sábado, 14 de marzo de 2015

Ese lugar Existe (fragmento de novela), de Ulises Paniagua

Ese lugar existe
Ulises Paniagua
(fragmento de novela)



Me aburro mortalmente. Por la mañana jugué ajedrez contra mí mismo. Lustro no era un competidor a considerar, así que sólo quedaba yo para darme jaque mate. Me vencí en cinco ocasiones y tuve que buscar un nuevo pasatiempo. Encontré una vieja cuerda y salté con ella, como hacen los boxeadores, hasta quedar rendido. Por cierto, levanté mucho polvo. Después quise dormir, pero no pude.
La tarde parece interminable. Decidí sentarme a escribir, pero no me sentía inspirado. Aun así supe que debía conseguir algunas líneas, una idea provechosa que pudiera distraerme de la rutina. Por eso tomo de nuevo esta  libreta, y en mi aburrimiento construyo un mecanismo literario a través de la tinta que hace nacer el bolígrafo:

Alguien piensa esta historia. Al menos eso garabateo a manera de sospecha o de juego. Es un tipo común, quizás una chica, no sé, más bien parece ser un tipo, aunque eso es irrelevante;  pues quien imagina estos apuntes, quien genera la ficción es el misterio en persona, de manera literal. Y allí radica el corazón de mi desasosiego. No sé si trate de alguien lúcido o un de un ser lleno de inseguridades y complejos. Lo mismo me da. Me importa un cuerno quién está del otro lado, no le considero tan importante.
Me gusta imaginarla o imaginarlo frente a una lap top, tecleando las líneas de la trama. Se asombra al dejarse conducir por las palabras que dicto y que cree dictar. Se da cuenta entonces de que es el juguete y el titiritero. Para ella o para él, de pronto el personaje se vuelve autor, el autor se vuelve coprotagonista. La literatura es un acto de comunión entre quien exige la obra, quien la crea, y quien alcance a leerla.
Reflexiono para pasar el rato: una historia es un mensaje en una hoja en blanco, en una pantalla en blanco, esperando construirse desde cada uno de sus frentes, y cada uno de ellos participa para que lo escrito cobre significado. Cada una de las piezas alrededor de un libro ha sido armada por encima de nuestro entendimiento. No hay libro sin lector predestinado. No hay escritor que no busque personajes en lo relativo. No hay personaje que no llegue a la mente del escritor sin haber sido generado de manera espontánea.
¿Qué hace quien me escribe? Puede que ahora mismo se tome algún mechón del cabello y recargue su codo sobre el escritorio, esperando el mejor verbo que describa una acción, el mejor adjetivo que corone sus esfuerzos por narrar la historia. Seguro le gustará el café, y correrá de vez en cuando a la cocina a prepararse una buena taza humeante; o será fanático del cigarro y tendrá a mano una cajetilla, un encendedor y un cenicero. Uno esperaría que trabajara en su texto vistiendo un pantalón fino y una gabardina que le dote de un aire intelectual. Sin embargo, es posible que se halle en su habitación con la camisa desabotonada, con el pecho al aire; o peor aún, en calzoncillos y en pantuflas, con las cortinas selladas para evitar la sonrisa irónica de algún vecino insidioso, o de una vecina guapa a la que podría decepcionar después de haberla impresionado con alguna de sus publicaciones.
Por otra parte, pienso en el lector:
¿Quién leerá este texto cuando llegue a sus manos? ¿Una estudiante universitaria?, ¿un ama de casa?, ¿un crítico feroz que detesta al autor, y que lo lee sólo para desacreditarlo? ¿También andarán en calzoncillos? La estudiante universitaria debe verse maravillosa en ropa interior, pero al crítico prefiero no sospecharlo siquiera. Tal vez el ama de casa lea esto mientras al fondo se escucha el sonido de un televisor encendido, aunado a la risa de un par de niños. Quizás el crítico sea un pobretón que aprovecha los viajes en el subterráneo para devorar novelas y libros de ensayo, antes de llegar a una oficina burocrática a cumplir con sus obligaciones.
Quizás nadie me lea. ¿Cómo saberlo mientras permanezca encerrado en esta pieza? Lo que reflexione, lo que cuente parece más bien una serie de palos de ciego dentro de un cuarto oscuro. Así que hoy, fastidiado, he preferido iniciar este juego (que ahora llamarían metatextual los iniciados o los vanidosos) para buscar una salida.
Espero que esto termine pronto, al menos más rápido que como ha ocurrido en ocasiones pasadas. Cada vez se vuelve más difícil soportarlo.
Por eso escribo imaginando que alguien me escribe mientras bebe una taza de café y se cubre del frío con una mantita. Que alguien me lee con la espalda recargada en la cabecera de su cama, con los audífonos colocados y un dispositivo reproduciendo un poco de música. Espero que su desasosiego sea menos angustiante que el mío.
 No es cierto, prefiero que su desconcierto le oprima, lo llene de terrores y sobresaltos. No habrá compasión para quien me lee, es hora de que viva en carne propia mi confusión, mis alegrías, pero también mis más profundos horrores.
¿Y qué decir de quien me escribe? Así como ella o él no se atreve a compadecer mi suerte, yo no puedo guardar ningún sentimentalismo hacia su persona. Que se joda. Que me escriba mientras soy una veleta que no le dicta ningún rumbo seguido, que ande mis pasos sobre la nieve, que desespere con mi encierro. Que sufra, cuando menos tanto como yo.
La literatura es, en evidencia, un asunto de pura crueldad.






