viernes, 14 de junio de 2013

Un poema de Fernando Saavedra, desde Nicaragua.

Fernando Saavedra es un activo y magnífico poeta que nos regala, en esta ocasión, uno de sus múltiples y comprometidos poemas. Disfrútenlo. Hay que recibir la poética implícita en lo social, con los sentidos abiertos:


Fotografía: Neiel Cerón.
 


HOY ESTAS VIVO MAÑANA ESTAS MUERTO

Dedicado a todos los mártires de la Costa Caribe Nicaragüense.

 
Hoy estás vivo
mañana estás muerto
fácil como cambiar
camisa en invierno.

 

El sentido de la vida
muda como la larva
es coyuntural
a contrato corto.

 

Eludir el pensamiento necio
e inquisidor sobre la muerte;
imbuido en un optimismo vago e irreal
es sencillamente irresponsable.

 

La cruda realidad espera a la
vuelta de la guerra.

 

¡PAM! ¡PAM!

 

Y se acabó todo.

 

La sonrisa se vuelve algo más
feo que la mueca.

 

Si no te das cuenta que la vida
se te va por el hoyo de una bala,
considérate afortunado;
has tenido la suerte de morir
sin darte cuenta


Y más,

si no cobraste
“vida cruel e inhumana” antes de morir.

 

¿Tiene acaso sentido la guerra por la guerra?

 

Si es así,

maldita sea la guerra.

Aquí la muerte tiene un color
y una presentación más clara.

Es la muerte por la vida,
odiada al fin,
camina a la par tuya
como amigo inseparable.

 

Aquí el profundo sentido de la vida
te lo da el dominio y compenetración exacta
de lo que es la muerte. 

 

La muerte que superó la vida estéril,
la vida sin sentido.

 

Morir odiando la muerte
por  la vida de tus hijos,
de tu familia,
de tu pueblo.

 

El que hace apología de la muerte
no merece ser oído ni comprendido.

 

Sólo por la vida está la muerte
debidamente justificada.

 

Hoy estás vivo
mañana estás muerto
por la vida de los hombres libres.

 

Junio 24, 1986.
Rosita, RAAN.

 
 
 
 
 
 

jueves, 6 de junio de 2013

Poema VII, Ulises Paniagua

VII
 
Ulises Paniagua
 
Ilustración: Agustín Castro. Derechos reservados.

 

Cualquier ácida luna, uno da cuenta

-mientras flamean los néctares de lo inasible-

uno da cuenta de los ajados cuervos del fosco minuto

-sin estridencia ni histriónico timbrazo-

 

Uno se percata de que las carnes florecen en concéntrico espasmo

ensanchan las canas y enllaguecemos

hacia adentro

 

Esa fecha se comprende el sabor a duelo

el responso que agita los vapores del alma:

la claridad sin sobresalto, el amor entre ojales zurcidos

veteranía del cuerpo en compás de mullida agitación:

 

los pulmones aspiran polvo sacro desde los turbios caminos

 

Cualquier luna

uno entiende que la contemplación, la permanencia y el reposo

no son aquellos romos rostros que habitan
 
lo estático

 

 

Ulises Paniagua. Derechos reservados.





sábado, 1 de junio de 2013

La mujer perfecta, en un cuento de Haruki Murakami

La mujer 100 % perfecta
(Cuento)
 
Haruki Murakami

Ilustración: Luis Alanís Téllez. Derechos reservados al autor.
 

