viernes, 15 de enero de 2016

Escritores en la colonia Roma. Crónica urbano-literaria de un barrio cosmopolita, de: Ulises Paniagua

Escritores en la colonia Roma
 Crónica urbano-literaria de un barrio cosmopolita

Ulises Paniagua



Son las cinco de la tarde. Salgo de la estación del metro Cuauhtémoc con la visión de un cielo extrañamente azul, y un baño de sol sobre la fachada del mercado Juárez, que asoma enfrente. También brillan, un poco más lejanas, las fachadas del edificio Buen Tono (el primer residencial en la Ciudad de México), y aquellas fachadas sobre avenida Chapultepec, de estilo afrancesado o inglés, que se van persiguiendo entre negocios de refrigeradores industriales, hasta perderse a la distancia en la Glorieta de los Insurgentes. Se deja la estación del metro con la alegría del que abandona el inframundo para ascender a lo terrenal. Al llegar a la salida, un grupo de indigentes, muchos de ellos jóvenes, “se monea” sin pudor en la acera opuesta.
Se dobla hacia la izquierda y se camina entre puestos de relojes, de pilas, de películas piratas. “A veinte varos o tres por cincuenta, llévalas, güero, son clones”, dice un adolescente con la joven astucia de quien conoce su negocio. Entonces, para abrevar camino, uno decide introducirse al pasaje del Centro Cultural Telmex. Se muta del sol a la sombra. Pero esta vez es una sombra artificiosa, poblada de luces que enmarcan diversos locales: boutiques, tiendas de celulares, tiendas de ropa íntima, una sex shop, una nevería. Más adelante, en un gran nudo, la centralidad del fast food, un núcleo estridente donde se escuchan los éxitos pop a través de las bocinas del centro comercial, pero también las conversaciones y las risas de los que allí comen, adolescentes en su mayoría, aunadas a los sonidos intergalácticos de los juegos a los que las madres suben a sus hijos pequeños. Y frente a ese nudo, el acceso al teatro del Centro Cultural Telmex, escenario que ha visto montar versiones mexicanas de El fantasma de la ópera, Cats, y Jesucristo superestrella, entre otros tantos refritos de los musicales de Broadway. La posmodernidad se hace salvajemente presente: la elegancia del teatro frente a la furtividad de comer una hamburguesa, unas papitas y una soda.
            Uno dobla a la derecha y vuelve a emerger. La calle de Guaymas lo recibe con un intenso olor a tacos y a tortas que derrite al estómago menos antojadizo. Algunos olores provienen de los locales formales que se hallan en la frontera de la plaza comercial; otros emanan de los puestos informales a lo largo de la calle. Se escucha música de banda  y rock desde diversas bocinas. La gente camina, sin prisa, pero constante, hacia o desde la estación del metro. Se debe andar con cuidado, esquivando a la gente que pasa al costado sin importarle chocar (como si todos a su alrededor fueran incorpóreos o inexistentes).
      Al llegar al cruce con Puebla hay que tener cuidado con los carros que viran sin precaución. Se escuchan cláxones. El Centro Cultural Telmex es un elefante grisáceo que proyecta su sombra sobre las calles. Pienso en este edificio. Hace años, en su terreno se asentaban los Televiteatros de Silvia Pinal, que se vinieron abajo en el año de 1985. En aquellos años la ciudad era distinta. Abundaban los automóviles de gran tamaño, de seis cilindros muchos de ellos, a los que se les apodaba “lanchas”. El volkswagen sedán, conocido como “vocho” en su acepción popular, era el rey de las avenidas en la ciudad de México. Los teatros tenían aún una presencia importante. La televisión, encabezada por Televisa, dominaba los medios visuales. No se conocían en México, ni se sospechaban siquiera, la internet y las redes sociales. La información era mucho más lenta. La fiebre de Michael Jackson y la saga de Star Wars hacían irrupción comercial en todo el país. Rockdrigo González (“el poeta del nopal” que no tuvo tiempo de cambiar su vida, al fallecer en el mencionado sismo del 85 en su departamento en Bruselas 8, de la vecina colonia Juárez) inauguraba el movimiento “rupestre” de cantautores, que derivaría en la aparición del rock nacional, encabezado por “El Tri”, que se prolongaría a su vez con bandas que proporcionaban una identidad a los jóvenes, que se atrevían a cuestionar la posmodernidad, las imposiciones oficialistas y los dogmas sociales a través de su música. Bandas como los míticos “Caifanes”, el virtuoso “Café Tacuba”, y el blusero-poético “Real de catorce”. La Roma era, por aquellos años, una colonia muy tranquila, aunque prevalecía un proceso de deterioro y abandono provocado por el congelamiento de las rentas, que afectó a esta zona y al Centro Histórico durante décadas.
