulises Paniagua



Son las cinco de la tarde. Salgo de la estación del metro Cuauhtémoc con la visión de un cielo extrañamente azul, y un baño de sol sobre la fachada del mercado Juárez, que asoma enfrente. También brillan, un poco más lejanas, las fachadas del edificio Buen Tono (el primer residencial en la Ciudad de México), y aquellas fachadas sobre avenida Chapultepec, de estilo afrancesado o inglés, que se van persiguiendo entre negocios de refrigeradores industriales, hasta perderse a la distancia en la Glorieta de los Insurgentes. Se deja la estación del metro con la alegría del que abandona el inframundo para ascender a lo terrenal. Al llegar a la salida, un grupo de indigentes, muchos de ellos jóvenes, “se monea” sin pudor en la acera opuesta.
Se dobla hacia la izquierda y se camina entre puestos de relojes, de pilas, de películas piratas. “A veinte varos o tres por cincuenta, llévalas, güero, son clones”, dice un adolescente con la joven astucia de quien conoce su negocio. Entonces, para abrevar camino, uno decide introducirse al pasaje del Centro Cultural Telmex. Se muta del sol a la sombra. Pero esta vez es una sombra artificiosa, poblada de luces que enmarcan diversos locales: boutiques, tiendas de celulares, tiendas de ropa íntima, una sex shop, una nevería. Más adelante, en un gran nudo, la centralidad del fast food, un núcleo estridente donde se escuchan los éxitos pop a través de las bocinas del centro comercial, pero también las conversaciones y las risas de los que allí comen, adolescentes en su mayoría, aunadas a los sonidos intergalácticos de los juegos a los que las madres suben a sus hijos pequeños. Y frente a ese nudo, el acceso al teatro del Centro Cultural Telmex, escenario que ha visto montar versiones mexicanas de El fantasma de la ópera, Cats, y Jesucristo superestrella, entre otros tantos refritos de los musicales de Broadway. La posmodernidad se hace salvajemente presente: la elegancia del teatro frente a la furtividad de comer una hamburguesa, unas papitas y una soda.
            Uno dobla a la derecha y vuelve a emerger. La calle de Guaymas lo recibe con un intenso olor a tacos y a tortas que derrite al estómago menos antojadizo. Algunos olores provienen de los locales formales que se hallan en la frontera de la plaza comercial; otros emanan de los puestos informales a lo largo de la calle. Se escucha música de banda  y rock desde diversas bocinas. La gente camina, sin prisa, pero constante, hacia o desde la estación del metro. Se debe andar con cuidado, esquivando a la gente que pasa al costado sin importarle chocar (como si todos a su alrededor fueran incorpóreos o inexistentes).
      Al llegar al cruce con Puebla hay que tener cuidado con los carros que viran sin precaución. Se escuchan cláxones. El Centro Cultural Telmex es un elefante grisáceo que proyecta su sombra sobre las calles. Pienso en este edificio. Hace años, en su terreno se asentaban los Televiteatros de Silvia Pinal, que se vinieron abajo en el año de 1985. En aquellos años la ciudad era distinta. Abundaban los automóviles de gran tamaño, de seis cilindros muchos de ellos, a los que se les apodaba “lanchas”. El volkswagen sedán, conocido como “vocho” en su acepción popular, era el rey de las avenidas en la ciudad de México. Los teatros tenían aún una presencia importante. La televisión, encabezada por Televisa, dominaba los medios visuales. No se conocían en México, ni se sospechaban siquiera, la internet y las redes sociales. La información era mucho más lenta. La fiebre de Michael Jackson y la saga de Star Wars hacían irrupción comercial en todo el país. Rockdrigo González (“el poeta del nopal” que no tuvo tiempo de cambiar su vida, al fallecer en el mencionado sismo del 85 en su departamento en Bruselas 8, de la vecina colonia Juárez) inauguraba el movimiento “rupestre” de cantautores, que derivaría en la aparición del rock nacional, encabezado por “El Tri”, que se prolongaría a su vez con bandas que proporcionaban una identidad a los jóvenes, que se atrevían a cuestionar la posmodernidad, las imposiciones oficialistas y los dogmas sociales a través de su música. Bandas como los míticos “Caifanes”, el virtuoso “Café Tacuba”, y el blusero-poético “Real de catorce”. La Roma era, por aquellos años, una colonia muy tranquila, aunque prevalecía un proceso de deterioro y abandono provocado por el congelamiento de las rentas, que afectó a esta zona y al Centro Histórico durante décadas.