martes, 17 de febrero de 2015

La fabulación del amor, un poema de Ulises Paniagua

Fabulación del amor
(fragmento)

Ulises Paniagua



Canto entre herrumbres de muerte / fuiste / resurrección del polvo / del mirlo y la rosa púrpura  / repercusión numeral y azaroso infinito / páginas de un héroe sin torre / sin ahorcados / y el perfume infiel de una infanta yerma / Canto de muchas y muchos / ecuación de vocablos intuidos a través de su propia transparencia / Guardián en filos / espera de edenes y tormentas /
Como si el amor
no fuese esta suma de las más dulce zarpa /
de la más álgida arista / abecedario que se bebe al rasgar labios / como si permaneciera anclado a sus plumas / mirando hacia lo dentro / Tal si fuese o no fuese / una trampa jugosa / ambiguo sentido de rezar hacia el norte / con el beso pactado en la carnalidad de lo sur / Como si no fuera la más delicada y deliciosa de las invenciones: / verdad a medias que cubre con su velo la verdad de todos y del Todo /  Cual si fuera sombra y espera / eco repetido en el profundo túnel del silencio / aún entre brillos presurosos/






La contradicción y la memoria, un poema de Ulises Paniagua


La contradicción y la memoria
Ulises Paniagua



Inscribo la tiniebla de la voz en la corteza del alba. Tatúo cosmos en el filo de una página en blanco. Hay cenizas de lo que creo en las marcas del torso del ayer. Registro una balada en carne viva. // Mentira. No escribo ni aves en mierda. Nada. El mundo no vale un verso  //
Pero escribe. Rásgate las muelas de tanto mundo. Entre pantimedias
 am – plia - das   de lo que se pierde detrás de una moneda. Con aquella palabra que asoma después del hueso /// Para qué. Quien hace un guiño a la memoria se esfuma en la contradicción del signo. No escribas. A las ciudades les han cortado los pasos. La loba dicta códigos nuevos en los que deliran. Es inútil arrasar la noche ///

Raspa. Imprudente. Bravo. Fúmate los sueños de las cucarachas. Marca la marcha de los caballos del deseo. El derrumbe de lo que es libre. La mente es un oceáno oscuro. La mente es cada ola que arriba a nuestro puerto. Sé el tsunami  /// Miente. Mejor quedarse sentado y mudo. Mejor tratar de nominar al mundo entre tiliches /// No. No calles. Rájale la fisura al tiempo. Aspira la metáfora. El encabalgamiento. Rompe. Transforma. Mata. / Qué importa lo que los demás digan. Qué importa que una cifra insista: No escribo ni aves en mierda. Nada. El mundo no vale un verso  /




lunes, 16 de febrero de 2015

Una nueva ciudad invisible, por Ulises Paniagua

Una nueva ciudad invisible

Ulises Paniagua


                                                                          A Ítalo Calvino, con profunda admiración...

En Azoguia -nacida en el cruce de cuatro caminos- rige un extraño comportamiento: se cuenta que cada calle, cada banca, jardín o habitante, posee un reflejo en una ciudad idéntica pero ajena. Es decir, existen dos versiones del mismo territorio.
            Una de las dos ciudades es falsa. A muchos viajeros les cuesta trabajo reconocer las diferencias por sutiles; sin embargo, si se mira con atención es posible distinguir lo  verdadero de lo superpuesto. Una de las dos Azoguias está repleta de códigos electrónicos que no representan nada. Sus mensajes no buscan cifrar un objeto o sujeto, sino que se pierden en la vanidad de su existencia.
En esa urbe falaz se intenta tocar las paredes de los edificios o las puertas de los santuarios, consiguiendo apenas atravesar las imágenes como un puño atraviesa una capa de aire. Es un andamiaje que carece de alma.
La otra Azoguia, la verdadera, permanece dormida detrás de esas representaciones virtuales. Dicen que está hecha con la sangre de muchos muertos, con los deseos marchitos de suicidas y soñadores que desfilaron por sus avenidas; pero también con la esperanza de los niños que jugaron a la pelota en sus barrios, con la risa de los adolescentes que se besaron a escondidas en sus cines.

