lunes, 31 de agosto de 2015

POETAS SIGLO XXI - ANTOLOGIA DE POESIA MUNDIAL 16.900 POETAS: Editor: Fernando Sabido Sánchez : ULISES PANIAGUA [12.456]

POETAS SIGLO XXI - ANTOLOGIA DE POESIA MUNDIAL 16.900 POETAS: Editor: Fernando Sabido Sánchez : ULISES PANIAGUA [12.456]

Sobre el poemario "Lo tan negro que respira el Universo" (Editorial Fridaura), de Ulises Paniagua. Por: Ángel Pérez Escorza.

La mística luz del poema

Ángel Pérez Escorza



“Aquí se intuye –en enfrentamiento-  nuestra dolosa rasposidad  contra la naturaleza del espíritu”
Ulises Paniagua Olivares


Años antes de conocer personalmente a este inquietante autor y sin saber a ciencia cierta de qué hablaba  el libro que tome entre mis manos cierto día en un pequeño establecimiento de ejemplares seminuevos en la Universidad, pregunte al  vendedor si me podía apartar el último de los tomos (quizá el único)  que figuraba con el título “Del amor y otras miserias” por lo cual, él con dudosa intención me dijo:
-Yo te lo puedo apartar, pero de mí no depende que alguien más sí tenga dinero para comprarlo.
Con gran desazón y como queriendo no soltar las páginas que hojeaba una y otra vez, se acercó una amiga y me pregunto:
-¿A ver, qué libro es?
Yo no hice más que ponerlo en sus manos y esperar  que el destino se encargara de hablar, y así fue.
Mi comadre (como solía decirle a mi compañera) con una gran sonrisa, saco un billete de su bolso y me dijo:
- Te lo invito compadrito.
Yo con excesiva felicidad disfrazada de intriga y gran pena, termine por aceptar el misterioso y estupendo regalo.
Este libro fue mi primer acercamiento  al hombre que tengo aquí a mi lado, el cual muy atinadamente nos dice en una breve nota:
“Arriesgo pues mis yerros y desatinos esperando que llenen la memoria y el gusto del lector estos primeros versos.”
Ulises muestra la incertidumbre que tiene todo poeta al saber si el trabajo de este primer libro poético formalmente publicado cuenta con los estándares de sensibilidad y precisión que requiere la creación de todo poema.
Ahora, ya pasados los años y con una notable trayectoria como cuentista, narrador, artista multidisciplinario y por supuesto poeta, Paniagua Olivares hace entrega  de su cuarto poemario “Lo tan negro que respira el Universo”

Un trabajo que habla de la transición y los sentires que se revelan en un juego entre el paroxismo místico y la realidad inasible en la que se ve envuelto este creador que como felino sigiloso da su zarpazo más fino y contundente en la evocación poética que según él nos dice: Va más allá de lo sangrientos pulmones / hinchados de metáforas, un verso que lo convierte en un incesante Sherlock Holmes en busca de los más pequeños detalles para escudriñar la naturaleza de sus propios versos, que transmutan en un feroz tigre blanco como él declara: Para internarlo en la entraña de la nieve, o bien para descubrir que: Así / desnudo / muy desnudo / salió a descubrir el mundo.
En este poemario encontramos el Ápeiron que se traduce en todo aquello que es infinito o indeterminado. Por lo cual, Ulises Paniagua nos hace una invitación a considerar al poema como algo que no se puede explicar pero que a la vez nos muestra todo. Un increíble acto de fe donde impera siempre la duda, pero jamás la búsqueda de la verdad.
Cita el novelista franco canadiense Yann Martel, en su libro “La vida de pi” una frase que comparto como una de las frases más certeras de nuestro tiempo:
 “La duda es útil, mantiene viva tu fe. Después de todo, no puedes conocer la fuerza de tu fe hasta que esta se ponga a prueba.”
Paniagua Olivares es el investigador poético, “El científico” que considera al poema como un átomo, como la parte más pequeña de la materia, pero que a su vez está constituida de otros componentes que no por el simple hecho de que no sean perceptibles, no quiere decir que no existan, “nada permanece invisible a la vista de quien gusta  mirar detenidamente”.
Nos dice en su libro “Lo tan negro que respira el Universo”
Quien busca la poesía en lo estático pierde su tiempo / La poesía es materia mística y profunda que requiere de luz, muerte, dolor y pasión, para perpetuar  el movimiento de lo que no sé conoce.
Una vez más Ulises Paniagua se derrama en versos que muestran la evidencia de una ardua labor de exploración y pasión por encontrar la mística luz del poema, por eso nos dice: Acerca de cosas tan oscuras escribo versos luminosos. No cabe duda que las letras siempre serán una razón de vida y convivencia con el universo, por lo tanto espero que este cuarto poemario no nos deje de sorprender  como aquel primer libro de poemas que leí hace algunos años.
Hago pues la invitación para conocer al poeta que no halla, pero si nubla su energía en la pregunta. El hombre que busca el algebraico testimonio de la poesía para lograr perderse en ella y así, como él, también lograr perdernos en la espesura de este magnífico y notable esfuerzo sensitivo que se respira en cada verso.