Son interesantes los procesos de transformación urbana, las rupturas con una ciudad antigua que vivía a otro ritmo, de otra forma. Por ejemplo, allá por los años cuarentas y cincuentas, sólo podía llegarse a la Roma a pie, en automóvil, o en camión. El costo del pasaje de tales camiones era de quince centavos, y recorría la ruta Belén-Peralvillo-Cozumel. Cada viaje era una aventura, en medio del traqueteo de los viejos motores y del “súbale, súbale”, del cobrador y ayudante del chofer (al que Salvador Novo refiere se llegó a conocer con el nombre popular de “lambiscón”, expresión difundida en oficinas y centros de trabajo de la “capirucha” mexicana). También corría, sobre Avenida Álvaro Obregón, la ruta del tranvía. De estas vías, por cierto, hay historias particulares. Una de ellas describe que era tal la fuerza del terremoto del 19 de septiembre, que se tenía la sensación de que un enorme animal prehistórico reptaba debajo del piso. La fuerza telúrica fue de tales proporciones que las vías del tranvía (que para entonces ya no estaba en uso), quedaron retorcidas en varios trayectos de la calzada. En 1968 iniciaron  los trabajos para construir la línea del metro; este entonces novedoso sistema de transporte vino a brindar una nueva centralidad, más popular, a un barrio que en su origen pretendía ser aristocrático, hijo directo de la modernidad, vanguardia de los servicios hidrosanitarios y de la traza urbana, durante inicios del Siglo XX.
Volvamos al presente. Enfrente de este centro cultural, una imprenta pequeña y una tienda de abarrotes indican las primeras presencias barriales. Al cruzar Puebla, siguiendo por Guaymas, el ruido de los automóviles se va desvaneciendo hasta desparecer en su totalidad. Se entra a una isla apacible en medio de las tormentas citadinas.
Es La Romita, un barrio de origen prehispánico (Atzacoalco), reducto de los habitantes originarios que se han visto obligados a guarecerse en ese pequeño cuadrante urbano a causa de las grandes presiones inmobiliarias, y al incremento en el valor de suelo en las colonias Condesa y Roma. Conocida con este mote por su parecido a un paseo arbolado que existía en Roma, la capital italiana, esta isla urbana donde el tiempo se congela, es un lugar en toda la extensión de la palabra. El patrono del lugar es San Judas Tadeo. Aquí se efectúa una importante celebración entre vecinos y visitantes de las colonias cercanas, como la Doctores, el día 28 de octubre. La Romita posee magia, arrastra leyendas urbanas, se rodea de un profundo misterio. En las gruesas ramas, entre los arbolados de su plaza se colgaba a los delincuentes en épocas anteriores al porfiriato. Por cierto que en ciertos libros de crónicas y leyendas, entre ellos el “México antiguo”, de Luis González Obregón, se cuenta que hace muchos años este lugar era un rancho, y que el propietario del mismo fue asesinado. Su muerte no fue aclarada. Su fantasma se aparecía a trasnochados que decidían atravesar por la plaza a altas horas de la noche, pidiendo le diesen de comer. Viejos avecindados en el barrio aseguraban también la aparición de “la llorona” entre las tenebrosas sombras de sus callejones.
Por cierto que, no precisamente en la Romita, pero sí en una plaza cercana, bautizada como Circular de Morelia por su traza geométrica curva, una leyenda negra dicta que allí estaba la Federal de Seguridad; ahí, decía alguno que llegó a trabajar en algún establecimiento cercano, en el número ocho existían separos clandestinos de la Federal de Seguridad, donde torturaban a la gente durante el movimiento estudiantil del “sesenta y ocho”. Algunos afirman la presencia de un hombre que presumía ser el azote de los terroristas: el terrible Nazar Haro. Los vecinos especulan que espantaban y siguen espantando ya entrada la madrugada.
En este barrio se filmaron, además, escenas de la película “Los olvidados”, de Luis Buñuel, una dura crítica a un México moderno y modernizado, que no fue aprobada del todo por la visión institucional. El propio Jorge Negrete, en una entrevista de aquéllos años, declaró como líder de la Asociación Nacional De Actores (ANDA), que de no haber estado de viaje en los días de estreno del film, se hubiera encargado de prohibir su distribución en las salas de cine. Una placa, en la pared de la casa de la cultura que da hacia la plaza de la Romita, mantiene viva la memoria de la presencia de Buñuel por estos lares. “El jaibo”, personaje antagónico de la película, aún parece deambular en esta manzana.
El espíritu de barrio puede respirarse e imaginarse con facilidad. La Romita era considerada entonces un barrio de ladrones, de asaltantes, de drogadictos principalmente afectos a la mariguana, hierba satanizada durante décadas antes del movimiento “hippie” internacional (la mariguana era, a inicios del siglo XX y antes de convertirse en aventura sensorial de la clase media, un narcótico que se asociaba con los pobres, con los albañiles).
También es interesante la anécdota de los años ochentas del siglo XX, que cuenta que un ladrón, en una visita que hizo el presidente de la república a la cerrada del sitio, le robó la cartera al mandatario. Fue tal la vergüenza del aparato presidencial, que el ejército cercó todo y ejerció la intimidación con los vecinos hasta que la cartera se entregó. El brumoso ladrón consiguió, como pago a su silencio, trabajo como informante de gobernación.
Personajes famosos han habitado en el barrio: en el número 8 del callejón está la casa de una persona que era conocida como “el engendro”. Se trata del político Rincón Gallardo, al que se le dio este mote por hallarse deforme de una mano. En el edificio “Julia”, en la cerrada de Guaymas, había un actor, al estilo de Ferrusquilla, de segunda mano, que vivía en el número siete. En el número ocho de Circular de Morelia vivía un tipo, apellidado Blanco, que fue dueño de la estación de radio, de 6.20, “la música que llegó para quedarse”.