A esta urbe es difícil hallarla. Sólo se muestra de vez en cuando si los viajeros -puros de corazón- mantienen la vista entornada durante horas,  justo cuando el sol empieza a caer para dar paso a la noche. El viajero que consigue entrever algo debe estar atento, pues el instante prodigioso no dura más allá de un par de segundos. Poco después,  la otra Azoguia, la ciudad que fulgura entre anuncios de antros, automóviles y campañas políticas, vuelve a presentarse como una promesa del futuro, llena de progreso y todos esos términos que los propios habitantes han decidido atribuirle para no perder la cordura dentro de sus circuitos y sus plazas comerciales.



martes, 30 de diciembre de 2014

Los laberintos de Dedalus, por Flavio Crescenzi






"La cuestión suprema sobre una obra de arte es saber desde qué profundidad de vida surge."


James Joyce


I

     En 1916, luego de haber sido publicada por entregas en la revista The Egoist, aparece finalmente como libro la primera novela de James Joyce, Retrato de un artista adolescente,  obra que relata la formación estética e intelectual del joven Stephen Dedalus, álter ego del autor y futuro personaje del Ulises.
     Si bien en ciertos pasajes de este libro pueden vislumbrarse algunas de las innovaciones técnicas que Joyce explotaría posteriormente, la novela, en su conjunto, es bastante coherente y accesible. Incluso podríamos decir que Retrato de un artista adolescente es una buena forma de acercarse a la biografía del propio Joyce y, por momentos, también a la mismísima historia de Irlanda, historia que no podrá ser del todo comprendida si no se toman en cuenta los movimientos políticos atingentes y el catolicismo imperante.
     El libro nos permite conocer las obsesiones,fantasmas y tabúes que una rígida educación católica —en puridad la jesuita— produce en la conciencia del protagonista. Los conceptos morales y el fuerte sentido de nacionalidad que le son inculcados desde la cuna le provocan también debates emocionales intensos. El camino que recorre a lo largo de los cinco capítulos del libro es arduo y sinuoso, pero sin lugar a dudas necesario para alcanzar la madurez que lo liberará de todos los prejuicios heredados.
     Es probable que el nombre del protagonista, Stephen Dedalus, esté construido a partir de la conjunción de San Esteban, primer mártir cristiano, y Dédalo, personaje de la mitología griega, constructor del célebre laberinto. De ser cierta esta hipótesis, el doble guiño que presenta nos recuerda, aunque de manera simbólica, el martirologio que debe atravesar aquel que se atreva a llevara cabo cualquier tentativa de libertad en el laberíntico mundo de los convencionalismos.
     La novela concluye con un exilio voluntario. En efecto, luego de definir su concepto de arte y escritura, y de apostar a él como única vía redentora, Stephen —esta suerte de Dédalo moderno— construye sus propias alas para elevarse del laberinto de mediocridad que lo rodea hacia la más anhelada y celeste libertad. En resumidas cuentas, la novela expresa el triunfo de la sensibilidad y voluntad artísticas por sobre el castigo y sinsabor de lo pedestre.