Ángel Pérez Escorza

Mineral del Monte, 2015





sábado, 8 de agosto de 2015

"La amante nocturna", un cuento de René Avilés Fabila.

La amante nocturna
René Avilés Fabila



Allí los dos amante se sepultaron en el océano
de esos deleites lánguidos y perversos, en los
cuales el espíritu se mezcla con la carne misteriosa.
“Vera”
Villiers de L”Isle Adam.
                                                                                                              
Mis intenciones eran no acudir a aquella velada literaria, estaba fatigado, el tema era insuficientemente atractivo y, por último, llovía. Mis compañeros de jornada, para estimularme, dijeron que entre el público estarían sus jóvenes alumnas. Pero fue el sentido del deber, la promesa hecha, lo que me convenció. Llegué con puntualidad, pensando en que la lluvia retrasaría a los invitados y a los propios organizadores y que bien podría –acomodado en el lugar más iluminado de la sala de conferencias- aligerar mi texto. A mi lado, entre los primeros asistentes, una presencia femenina tomó asiento. Sentí su perfume, de reojo noté los colores llamativos de su ropa. Sin dejarme atrapar, seguí corrigiendo. Ella, silenciosamente, se cambió de lugar, a la primera fila, la que en este tipo de eventos eluden hasta los periodistas y los familiares.
            Con el tiempo que nos mostraba ese invierno y el cansancio, supuse que en cuanto termináramos, correría a mi casa a leer y en seguida a dormir. Me llamaron, en ese mismo momento, a la mesa desde la cual hablaríamos. Durante la primera intervención que hubo, miré hacia el público; en efecto, las mujeres eran muy jóvenes, estudiantes. Mi recorrido se detuvo en la señora que había pasado junto a mí. Sus piernas eran hermosas. Una falda roja, tableada, arriba de las rodillas, permitía verlas. La cara era de una belleza extraordinaria enmarcada por una cabellera rubia aleonada. En mi turno, concentrado como estaba en mis papeles, no la vi, pero al concluir abruptamente, noté que sus ojos me escudriñaban. De inmediato volvió a su pequeña libreta. El resto de la velada estuve luchando con el deseo de mirarla.
            Cuando el acto concluyó, saludé a algunos amigos y cuando trataba de escapar al vino tinto y los canapés, apareció aquella atractiva señora. Me ofreció un libro mío y yo, desconcertado, dije ah, como tonto. Saqué mi pluma para firmarlo y solicitó con voz tímida: Antes tiene usted que leer una nota, en la primera página. Sin mirarla la busqué: estaba en inglés: decía ser mi lectora, seguidora de mis novelas y artículos. Finalizaba: Could you drink that glass of wine with me? You would like my home. Graciela. Y una posdata en castellano: Tu sonrisa es encantadora. Turbado, volví a sonreír. Un mesero ofreció vino y yo acepté. Al pasar la copa sobre sus piernas derramó algunas gotas, le entregué mi pañuelo, limpió el líquido y me pidió la prenda. Conversamos sobre libros míos. Yo no atinaba qué hacer. Fue cuando Graciela (muy pronto comenzamos a tutearnos) renovó su propuesta. Sí, claro, de acuerdo. Y caminamos rumbo a la salida. Me desconcertaba esa mujer que tenía una gran cantidad de información acerca de mí. Le advertí que había seguramente un problema: ambos teníamos automóviles. Puedes seguirme, vivo en Tlalpan, en donde tú mismo. Traté de defenderme, qué curioso yo, en cambio, nada sé de ti. No es importante, el famoso eres tú.
            En el camino, mi coche atrás del suyo, traté de imaginar su casa, su profesión, su familia. La fatiga y el tedio habían desaparecido, era yo distinto y me emocionaba enfrentar una aventura inusitada. Pasamos el rumbo de mi casa y proseguimos, era la parte más antigua de Tlalpan. Una zona aislada, que por fortuna había quedado lejos del tránsito y de las áreas comerciales. ¿Podría ser maestra o profesionista universitaria? Hacia donde íbamos no había edificios departamentales, sólo casas, lo que le concedía una posición social distinta. ¿Y el esposo, los hijos? Estaría soltera, de otro modo me habría invitado a su casa. En eso detuvo su auto frente a una gran casona, de estilo antiguo, pero recién construida, espaciosa, techo de dos aguas, rodeada de árboles los cuales a su vez estaban protegidos por un alto muro. La calle era cerrada y solitaria. Me hizo pasar y noté algo obvio: olía a humedad. Todo estaba en el sitio correcto, no había polvo y el decorado mostraba a una persona de alta posición económica: las antigüedades