Una bella mañana de abril, me crucé con la chica cien por ciento perfecta en una callecita muy concurrida del barrio de Harajuku. Para ser franco, no era tan bonita. No llamaba especialmente la atención. No iba vestida a la última moda. Sobre la nuca, sus cabellos estaban aún desarreglados por el sueño, y ella ni siquiera estaba ya en su primera juventud. Debía de tener al menos treinta años. Ya no se podía hablar estrictamente de una “chica”, era más bien una “dama”. Y sin embargo, cincuenta metros antes de cruzarla, ya lo sabía. Sabía que ella era la chica cien por ciento perfecta para mí. Desde el instante en el que percibí su silueta, mi corazón se puso a palpitar como si hubiera un temblor de tierra, mi boca se secó como si estuviera llena de arena.
De acuerdo, cada uno tiene su tipo de chica. Algunos adoran las chicas de tobillos finos, otros las chicas de ojos grandes, otros sólo aman aquellas que tienen manos bonitas, y otros aún, no sé por qué motivo, las que comen muy lentamente. Yo también, por supuesto, tengo preferencias. En el restaurante, por ejemplo, me sucede estar fascinado por la forma de la nariz de una chica sentada en la mesa vecina.
Sólo que, nadie puede confinar a la chica cien por ciento perfecta en una categoría. Yo no consigo por nada acordarme de la forma de su nariz. Ni siquiera sé si tenía nariz. Me acuerdo solamente que no era una belleza. Muy extraño.
Le dije a alguien:
—Ayer me crucé con la chica cien por ciento perfecta.
—Fiuuu, vaya. ¿Y era bonita?
—Pues, no tanto.
—¿Era tu tipo entonces?
—No logro acordarme. No recuerdo la forma de sus ojos, ni si tenía senos grandes o pequeños, no me acuerdo de nada.
—Raro, pues.
—Raro, ¿eh?
—¿Y entonces?, dijo mi interlocutor con aire de aburrimiento. Hiciste algo, ¿le hablaste, la seguiste?
—No, sólo pasé a su lado.
Ella caminaba de este a oeste, y yo de oeste a este. Era una agradable mañana de abril.
Me hubiera gustado platicar con ella, tan sólo una media hora. Le habría hecho preguntas acerca de ella, le habría hablado de mí. Y luego, sobre todo, me hubiera gustado hablar de los avatares del destino que nos había llevado a cruzarnos en una callecita de Harajuku una bella mañana de abril de 1981. En el núcleo de tal encuentro palpitaba seguramente un dulce secreto, una maquinaria antigua que databa de una época en la que el mundo vivía en paz.
Luego de haber charlado un momento, habríamos desayunado, luego nos habríamos ido a ver una película de Woody Allen, después nos habríamos tomado algunos cocteles en el bar de un hotel. Con un poco de suerte, incluso me habría acostado con ella.
Diversas posibilidades llaman a la puerta de mi corazón.
Sólo nos separaban una quincena de metros.
Bueno, ¿de qué forma la iba a abordar?
—Buen día, ¿tendrá para mí algo así como media hora, es sólo para hablar?
Ridículo. Sonaba a vendedor de seguros.
—Discúlpeme, ¿sabe de una lavandería automática por aquí?
Casi igual de ridículo. Ni siquiera llevaba un saco de ropa sucia. ¿Quién se creería tal farsa?
Más valía ser franco desde el principio.
—Buen día. Usted es la chica cien por ciento perfecta para mí.
No, eso no funcionaría. Nunca me creería. Y si me lo creía quizá no tendría ganas de hablar conmigo. Me respondería: tal vez yo sea la chica cien por ciento perfecta para usted, pero usted no es el chico cien por ciento perfecto para mí, lo siento. Bien podría suceder eso. Y si me contestaba algo semejante, creo que hubiera estado por completo abatido. Jamás me hubiera repuesto de la impresión. Tengo treinta y dos años, debe ser eso, envejezco.
Nos cruzamos a la altura de una florería. Sentí una pequeña masa de aire tibio rozar mi piel. El asfalto de la banqueta estaba frescamente rociado con agua, había un aroma a rosas. Imposible dirigirle la palabra. Llevaba un suéter blanco y tenía en la mano izquierda un sobre blanco sin franquear. Había escrito una carta a alguien. Como tenía el semblante terriblemente somnoliento, me dije que tal vez había pasado la noche escribiendo esa carta. Que ese sobre blanco contenía todos sus secretos.
Di media vuelta al cabo de unos pasos, pero ya había desaparecido entre la multitud.
Ahora, evidentemente, sé bien lo que debí haberle dicho para abordarla. Pero como de todos modos hubiera sido un discurso largo, sin duda no habría podido decírselo completo. Mis ideas siempre carecen de realismo.
En todo caso, mi historia habría comenzado por “Había una vez” y terminado en “¿No encuentra todo esto triste?”
Había una vez, en un cierto país, un muchacho de dieciocho años y una muchacha de dieciséis años. Él no era particularmente atractivo, tampoco ella. Eran sólo dos jóvenes solitarios como hay tantos. Pero cada uno de ellos estaba persuadido de que existía en alguna parte, ella el muchacho, él la muchacha cien por ciento perfectos que les estaban destinados. Creían en los milagros, y el milagro sucedió.
Un día los dos se encontraron en la esquina de una calle.
—¡Ah, qué sorpresa! ¡Hacía mucho que te buscaba! Tal vez no me creas, pero eres la chica cien por ciento perfecta para mí, dijo el muchacho a la muchacha.
Y la muchacha respondió:
—Y tú el chico cien por ciento perfecto para mí, eres exactamente tal como te había imaginado, tengo la impresión de vivir un sueño.
Los dos se sentaron en una banca de un parque, se tomaron de las manos y se pusieron a hablar, hablar, sin cansarse. Ya no estaban solos en el mundo. Habían encontrado su mitad cien por ciento perfecta. Era realmente maravilloso. Un milagro cósmico.
Pero una duda, una ligera duda, atravesó los corazones de ambos. Se preguntaban si un sueño podía realizarse tan fácilmente. El muchacho aprovechó una pausa en la conversación para proponer esto:
—Vamos a ponernos a prueba. Si en verdad somos cien por ciento perfectos el uno para el otro, un día, en alguna parte, nos encontraremos de nuevo y sabremos en verdad que estamos hechos el uno para el otro. Entonces nos casaremos de inmediato. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, dijo la muchacha.
Y se separaron. Uno partió hacia el este, el otro hacia el oeste.
Esta prueba, sin embargo, era por completo inútil. Jamás habrían debido hacerla, pues en verdad eran cien por ciento perfectos el uno para el otro, y su encuentro había sido un verdadero milagro. Pero eran demasiado jóvenes para comprenderlo, y las olas indiferentes del destino los alejaron a placer.
Un invierno, cada uno por su lado, fueron víctimas de una fea gripe que asolaba y pasaron muchas semanas entre la vida y la muerte, tras las cuales sanaron. Pero habían perdido todos los recuerdos del pasado. ¡Qué extraño evento! Cuando despertaron su cabeza estaba tan vacía como la cuenta de ahorros de D.H. Lawrence en su juventud. Pero eran jóvenes en verdad pacientes y valerosos, y gracias a sus esfuerzos, lograron recuperar el conocimiento y los sentimientos que les permitieron retomar su lugar en el seno de la sociedad. ¡Ah, Señor, eran en verdad jóvenes de méritos! Ya podían tomar de nuevo el metro y cambiar de línea, enviar una carta urgente, y consiguieron inclusive la experiencia de amores perfectos a un setenta y cinco, y en ocasiones a un ochenta y cinco por ciento.
El muchacho alcanzó pues la edad de treinta y dos años, y la muchacha, treinta. El tiempo pasaba con una rapidez sorprendente. Y luego, un día, una bella mañana de abril, el muchacho cruzó de este a oeste una callecita de Harajuku para ir a tomar un café matinal, y la muchacha emprendió el mismo camino pero de oeste a este, para ir a poner una carta urgente al correo. Se cruzaron en plena calle. Sus recuerdos perdidos difundieron un ligero fulgor en sus corazones, su pecho palpitó. Y entonces supieron.
Él supo que ella era la chica cien por ciento perfecta para él, ella supo que él era el chico cien por ciento perfecto para ella.
Pero el fulgor en sus corazones brillaba muy débilmente, sus pensamientos no eran tan claros como catorce años atrás. Se cruzaron sin decir palabra y desaparecieron en la multitud, cada uno por su lado. Para siempre.
¿No encuentra esta historia triste?
Y eso era lo que habría debido decirle.


Traducido del francés por José Abdón Flores
 
 
 
 
 
 

Prólogo a poemario Guardián de las horas, de Ulises Paniagua, por Saúl Ibargoyen

El círculo imperfecto
(Prólogo al poemario Guardián de las horas, del poeta mexicano Ulises Paniagua) 
Saúl Ibargoyen

Ilustración: Luís Alanís Téllez. Derechos reservados al autor.

Esta presentación –tal vez innecesaria- de Guardián de las Horas del narrador y poeta Ulises Paniagua, se apoya en una línea con que el autor concluye uno de sus poemas. Se trata, claro, de un oxímoron que parece resumir la propuesta genérica del libro. Trataremos de encarar nuestro texto en función de esa premisa, sugiriendo una relación de ese verso con el poema inicial, donde se traza una figura geométrico-poética, “El cubo”.

            Pero según la reflexión que el conjunto del libro ha despertado en nosotros, como meros lectores comprometidos con lo leído, la visión de la realidad que el hablante lírico ofrece es, obviamente, más rica, abundante  y compleja que una distorsionada analogía. Además, la visión en cuatro partes con sus respectivos títulos ayuda, por un lado, a la representación de esa realidad, y por otro, intenta ordenar a la misma escritura, pues hay mucho para cantar y contar, recordar y olvidar, construir y destruir.