II

     Entre los géneros literarios, el narrativo es el que se ha planteado el mayor número de problemas estructurales y expresivos, al punto tal que es posible distinguir en su evolución un pasado, donde la narración se limitaba a contar, intentando sólo la tradicional comunicación fabuladora; y una modernidad —tiempo de la “novela impresionista” o “novela búsqueda”— donde la narrativa se une a lo experimental y donde el autor se enfrenta a la posibilidad de “pensarse” en función de escritor, con el claro propósito de superar escollos formales y estilísticos, y con el deseo anexo de entablar con el lector un juego diferente.
     La novela impresionista  se aparta cada vez más del modelo realista que imperaba en el siglo XIX, se transforma en una novela abierta, con perspectivas y límites inciertos, que se disuelve en una especie de reflexión filosófica y metaliteraria, donde los contornos de los seres y las cosas cobran dimensiones irreales, y las significaciones ocultas de carácter alegórico se imponen como valores absolutos. Por tanto, el propósito primario y tradicional de la narrativa novelesca (contar una historia) finalmente se oblitera y desfigura.
     La recusación de la cronología lineal y la introducción de múltiples planos temporales que se interpenetran y confunden constituyen otro rasgo fundamental del rumbo de la novela moderna o impresionista. Esto, desde luego, está íntimamente relacionado con el hecho de que cualquier instancia espacio temporal se construye sobre la base de una memoria que evoca y reconstruye lo ocurrido. Asimismo, su trama se torna muchas veces caótica y confusa, pues el novelista quiere expresar con autenticidad la existencia y el destino de los hombres,aspectos que emergen como el reino de lo absurdo, de lo incongruente y defectuoso.
      La desvalorización de la trama, acompañada de una singular penetración en el análisis psicológico del personaje, caracteriza particularmente a la novela moderna. Es probable que este nuevo tipo de novela haya querido reaccionar contra el cine mudo, de manera semejante a como la pintura impresionista reaccionó contra la fotografía. El cine, en verdad, podía ofrecer una trama movida y rica en peripecias, pero no lograba aprehender la vida secreta y profunda de las conciencias. Esta vida recóndita es la que procura expresar la novela impresionista; para ello, intenta reflejar de manera sutil y minuciosa los estados y las reacciones de la conciencia, aunque tales contenidos subjetivos muchas veces parezcan fragmentarios e incoherentes.
       No hay dudas de que James Joyce estaba al tanto de estas transformaciones y, aunque en la novela que glosamos las innovaciones técnicas más osadas que caracterizan la última etapa de su obra (recursos que van  desde el monólogo interior al estilo indirecto libre, de la autorreflexión al stream of consciousness, etc.) se hallan todavía en estado embrionario, Retrato de un artista adolescente manifiesta ya una marcada adscripción al paradigma estético aludido.
      Sin ir más lejos, Joyce lleva a la prosa lo que los pintores ya habían trasladado al lienzo. Gustav Klimt, en algunas de sus pinturas —por ejemplo, El beso—, enmarca las figuras con cuadros y círculos, algunos oscuros y otros luminosos, adornados todos con finos arabescos, que parecen desviar la atención, pero que en realidad constituyen un conjunto armonioso con la idea que despunta de la imagen. Lo mismo hace Joyce en la escritura; en ningún instante pierde el hilo narrativo, pero lo amplía con pequeñas estampas fotográficas, morosas y etéreas descripciones, que surgen de los recuerdos e impresiones del narrador/protagonista. Esto es lo que Joyce denominó “epifanías”, experiencias de agudización de la percepción desencadenadas por incidentes triviales y que revelan el éxtasis, el lírico arrobamiento de la vida. He aquí un fragmento a manera de ejemplo:

             Una muchacha estaba en frente a él, en medio dela corriente, mirando sola y calma mar afuera. Parecía que un arte sorprendente le diera el aspecto de un ave de mar bella y extraña. Sus piernas desnudas y largas eran esbeltas como las de la grulla y sin mancha, salvo allí donde los vestigios de un alga marina habían dejado su verde rúbrica sobre la carne. Los muslos más rellenos, y de suaves tonalidades de marfil, estaban desnudos casi hasta la cadera, donde las puntillas blancas de los pantalones simulaban un juego de plumaje suave y blanco. La falda, de color azul pizarra, la llevaba atrevidamente recogida hasta la cintura, y por detrás colgaba algo así como la cola de una paloma. Su pecho era como el de un ave, liso y delicado, delicado yl iso como el de una paloma de plumaje negro. Pero el largo cabello rubio era el de una niña; y de niña, y lacrado con el prodigio mortal de la belleza, su rostro. 

     La epifanía comienza pulsando la interdependencia palabra-sensación y deslindando las vías sensoriales a través de las cuales ha reaccionado el autor. Desde luego, las sensaciones acopiadas no siempre se transcriben de idéntica manera a como fueron percibidas. Algunas, por obra de ciertos factores psíquicos, se intensifican; otras, empalidecen por la intervención de la afectividad y la intención estética. La labor del creador literario consistirá en dar coherencia a aquellas sensaciones que llegaron a él discontinuas y simultáneas, es decir, en intentar reproducir con palabras lo que en realidad es color, sonido, cuerpo, materia, de acuerdo a sus respectivas apariencias. 