Memoria histórica de la ciudad: pasando Morelia y el Callejón de San Cristóbal, estaba el Cinema 2, que se cayó con el sismo. El Cinema 1 se cayó en Frontera. Pasando Durango, inmediatamente hay una unidad habitacional nueva. Ese era, antes, el Cinema 3, que hace años era el Cine Morelia. Allí acudía mucha gente a disfrutar de los estrenos nacionales e internacionales, en los tiempos en que ir al cine era una experiencia especial, un paseo donde el tiempo mutaba desde una naturaleza profana a una “sagrada”, a una comunión con las estrellas del celuloide.
En La Romita se está bien. No circulan automóviles a gran velocidad. Se escuchan las conversaciones sosegadas de los vecinos, las risas apenas escandalosas de los niños que juegan en el parque, alrededor de la fuente. El viento mece con suavidad las hojas de los árboles y la vida parece asomar en la luz vespertina que resalta el verde de las hojas y del pasto. Una camioneta vende capuchinos y expresos. Huele a café. El sonido de los zapateos de un grupo de intérpretes de danza folclórica escapa desde la casa de la cultura que se encuentra frente al parque. Uno se adentra a la plaza, entre arbustos, y se encuentra con un poema que resalta, en una barda, la pasión por el lugar. “Romita, mi amor…”, comienzan aquellos versos. A un costado, una variedad de colores invita a una aventura de arte urbano, pero también parecen anunciar cierto peligro, cierta restricción. Se trata de un callejón estrecho donde se estableció hace algunos años el proyecto cultural “Casa tomada”. Un espacio que parece tan apropiado por los vecinos del callejón (radicados en una vecindad reubicada por el movimiento telúrico referido), que concede una poderosa sensación de clandestinidad apenas al costado de la iglesia. Una persona sentada frente a la puerta de la vecindad, en una silla rústica de madera, siempre vigila. Uno contempla los murales con fascinación y ligera prisa, y hace un par de preguntas a quien se halla sentada o sentado en la silla, para aligerar la extranjería. En los muros pintados, tatuados, se revelan aspiraciones, sueños, pesadillas; todo ello de corte urbano que tiene mucho qué decir sobre adicciones, marginación, pobreza, por una parte; y libertad y rebeldía por la otra.
            Entonces uno vira para emprender la marcha hacia la calle de Morelia. Se sigue el paso al costado de la larga barda de una casa construida de puro ladrillo, que hace recordar los principios del Siglo XX. Al llegar a la calle de Morelia y doblar hacia la izquierda, de nuevo el ruido de los automóviles se hace sentir. Pero en las calles no hay prisa. La gente camina despreocupada. Mujeres llevando de la mano a sus hijos, parejas de novios, amigas adolescentes que van platicando sus problemas familiares unas a otras. Se cruzan pequeños bares, un café con música de jazz envolviendo el espacio público desde sus bocinas y sus mesas en la calle; una librería recuerda la larga tradición literaria de este sitio de sitios entre la ciudad. Los sonidos caracterizan al barrio.
Adelante, locales de pizza. Y una esquina, en un vértice del Parque Pushkin,  donde se fríen hamburguesas, donde se venden tortas y tacos. Siempre está llena. Todo mundo parece conocer y recomendar estos puestos. A contraesquina se hace sentir la presencia de niños y adolescentes en el parque. Los chicos practican en sus patinetas. Los niños se trepan a los juegos infantiles. Algunos, de mayor edad, disputan una cascarita. Mucha gente lleva de paseo a sus perros. Ladridos, advertencias de los dueños, bolsas que levantan del suelo las heces de sus mascotas; un espacio como una especie de arenero donde los perros pueden “hacer sus necesidades”, campea en medio del parque, ante el busto un tanto olvidado de Pushkin, ese poeta ruso que fieramente atacara la presuntuosa modernidad de Pedro el Grande, dentro de una ciudad lujosa e impactante que reconstruyó con el nombre de San Petesburgo (después llamada Leningrado). Algunas chicas pasan trotando en grupo, platicando, algunos corredores vienen después, en silencio, como persiguiéndolas. El bullicio de la avenida Cuauhtémoc se hace sentir. Un gran gusano rojo invade la vista: es el metrobús que hace parada allí, frente al jardín Pushkin. La gente desciende en pequeños grupos, el metrobús continúa su marcha.
Algunos chicos dark, o punk, o rockeros cruzan en grupo hacia la avenida. Seguro se dirigen a algún concierto en el Foro Alicia, un sitio underground que Edgar Morín describe a través de su capacidad térmica y emotiva: la temperatura ambiente es tan alta que las paredes transpiran. El calor obliga a muchos hombres a quitarse la camisa –las chavas se aguantan-, así que andan en camiseta o con el torso desnudo, lucen tatuajes con múltiples formas, colores y tamaños. Gracias a la ropa, esta práctica al igual que el piercing pone en escena el juego de lo visible y lo invisible.
Se gira a la diestra y se continúa sobre Colima. La calle se angosta. Las fachadas se hacen majestuosas, las alturas crecen. Uno casi puede oler las fragancias francesas que usaban damas y caballeros de la época porfirista. El tranvía parece atravesar la calle en cualquier momento, aunque ya no existen vías por donde pudiera correr. La calle es discreta, apenas el rumor de los autos, algún martillo que trabaja en la remodelación de una casa…