Son interesantes los procesos de transformación urbana, las rupturas con una ciudad antigua que vivía a otro ritmo, de otra forma. Por ejemplo, allá por los años cuarentas y cincuentas, sólo podía llegarse a la Roma a pie, en automóvil, o en camión. El costo del pasaje de tales camiones era de quince centavos, y recorría la ruta Belén-Peralvillo-Cozumel. Cada viaje era una aventura, en medio del traqueteo de los viejos motores y del “súbale, súbale”, del cobrador y ayudante del chofer (al que Salvador Novo refiere se llegó a conocer con el nombre popular de “lambiscón”, expresión difundida en oficinas y centros de trabajo de la “capirucha” mexicana). También corría, sobre Avenida Álvaro Obregón, la ruta del tranvía. De estas vías, por cierto, hay historias particulares. Una de ellas describe que era tal la fuerza del terremoto del 19 de septiembre, que se tenía la sensación de que un enorme animal prehistórico reptaba debajo del piso. La fuerza telúrica fue de tales proporciones que las vías del tranvía (que para entonces ya no estaba en uso), quedaron retorcidas en varios trayectos de la calzada. En 1968 iniciaron  los trabajos para construir la línea del metro; este entonces novedoso sistema de transporte vino a brindar una nueva centralidad, más popular, a un barrio que en su origen pretendía ser aristocrático, hijo directo de la modernidad, vanguardia de los servicios hidrosanitarios y de la traza urbana, durante inicios del Siglo XX.
Volvamos al presente. Enfrente de este centro cultural, una imprenta pequeña y una tienda de abarrotes indican las primeras presencias barriales. Al cruzar Puebla, siguiendo por Guaymas, el ruido de los automóviles se va desvaneciendo hasta desparecer en su totalidad. Se entra a una isla apacible en medio de las tormentas citadinas.
Es La Romita, un barrio de origen prehispánico (Atzacoalco), reducto de los habitantes originarios que se han visto obligados a guarecerse en ese pequeño cuadrante urbano a causa de las grandes presiones inmobiliarias, y al incremento en el valor de suelo en las colonias Condesa y Roma. Conocida con este mote por su parecido a un paseo arbolado que existía en Roma, la capital italiana, esta isla urbana donde el tiempo se congela, es un lugar en toda la extensión de la palabra. El patrono del lugar es San Judas Tadeo. Aquí se efectúa una importante celebración entre vecinos y visitantes de las colonias cercanas, como la Doctores, el día 28 de octubre. La Romita posee magia, arrastra leyendas urbanas, se rodea de un profundo misterio. En las gruesas ramas, entre los arbolados de su plaza se colgaba a los delincuentes en épocas anteriores al porfiriato. Por cierto que en ciertos libros de crónicas y leyendas, entre ellos el “México antiguo”, de Luis González Obregón, se cuenta que hace muchos años este lugar era un rancho, y que el propietario del mismo fue asesinado. Su muerte no fue aclarada. Su fantasma se aparecía a trasnochados que decidían atravesar por la plaza a altas horas de la noche, pidiendo le diesen de comer. Viejos avecindados en el barrio aseguraban también la aparición de “la llorona” entre las tenebrosas sombras de sus callejones.
Por cierto que, no precisamente en la Romita, pero sí en una plaza cercana, bautizada como Circular de Morelia por su traza geométrica curva, una leyenda negra dicta que allí estaba la Federal de Seguridad; ahí, decía alguno que llegó a trabajar en algún establecimiento cercano, en el número ocho existían separos clandestinos de la Federal de Seguridad, donde torturaban a la gente durante el movimiento estudiantil del “sesenta y ocho”. Algunos afirman la presencia de un hombre que presumía ser el azote de los terroristas: el terrible Nazar Haro. Los vecinos especulan que espantaban y siguen espantando ya entrada la madrugada.