III

     Vale recordar que Joyce comienza a escribir Retrato de un artista adolescente con el título provisional Stephen, el héroe en 1904, el mismo año en que decide abandonar Irlanda y establecerse en el continente. Durante diez años trabaja sobre el texto, reescribiendo toda la novela de manera mucho más concisa, cambiando la voz narrativa de primera a tercera persona y convirtiendo la forma inicial de un diario en unaBildungsroman, es decir, en una novela de formación.
       La primera edición de Retrato de un artista adolescente  conquistó los elogios de escritores de la talla de Ezra Pound, W.B. Yeats, T. S Eliot y H.G. Wells, quien alabó “esta venerabilísima novela” por su “quintaesencial y constante realidad”. El éxito de la novela fue progresivo. En el verano de 1917 ya se habían agotado los 750 ejemplares de la primera edición inglesa, aparecida en febrero de ese año. Posteriormente, el Modern Library le otorgó el tercer lugar entre las más grandes novelas de habla inglesa del sigloXX.
        A pesar del reconocimiento que recibió por su primera novela, este irlandés exiliado debe su fama —quizás injustamente— a dos novelas posteriores: Ulises (1922) y Finnegans Wake (1939) en las que lleva su experimentación al límite de la legibilidad. Con todo, en cualquiera de los casos, la erudición, la autoconciencia y la ironía fueron los ingredientes principales de aquel cóctel explosivo que hizo de James Joyce una categoría literaria inevitable. Quiero decir con esto que así como existe lo “quijotesco”, lo “dickensiano”, lo “kafkiano”, existe lo “joyceano”, adjetivo que alude tanto al stream of consciousness como a una forma de narrar que alterna distintos puntos de vista y que, en lugar de coordinar, yuxtapone. En suma, el adjetivo “joyceano” remite a una serie de estrategias narrativas que parecían ser las más apropiadas para representar el siglo XX, complicado siglo del que todavía no nos hemos recobrado.

(Prólogo de Flavio Crescenzi, para la edición de Terramar de El retrato de un artista adolescente.)




miércoles, 17 de diciembre de 2014

Las calles salvajes, un cuento de Ulises Paniagua

Las calles salvajes
Ulises Paniagua


(Cuento)

Mi actitud ante la vida ha sido la de cualquier hombre rutinario: temo las sorpresas y los imprevistos. Me aterra encontrar vacía la caja del cereal o retrasarme en el pago del recibo telefónico. Cosas sigilosas y simples custodian  el transcurrir de mis años. Por ello, al iniciar la idea del collage, de la broma urbana, me alimentaba un extraño y enfermizo deseo de mutación, un impulso dialéctico.
            Inició en uno de esos momentos en que uno decide hacer cualquier cosa para sentirse vivo. Tomé del librero un mapa citadino bastante ordinario. Lo extendí sin interés, eché un vistazo a una o dos colonias en él, y bostecé.
            Antes de continuar mi relato, deben saber que soy padre de una hermosa bebé con poco menos de un año de edad, de rostro pálido como la luna, rematado con una oscura cabellera. Le llamó Gugú, porque apenas puede articular pequeños enunciados donde las sílabas gu gú conforman el ochenta por ciento de su vocabulario. Es una niña linda porque es linda, y además porque es mi hija, y eso baste para el presente relato; el cual, por cierto, retomo en el momento en que tomaba de mi librero un mapa citadino ordinario. Gugú trataba  de arrancar  los botones a un oso de felpa vestido de gala, mientras Mamá (mi esposa) había marchado a casa de mi suegra, para arreglar no sé qué asunto con la vieja.
            Fue una inspiración súbita, provocada por Gugú, lo que llevó a concebir la idea. Sucedió por accidente. La nena estaba incontrolable: después de dar batalla a los botones del oso, decidió atacar a una de las páginas del mapa. No pude evitarlo, cuando pretendí actuar era tarde, ella había arrancado un trozo de la página y lo había colocado sobre la hoja siguiente.
            Pensé en reprenderla; pero nunca he sido capaz de regañar a la beba. Además, aquello que su acción sugería, resultó atractivo. Tomé unas tijeras pequeñas, delicadas y horrorosas, del tipo de tijeras que sirve para arreglar las uñas; y me puse a recortar las calles en el mapa de la ciudad. No existía, para mí, método de selección. Escogí al azar, sin discriminar callejones cuyos nombres incluyeran una cacofonía; ni calles de héroes en la imaginería colectiva; ni avenidas arrastrando el apellido de algún gobernador mezquino. Fui democrático: no seleccioné ejes económicos, campos comerciales, franjas marginadas, tiraderos o centros deportivos. Tres de la derecha y ocho de la izquierda; cuatro arriba y  seis abajo; una sin ver y dos viendo. El sistema no se basaba en ningún sistema, y por lo tanto resultaba original, trazando en su anarquía patrones y modelos novedosos.
            Después de recortar más de una centena de calles y avenidas  (eran vacaciones, el ocio era gigantesco),  me impuse la tarea de colocar, usando lápiz adhesivo, a cada una en un sitio diferente al que le correspondía. Incluso llegué a encimar unas sobre otras, lo que ocasionaba, con obviedad, la desaparición en el mapa de casas y comercios. Me divertí toda la tarde contemplando una ciudad zurda y zurcida. Avenida Reforma desembocaba, por ejemplo, en el canal de Chalco: antes reventada con hoteles cinco estrellas y sus casas de cambio, era ahora vecina desconfiada de un barrio pobre. Al Zócalo lo coloqué sobre el Aeropuerto, para que todo vuelo internacional pudiera descender frente a Catedral; al zoológico le acerqué el Estadio Azteca, para que los animales gozaran de una contemplación mutua. A las embajadas les reservé un sitio al lado de las ciudades perdidas. Y mi departamento terminó junto a un barrio coyoacanense, con la idea estúpida de tomar un café caliente cada vez que me viniera en gana.
            Después de mi ardua labor, cambié un maloliente pañal, contesté una llamada de Mamá y me recosté en el sofá, abrazando a la beba. Vimos una caricatura juntos. Allí, bajo el murmullo de los gritos provenientes de la calle, nos quedamos dormidos.