proliferaban, los muebles eran francamente de buen gusto. Pisos y techos eran de madera, así como las escaleras. Con suma curiosidad vi los cuadros, las fotografías, observé las figuras decorativas. Impecable, perfecto, eran los calificativos que podía usar. Busqué dónde sentarme sin esperar ofrecimiento; ella me detuvo, no, por favor, sígueme, vamos al sitio donde paso la mayor parte del tiempo. Caminé tras ella y subimos por una gran escalera de caracol que giraba sobre un magnífico, inmenso, tronco de roble. Iba yo tocando la piedra de los muros cuando me dijo: aguarda, voy a prender la luz. Un botón iluminó tenuemente una gran estancia: sala con chimenea, que al final se transformaba en una recámara en un nivel superior y dos puertas: una conducía al baño, la otra a una pequeña cocina.
            El lugar era deslumbrante. Me ofreció vino y descorché una botella francesa. La música era de Albinoni y de Bach. La plática, un monólogo estimulado por ella que preguntaba detalles para crear un esbozo de biografía mía. De pronto dijo: quédate a dormir conmigo, y yo me sentí aún más excitado. Traté de besarla y antes de que aceptara, me pidió que no la tocara hasta que ella lo autorizara. Así fue. La chimenea seguía encendida y en el tocadiscos había comenzado una música de suave tema de alguna película que me resultó familiar. Graciela, que hasta ese momento nunca dijo su apellido ni proporcionó mayores datos sobre ella, fue despojándose de la ropa y acto seguido, sin atender mi deslumbramiento, me acarició y arrastró a la cama. Después de algunos segundos de enorme intensidad, simplemente dijo ya.
            Al concluir el amor, accedió a dar informes sobre su vida, unos cuantos en realidad y muy vagos: soltera, un hijo estudiando en el extranjero…El resto podía ser adivinado: su soledad. Su enamoramiento (no sé cómo llamarle) de un escritor que nunca había visto. En fin. ¿No te parece, pregunté, una audacia invitar a un desconocido?: nadie sabe que estoy aquí, podría robarte o matarte. Como respuesta, y sonriendo: Puedes hacer lo que gustes, ésta es tu casa, toma lo que desees, incluso mi vida. Bueno, no exageremos, dije evitando el tono fúnebre, de literatura gótica. ¿No serás un vampiro como la Clarimonda de Gauthier o la Carmilla de Le Fanu? Con frecuencia el sexo y lo demoniaco van juntos. Y si así fuera, no me importaría enamorarme de ti, es hermoso abrazarte, sentir tu cuerpo junto al mío, es una sensación que desconocía o que en otras mujeres probablemente no me había importado. Es lo más maravilloso que he escuchado en largo tiempo, confirmó lo que se notaba en sus ojos, y seguimos abrazados, desnudos, bajo el amparo del fuego, mucho rato.
            Y hablamos y hablamos de cine, de literatura. Sus gustos eran los míos y los míos los suyos. Como a las cuatro de la mañana, le expliqué, créeme, es terrible, tengo que irme, debo trabajar dentro de pocas horas. Pero no te muevas, quédate aquí, conozco el camino. Está bien, no quiero más que conservar tu aroma, ver las copas vacías, seguir escuchando la misma música, hasta quedarme dormida. La besé, me vestí sin apresuramientos y dejé la casa. En el trayecto a la mía, cinco minutos a los sumo, recordé que el tema musical pertenecía al filme Pide al tiempo que vuelva, cuya trama es el enamoramiento de un hombre de nuestro tiempo por una mujer del pasado y su esfuerzo por regresar del presente otra vez hacia ella.
            Dormí unas tres horas. Comenzó la actividad. El recuerdo de Graciela era obsesionante. El día transcurrió con lentitud, con terrible monotonía. Mi encanto por aquella noche mágica impedía concentrarme en mi trabajo. Alrededor de las ocho, con la ciudad plenamente iluminada, decidí ir a buscarla: recordaba la ruta. Cuando llegué a la calle solitaria del día anterior sólo encontré un terreno baldío. Imposible equivocarme. Regresé al camino y me percaté de que no había posibilidad de error. Pregunté en una caseta de vigilancia: me miraron como si estuviera loco: allí no hay ninguna casa, ni la hubo, desde siempre fue un terreno; ignoraban quién era el propietario.
            Parecía –pensé ya en mi biblioteca- un sueño o una historia fantástica que sirvió para romper la rutina o para hacerme presentir que aún hay sorpresas en un mundo terriblemente realista. Dudo mucho que el encuentro haya sido producto de mi imaginación: sé que esa mujer existe y que volveré a verla para juntos obtener el prodigio del amor.