Adelante, el estruendo de una perforadora en un terreno donde se construye un edificio de apartamentos contemporáneos. Uno sigue la marcha y el ruido se va quedando atrás. Hay boutiques, colegios silenciosos, casas señoriales, mascarones, detalles constructivos, cornisas elegantes. Entre más se avanza hacia Avenida Insurgentes aparecen más negocios. Huele desde la comida casera que se prepara en fondas, hasta la chistorra de puestos callejeros atendidos por dueños argentinos; llegando al olor a pastas y platos elegantes que se sirven en locales de prestigio. Fuera, extendidos en las calles y bajo elegantes toldos, parejas de novios (o pretendientes a serlo) se contemplan con una ternura afectada por su orgulloso poder económico. Los rostros son enmarcados por la flama de un fondue y el rojo encarnado de una copa de vino.
Más adelante espera la Plaza Río de Janeiro, con una réplica de El David de Miguel Ángel y la tranquilidad que brinda la constante caída del agua a través de una fuente colosal. En la Plaza Río de Janeiro hay niños, gritos, indicaciones y juegos de boy scouts; ladridos de perros que se reconocen unos a otros; conversaciones entre los dueños de los canes.
Grandes casonas enmarcan el parque, como la famosa “Casa de las brujas” que vigila desde una esquina. El aire se siente fresco gracias a la presencia del agua y de la sombra de árboles centenarios que huelen bien. Otras partes de los jardines, en cambio, no pueden esconder el olor de los deshechos fecales de las mascotas.
Aprovecho la Plaza Río de Janeiro para evidenciar la gran presencia de escritores, e imaginarios construidos por ellos, entre los “romanos”. Ramón López Velarde, William Burroughs, Allen Ginsberg, Jack Kerouac, (escritores de la generación beat, éstos tres últimos), Fernando del Paso, y José Emilio Pacheco, son sólo algunos de los nombres literarios que han desfilado por sus calles, parques y banquetas. La presencia de los escritores, junto a referencias modernas e incluso a guiños institucionales, han forjado en la Roma una construcción mental de los habitantes a partir y con relación a su comunidad. La Roma se ha construido, más que a través de una imagen, a través de un nivel simbólico, es decir, a través de la representación dada a los individuos de su relación (individual) con las relaciones sociales que gobiernan sus relaciones de existencia y su vida colectiva e individual, como lo entendía Althusser.
Volviendo a los alrededores de la Plaza Río de Janeiro, hay allí un edificio famoso, bautizado por la comunidad como “la casa de las brujas” o “la jaula de las brujas”. Se trata de una construcción muy particular, pues por sus características arquitectónicas rememora a una casa decimonónica, típica de los cuentos de terror infantiles. En ella habitó una “bruja” de verdad, a la que solían acudir políticos de prestigio, para consultarla. Se hacía llamar Pachita. También ha sido escenario para diversos escritores y editores, como Mario del Valle y Maricela Teherán.  Ahora se han mudado algunos otros escritores a esta mansión departamental: el poeta Francisco Hernández, por ejemplo, es vecino de edificio de Guadalupe Loaeza. En el mismo inmueble vivieron el editor y poeta Mario del Valle, Sergio Pitol, el poeta y traductor Guillermo Fernández, Vicente Quirarte, en fin, toda una caterva de escritores mexicanos.
En la Roma también vivió el cuentista Juan de la Cabada. Se organizaban reuniones  con el poeta Raúl Renán. Paco Taibo II reside en la zona. También Benito Taibo. Hugo Arguelles se crió en la Roma. Hernán Bravo Varela es habitante distinguido, y director de prensa de la Casa del Poeta. Además, allí nacieron ideas editoriales, como la de “La máquina eléctrica”, donde Sandro Cohen estaba a cargo del consejo editorial.
William S. Burroughs y Allen Ginsberg residieron un tiempo por allí. En un departamento de Monterrey 8, Burroughs mató de un tiro a su mujer, jugando a ser Guillermo Tell mientras consumía drogas y culpaba a su demonio interno. Por supuesto, “por una módica cantidad” los agentes del ministerio lo dejaron libre, para que pudiera escribir años más tarde su célebre novela, “El almuerzo desnudo”.
Cafés literarios y escritores generaron (y siguen generando) lazos indisolubles. En la calle de Córdoba se reunían algunos púberes escritores en los setentas y ochentas del siglo XX, en un establecimiento muy popular. Ahora ese café sobrevive transformado en “La bella Italia”, a un costado de la Plaza Río de Janeiro, y sigue manteniendo su convocatoria para otros artistas. De este lugar es simpática la anécdota que cuenta que un grupo de jóvenes poetas solía reunirse allí a diario, para revisar sus textos, pidiendo un café americano para consumir horas de un improvisado taller literario. El dueño del café, en una ocasión, se acercó sigiloso, para dirigirles unas palabras: “Hola, jóvenes”. Los escritores se sintieron halagados al pensar que el hombre los reconocía por su fama y su calidad literaria.  “Los he estado observando desde hace algún tiempo”, les dijo, “son muchos, ustedes, se sientan en esta mesa larga, y luego nada más consumen un café; esto es un negocio, entonces yo les pido que ya no vengan…”. De nada valieron los argumentos de los que se sintieron ofendidos, asegurando que no sabía a qué tipo de bardos estaba perdiendo aquel café. “Me da igual quiénes sean, o serán, de todas maneras se van”.