            Cuando desperté, decidí salir a  la tienda por un par de litros de  leche. Recosté a Gugú en su cuna, y dejé el departamento. Al bajar las escaleras y abandonar el  edificio, me quedé estupefacto. Mi calle no era mi calle. La tienda no estaba en la esquina; en su lugar, un inmenso gimnasio con la consigna Boxeadores proletarios al asalto del mundo, gobernaba el panorama. Frente a mi, un restaurante chino parecía sonreír, mientras un par de ancianas, desconcertadas, me miraban con los ojos muy abiertos.
            -Venimos a visitar a una sobrina. Pero esta calle no es Santa María, ¿verdad? Parece Aureliano Buendía o el callejón de Cuévano ¿Usted puede ayudarnos, joven?
            Ofrecí una disculpa imbécil, y decidí hacer mutis. Corrí escaleras arriba. Tembloroso, me aferré al cuerpecito de Gugú, quien lloraba desconsolada, quién sabe si presintiendo la importancia de mi descubrimiento o por la sencilla razón de que sentía hambre. Le preparé un poco de papilla y me bebí una coca cola. Luego me senté frente a la mesa a imaginar el retorcido espectáculo de mi creación. Como si el sobresalto no fuera suficiente tuve que soportar una sorpresa más: al mirar el mapa que descansaba sobre la mesa, me di cuenta de que se movía. Quiero decir, las calles avanzaban lentas y certeras. Avanzaban uno o dos lugares hasta ocupar otra plaza, y allí se detenían un par de minutos, con suerte siete o diez, y luego volvían a su marcha macabra y decidida. El mapa sufría transformaciones radicales. El único patrón era el caos.
            En una ocasión así el desorden tiene una lógica. Es una idea absurda, pero podemos aceptarla. Si la calle, que siempre ha sido la misma calle frente a nuestra puerta, tiene una banqueta impersonal y hasta vulgar, no nos importa, porque conocemos el último detalle de ella, hasta la grava donde la cama de concreto ha sido levantada. El tendero de la esquina siempre será nuestro tendero, y hasta las hojas de los árboles -que nunca reconocemos- nos parecen naturales. Pero cuando las referencias se mueven, cuando los puntos geográficos que sitúan nuestras vidas nos abandonan, entonces sí es el pandemónium. Somos animales de costumbres, no sabemos qué hacer sin ellas. Imaginen experimentar cambios sustanciales. No podría. Soy un hombre cotidiano. Soy alguien como tú. ¿Que sensación se puede experimentar ante tal descubrimiento?
            No tuve valor para cerrar de golpe el volumen de la guía urbana; tampoco decidí encender el televisor. En lugar de eso, cercano a la paranoia, tomé la decisión de atar la manita de Gugú a mi mano, en el absurdo entendido de que podría perder a mi hija en cualquier descuido, debajo de cualquier mueble de la casa. Luego, intenté llamar a Mamá para saber cómo marchaban las cosas por allá, pero fue imposible comunicarme. Las líneas telefónicas habían enloquecido.
            Me acosté temprano, protegí a la beba con mis brazos, e intenté dormir, pensando que Mamá sabría cuidarse. Afuera, mientras la tarde se convertía en noche, y después, cuando la noche abría paso a la madrugada, los ruidos citadinos fueron invadiendo el cuarto hasta ocasionarme insomnio. Mientras Gugú dormía como el ángel que es (¿ya les dije a ustedes que mi hija es linda?), yo combatía, en una pegajosa alerta, los rumores que mutaban, emergían cada indeterminado periodo: rumores de misa, rumores de antro y discoteca, rumores de funeral, rumores de parto, rumores de héroes y asaltantes, rumores de nadie; ladridos lejanos, un bote de basura pateado por un zapato, la música incidental de una grabadora vieja, un quejido de viento, un asomo de lluvia. Cerca de las cuatro de la mañana, agotado e intranquilo, concilié el sueño. La ciudad se volvió noche.