Diciembre 6, 1990. Tlalpan.




De Borges y yo, 1991.









sábado, 25 de julio de 2015

"Fabulación amorosa", un poema de Ulises Paniagua


Fabulación amorosa


Ulises Paniagua

El amor se prepara en una máquina extraña ( en la conjugación de los astros fallidos ( en los ramajes del humo.

El amor no existe ( Fue construido a través de los muchos anhelos ( cada cual lo ha hecho en su molde a cada respiro

El amor existe aunque no exista (entre fabulaciones se destila en memorias de lo imaginado ( en  labios más carnosos entre tantos labios ( en los ojos más vivos en un ejército urbano de ojos

El amor se prepara en una máquina extraña ( Truquea ( Ripia ( Arritma la voz y danza entre tardes soleadas a la orilla de un parque ( entre falda y pantalón de colegiales de ojitos llenos

El amor es fábula ( Pero existe ( Se presiente ( Se adivina ( Se palpa a besos

 Y siempre se goza con la intensidad del primer alumbramiento.







Dos poemas de Alma Karla Sandoval


Premonición del Relámpago
Alma Karla Sandoval


De nuevo lloverá y será la misma tierra 
enlodando los caminos

el charco primogénito de julio.

Luego habrá tormenta y dormirás

en la selva, en la penumbra,

en el cantar de lejanía que sesga los rincones
de tu corazón y sus moradas.




La voz de Marco Polo
Alma Karla Sandoval

Se preguntarán si he visto la circunferencia encendida de una amapola, su centro hondo, su abismo perfumado. Sí, la tomo entre los dedos como quien tutela un prodigio.
Pensarán que no entendí que cada vértice en las pagodas horada la cúpula celeste. Es así, pero también quieren ser alas, a veces elevan despacio la materia como un remolino en la tarde.
Sabrán que no ignoro en qué taza, de qué té, descubrí que hay pabellones de seda y pájaros lilas. Jaulas de oro trenzado con forma de flores cóncavas donde esas aves viven.
Los dragones de fuego hambriento por la noche, su espíritu de pólvora, algo queman en mí: la ceguera de Toscana.
Aún me pregunto, ¿qué fue de mi cruz de marinero cuando encontré el loto de Buda?




*Ambos poemas fueron tomados del libro "Beijing entonces", Torremozas, 2015.



jueves, 23 de julio de 2015

Orson Welles La literatura detrás del lente. Por: Ulises Paniagua.