Un dato particular recalca la relevancia del espacio: en la colonia Roma Sur se ubicaba el departamento de un crítico de arte y pintor al mismo tiempo, Francisco Centeno Bujáider. Allí, Raquel Tibol y otros escritores, pintores y artistas de la clase media baja, fundan el movimiento “Tepito Arte Acá” (lo que confirma la intensa actividad cultural no sólo en sus calles, sino en el interior de los departamentos, los edificios, las vecindades). Se cree que el movimiento nació en Tepito, pero en realidad nació en la Colonia Roma, según lo afirma Roberto López Moreno, poeta y narrador, autor de “Yo se lo dije al presidente”, libro de cuentos publicado alguna vez por el Fondo de Cultura Económica en su colección de Letras Mexicanas.
Para rematar, qué más que recalcar el lugar donde se hacen los más característicos aquelarres literarios: la Casa del Poeta, donde literatos, críticos y traductores se reúnen con frecuencia. Es un inmueble vital de la existencia literaria, un referente para generaciones diversas que gustan de compartir y escuchar metáforas, ripios y estructuras rítmicas. Es el sitio más importante para la presentación de poemarios. Se escuchan, a través del micrófono, las voces de los autores que presentan un libro en el Bar Las hormigas, en el segundo piso de inmueble. Algunos escritores se asoman por el balcón, conversan fumando sus cigarros. Allí, entre la sórdida recámara donde escribiera López Velarde hermosos poemas a su amada Fuensanta, a través del closet que conduce al cielo y el infierno que proclamaba el modernismo y la pecularidad de un estilo, el espectro del bardo zacatecano parece deambular, haciendo sentir su presencia (con algún soplo al oído, un leve roce sobre la espalda) a algún visitante de aquella antigua vecindad.
También permanece la presencia de los “estridentistas”, quienes en Álvaro Obregón tenían su famoso café, el “Café de nadie” (nombre con el que lo bautizó el escritor Arqueles Vela). Maples Arce, en un manifiesto evidentemente transgresor, exaltaba las virtudes de la tecnología, así como de una áspera identidad nacional (“viva el mole de guajolote y el agua de tonaya…”), e inauguraba uno de los primeros movimientos “contraculturales” literarios, que había tenido origen en la ciudad de Jalapa, Veracruz. Después, Ofelia Ascencio, una músico importante, hizo una segunda versión del “Café de nadie”. Estaba en un segundo piso de un edificio de la calle de San Luis Potosí. Así, las vidas de los artistas y escritores, que son péndulos, como decía López Velarde, oscilaron entre el “Café de nadie” original y el nuevo, y como péndulos, tocaron los dos extremos, los dos míticos establecimientos: el que se hizo aire, y aquel en que uno podía beber su kawa bajo la música de Ascencio.
Muchos libros citan a la colonia Roma. No sólo se trata de escritores que habitan estos espacios, sino que escriben sobre ellos, generando imaginarios. El libro de José Emilio Pacheco, Las batallas en el desierto, se ha vuelto un manual para sobrevivir la adolescencia desde hace varias generaciones. Otros poemas hablan de ella: “Bajo llave”, del poeta y traductor Guillermo Fernández, que fue escrito en “la jaula de las brujas”. Y por supuesto, la obra reciente del poeta Francisco Hernández, que ha sido escrita desde el hermoso ventanal que mira hacia la Plaza Río de Janeiro. Aunque no hay referencias muy precisas, también podríamos pensar en los últimos poemas de Ramón López Velarde, contenidos en el Son del corazón, al leerlos a través de cierta luz de la tarde, o de la noche, “a la luz de dramáticos faroles”, como López Velarde llamaba a las luces de avenida Jalisco, hoy avenida Álvaro Obregón, cuando iba a dar sus largas caminatas en busca de inspiración (agradezco la cita aportada por el escritor Hernán Bravo Varela). 
Está también  “El vampiro de la colonia Roma”, de Luis Zapata, que le genera a la colonia más bien un imaginario de departamentos abandonados o semi-abandonados, oscuros, ligados a las drogas y a encuentros sexuales clandestinos, principalmente de naturaleza homosexual. Algunos vecinos coinciden en rechazar esta descripción de la colonia, referida en el libro de Luis Zapata, quizás por cuestiones de mantener el status, quizás por condiciones “morales”.
Es curioso el caso de José Emilio Pacheco. Ciertos rincones de la Plaza Río de Janeiro y algunas otras calles aledañas, que menciona en sus aventuras de niñez en Las batallas en el desierto, actualmente presentan un fenómeno particular: muchas personas, en su mayoría adolescentes, preguntan por ciertos sitios, dándose a la tarea de identificar los lugares que Pacheco menciona en sus libros.
Entonces uno retorna por Orizaba hasta llegar a la amplitud y majestuosidad de avenida Álvaro Obregón. Y allí los sentidos son invadidos por sonidos, olores e imágenes. Gente que trota, los que pasean sus perros, escultores que trabajan troncos de árboles a la vista de todos, una exposición temporal que se halla en el corredor cultural, justo en el sendero central del boulevard, y que se recorre sin prisa entre estatuas de tipo renacentista y fotografías a blanco y negro que mantienen viva la memoria de los habitantes.