            Pero, ¿hasta dónde llega el poder simbólico de la verbalización creativa, es decir, poética? El abordaje temático, entonces, se pone a prueba  por avidez de asuntos de los externo pero aún más de lo interno. Difícil es trazar esa frontera que en apariencia los divide. Es probable que la misma verba poética sea esa sin frontera, frontera móvil, respirada, recogida de otras resonancias, de otros ecos históricos, de otras dimensiones del inconsciente: el personal y el colectivo.

            Sería fácil incluir a Guardián de las horas en las corrientes poéticas de hoy, en lengua española; ser moderno o posmoderno también se ha vuelto fácil. A veces pensamos que hasta se escribe bajo receta posmo, para que el poeta que sea no quede excluido de esa bolsa adonde todo cabe. Pero el hablante, o sea, el avatar de Ulises Paniagua, utiliza las frecuencias de la modernidad –en sentido general- para cuestionar a esa misma modernidad; juego dialéctico que da fuerza y claridad a este libro.

            Para ensanchar lo dicho: aquí podemos apreciar tonos protestatarios, referencias a autores tan alejados (Ibn Arabi, Mahmud Darwish) como cercanos (J.P. Sartre, explícitamente, pero hay otros sugeridos entre versos) en tiempo y sensibilidad, autocuestionamiento respecto al lugar del autor implícito  en un mundo injusto y brutal, actualización del añejo tópico del viaje, soslayamiento contradictorio de los subjetivo en función de lo comunitario, inclusividad desde lo íntimo, sospecha confirmada de impermanencia cósmica, erotismo espiritualizado, rechazo de grisuras y rutinas cotidianas, tratamiento de lo desagradable e impuro del mundo, presentimiento de otras dimensiones de la realidad que la especie humana tendría por destino alcanzar, aproximación a la poesía en cuanto a sustancia iluminante, certeza de que la verba poética siempre significa algo diferente de lo que expresa: de ahí su imposible aprehensión, o sea, su impermanencia entretejida con la movilidad y el imposible silencio de todo lo que existe.

            No entendemos de necesidad extendernos con relación a la escritura. En ella hay ritmos adecuados a la intención expresiva, elaboración metafórica de indudable altura, adjetivaciones sorpresivas, asociaciones por oposición o por analogía, manejo de una amplia variedad versal, apelación a poemas de cierta extensión sin que el impulso decaiga, sino que se afirma en el discurrir del discurso. (“Plan de vuelo”, “Parvada 9 a.m., p. ej.), zoologización de lo humano (cuervos, oseznos) que podríamos vincular con el Conde de Lautréamont, descripción de la sociedad variopinta y alienada por la era capitalista, en el sentido peyorativo que se le confiere desde el Romanticismo.

            Entendemos, pues, que con este libro Ulises Paniagua se afirma en búsquedas y hallazgos que serán sin duda ratificados con nuevas aportaciones.

 

Saúl Ibargoyen Islas 
Ciudad de México, febrero 2012
 
 
  
 

Sobre el libro Patibulario, de Ulises Paniagua, según prólogo de Guillermo Samperio

                                        El Patibulario de Ulises Paniagua
Guillermo Samperio


 


En la recolección de cuentos que aquí encontramos, Ulises Paniagua nos muestra, en menos de 100 páginas, diferentes habilidades que logran hilarse para conseguir un efecto literario único y exquisito. Lo primero que se hace notable en su literatura es una impresión a primera vista de inocente cotidianeidad. El móvil siempre lo es, ya sea una invitación, una ida a un estadio, un toque a la puerta, o una abeja volando cerca de una persona; así, la lectura de sus cuentos se desencadena desde los más simples puntos y crecen como ola que arroja sobre nosotros la vasta cantidad de elementos que poseen.

Por ello, la escritura de Paniagua se encuentra en un lindero, no porque sea un espacio de tierra entre dos terrenos, en absoluto no. Es en dos maneras: su composición y el libro objeto que aquí se presenta. La conjunción encontrada entre la palabra tejida y gráfica través de la fuente recién salida de la imprenta desvaría y goza de convivir su lugar escrito con los dibujos que muestran una danza de movimientos alrededor de las hojas de Patibulario. El linde de este libro, confeccionado de manera cuidadosa, no es sólo que las imágenes adornen un libro. Afirmarlo así sería delegarlo al rubro reservado para los libros de arte que tanto gustan sacar cuando hay una exposición renombrada en un recinto cultural y la realidad no podría estar más alejada.

Los lindes colaboran, representan y se aclaran entre ellos. La imagen habla por sí misma en una poética única y sincera en su propósito; el texto acompaña su intención y toma iniciativa por su parte. Sea darnos la idea de prontitud e imposibilidad de una boda, o remarcarnos figuras exultantes, o la mirada de la que nos gustaría enamorarnos y perder el sentimiento dentro de un irreconocible mar de letras. La imagen hace más nítido al texto, el texto hila los muchos trazos de las imágenes y así las dos se distienden con vida doble en la mente del lector. El propósito de este libro-objeto no puede ser mejor logrado que al reconocer este modo de concreción al realizar su lectura en cuentos como “La vida me visita” y “Un domingo en el estadio”.

Parecerá cosa nimia mencionar las características pictóricas de un libro, pero la realidad es que este libro-objeto y su realidad interesan en esta época mucho más que nunca. Con la venida de la carrera informática y su multitud de programas y dispositivos para almacenar textos, el libro-objeto que se contiene y complementa a sí mismo dentro de sus páginas, sin ceder ante los mecanismos vistosos o materiales, muestra la capacidad de las letras para pervivir y nos lleva a la segunda característica, o lindero, para regresar al principio de este texto de Paniagua: la innovación y el mecanismo contenido.

Al entrar en el siguiente lindero de Paniagua, el de su lenguaje, podemos encontrar su reconocimiento a los llamados clásicos y/o figuras canónicas. Pero su relación no es una simple mención o un epígrafe que sirve para hacer a un cuento sonar de manera rimbombante y erudita, no. La relación del autor comienza por el del sincero reconocimiento de sus arquetipos, pero no sólo de la imagen mediática de ellos sino de su poética. La elección del epígrafe, o su reconocimiento en sus cuentos, están acompañados de una fuerza de reconocimiento, de una anagnórisis o internación extraña que permite ver en lo abstracto a un autor en forma de huevo que nace y extiende sus yemas hacia la metáfora de preferencia que sean los autores reconocidos de forma universal. Vemos desfilar a figuras tan clásicas como Beckett, o tan reconocidas como García Márquez y Roa Bastos. Mas no son simples armatostes, sino personajes activos de los cuentos de Paniagua.

El siguiente hecho de autor rememorado y cerrado en el lenguaje de Paniagua es la escritura tributo que sigue después del ejercicio antes ilustrado. Como un bloque de hielo que surge después de permanecer en el fondo, la escritura del autor flota por los mares y exuda de manera pura, límpida y primigenia en su más pura esencia de los titanes dados antes.