En este barrio se filmaron, además, escenas de la película “Los olvidados”, de Luis Buñuel, una dura crítica a un México moderno y modernizado, que no fue aprobada del todo por la visión institucional. El propio Jorge Negrete, en una entrevista de aquéllos años, declaró como líder de la Asociación Nacional De Actores (ANDA), que de no haber estado de viaje en los días de estreno del film, se hubiera encargado de prohibir su distribución en las salas de cine. Una placa, en la pared de la casa de la cultura que da hacia la plaza de la Romita, mantiene viva la memoria de la presencia de Buñuel por estos lares. “El jaibo”, personaje antagónico de la película, aún parece deambular en esta manzana.
El espíritu de barrio puede respirarse e imaginarse con facilidad. La Romita era considerada entonces un barrio de ladrones, de asaltantes, de drogadictos principalmente afectos a la mariguana, hierba satanizada durante décadas antes del movimiento “hippie” internacional (la mariguana era, a inicios del siglo XX y antes de convertirse en aventura sensorial de la clase media, un narcótico que se asociaba con los pobres, con los albañiles).
También es interesante la anécdota de los años ochentas del siglo XX, que cuenta que un ladrón, en una visita que hizo el presidente de la república a la cerrada del sitio, le robó la cartera al mandatario. Fue tal la vergüenza del aparato presidencial, que el ejército cercó todo y ejerció la intimidación con los vecinos hasta que la cartera se entregó. El brumoso ladrón consiguió, como pago a su silencio, trabajo como informante de gobernación.
Personajes famosos han habitado en el barrio: en el número 8 del callejón está la casa de una persona que era conocida como “el engendro”. Se trata del político Rincón Gallardo, al que se le dio este mote por hallarse deforme de una mano. En el edificio “Julia”, en la cerrada de Guaymas, había un actor, al estilo de Ferrusquilla, de segunda mano, que vivía en el número siete. En el número ocho de Circular de Morelia vivía un tipo, apellidado Blanco, que fue dueño de la estación de radio, de 6.20, “la música que llegó para quedarse”.
Memoria histórica de la ciudad: pasando Morelia y el Callejón de San Cristóbal, estaba el Cinema 2, que se cayó con el sismo. El Cinema 1 se cayó en Frontera. Pasando Durango, inmediatamente hay una unidad habitacional nueva. Ese era, antes, el Cinema 3, que hace años era el Cine Morelia. Allí acudía mucha gente a disfrutar de los estrenos nacionales e internacionales, en los tiempos en que ir al cine era una experiencia especial, un paseo donde el tiempo mutaba desde una naturaleza profana a una “sagrada”, a una comunión con las estrellas del celuloide.
En La Romita se está bien. No circulan automóviles a gran velocidad. Se escuchan las conversaciones sosegadas de los vecinos, las risas apenas escandalosas de los niños que juegan en el parque, alrededor de la fuente. El viento mece con suavidad las hojas de los árboles y la vida parece asomar en la luz vespertina que resalta el verde de las hojas y del pasto. Una camioneta vende capuchinos y expresos. Huele a café. El sonido de los zapateos de un grupo de intérpretes de danza folclórica escapa desde la casa de la cultura que se encuentra frente al parque. Uno se adentra a la plaza, entre arbustos, y se encuentra con un poema que resalta, en una barda, la pasión por el lugar. “Romita, mi amor…”, comienzan aquellos versos. A un costado, una variedad de colores invita a una aventura de arte urbano, pero también parecen anunciar cierto peligro, cierta restricción. Se trata de un callejón estrecho donde se estableció hace algunos años el proyecto cultural “Casa tomada”. Un espacio que parece tan apropiado por los vecinos del callejón (radicados en una vecindad reubicada por el movimiento telúrico referido), que concede una poderosa sensación de clandestinidad apenas al costado de la iglesia. Una persona sentada frente a la puerta de la vecindad, en una silla rústica de madera, siempre vigila. Uno contempla los murales con fascinación y ligera prisa, y hace un par de preguntas a quien se halla sentada o sentado en la silla, para aligerar la extranjería. En los muros pintados, tatuados, se revelan aspiraciones, sueños, pesadillas; todo ello de corte urbano que tiene mucho qué decir sobre adicciones, marginación, pobreza, por una parte; y libertad y rebeldía por la otra.