Al costado izquierdo, un pasaje enmarcado por el color beige, una discreta vegetación y el uso de herrería y cristales al estilo art decó. Se trata del Parián. Al entrar uno se halla entre extravagantes tiendas de trajes dorados y rojos, envuelto en la música setentera, ochentera o progresiva que viene desde una tienda de discos; o bajo el arrullo de algún canario dentro de una jaula que algún propietario mantiene frente a su local, permitiendo que el tiempo provinciano de la ciudad de México haga acto de presencia en pleno Siglo XXI. Al salir de nuevo a Álvaro Obregón, los automóviles contemporáneos lo hacen a uno recordar el año en que se camina sobre uno de los primeros boulevares importados desde las ideas parisinas por los arquitectos de Porfirio Díaz.
            Más adelante se ven desfilar hípsters e intelectuales. Se escuchan risas, chocar de copas. Es la zona de los bares snobs, intelectuales y seudointelectuales. En Casa Lamm varios guardias, grandes y elegantes, esperan a la puerta. Autos costosos se estacionan. La crema y nata de la intelectualidad de clase media alta llega a tomar cursos y diplomados.
            Continío caminando. A la derecha huele a mantequilla y café con leche: son los diferentes establecimientos de Los bisquets de Obregón, que reciben dentro de los límites de su fama a una gran cantidad de parroquianos. Las fachadas de principios de siglo pululan en el paseo. Sin embrago, hay varios edificios en deterioro, muchos de ellos permanecen abandonados. Gran cantidad de ellos han sido intervenidos con murales o grafitis. Los jóvenes y los artistas se apropian de su territorio.
            Entonces encuentro, por casualidad, a un amigo pintor que me invita a disfrutar de una exposición en la Galería Vértigo. Yo digo sí, por qué no, porque sé que siempre hay un ambiente agradable en las “expos”. Regresamos, caminando, a un costado del Parque Pushkin que ya, al oscurecer, no se ve tan amigable. La iluminación es escasa, y uno camina con prisa por la acera opuesta al parque, temiendo tropezar con banquetas en mal estado, entre casonas que más que majestuosas parecen dignas de una historia de horror al caer la noche. Se prefiere caminar acompañado a estas horas, pues ya ha oscurecido aunque no hayan pasado más de tres horas desde que uno comenzó el recorrido con parsimonia. Están a punto de dar las ocho de la noche.
            En la galería hay música lounge que ambienta una instalación contemporánea. Hay chicas muy hermosas y tipos bien parecidos: la búsqueda de seducción de ambos sexos es evidente. Pero lentamente los grupos dentro de la galería se dividen según sus preferencias sexuales y las capacidades económicas. Sin embargo, el ambiente vuelve a relajarse y a acercar a los asistentes al destaparse las botellas de vino de honor para festejar la expo. Un DJ se apropia de la consola, y en poco tiempo las chicas ya conversan mientras bailan llevando el ritmo. El amigo te dice que al costado hay otra expo y que también darán brindis. Nos dirigimos a la galería vecina. La vista  se me enturbia un tanto, me siento estúpidamente feliz bebiendo cerveza en la segunda exposición. Mi amigo me dice, cada vez más “contento”, que mucha gente de la colonia utiliza las exposiciones como bar gratuito. La música gradualmente va decayendo y los dueños de la galería anuncian que van a cerrar.
            Muchos asistentes se retiran a alguna fiesta cercana, o toman por asalto los bares haciendo bullicio. Me despido de mi amigo (de mala gana, a quién no le gusta “la celebración”, pero hay que laborar al día siguiente”) Pero antes de despedirme, me encamino con mi amigo hasta los tacos Frontera, donde el olor y la vista de la carne al pastor seducen al sentido del gusto. La música en los bares cercanos invade la avenida. Los faroles dotan a Álvaro Obregón, y a su camellón, de cierto toque parisino.
            Después de la extraña mezcla cosmopolita de tacos y aire europeo, regreso al metro. Dejando atrás la avenida Álvaro Obregón, aprieto el paso. La música se va alejando. La gente también. Las calles comienzan a notarse desiertas y oscuras, y uno se debe apurar para no sufrir el sinsabor de ser asaltado en una tarde-noche que se proyectaba tranquila.
            Afortunadamente, nada pasa. Al llegar de nuevo al Centro Cultural Telmex, vuelvo a sentirme seguro. Hay iluminación, gente, movimiento. Se vuelve al bullicio de avenida Chapultepec donde los puestos de pilas y extensibles para relojes han dado paso al establecimiento nocturno de puestos de tacos de guisados y de hot dogs. El humo envuelve la calle. La luz de los televisores de los puestos tiñe de tonos azules a los rostros de los comensales.
            Camino, ahora sin prisa. Me interno en la estación del metro. Vuelvo a ser devorado por ese inmenso gusano metálico que, subterráneamente, me hará llegar a casa. La colonia Roma va quedando atrás, pero su memoria me acompañará todo el trayecto y, seguro, toda la vida. Contradiciendo a José Emilio Pacheco en aquel contundente final de su célebre novela “Las batallas en el desierto” (a la que Café Tacuba -ligando actores urbanos- le tributó una canción famosa en los noventas: “Oye, Carlos, ¿por qué tuviste…?), sería bueno hacerle saber que:
            Sí demolieron la escuela, sí demolieron el edificio de Mariana, sí demolieron su casa. Pero no demolieron del todo a la colonia Roma. Se acabó esa ciudad, pero no su encanto, que aún persiste y que aún transpiran los libros, los imaginarios generados por escritores y artistas del lugar. Aún no terminó aquel país. Y de aquel horror, querido José Emilio, de “aquel horror”, todavía hay muchos que queremos acordarnos.