Lo anterior conlleva el nivel del propósito de innovación que se maneja atemperado y sutil. Cada uno de los cuentos posee su propio nivel, sea la narración en segunda persona,  la unión fortuita de adjetivos, es un ejercicio localizable a primera vista que se robustece en medida de que se lee cada cuento y se observa como algo acabado. Se contiene en sí mismo y es capaz de crear una coherencia que nunca se desborda ni parece de mal gusto o con adornamiento excesivo.

La retención también se muestra en el manejo de personajes. Con palabras y diálogos, el personaje muestra señas de vida y personalidad propia. No dejan ser manipulados en una obra de sombras chinescas ni son arrastrados por la corriente desastrosa de la historia, sino que logran vivir en ella y transponerla. La labor de caracterizar personajes es algo subestimado, pero de difícil realización en cualquier arte o expresión; y Paniagua no tiene problema para lograrlo.

Sin mencionar más, la poética ilustrada se trastoca de manera impresionante y  un buen tanto macabra al mezclarse con el simple móvil que se muestra al principio de la mayoría de los cuentos de Patíbulario. Mencionarlo es asesinar el propósito pero es inolvidable.  

Los cuentos de Patibulario son, como se pronunció al principio, parte de un lindero severo de formas y efectos. Formando no en un terreno dividido, debido a las toscas líneas aradas por un buey ayuntado, sino labrándose con lentitud en cada texto de manera particular con múltiples efectos que ya se han indicado. El libro es un geométrico respiro de agua que toma forma.

La forma que toma poco a poco es el ya mencionado bloque de hielo. Repleto por todo su cuerpo de la materia que nos da la impresión de una joya valiosa. Un bloque de hielo transparente y pulido. Un hálito de reflejos encontrados y discernibles con hermosa claridad.

Reuniones de características tan disímiles y fácilmente oponibles son insalvables para ciertos autores, pero Patibulario lo logra y entrega un volumen de cuentos listo para aportar a la literatura en diferentes niveles: al lector y a la literatura.  No queda más que abstraerse en la densa y gélida escritura de Paniagua y dejar soltar de vez en cuando un hálito de sentimiento escabroso, rodeado de hielo cristalizado de denso sentimiento.

 
Guillermo Samperio
México, 2009 

 

 

 

jueves, 30 de mayo de 2013

Un poema de Anne Sexton

ANNE SEXTON:LA POETA VÌCTIMA DEL SUEÑO AMERICANO
POR Nazario Soto
 
 
 
La pesadilla del conformismo anglosajon : un auto con el tanque lleno a la puerta, una casa con jardín y un perro fiel, un trabajo remunerado, y un matrimonio para toda la vida, mientras el resto de la Tierra se derrumba por la sobreexplotación; esa estúpida falacia que enajena las mentes de las clases medias a nivel mundial, esa ideología dominante con la que desde niños nos bombardean los medios de comunicación  programàndonos para obedecer ciegamente de por vida a nuestros supuestos amos; esas perversas patrañas conocidas con el eufemismo de "Sueño Americano", persiguieron y desgastaron definitivamente la psique enardecida de la poeta Anne Sexton. Nacida en 1928 en Newton Massachusetts, casi toda su vida lamentó el no haber podido estudiar una carrera universitaria, debido a haberse casado muy joven, quizá simplemente como tantas otras mujeres que aceptan el yugo matrimonial para escapar al materno o paterno: Víctima del sueño norteamericano lo único que deseaba era un pequeño trozo de vida :casarme, tener hijos, creía que las visiones, los demonios, las pesadillas, desaparecerían al confortarles con suficiente amor. Modelo de soñadores ojos azules, moderna ama de casa, madre de dos hijas(Linda y Joyce), interna en hospitales psiquiatrìcos(Seis intentos de suicidio), incansable lectora, poeta de sensibilidad y audacia exquisitas, conferencista que recorrió numerosas ciudades de su país leyendo em voz alta magistralmente su propia obra en legendarios recitales, Anne fue suprema maestra en el delicado arte de desnudarse en público, gritando su intimidad más descarnada en sus poemas:Cuando un hombre entra en una mujer, como un oleaje que muerde la orilla, una y otra vez, y la mujer abre la boca de placer y sus dientes brillan como el alfabeto. Sexton asumió aguerridamente la paradoja cruel de ser mujer-ese humano solidario e inconforme que no ha perdido la capacidad de iluminar con su fuerza la ignorancia de los hombres-en un mundo dominado  por lobos capitalistas sedientos lascivamente de ganancia económica(y esto es algo que las "feministas" de hoy deben de comprender a plenitud: que mientras subsista una sociedad estratificada en clases el autoritarismo machista seguirá reproducièndose): Dulce peso, en la alabanza de la mujer que soy, y del alma de la mujer que soy, y de la creatura central de su goce te canto. Me atrevo a vivir. Autora de poemas terribles, de una fuerza devastadora, denuncia el genocidio cotidiano al que la máquina lavacerebros quiere acostumbrarnos, el horror cósmico de un sistema que fríe a un niño para el desayuno diariamente, en su texto Después de Autschwitz (Autschwitz el campo de concentración nazi en Polonia, pináculo de la gran cultura occidental, crema y nata de la ideología racionalista, antecedente inmediato del control población que ahora pretenden imponer las grandes compañias) donde escribe: El hombre es malo.
-digo en voz alta.
El hombre es una flor que se debe incendiar.
-digo en voz alta.
El hombre es un pájaro lleno de lodo.
-digo en voz alta.
 Este vil hombrezuelo que destruye todo lo que toca- y que por lo pronto aùn domina enfermizamente nuestra sociedad-fue el verdadero culpable de que Anne Sexton,un 4 de Octubre de 1974, después de haber almorzado con su mejor amiga, decidiera ir a su garage, subir a su automóvil, y asfixiarse con el monòxido de carbono del escape, a la edad de  46 años. Su obra abrió una enorme brecha por la que seguirán transitando infinidad de verdaderos y verdaderas poetas, aquellos que saben que la poesía es la única arma que humaniza.
 
EN EL MUSEO PROFUNDO
Por Anne Sexton
Oh Dios, Dios ¿en què extraño rincòn me encuentro?
¿No morìa , la sangre corriendo poste abajo,
los pulmones luchando por aire, allì por el pecado
de cualquiera, mi boca agria entregando el espìritu?
De seguro mi cuerpo ha concluido. De seguro morì.
Y sin embargo, lo sè, estoy aquì. ¿Què lugar es este?
Frìa y extraña, me duelo de vida. Mentì.
Si, mentì. O bien por alguna cobardìa maldita
mi cuerpo no quiso renunciar a mì. Toco
ropa fina con las manos y tengo las mejillas frìas.
Si es el infierno, el infierno no es mayor cosa,
ni tan especial ni tan feo como se me dijo.
 