            Entonces uno vira para emprender la marcha hacia la calle de Morelia. Se sigue el paso al costado de la larga barda de una casa construida de puro ladrillo, que hace recordar los principios del Siglo XX. Al llegar a la calle de Morelia y doblar hacia la izquierda, de nuevo el ruido de los automóviles se hace sentir. Pero en las calles no hay prisa. La gente camina despreocupada. Mujeres llevando de la mano a sus hijos, parejas de novios, amigas adolescentes que van platicando sus problemas familiares unas a otras. Se cruzan pequeños bares, un café con música de jazz envolviendo el espacio público desde sus bocinas y sus mesas en la calle; una librería recuerda la larga tradición literaria de este sitio de sitios entre la ciudad. Los sonidos caracterizan al barrio.
Adelante, locales de pizza. Y una esquina, en un vértice del Parque Pushkin,  donde se fríen hamburguesas, donde se venden tortas y tacos. Siempre está llena. Todo mundo parece conocer y recomendar estos puestos. A contraesquina se hace sentir la presencia de niños y adolescentes en el parque. Los chicos practican en sus patinetas. Los niños se trepan a los juegos infantiles. Algunos, de mayor edad, disputan una cascarita. Mucha gente lleva de paseo a sus perros. Ladridos, advertencias de los dueños, bolsas que levantan del suelo las heces de sus mascotas; un espacio como una especie de arenero donde los perros pueden “hacer sus necesidades”, campea en medio del parque, ante el busto un tanto olvidado de Pushkin, ese poeta ruso que fieramente atacara la presuntuosa modernidad de Pedro el Grande, dentro de una ciudad lujosa e impactante que reconstruyó con el nombre de San Petesburgo (después llamada Leningrado). Algunas chicas pasan trotando en grupo, platicando, algunos corredores vienen después, en silencio, como persiguiéndolas. El bullicio de la avenida Cuauhtémoc se hace sentir. Un gran gusano rojo invade la vista: es el metrobús que hace parada allí, frente al jardín Pushkin. La gente desciende en pequeños grupos, el metrobús continúa su marcha.
Algunos chicos dark, o punk, o rockeros cruzan en grupo hacia la avenida. Seguro se dirigen a algún concierto en el Foro Alicia, un sitio underground que Edgar Morín describe a través de su capacidad térmica y emotiva: la temperatura ambiente es tan alta que las paredes transpiran. El calor obliga a muchos hombres a quitarse la camisa –las chavas se aguantan-, así que andan en camiseta o con el torso desnudo, lucen tatuajes con múltiples formas, colores y tamaños. Gracias a la ropa, esta práctica al igual que el piercing pone en escena el juego de lo visible y lo invisible.
Se gira a la diestra y se continúa sobre Colima. La calle se angosta. Las fachadas se hacen majestuosas, las alturas crecen. Uno casi puede oler las fragancias francesas que usaban damas y caballeros de la época porfirista. El tranvía parece atravesar la calle en cualquier momento, aunque ya no existen vías por donde pudiera correr. La calle es discreta, apenas el rumor de los autos, algún martillo que trabaja en la remodelación de una casa…
Adelante, el estruendo de una perforadora en un terreno donde se construye un edificio de apartamentos contemporáneos. Uno sigue la marcha y el ruido se va quedando atrás. Hay boutiques, colegios silenciosos, casas señoriales, mascarones, detalles constructivos, cornisas elegantes. Entre más se avanza hacia Avenida Insurgentes aparecen más negocios. Huele desde la comida casera que se prepara en fondas, hasta la chistorra de puestos callejeros atendidos por dueños argentinos; llegando al olor a pastas y platos elegantes que se sirven en locales de prestigio. Fuera, extendidos en las calles y bajo elegantes toldos, parejas de novios (o pretendientes a serlo) se contemplan con una ternura afectada por su orgulloso poder económico. Los rostros son enmarcados por la flama de un fondue y el rojo encarnado de una copa de vino.
Más adelante espera la Plaza Río de Janeiro, con una réplica de El David de Miguel Ángel y la tranquilidad que brinda la constante caída del agua a través de una fuente colosal. En la Plaza Río de Janeiro hay niños, gritos, indicaciones y juegos de boy scouts; ladridos de perros que se reconocen unos a otros; conversaciones entre los dueños de los canes.