            El repartidor de pizzas

            Había pedido una pizza. Es cierto, era un truco ridículo y arriesgado. Sin embargo, las condiciones ameritaban tentar a la fortuna. Tomé el teléfono y escogí una hawaiana mediana. Luego crucé los dedos y cerré los ojos. Antes de media hora, como es lo convenido, alguien llamó a la puerta. Era un chico desgarbado, de rostro huraño, un poco criminal. Rostro de adolescente preparatoriano, al fin. Protestó, agrio, los riesgos de su nuevo empleo.
            -¿Sabe que me la he pasado huyendo de Avenida Juárez? Creí que me engullía. No miento. Encontré su casa de milagro, señor. Afuera es el desmadre. Hay glorietas que conducen a plazas desiertas.  Callejones sin salida. Vi a los cadetes del colegio militar marchar sobre el tiradero municipal. Me asusté un buen. Enfrente de la tienda cruza el canal de las aguas negras. Apesta. Cada entrega siento que no regreso a la sucursal. No sé cuánto tiempo más va a durar esto.
            Extendió la mano, convencido de haber descrito fielmente las condiciones de la ciudad. Un billete recompensó todos sus esfuerzos. Lo vi salir decidido, persignarse (nuestro pueblo sigue siendo mayoritariamente católico), y lanzarse en su motoneta a una nueva aventura, incesante explorador de calles traicioneras y caprichosas.
Regresé a la mesa. Me dispuse a terminar la labor que hacía ocho horas había comenzado: la reconstrucción de la ciudad. No fue fácil. Tuve que permanecer media hora agazapado en el quicio de la puerta del edificio, aguardando el momento en que un puesto de revistas apareciera en la esquina. Sólo entonces y con Gugú en andas me apresuré a robar una nueva guía que debía orientarme en la realización del extenso rompecabezas. Una guía que no hubiese sido corrompida. Corrí con suerte. Justo cuando regresaba al departamento, un nuevo escenario se postraba ante mi ventana.
Metódico, casi diría burocrático, me dispuse a fijar cada pieza en el sitio correspondiente, valiéndome de numerosos alfileres. Él no lo supo, pero cuando el repartidor de pizza llegó a casa, los antiguos cambios no eran radicales; casi había logrado controlar la situación. Pronto volvería la linealidad a nuestras vidas. Por supuesto, el hecho requería un esfuerzo triple: armar la mancha urbana, alimentar y entretener a Gugú, y evitar a toda costa que consiguiera acercarse al mapa para provocar una catástrofe.
Mi labor fue infatigable. Justo cuando un paquete de galletas que saqué de la alacena parecía llegar a su fin, terminé. Los sonidos, las conversaciones que alcanzaban mi ventana indicaban que la gente estaba complacida por recorrer territorios descifrables. De vez en cuando algún grito de reconocimiento y alegría partía  la tarde. Cada pieza en su lugar. Cada tuerca en el motor preciso. Cada glóbulo de sangre dentro de su arteria. Encendí el televisor. La chica que daba el noticiero se veía radiante; aunque quedaban aún, en su rostro ojeroso, evidentes rastros de fatiga y confusión.
Todos estaban felices. Le di un beso profundo a la beba, y me quedé dormido. Esta vez el sueño fue una recompensa merecida.

Hace unos minutos Mamá volvió. Había un tránsito terrible, dijo. Me quedé a dormir en casa de mi madre, traté de llamar…cuando salí, a mediodía, me perdí, ya sabes cómo soy despistada. No daba con la casa.
No comenté nada. Me limité a darle un beso. Verla me tranquilizó, no sabría qué hacer sin ella. Apenas soy capaz de cuidar a Gugú unas horas -y como podrá comprobarse-, no siempre entrego buenas cuentas. No creí oportuno revelar mi secreto. No se lo comenté a Mamá ni a nadie. La única que sabía todo era la beba; pero era demasiado discreta para contarlo.
Enterré el mapa en un jardín cercano al vecindario. Luego borré todo rastro del escondite. Ya he dicho que no soy hombre de sobresaltos: adoro el futbol y los paseos dominicales.

Gugú está creciendo rápido, en algunos años será una jovencita. Mamá y yo envejecemos, conformistas, complacidos, un poco bobos. Todo parece en su sitio, como una representación bien orquestada. El mundo, la ciudad, la gente, todo parece predecible. Aunque no sé. Quizás uno de estos días me canse de tanta pretendida perfección. No estaría mal mover dos o tres tuercas a esta hermética maquinaria. Ya saben, el placer por el caos puede volverse una adicción.




lunes, 8 de diciembre de 2014

Del por qué no acariciar a un perro ciego (Sobre la reciente novela de William Johnston), por Ulises Paniagua