¿Què es lo que escucho, a mì viniendo entre
olfateos y pasos? Su lengua desplaza un guijarro
mientras se infiltra, soberano. ¿Como rezar?
Jadea:es un dolor con rostro
como la piel de un burro. Lame mis llagas.
Està herido, pienso, mientras toco su cabecita.
Sangra. He perdonado asesinos y putas
y ahora debo esperar como el viejo Jonàs, ni muerto
ni vivo, acariciando un torpe animal. Una rata.
Sus dientes me saborean; espera como un buen cocinero
que conoce su entorno.Se lo perdono,
como perdonè a mi Judas el dinero tomado.
 
Ahora sujeto a mis labios su suave llaga roja
mientras sus hermanas se amuchedumbran, àngeles peludos
que aceptan mi ofrenda . Mis tobillos son una flauta. Pierdo
caderas y muñecas. Tres dìas, a causa del amor,
bendigo esta otra muerte. Oh, no en el aire-
en el barro.Bajo ventanas pùtridas de sus raìces,
bajo mercados, bajo la cama de la oveja donde
la colina es alimento, bajo los frutos resbalosos
del viñedo, parto. Hacia el estòmago y las quijadas
de ratas someto mi profecía y mi miedo.
Muy por debajo de la Cruz, corrijo sus fallas.
Hemos conservado el milagro. No estaré aquí. 
 
 
 
 
DIJO EL POETA AL ANALISTA

Mi negocio son las palabras. Las palabras son como etiquetas,
o monedas, o mejor: como un enjambre de abejas.
Yo confieso que sólo me quiebra la fuente de las cosas;
como si las palabras se contaran como abejas muertas en el ático,
desabrochadas de sus ojos amarillos y sus alas secas.
Debo siempre olvidar que la palabra de uno es capaz de escoger
a otra, y de otra forma, hasta que tengo
algo que pude haber dicho…
pero que no lo hice.
Su negocio es vigilar mis palabras. Pero
no admito nada. Hago lo mejor que puedo, por ejemplo,
cuando puedo escribirle elogios a una máquina tragamonedas,
esa noche en Nevada: diciendo cómo la mágica bolsa acumulada
fue tocando tres campanadas sobre esa pantalla con suerte.
Pero si debiera decir que esto es algo que no es,
entonces me debilito, y recuerdo cómo mis manos se sintieron graciosas
y ridículas y llenas de todo
el crédulo dinero.
 
 

jueves, 23 de mayo de 2013

Ulises Paniagua, un cuento de ciencia ficción: Con boleto al inframundo

CON  BOLETO  AL  INFRAMUNDO
(Cuento)
 
Ulises Paniagua
 
Ulises Paniagua, Narrador y poeta.


            Uno puede ignorarlo todo y pensar, en un intento frustrado de evasión, en aquello que compone el corazón de un hoyo negro, o en la más insólita receta de cocina. Uno puede llevar la cuenta del mayor número de peldaños posibles, antes de ser engullido por la maquinaria que gobierna nuestro andar en una escalera eléctrica; o bien, esconder el rostro tras las ajadas páginas de un diario barato y amarillista. Uno puede hacer mil cosas para evitar el miedo; pero la realidad dicta que, una vez a bordo del vagón del subterráneo, estamos a merced del azar y la rapiña de unos cuantos.

 

            Sin embargo, deben saber que no siempre fue así, que aún hace catorce o quince años viajar en el subterráneo no representaba un peligro de muerte. Aunque en honor a la verdad, debo agregar que en aquel pasado inmediato no existía una violencia tan demente ni este terrible resentimiento de clases. El mundo que vivimos ya no es el de antes. Apenas ayer, uno de mis alumnos de secundaria preguntó cómo había iniciado todo este asunto de las desapariciones. No supe contestar de inmediato, tal vez porque la negación me ha obligado a no recordar el origen de nuestro terror cotidiano. He procurado hacer los recorridos de casa a la escuela, y de regreso a casa, bajo la mayor discreción y complicidad que me es posible.

 

Aunque este día, después del acto salvaje que presencié, tuve que reconsiderar el absurdo en el que parecen haber desembocado nuestras vidas. Hoy, una vez que abandoné el andén, con la camisa salpicada de sangre, la mirada perdida y el cuerpo estremecido de espanto; harto de  la indiferencia del resto de los transeúntes a los que acaso despertaba un poco de asco mi aparente falta de pulcritud, me asaltó el recuerdo de la mañana en que por primera ocasión (junto a la nota discreta que mencionaba el  injustificado asesinato de un conductor de microbús), la noticia sacudió a uno de los modestos diarios del país:

 
            “Horroroso crimen: encuentran cuerpo decapitado y desmembrado de oficinista en la línea dieciséis del metro”

 
            El recuerdo vino a mí, simple, escaleras arriba, cuando estaba por abandonar la estación del subterráneo. Mientras una horda de policías escandalizaba con sus vozarrones y el chasquido de las escopetas cortando cartucho al ingresar al túnel, yo me debatía en la búsqueda de un recuerdo angustiante. ¿Cómo aparecieron por primera vez estos seres tan temibles? ¿Bajo qué circunstancias? Me impresionó mucho la capacidad del ser humano para soportar  el infortunio, sin emitir siquiera una protesta soterrada. Es terrible esta resignación hacia la injusticia y la muerte. Al final, uno termina por aceptar la porquería de la que nos rodeamos cada jornada. Aunque, por supuesto, una situación como la presente, sobrepasa cualquier entendimiento.

 

            Pero esperen. Debo detenerme un momento antes de continuar mi relato. Lo hago con el afán de no convertirme en un cronista invadido por el sensacionalismo y la parcialidad. Me parece conveniente, en este punto de la narración, volver al origen. Empezaré por mencionar la emoción que sacudió a los ciudadanos al inaugurar una nueva línea de subterráneo. Tal vez, de esta manera, el relato cobre mayor sentido. De antemano ofrezco una disculpa si mis recuerdos no son tan precisos porque, seguro, esa es la función del tiempo en nuestra memoria: una confusión de sensaciones amontonadas unas sobre otras, a las que debemos acomodar como piezas de un gran rompecabezas, implicando, en el orden al que las sometemos, un esfuerzo poco confiable y hasta fortuito.