Grandes casonas enmarcan el parque, como la famosa “Casa de las brujas” que vigila desde una esquina. El aire se siente fresco gracias a la presencia del agua y de la sombra de árboles centenarios que huelen bien. Otras partes de los jardines, en cambio, no pueden esconder el olor de los deshechos fecales de las mascotas.
Aprovecho la Plaza Río de Janeiro para evidenciar la gran presencia de escritores, e imaginarios construidos por ellos, entre los “romanos”. Ramón López Velarde, William Burroughs, Allen Ginsberg, Jack Kerouac, (escritores de la generación beat, éstos tres últimos), Fernando del Paso, y José Emilio Pacheco, son sólo algunos de los nombres literarios que han desfilado por sus calles, parques y banquetas. La presencia de los escritores, junto a referencias modernas e incluso a guiños institucionales, han forjado en la Roma una construcción mental de los habitantes a partir y con relación a su comunidad. La Roma se ha construido, más que a través de una imagen, a través de un nivel simbólico, es decir, a través de la representación dada a los individuos de su relación (individual) con las relaciones sociales que gobiernan sus relaciones de existencia y su vida colectiva e individual, como lo entendía Althusser.
Volviendo a los alrededores de la Plaza Río de Janeiro, hay allí un edificio famoso, bautizado por la comunidad como “la casa de las brujas” o “la jaula de las brujas”. Se trata de una construcción muy particular, pues por sus características arquitectónicas rememora a una casa decimonónica, típica de los cuentos de terror infantiles. En ella habitó una “bruja” de verdad, a la que solían acudir políticos de prestigio, para consultarla. Se hacía llamar Pachita. También ha sido escenario para diversos escritores y editores, como Mario del Valle y Maricela Teherán.  Ahora se han mudado algunos otros escritores a esta mansión departamental: el poeta Francisco Hernández, por ejemplo, es vecino de edificio de Guadalupe Loaeza. En el mismo inmueble vivieron el editor y poeta Mario del Valle, Sergio Pitol, el poeta y traductor Guillermo Fernández, Vicente Quirarte, en fin, toda una caterva de escritores mexicanos.
En la Roma también vivió el cuentista Juan de la Cabada. Se organizaban reuniones  con el poeta Raúl Renán. Paco Taibo II reside en la zona. También Benito Taibo. Hugo Arguelles se crió en la Roma. Hernán Bravo Varela es habitante distinguido, y director de prensa de la Casa del Poeta. Además, allí nacieron ideas editoriales, como la de “La máquina eléctrica”, donde Sandro Cohen estaba a cargo del consejo editorial.
William S. Burroughs y Allen Ginsberg residieron un tiempo por allí. En un departamento de Monterrey 8, Burroughs mató de un tiro a su mujer, jugando a ser Guillermo Tell mientras consumía drogas y culpaba a su demonio interno. Por supuesto, “por una módica cantidad” los agentes del ministerio lo dejaron libre, para que pudiera escribir años más tarde su célebre novela, “El almuerzo desnudo”.
Cafés literarios y escritores generaron (y siguen generando) lazos indisolubles. En la calle de Córdoba se reunían algunos púberes escritores en los setentas y ochentas del siglo XX, en un establecimiento muy popular. Ahora ese café sobrevive transformado en “La bella Italia”, a un costado de la Plaza Río de Janeiro, y sigue manteniendo su convocatoria para otros artistas. De este lugar es simpática la anécdota que cuenta que un grupo de jóvenes poetas solía reunirse allí a diario, para revisar sus textos, pidiendo un café americano para consumir horas de un improvisado taller literario. El dueño del café, en una ocasión, se acercó sigiloso, para dirigirles unas palabras: “Hola, jóvenes”. Los escritores se sintieron halagados al pensar que el hombre los reconocía por su fama y su calidad literaria.  “Los he estado observando desde hace algún tiempo”, les dijo, “son muchos, ustedes, se sientan en esta mesa larga, y luego nada más consumen un café; esto es un negocio, entonces yo les pido que ya no vengan…”. De nada valieron los argumentos de los que se sintieron ofendidos, asegurando que no sabía a qué tipo de bardos estaba perdiendo aquel café. “Me da igual quiénes sean, o serán, de todas maneras se van”.