Orson Welles
La literatura detrás del lente




Ulises Paniagua

Una noche de Halloween de 1938 la historia del mundo se sacudiría. A través de sus aparatos de radio miles de norteamericanos escucharon una voz honda y firme advirtiendo: “Señoras y señores, esto es lo más terrorífico que nunca he presenciado... ¡Espera un minuto! Alguien está avanzando desde el fondo del hoyo. Alguien... o algo. Puedo ver escudriñando desde ese hoyo negro dos discos luminosos... ¿Son ojos? Puede que sean una cara. Puede que sea...”. Se anunciaba una invasión extraterrestre proveniente del planeta Marte. La gente, aterrada, dejó de escuchar la radio y salió de casa esperando el desastre. No aguardaron al minuto cuarenta con treinta segundos de transmisión donde se anunciaba que se trataba de un evento ficticio. Fue el caos.
El programa que tanta conmoción generó era una adaptación realizada por Orson Welles de la novela La guerra de los mundos (1898), de H.G. Wells. Al día siguiente, indignado, el público escucha pidió la cabeza de Orson Welles a la CBS. Éste argumentó que se trataba de una broma propia del día de brujas, y la cosa no pasó de allí.
            No era la primera vez que Welles se acercaba a la literatura. Y no sería la última tampoco. Su concepción radiofónica y posteriormente cinematográfica se alimentó de la literatura en gran medida. Pero también legó, a lo largo de sus películas, una serie de estructuras narrativas que utilizarían guionistas e incluso novelistas de generaciones posteriores. En su exacerbado y malhumorado genio demostró que hay muchas y muy buenas maneras de contar una historia. Para ejemplo la célebre escena de elipsis (salto temporal) que sucede en la mesa del matrimonio de El Ciudadno Kane. Mientras comen transcurren más de diez años. O el gran misterio que se encierra en la palabra Rosebud a través de una memoria remota, un anhelo de niñez derrumbada, que nada pide a la nostalgia de Marcel Proust en En busca del tiempo perdido, y que cierra magistralmente el clásico del cine mundial.
Ávido lector, el director de la mítica Citizen Kane se acercó una y otra vez a los libros. La guerra de los mundos constituía la prolongación de una serie de radionovelas que tenían como fuente de alimentación a autores clásicos. En colaboración con el que luego sería el guionista de Casablanca, Howard Koch, interpretó y adaptó a radio obras como Los miserables, Drácula y El conde de Montecristo. Ya como cineasta, la pasión por la literatura se haría presente en La dama de Shangai (If I Die Before I Wake, 1947), basada en la novela del escritor Sherwood King; donde por cierto interpreta a un villano terrible, acompañado en el rol protagónico por la hermosa Rita Hayworth, quien entonces era su esposa.
Años después, en 1958 (después de un exilio bajo el régimen del macarthismo donde se le acusó de ser comunista) adaptaría la novela de Whit Masterson, Sed del mal (Touch of devil), y la llevó a la pantalla grande protagonizada por él, de nuevo como un gran villano, y haciendo de Charlton Heston (Mike Vargas) uno de los primeros héroes mexicanos en el cine hollywoodense.
En 1948 incorporó a Shakespeare al cine norteamericano al adaptar Macbeth, el clásico del teatro británico donde se aborda la ambición y la sed de poder. En 1952 filmó Otelo, continuando esta serie de proyectos monumentales y arriesgados (Sir Laurence Olivier parecía el único director autorizado para llevar al dramaturgo inglés, al bardo de Avon, a la pantalla). Siendo honestos la aventura con Shakespeare no fue tan exitosa, pero hay que alabar el espíritu aventurero y clásico del realizador.
      Sin embargo, su proyecto probablemente más ambicioso en materia literaria llegaría en 1962, cuando se atrevió a adaptar a Franz Kakfa (¡A Kakfa!) desde su novela El proceso, demostrando una vez más que era un hombre que gustaba de retos. La cinta fue protagonizada por Anthony Perkins (célebre por su  papel de Norman Bates en Psicosis). Adaptar a Kafka, como podrá adivinarse, no es una empresa sencilla debido al alto nivel alegórico que se maneja en las letras del escritor checo, sumándolo a los ambientes casi oníricos que permean las escenas de sus novelas. Pero Welles salió bien librado (casi nadie ha osado entrar a los senderos kafkianos desde entonces). Para ello, iniciando con un prólogo basado en el relato corto de Kafka “Ante la ley”, Welles utiliza su excepcional manejo estilístico para crear una atmósfera opresiva y asfixiante, a través de encuadres de cámara audaces, el empleo del gran angular, soberbios claroscuros y un magistral uso del montaje. Con música de Albinoni la película se vuelve alucinógena.
Orson Wells, el mito, el genio, el enfant terrible nacido en Wisconsin en 1915 y que vivió sus últimos días en California hasta 1985, nos ha dejado un legado cinematográfico tan estrecho con lo literario que bien podría decirse de él que construyó verdaderas novelas utilizando escenas y secuencias. Y como muestra basta revisar el Ciudadano Kane (Citzizen Kane). ¿Quién se atrevería a negar que a través de este film Welles no podría consagrarse como uno de los mejores literatos de la historia universal si en el lugar del celuloide la historia se contara a través del papel?











miércoles, 8 de julio de 2015

"Anotación de medianoche", de Ulises Paniagua


Anotación de medianoche
Ulises Paniagua

Cuando miro que las letras no se derriban en la ventisca, el hondo alarido, el derrumbe de dinteles y rancios dineros, Pienso que hay licencia para bordar utopías sobre páginas albas

Me digo: sólo la muerte

Ni el rencor de los otros, ni los adustos gobiernos, ni el abandono de los padres, o los peores deseos

Suspiro
Sólo la muerte

Cuando nace del pantano esa falange de infortunio, el mar de los sueños embravece, me derrumbo bajo la negra ola y espero que todo lo arranque el magnetismo del desconcierto

Suspiro
Escribo
Espero


Y me digo: sólo la muerte. Sólo la muerte. Sólo la muerte