 

La inauguración de la nueva línea se celebró un primero de mayo. De eso sí me acuerdo porque, en concordancia con lo que dicta la ley, tuve un día de descanso. Guiado por el ocio y una curiosidad un tanto malsana, decidí acudir al evento, a falta de algo mejor que hacer. Incluso me animé a recorrer la línea después de que cortaron el listón. En uno de los andenes (lo ridículo que puede llegar a convertirse un acto oficial), montaron algunas mesas y sillas; prepararon los manteles y los cubiertos; y organizaron un gran banquete al que fue invitado el Presidente de la República, quien conducía las riendas del país en tan aciagos tiempos. Todos mirábamos, con una inocente fascinación, el despliegue del aparato de seguridad del mandatario, que nos mantenía ajenos a cualquier posibilidad de acercamiento. Ontiveros se apellidaba el pobre Presidente, me acuerdo bien.  También es nítido el recuerdo posterior de su muerte, misteriosa y oscura, en el último enfrentamiento entre dirigentes del Partido Tecnócrata para la Esperanza y el Burócrata de Oposición Nacional, ocurrida en plena Cámara de Senadores. Eran tiempos demasiado volátiles y politizados, y Ontiveros habría de ser una de las últimas victimas de aquél fanatismo de partido. No era un buen gobernante, eso es cierto; pero de cualquier manera espero que el cielo se haya apiadado de su alma.

 

Portento de lujo, comodidad y tecnología, el tren que se estrenó en el nuevo subterráneo, conmocionó el círculo de países del tercer mundo. Se trataba del primer metropolitano inteligente circulando en América Latina. Basta enumerar sus múltiples cualidades para comprender el boom que provocó con su irrupción: estaciones diseñadas bajo las más interesantes  tendencias de-constructivistas; vagones de policarbonato ligero, montados sobre rieles magnéticos que les permitían desplazarse a una velocidad de hasta doscientos veinte kilómetros por hora, equipados con un dispositivo automático contra incendios; monitores internos; pantallas gigantes en los andadores; anuncios publicitarios virtuales; conexiones inalámbricas de internet emplazadas, de manera gratuita, dentro del vagón. En resumen, una apología de ciencia, cables y poder.

 

Poco más de un año duró la felicidad en sus túneles, años de asentamiento nacional que preludiaban un mejor futuro para el pueblo. Lo de las desapariciones vino después, cuando el metro llevaba cerca de año y medio de servicio. Inició como un pequeño percance sin importancia, en uno de sus tantos recorridos. Fui testigo del acontecimiento, y el recuerdo viene siempre acompañado de violentas pulsaciones. Serían cerca de las seis de la tarde. Bajo un bochorno insoportable y el hedor acumulado entre los túneles, viajaba con el ceño fruncido. Hartos de un día de trabajo en las oficinas de la ciudad, los usuarios nos mirábamos con recelo, riñendo por un asiento como si en ello nos fuera la vida, atascados dentro de esa masa deforme de carnes y fluidos corporales. Actitudes naturales en la rutina natural de un hombre. Pero (siempre hay un pero) ese día iba a ser extraordinario. Yo sudaba, lo único que quería en ese momento era descender del maldito vagón y llegar a casa lo más pronto posible para darme un baño. Me sentía sitiado entre el gesto agrio de una anciana, quien no sé por qué motivo me miraba con insistencia hostil, y un enano que conservaba vestigios en su rostro de la última explosión de una procesadora de diesel, ocurrido unas semanas antes en una nave industrial de gran prestigio.

 

Entre las estaciones número doce y número trece, el tren detuvo su marcha. La luz redujo considerablemente su potencia, ante la incomodidad de los viajeros. No era la primera vez que se presentaba uno de estos retrasos, por lo que ninguno de los usuarios mostramos signos visibles de alarma. Se trataba (al menos eso fue lo que supusimos) de un apagón como cualquier otro. Con inmenso aburrimiento miré hacia una de las ventanillas: entre el débil parpadeo que parecía bombardear el interior del carro, un oficinista de mediana estatura, extremadamente flaco y entrado en años, abandonaba en ese instante el tren, saltando por aquella rendija minúscula. Antes de saltar, no obstante, me lanzó una mirada de rencor. Sus ojos fulminantes se clavaron en mí, de modo que evité su contacto. Por absurdo e inverosímil que parezca, ningún otro usuario se percató de tan extraño movimiento, o cuando menos, disimularon de maravilla. Por mi parte, estaba dispuesto a dejar que el hombre se perdiera en lo más recóndito del túnel y que jamás se volviese a saber nada acerca de su molesta presencia. Me había herido con la mirada.

 

  Pero un niño, (siempre es un niño el que nos conduce a salir de nuestro autismo social) quien restregaba su nariz contra uno de los cristales, vio pasar al hombre junto a la ventanilla, unos centímetros debajo de su campo de visión, trastabillando sobre los rieles, evidentemente ebrio.

 

            -Mamá, un hombre está caminando en el túnel.

 

-Cállate, niño, no digas idioteces – lo reprimió la madre.

 

-De verdad; asómate para que lo veas.

 

La madre, como es de suponer, atisbó curiosa a través del cristal, hacia el sitio que un pequeño dedo índice le señalaba. Hubo un grito un tanto teatral, casi ensayado. Luego rumores, interjecciones de asombro, ansiedad y diversión entre la multitud. Alguien activó la palanca de emergencia; y así fue como se inició el caos.

 

            El conductor apareció minutos después, llevando en mano una potente lámpara de halógeno. Inútilmente convocó al orden a la muchedumbre, quien  peleaba por alcanzar la mejor plaza para gozar del denigrante espectáculo.

 

–Un borracho camina allá abajo- apuntó la anciana de gesto agrio.

 

            Como una respuesta de reconocimiento ante la voz del conductor, la puerta se abrió. Lo vimos descender, cauto, en busca del usuario, quien ahora se confundía con la oscuridad. El haz luminoso de la lámpara se empequeñecía cada vez más, conforme el conductor se alejaba de nosotros. Me sentí asqueado, frustrado ante el percance; lo único que deseaba en ese momento era ver regresar al causante de tal desorden para sumarme a la ola de improperios. Pero el hombre no volvió; sólo regresó el conductor, muy afligido y pensativo.

 

-¿Lo encontró?

 

-No, es como si se lo hubiese tragado la vía.

 

Pero no se lo había tragado la vía; había sido devorado por los raptores. Claro, en ese momento nadie podía suponer una hipótesis tan descabellada. El incidente apareció en la penúltima página de un noticiero de oposición, a propósito de la proximidad de la elección de Regente de la Ciudad, denunciando la negligencia que demostraron las autoridades responsables de la seguridad en el subterráneo, al negarse a continuar con la búsqueda de un pasajero beodo. Poco después, apareció la nota que mencioné con anterioridad. Las siguientes noticias, aparecidas en un diario de circulación nacional, hicieron volver los ojos de toda la opinión pública ante tales eventos. Empezó a rumorarse sobre desaparecidos en pleno viaje, en los segundos que duraba un apagón; se presumía, por otra parte,  un truco publicitario ideado por mentes maquiavélicas, para distraer a las masas, dada la cercanía de las elecciones. Se especulaba sobre magia negra, venganzas de almas en pena, y sobre un posible asesino serial que encontraba, en el territorio comprendido entre las estaciones doce y trece de la línea, un sitio inmejorable para saciar sus pulsiones homicidas.