Del por qué no acariciar a un perro ciego
(Sobre la reciente novela de William Johnston)


por Ulises Paniagua


Un antiguo crimen no resuelto, un oscuro secreto de cualquier domingo; un cuerpo sepultado en el jardín de una familia que buscaba hacer picar a una corvina negra; Cortázar como protagonista en uno de los pasajes de la trama; un incendio que lo devora y lo devasta todo (incluso el parsimonioso avance de las páginas iniciales), hacia un cierre perfecto bajo un cielo imperfecto; la persecución del fantasma de una magnolia y su leyenda; el incesto que aparece bajo el signo cifrado de sus consecuencias; un ciego como vínculo de todo ello y como explicación abierta de nada; la persistente violencia y la presencia del suicidio. Esta es la aventura de leer No acaricies a un perro ciego (Editorial Terracota, 2014), la más reciente novela del escritor uruguayo William Johnston, quien nos recuerda que nuestras vidas no tienen mayor certeza que la que les concede una lectura del Tarot, o las determinaciones cabalísticas.
Metatextual –como gustan llamarle a este tipo de propuestas- el libro se divide en tres episodios, cada uno una novela corta en sí (El cielo imperfecto, Magnolia y No acaricies a un perro ciego); historias en apariencia independientes pero con un eje conductor definido, un rompecabezas que se arma mediante el recurso de los encuentros y los desencuentros amorosos.  Tal como lo menciona la contraportada, No acaricies a un perro ciego es la novela de la desolación, un tríptico triste de cafés nocturnos y plazas solitarias (…) antes que un canto de amargura, una pieza de escritura tan conmovedora como intensa.
         Para definir a fondo el carácter de la obra, decidí incluir la entrevista que hice a uno de los personajes, Guillermo Stormer, quien por cierto se mostró huraño y renuente a concederme la primicia, pero que tuvo que aceptar después de mi abrumadora insistencia.
Reproduzco aquí un breve fragmento de dicha entrevista:

         Yo: Guillermo, ¿qué opinión merece para ti el suicidio?
         Guillermo Stormer: El suicidio es sólo un oficio de valientes, y todo valiente es un hombre que se ha dado cuenta, en determinado momento de su vida, de que la vida en general es la suma inconclusa de un puñado de miedos; un destino hecho a la medida de la mentira, el deseo, la imaginación, el orgullo, la vasta podredumbre; el viento urgente de un marzo cualquiera; la insolencia torpe de un amante que nada busca…
         Yo: Seguramente tienes algún pariente suicida.
         Guillermo Stormer: Seguramente usted es un psicólogo frustrado.
         Yo: ¿Qué es Magnolia?
         Guillermo Stormer: Una novela que escribí y perdí.
         Yo: ¿A qué atribuyes la pérdida de esa novela?
         Guillermo Stormer: La atribuyo a la cábala, las supersticiones y las casualidades.
         Yo: ¿Qué piensas de los libros, en general?
         Guillermo Stormer: Los libros se leen sólo una vez. Leerlos dos o tres veces es fastidioso.
         Yo: Y acerca de los escritores, ¿qué nos puedes decir?
         Guillermo Stormer: Son unos mentirosos. Los escritores somos mentirosos antes de ser escritores.

Stormer me concedió la entrevista antes de desaparecer entre la muchedumbre, entre los vaivenes de una multitud que desfilaba ante los aparadores decembrinos de un centro comercial gigantesco. No me dejó más que el perfume de aquellas pistas que pudieran descifrar la médula de  la historia. Sin embargo, sé que las piezas encajarán con la paciencia requerida cuando deban hacerlo, y sólo mediante la más atenta lectura.

Por lo pronto, más allá de cualquier pregunta a Guillermo Stormer, sólo queda dejarse conducir por la propuesta narrativa de William Johnston. No acaricies a un perro ciego es una novela contundente que demuestra el oficio del autor,  junto a su poderosa convocatoria poética que permea a través del lenguaje y sus imágenes. El interés y la fascinación por este libro emanan del tono natural de los personajes dentro de un mundo siniestro a causa de su cotidianeidad, del genio del escritor para construir misterios desde el barro de la vida diaria; de su ritmo discursivo irrefrenable, de la obsesiva destrucción y autodestrucción en los protagonistas (que habrá de conducirlos de manera ineludible a la violencia).
La más reciente novela de Johnston es contundente y me ha causado la más profunda impresión, sobre todo por su maestría y dominio, por esa imperdible capacidad de atar todos los cordones sueltos en un nudo bien apretado y asfixiante, para abrirlos finalmente, de manera natural, permitiendo la continuidad mediante una historia cíclica. Habrá que leer la novela, sin duda, y aguardar expectante las gratas sorpresas que este autor, en su acidez, nos depara en el futuro. Sorpresas que saltan, intempestivas, desde la vida, esa continua fuga entre satisfacciones nunca cumplidas, promesas de amor a largo plazo, furias abortadas entre el odio y la mentira.



México, Diciembre del 2014