miércoles, 9 de diciembre de 2015

"Bicicleta", una ficción de Ulises Paniagua

Bicicleta
Ulises Paniagua



Notimex, 15 de mayo del 2017

Esta mañana, en el Hospital General y con éxito alentador, se llevó  a cabo el primer trasplante de bicicleta en un ser humano. El paciente en cuestión, Maxi Ernst (famoso por componer relojes de pulsera), accedió a la entrevista después de una extenuante operación que tomó más de ocho horas. Durante la sesión de preguntas, el paciente no pudo ocultar su júbilo ante el perfecto entendimiento entre manubrio y frenos frontales instalados en su organismo; tampoco dejó de alabar la belleza del grabado en ambas caras de las llantas que conforman la extensión de su cuerpo. El cromado, sin embargo, es para el entrevistado lo más importante, puesto que no comprende –confiesa– como hicieron los doctores para dotar a su piel de un color rojo intenso y pasional. El relojero también agregó que, en cuanto hubiese oportunidad, quisiera dejar la sala de recuperación para dar un paseo por el Parque México, para lucirse ante las bellas modelos argentinas y alemanas que concurren a este espacio. También le encantaría la idea de participar en la próxima exhibición ciclista de Avenida Reforma. Como la operación resultó afortunada, los administrativos del hospital aseguran tener, en lista de espera, entre doscientos y trescientos pacientes, ansiosos por someterse al implante. El costo de la operación oscila entre  los dos mil y los dos mil trescientos dólares, de acuerdo al tipo de cambio.



Del libro: Imaginerías y rarezas.



martes, 10 de noviembre de 2015

Por qué leer a René Avilés Fabila, por: Ulises Paniagua

Por qué leer a René Avilés Fabila
Ulises Paniagua



Muchas veces me he preguntado, entre batallas y romances en el mundo cultural, y su submundillo snob y politizado, por qué al leer a escritores como René Avilés Fabila, Gonzalo Martré, Roberto López Moreno y Elena Garro, entre muchos otros, borrosos (a fuerza de querer borrarlos), queda la incómoda impresión de que no se ha hecho justicia en nuestras letras. Ésa es una primera impresión. De inmediato lo confirmo: no se ha hecho justicia a estos autores. Tal vez por su franqueza, por la congruencia de pensamiento, por la mala relación con otros grupos intelectuales. En fin, que se trata de un misterio no tan misterioso.
En México es común juzgar a los artistas, no por su obra literaria, sino por sus credenciales ante los medios de difusión, oficiales o comerciales. Un error fatal, si tomamos en cuenta que la literatura posee ejemplos como Franz Kafka, en Praga, o Francisco Tario, en México, cuyos intereses literarios (fabulosos en ambos sentidos, por cierto) estaban alejados del reconocimiento de los otros.
            El caso de Avilés Fabila ocupa un lugar preponderante: lo que pasa con él es que es un escritor atractivo para las mujeres, tal vez por sus ojos claros, o por su conversación (Cristina Pacheco lo calificó como uno de los mejores conversadores hoy en día). Eso es algo que muchos no soportan. En México, el cliché es un escritor panzón, inseguro, barbudo y con gafas de fondo de botella.  Por lo tanto, una actitud como la de René despierta sospechas entre inseguros horrendos. 
Otra característica de su personalidad es ese sentido del humor ácido, poco frecuentado en la crítica y las páginas mexicanas. Jorge Ibargüengoitia, Juan José Arreola, y el colombiano Fernando Vallejo, son ejemplos de qué tan lejos se puede llevar el humor para arremeter contra las incongruencias del mundo moderno y posmoderno. Moliere y Wilde lo hicieron saber, muy bien, en su época. René no tiene empacho en darle a cada quien lo que merece. Se mofa, con agudeza, de políticos y de pretenciosos, de falsos marginales y de drogadictos que se autonombran artistas. Arrasa con todo, hasta con la religión católica, al escribir El evangelio según René Avilés Fabila, y al calificar a La biblia como un libro fundamentalmente violento. Desde luego, este estilo mordaz, inteligente, le ha valido múltiples enemigos, cuyas quejas -para que dupliquen su rencor-, al maestro Avilés Fabila le tienen sin cuidado.
Escritor de vasta cultura, inquieto, director del prestigioso suplemento cultural El búho, periodista mítico de Excélsior, ha decidido indagar en diversos tópicos. En su novela El gran solitario del palacio, prohibida en México a finales de los sesentas y principios de los setentas, ahonda en un tema político que, cuarenta años después, es de una vigencia demoledora. En Réquiem para un suicida se aborda un fenómeno que ha sido considerado tabú en una sociedad persignada y remilgosa.
En Tantadel y La canción de Odette se aproxima a lo erótico, empleando una prosa pura, fundamentada, que hace de esos relatos una delicia. No en vano tuvo como maestros a Juan José Arreola y a Juan Rulfo (como los tuvo su gran amigo y compañero, José Agustín), en el Centro Mexicano de Escritores. Ambas novelas son magistrales. Avilés Fabila es, sin duda alguna, uno de los mejores escritores mexicanos, sino el mejor, para abordar el asunto amoroso y, por qué no decirlo, el desamoroso.
 En De sirenas a sirenas, y El Bosque de los prodigios, aborda un género poco practicado: las ficciones, donde aparecen referencias mitológicas y bestiarios, con recursos empleados de manera magistral. Sus invenciones, en estos libros, son un poderoso ejercicio de la imaginación. Sólo se puede aplaudir el talento, leer con fascinación sus relatos. En medio de una tradición mexicana realista por mal hábito, Avilés Fabila se atreve a ondear la bandera de lo fantástico y lo insólito, como la clasificaría Tzvetan Todorov, para salir triunfante.
Incluso cuentos sobre hermosas hechiceras y fantasmas que habitan mansiones del Pedregal, son parte de su magnífico imaginario. Théophile Gautier, Guy de Maupassant, Allan Poe, son presencias que pueden manifestarse en los relatos de terror, de los que, dicho sea de paso, es también uno de los iniciadores en nuestro país.
Si algo admiro en René es la propuesta lúdica; y cuando se atreve a explorar el género de la parábola para resaltar injusticias políticas o lo absurdo de situaciones cotidianas. La sutileza para llegar a lo profundo, ése es el gran mérito de él, quien confirma en palabras propias que no es una casualidad la creación de textos para decir lo que se debe decir, sin decirlo de manera directa. Cito: “Deberíamos tener un gran cambio. Tal vez deba escribir una fábula en lugar de un artículo, como otras que he escrito y que reflejan la forma, mi forma de ver México y a mi medio continente: América Latina: algo como los apólogos”.
René es un maestro de la narrativa, un ejemplo del periodismo, una institución del quehacer cultural. Los reconocimientos nacionales no lo respaldan de manera oficialista, sino que obsequian un humilde homenaje a una obra que las nuevas generaciones debemos revisar con atención. No estamos ante un escritor de “la onda”, como han querido estigmatizarlo desde que la ignorancia de Margo Glantz descalificó a una generación de jóvenes al ponerles una etiqueta. René Avilés Fabila comenta, a propósito: Ésa (la generación “de la onda”),  fue una discutible calificación que Margo Glantz nos endilgó para hacerse pasar como crítica literaria aguda e innovadora, cuando ella es mejor analizando a los clásicos.
Premio Nacional de Periodismo en 1991, Medalla de Bellas Artes en el 2014, René Avilés Fabila es también uno de los mejores cuentistas contemporáneos, al lado de nombres como Daniel Sada y Sergio Pitol. René reconoce, incluso, que el cuento es el género donde se siente más cómodo. Declara: "diría que para mí el cuento es simplemente atrapar algo que me gusta. Cazar una anécdota, o una parte de la anécdota; reproducir un diálogo; reconstruir una mini situación. Y cuanto más reducida sea la historia aprehendida, más me satisface. Los primeros cuentos que escribí eran de muchas páginas y con el tiempo he podido quitar, quitar y quitar palabras hasta llegar a una especie de síntesis, a un constante resumen en el que me interesa especialmente una prosa muy ceñida, donde evito incluso todo tipo de metáforas”.
Una labor casi quijotesca, y noble en extremo, es la que han emprendido el escritor mexicano y su esposa, Rosario Casco, al abrir y mantener un proyecto sin precedentes: El Museo del escritor, que es realmente único en el planeta. No sólo es un museo del escritor en idioma español; porque en él hay libros, obras, objetos, recuerdos de escritores de todas partes del mundo. Baste decir que en este museo llegaron a exhibirse un par de originales de Allan Poe, y todas las firmas de los premios Nobel en español. Actualmente, por falta de apoyos institucionales, el Museo permanece cerrado. Pero la determinación de René y de Rosario, para reactivarlo, es un verdadero acto de valentía.
En fin, que la figura de René Avilés Fabila, el escritor, el hombre, el promotor cultural, es legendaria. Y su obra, patrimonio de las letras mexicanas. Los invito a leerlo con atención, lejos de etiquetas estúpidas y de prejuicios absurdos. Estoy seguro que en estas lecturas encontrarán más de uno y mil prodigios: un universo fantástico, terrorífico, amoroso, y político, que es necesario explorar. No se limiten a odiar al escritor por sus ojos claros y por su tremenda capacidad de buen conversador, y mucho menos lo odien por lo que otros muchos críticos se atreven a maldecir sobre él.