 

El peligro de cruzar el túnel se incrementó día a día. La propuesta de suspender el servicio en el sitio de las desapariciones obedeció a una lógica indiscutible, por lo que se puso manos a la obra. Algunas semanas la propuesta funcionó de maravilla. Pero las desapariciones, contraviniendo las expectativas de tal medida, comenzaron a producirse en diferentes estaciones y en otras líneas, algunas muy alejadas entre si. La región de los secuestros se extendió, estableciendo un juego de macabras permutaciones. La presión llegó a un punto en el  que fue imposible mantener a la televisión lejos. El gobierno de la ciudad y hasta el federal comenzaron a mostrar una alarma notoria.

 

            Se nombró entonces una comisión investigadora, conformada por el más selecto grupo de agentes de la policía secreta. Los tipos más rudos y brutales, que habían hecho gala de sus cualidades durante las marchas de estudiantes en la huelga general: el Sargento Orda, el teniente Peña y hasta el mismísimo general Echeverri, participaron en el operativo. Una multitud de curiosos los vimos internarse en los túneles, armados hasta los dientes con una dotación de granadas, potentes cuernos de chivo y escopetas con balas expansivas. Tras ellos, un grupo numeroso de agentes paramilitares incursionò a las estaciones de mayor riesgo. Los despedimos como héroes; los recibimos muertos. Cuarenta y tres hombres se habían atrevido a explorar los peligrosos senderos: sólo tres sobrevivieron; dos de ellos internados en el Hospital Militar, en estado de gravedad.

 

            El hombre  quien corriera con mejor suerte regresó, para sorpresa de todos, con algo más que su vida. Traía arrastrando el cuerpo inerte de uno de aquellos raptores. Las cámaras y los reporteros se arremolinaron a su alrededor para conseguir la mejor toma. El agente tenía el rostro del que vuelve después de visitar al diablo. Pronto la gran masa de reporteros se sobrepuso a la sorpresa de encontrarse ante el cadáver de una criatura tan brutal; y alentada por un instinto de rapiña editorial, inició un largo y desordenado interrogatorio, del que aquel sobreviviente sólo pudo huir, gracias a la protección de los cuerpos policíacos: “¿Qué pasó allá dentro? ¿Usted mató a la bestia? ¿Cuántas son? ¿Sabía que el resto de los integrantes de la expedición están muertos?”.

 

 Sí sabía. Claro que sabía.

 

-Sí, yo estuve ahí. Lo vi todo.

 

El cuerpo de la bestia fue conducido hasta un laboratorio genético subsidiado por una universidad gubernamental, donde se le realizaron exámenes de todo tipo. Tuve oportunidad de contemplar, por televisión, una fotografía del ente. Se trataba, de acuerdo a las afirmaciones científicas, de una extraña mutación humana, producida por la radiación y los desperdicios tóxicos derramados de manera ilegal por algunas trasnacionales en un río cercano a los linderos de la ciudad. La teoría que se manejó indicaba la presencia de un sigiloso manto freático que había conseguido, a raíz del movimiento de placas tectónicas en el último sismo, alargar uno de sus vasos hasta el interior de los túneles. Al parecer, aquella bestia, extraviada en la oscuridad, sedienta, había dado con uno de los abrevaderos que se formaron al paso de las lluvias. Medía cerca de dos metros y medio, poseía una carne verdosa, como la de un muerto. Los brazos y las piernas eran extensos y nervudos. Sus dientes, enormes y amarillos. La mandíbula desencajada sobresalía del rostro, que parecía cobrar un aspecto más primitivo debido a las narices chatas. Su cabello era larguísimo, cubría parte de su cara, concediéndole un aspecto más siniestro. Las ropas raídas, pequeñas, sucias; las manos y los labios presumían rastros de sangre. Los ojos sumamente irritados y una flacura descomunal, completaban un cuadro temible.

 

Se iniciaron las especulaciones acerca de su origen, aunque después de una cadena de intensos debates entre científicos y sociólogos, no se llegó a ninguna conclusión convincente. Pero cuando una mujer declaró haber reconocido, en el cuerpo del monstruo, a su hijo desaparecido años atrás, las dudas se diluyeron. Las investigaciones arrojaron un resultado sorprendente. El monstruo, tras una serie de estudios avanzados de fisonomía, coincidía, de manera irrefutable, con muchos de los rasgos del adolescente desaparecido. La mujer declaró que Abraham (tal era el nombre del muchacho) había escapado de su casa para refugiarse en la amistad de algunos niños de la calle, con quienes convivió mucho tiempo hasta que, de manera intempestiva, desaparecieron. La posibilidad de que el hallazgo no implicara un hecho aislado, llenó de ansiedad a los habitantes de la metrópoli. Muchos se preguntaron si habría más de aquellas bestias entre los túneles, y si podrían seguir viajando con absoluta confianza por las arterias del subterráneo.

 

La respuesta tuvo lugar en breve. Una semana más tarde, un segundo comando, realizando la misma acción militar (con mayores precauciones), consiguió capturar vivo a uno de los raptores. Lo condujeron a una celda, donde le realizaron una serie de interrogatorios, acompañados por las torturas practicadas por la policía de nuestro país. No es asombroso aclarar que la bestia era capaz de establecer conversación, pues después de todo era un humano, con voz cavernosa y ademanes animales, pero humano. Además, con semejante sesión de tortura, quién no podría confesar.

 

La voz rasposa de la bestia, sorprendió menos que su primitiva pero coherente capacidad de estructurar ideas:

 

-Somos –declaró a una prensa ávida, mostrando una mirada llena de resignación- personas, asó, como usé. Niños calle fuimos; no somos. Fuimos vivir a uno de los túneles, y allí hallamos comida rato; pero aluego no, ya no hubo. Y se nos ocurrió comer, no sé, a un perro perdido, estaba enfermiko... sintió nada. Y aluego comimos ratas, y cosas. No sabia que aquellos animales, y aquel perro, tenían bebido del charco brillante, el que confunde sentidos, o cosa asó. Bebimos de su sangre. De perro enfermiko y de ratas Hacía sed. Y aluego nos cambiamos cuerpos, poco poco, y nos fuimos siendo fuertes y raros. Eso llevó tempo, no fue de días, ni pocos mese. Luego nos gustó beber más agua brillante. Y aluego no se nos ocurrió gente comida, nos bastaban ratas… pero el borracho llegó y despertó nuesa hambre, y el nueso odio. Y líder dijo debemos matar maldita sociedà, nunca entendieron niños calle. Así organizamos y nos metimos con nuesas mujeres, somos muchos, seremos más muy pronto...y matar es lo queremos. Puta sociedad muerta. Volvimos fuertes, y somos dentro de túneles mejores que tú; y no salimos de túneles porque nos matar. Queremos nuesa vida: ustedes fuera, nosotros dentro. Todo felicidad...somos muchos.”