Un dato particular recalca la relevancia del espacio: en la colonia Roma Sur se ubicaba el departamento de un crítico de arte y pintor al mismo tiempo, Francisco Centeno Bujáider. Allí, Raquel Tibol y otros escritores, pintores y artistas de la clase media baja, fundan el movimiento “Tepito Arte Acá” (lo que confirma la intensa actividad cultural no sólo en sus calles, sino en el interior de los departamentos, los edificios, las vecindades). Se cree que el movimiento nació en Tepito, pero en realidad nació en la Colonia Roma, según lo afirma Roberto López Moreno, poeta y narrador, autor de “Yo se lo dije al presidente”, libro de cuentos publicado alguna vez por el Fondo de Cultura Económica en su colección de Letras Mexicanas.
Para rematar, qué más que recalcar el lugar donde se hacen los más característicos aquelarres literarios: la Casa del Poeta, donde literatos, críticos y traductores se reúnen con frecuencia. Es un inmueble vital de la existencia literaria, un referente para generaciones diversas que gustan de compartir y escuchar metáforas, ripios y estructuras rítmicas. Es el sitio más importante para la presentación de poemarios. Se escuchan, a través del micrófono, las voces de los autores que presentan un libro en el Bar Las hormigas, en el segundo piso de inmueble. Algunos escritores se asoman por el balcón, conversan fumando sus cigarros. Allí, entre la sórdida recámara donde escribiera López Velarde hermosos poemas a su amada Fuensanta, a través del closet que conduce al cielo y el infierno que proclamaba el modernismo y la pecularidad de un estilo, el espectro del bardo zacatecano parece deambular, haciendo sentir su presencia (con algún soplo al oído, un leve roce sobre la espalda) a algún visitante de aquella antigua vecindad.
También permanece la presencia de los “estridentistas”, quienes en Álvaro Obregón tenían su famoso café, el “Café de nadie” (nombre con el que lo bautizó el escritor Arqueles Vela). Maples Arce, en un manifiesto evidentemente transgresor, exaltaba las virtudes de la tecnología, así como de una áspera identidad nacional (“viva el mole de guajolote y el agua de tonaya…”), e inauguraba uno de los primeros movimientos “contraculturales” literarios, que había tenido origen en la ciudad de Jalapa, Veracruz. Después, Ofelia Ascencio, una músico importante, hizo una segunda versión del “Café de nadie”. Estaba en un segundo piso de un edificio de la calle de San Luis Potosí. Así, las vidas de los artistas y escritores, que son péndulos, como decía López Velarde, oscilaron entre el “Café de nadie” original y el nuevo, y como péndulos, tocaron los dos extremos, los dos míticos establecimientos: el que se hizo aire, y aquel en que uno podía beber su kawa bajo la música de Ascencio.
Muchos libros citan a la colonia Roma. No sólo se trata de escritores que habitan estos espacios, sino que escriben sobre ellos, generando imaginarios. El libro de José Emilio Pacheco, Las batallas en el desierto, se ha vuelto un manual para sobrevivir la adolescencia desde hace varias generaciones. Otros poemas hablan de ella: “Bajo llave”, del poeta y traductor Guillermo Fernández, que fue escrito en “la jaula de las brujas”. Y por supuesto, la obra reciente del poeta Francisco Hernández, que ha sido escrita desde el hermoso ventanal que mira hacia la Plaza Río de Janeiro. Aunque no hay referencias muy precisas, también podríamos pensar en los últimos poemas de Ramón López Velarde, contenidos en el Son del corazón, al leerlos a través de cierta luz de la tarde, o de la noche, “a la luz de dramáticos faroles”, como López Velarde llamaba a las luces de avenida Jalisco, hoy avenida Álvaro Obregón, cuando iba a dar sus largas caminatas en busca de inspiración (agradezco la cita aportada por el escritor Hernán Bravo Varela). 
Está también  “El vampiro de la colonia Roma”, de Luis Zapata, que le genera a la colonia más bien un imaginario de departamentos abandonados o semi-abandonados, oscuros, ligados a las drogas y a encuentros sexuales clandestinos, principalmente de naturaleza homosexual. Algunos vecinos coinciden en rechazar esta descripción de la colonia, referida en el libro de Luis Zapata, quizás por cuestiones de mantener el status, quizás por condiciones “morales”.
Es curioso el caso de José Emilio Pacheco. Ciertos rincones de la Plaza Río de Janeiro y algunas otras calles aledañas, que menciona en sus aventuras de niñez en Las batallas en el desierto, actualmente presentan un fenómeno particular: muchas personas, en su mayoría adolescentes, preguntan por ciertos sitios, dándose a la tarea de identificar los lugares que Pacheco menciona en sus libros.
Entonces uno retorna por Orizaba hasta llegar a la amplitud y majestuosidad de avenida Álvaro Obregón. Y allí los sentidos son invadidos por sonidos, olores e imágenes. Gente que trota, los que pasean sus perros, escultores que trabajan troncos de árboles a la vista de todos, una exposición temporal que se halla en el corredor cultural, justo en el sendero central del boulevard, y que se recorre sin prisa entre estatuas de tipo renacentista y fotografías a blanco y negro que mantienen viva la memoria de los habitantes.
Al costado izquierdo, un pasaje enmarcado por el color beige, una discreta vegetación y el uso de herrería y cristales al estilo art decó. Se trata del Parián. Al entrar uno se halla entre extravagantes tiendas de trajes dorados y rojos, envuelto en la música setentera, ochentera o progresiva que viene desde una tienda de discos; o bajo el arrullo de algún canario dentro de una jaula que algún propietario mantiene frente a su local, permitiendo que el tiempo provinciano de la ciudad de México haga acto de presencia en pleno Siglo XXI. Al salir de nuevo a Álvaro Obregón, los automóviles contemporáneos lo hacen a uno recordar el año en que se camina sobre uno de los primeros boulevares importados desde las ideas parisinas por los arquitectos de Porfirio Díaz.
            Más adelante se ven desfilar hípsters e intelectuales. Se escuchan risas, chocar de copas. Es la zona de los bares snobs, intelectuales y seudointelectuales. En Casa Lamm varios guardias, grandes y elegantes, esperan a la puerta. Autos costosos se estacionan. La crema y nata de la intelectualidad de clase media alta llega a tomar cursos y diplomados.
            Continío caminando. A la derecha huele a mantequilla y café con leche: son los diferentes establecimientos de Los bisquets de Obregón, que reciben dentro de los límites de su fama a una gran cantidad de parroquianos. Las fachadas de principios de siglo pululan en el paseo. Sin embrago, hay varios edificios en deterioro, muchos de ellos permanecen abandonados. Gran cantidad de ellos han sido intervenidos con murales o grafitis. Los jóvenes y los artistas se apropian de su territorio.
            Entonces encuentro, por casualidad, a un amigo pintor que me invita a disfrutar de una exposición en la Galería Vértigo. Yo digo sí, por qué no, porque sé que siempre hay un ambiente agradable en las “expos”. Regresamos, caminando, a un costado del Parque Pushkin que ya, al oscurecer, no se ve tan amigable. La iluminación es escasa, y uno camina con prisa por la acera opuesta al parque, temiendo tropezar con banquetas en mal estado, entre casonas que más que majestuosas parecen dignas de una historia de horror al caer la noche. Se prefiere caminar acompañado a estas horas, pues ya ha oscurecido aunque no hayan pasado más de tres horas desde que uno comenzó el recorrido con parsimonia. Están a punto de dar las ocho de la noche.
            En la galería hay música lounge que ambienta una instalación contemporánea. Hay chicas muy hermosas y tipos bien parecidos: la búsqueda de seducción de ambos sexos es evidente. Pero lentamente los grupos dentro de la galería se dividen según sus preferencias sexuales y las capacidades económicas. Sin embargo, el ambiente vuelve a relajarse y a acercar a los asistentes al destaparse las botellas de vino de honor para festejar la expo. Un DJ se apropia de la consola, y en poco tiempo las chicas ya conversan mientras bailan llevando el ritmo. El amigo te dice que al costado hay otra expo y que también darán brindis. Nos dirigimos a la galería vecina. La vista  se me enturbia un tanto, me siento estúpidamente feliz bebiendo cerveza en la segunda exposición. Mi amigo me dice, cada vez más “contento”, que mucha gente de la colonia utiliza las exposiciones como bar gratuito. La música gradualmente va decayendo y los dueños de la galería anuncian que van a cerrar.