 

Ofendido ante tal declaración, el Presidente envió un ejército de quinientos hombres a exterminar a los raptores. Se rememora ahora, a la distancia, como histórica aquélla terrible masacre de soldados. Cuentan que murió la mitad del comando y un medio centenar de raptores, quienes habían aprendido a batallar bajo el sistema de guerrillas bajo tierra (se intuía que entre los niños de la calle, había algunos que alguna vez se acercaron a una orientación militar). La batalla fue espantosa. Los túneles apestaban a sangre y a cuerpos descompuestos.

 

Atemorizados algún tiempo por el ataque, los raptores se ocultaron entre las rendijas de sus territorios de concreto. Se replegaron, apretando los dientes con rabia, babeantes ante el recuerdo de las balas silbando sobre sus cabezas y las de sus hijos; ante el recuerdo de sus hermanos muertos. Las autoridades pensaron que, una vez hostilizados, no se atreverían a atacar de nuevo, de modo que se tomó la decisión, tras algunos de meses de una sospechosa tregua, de reanudar el servicio del subterráneo, como una solución al tráfico caótico que comenzaba a transformar la ciudad en una megalópolis intransitable.

 

Se equivocaron una vez más. Los raptores recrudecieron sus incursiones, intensificando sus procesos de intimidación una vez que se reanudó el servicio: ahora hasta se tomaban el tiempo de devorar a los pasajeros en plena marcha, arrancando cada uno de los miembros de la víctima con cruel parsimonia, exhibiendo su rencor ante los pasajeros al acercarles la cabeza de alguno de los muertos, o escupiendo los ojos de las victimas a sus pies, mientras gritaban que los niños de la calle ahora sí poseían un reino.

 

Se les unió, tiempo después, un grupo de niños cansados de crecer en la miseria, quienes veían la vida dentro de los túneles como una oportunidad de experimentar una especie de jungla citadina. El gobierno, por su parte, tras la siguiente sucesión presidencial, y aún bajo el mismo apoyo de algunos agentes de la C.I.A., intentó exterminar a los sublevados peleando diversas batallas en contra de ellos. Mataron a muchos, pero no pudieron exterminarlos. Finalmente, se dieron por vencidos.

 

De eso hará quince o dieciséis años, no recuerdo con precisión. Ahora estamos acostumbrados a ellos. Siempre que uno aborda un vagón, sabe de antemano el riesgo al que se expone. Las estadísticas revelan que uno de cada ciento sesenta y cinco viajes es atacado por un raptor, y al menos un pasajero es devorado. Por otra parte, es imposible cerrar las líneas del subterráneo, debido a que se ha convertido en el único transporte eficiente al alcance de la masa proletaria (son demasiados los automóviles de la clase empresarial como para intentar establecer una red de autobuses o algo similar en el exterior). A fin de cuentas, al gobierno no le interesa demasiado la clase proletaria. Baste decir que a las desapariciones ya les hemos encontrado nombre: les denominamos “riesgos de tipo fortuito”.

 

            De modo que hoy no resulta extraño que los usuarios viajen bien despiertos, al acecho, tratando de no convertirse en víctimas del previsto ataque. Resulta familiar, por otra parte, realizar un viaje común en una jornada de trabajo y de repente hallarse ante un apagón. Es entonces cuando la sangre se hiela y los músculos se contraen. Después, no es difícil escuchar los malditos y pesados pasos sobre el vagón, para contemplar, un par de segundos después y con desconcierto, a uno de los raptores deslizarse dentro, después de quebrar uno de los cristales con habilidad, afianzándose con sus largas garras al techo, para después desprenderse en un movimiento furtivo, tomar a su víctima por los cabellos, y escapar arrastrándola, en un movimiento en el que el cuerpo de la víctima, desnucado, se deja conducir como un guiñapo. Eso, claro, si no se toman la molestia de destazarlo dentro. Así que cuando el tren frena su marcha y se produce un oscuro, la cosa es para alarmarse. La sangre hierve y se sabe uno en peligro. Esa es la casa de los raptores, de los ex -niños de la calle, hambrientos dentro de su territorio. Ellos nunca avisan. Ellos entran, toman su presa y se marchan, dejando los cristales salpicados de sangre. A veces parecemos ignorar los hechos, para que nuestras vidas sean más llevaderas; pero cuando sucede, como me tocó presenciarlo esta mañana, cuando un trozo de carne cruda nos mancha con sangre la frente, acusatorio, es inevitable llorar un poco, o maldecir nuestro destino.

 

Estoy convencido de nuestra condena en vida. Pero hay un lado bueno en la tragedia: ahora, al menos, sé que contestar a mi alumno; puedo recordar a la perfección como sucedió. Los raptores tienen un origen más remoto que el que les atribuimos: surgieron cuando aprendimos a construir una ciudad sustentada en la indiferencia y la desconfianza del otro, cuando olvidamos que los niños de la calle formaban parte de nuestra especie y de nuestro tiempo. Hoy por hoy, la voz de los niños de la calle me asalta de vez en cuando, en plena noche, al despertar de un mal sueño, lo que no es poco frecuente. Sus palabras son claras e incriminatorias; me es imposible apartarlas de mi memoria en noches de desesperación:

 

 

-Nuesa libertad dentro, vuesa vida fuera, asó todos felicidad.

 

Sin embargo, tengo que reconocerlo con vergüenza, después de unos minutos de intranquilidad, uno de esos ratos pesados en que uno se agita en la cama de un lado al otro, sin poder conciliar el sueño; después de permanecer recargado en la cabecera, con los ojos abiertos y respirando con dificultad; después de una de esas veladas que parecen interminables, en las que uno piensa un poco en la falacia de la inmortalidad y otras menudencias; aún a nuestro pesar, debo reconocer que uno vuelve lentamente a recuperar el sueño, como hace un crío, y entonces es posible dormir durante algunas horas, ajeno a los problemas cotidianos, como si nada de nada estuviera ocurriendo en alguna parte de la ciudad. No cabe duda: es impresionante nuestra capacidad natural de adaptación a un medio hostil. Somos peores que las cucarachas.

 

Extracto del libro "Patibulario, cuentos al final del túnel", Editorial Fridaura, México 2011.