            Muchos asistentes se retiran a alguna fiesta cercana, o toman por asalto los bares haciendo bullicio. Me despido de mi amigo (de mala gana, a quién no le gusta “la celebración”, pero hay que laborar al día siguiente”) Pero antes de despedirme, me encamino con mi amigo hasta los tacos Frontera, donde el olor y la vista de la carne al pastor seducen al sentido del gusto. La música en los bares cercanos invade la avenida. Los faroles dotan a Álvaro Obregón, y a su camellón, de cierto toque parisino.
            Después de la extraña mezcla cosmopolita de tacos y aire europeo, regreso al metro. Dejando atrás la avenida Álvaro Obregón, aprieto el paso. La música se va alejando. La gente también. Las calles comienzan a notarse desiertas y oscuras, y uno se debe apurar para no sufrir el sinsabor de ser asaltado en una tarde-noche que se proyectaba tranquila.
            Afortunadamente, nada pasa. Al llegar de nuevo al Centro Cultural Telmex, vuelvo a sentirme seguro. Hay iluminación, gente, movimiento. Se vuelve al bullicio de avenida Chapultepec donde los puestos de pilas y extensibles para relojes han dado paso al establecimiento nocturno de puestos de tacos de guisados y de hot dogs. El humo envuelve la calle. La luz de los televisores de los puestos tiñe de tonos azules a los rostros de los comensales.
            Camino, ahora sin prisa. Me interno en la estación del metro. Vuelvo a ser devorado por ese inmenso gusano metálico que, subterráneamente, me hará llegar a casa. La colonia Roma va quedando atrás, pero su memoria me acompañará todo el trayecto y, seguro, toda la vida. Contradiciendo a José Emilio Pacheco en aquel contundente final de su célebre novela “Las batallas en el desierto” (a la que Café Tacuba -ligando actores urbanos- le tributó una canción famosa en los noventas: “Oye, Carlos, ¿por qué tuviste…?), sería bueno hacerle saber que:
            Sí demolieron la escuela, sí demolieron el edificio de Mariana, sí demolieron su casa. Pero no demolieron del todo a la colonia Roma. Se acabó esa ciudad, pero no su encanto, que aún persiste y que aún transpiran los libros, los imaginarios generados por escritores y artistas del lugar. Aún no terminó aquel país. Y de aquel horror, querido José Emilio, de “aquel horror”, todavía hay muchos que queremos acordarnos.




miércoles, 9 de diciembre de 2015

"Bicicleta", una ficción de Ulises Paniagua

Bicicleta
Ulises Paniagua



Notimex, 15 de mayo del 2017

Esta mañana, en el Hospital General y con éxito alentador, se llevó  a cabo el primer trasplante de bicicleta en un ser humano. El paciente en cuestión, Maxi Ernst (famoso por componer relojes de pulsera), accedió a la entrevista después de una extenuante operación que tomó más de ocho horas. Durante la sesión de preguntas, el paciente no pudo ocultar su júbilo ante el perfecto entendimiento entre manubrio y frenos frontales instalados en su organismo; tampoco dejó de alabar la belleza del grabado en ambas caras de las llantas que conforman la extensión de su cuerpo. El cromado, sin embargo, es para el entrevistado lo más importante, puesto que no comprende –confiesa– como hicieron los doctores para dotar a su piel de un color rojo intenso y pasional. El relojero también agregó que, en cuanto hubiese oportunidad, quisiera dejar la sala de recuperación para dar un paseo por el Parque México, para lucirse ante las bellas modelos argentinas y alemanas que concurren a este espacio. También le encantaría la idea de participar en la próxima exhibición ciclista de Avenida Reforma. Como la operación resultó afortunada, los administrativos del hospital aseguran tener, en lista de espera, entre doscientos y trescientos pacientes, ansiosos por someterse al implante. El costo de la operación oscila entre  los dos mil y los dos mil trescientos dólares, de acuerdo al tipo de cambio.



Del libro: Imaginerías y rarezas.