Portal del Diezmo, San Juan del Río, Querétaro, 2015.



jueves, 5 de noviembre de 2015

"Visita a Freud", un libro de Giovanni Papini.

Visita a Freud
Giovanni Papini
Traducción: Fernando Acevedo


Había comprado en Londres, hacía dos meses, un hermoso mármol griego de la época que representa, según los arqueólogos, a Narciso. Sabiendo que dos días antes Freud había cumplido setenta años —nació el 6 de mayo de 1856— le envié la estatua como regalo, con una carta de homenaje al "descubridor del Narcisismo".
Este regalo bien escogido me valió una invitación del patriarca del Psicoanálisis. Vuelvo ahora de su casa y quiero anotar de inmediato lo esencial de la conversación.
Me pareció algo desesperado y melancólico. «Las fiestas de los aniversarios», me dijo, «se parecen demasiado a las conmemoraciones y recuerdan demasiado a la muerte».
Me ha impresionado la forma de su boca: una boca carnosa y sensual, algo satírica, que explica visiblemente la teoría de la libido. Pero estaba contento de verme y me ha agradecido calurosamente por el "Narciso".
«Su visita es para mí un gran consuelo. ¡Usted no es ni un enfermo, ni un colega, ni un discípulo, ni un pariente! Vivo todo el año entre histéricos y obsesivos que me cuentan sus obscenidades —casi siempre las mismas—; entre médicos que me envidian cuando no me desprecian; y con discípulos que se dividen entre papagayos crónicos y ambiciosos cismáticos. Con usted puedo, al fin, hablar libremente. Enseñé a los demás la virtud de la confesión y no he podido nunca abrir por entero mi alma. He escrito una pequeña autobiografía más que nada con fines de propaganda y si acaso me he confesado, por fragmentos, en la Traumdeutung. Nadie conoce o ha adivinado el verdadero secreto de mi obra. ¿Tiene una idea del Psicoanálisis?»

Respondí que había leído algunas traducciones inglesas de sus obras, y que únicamente para verlo me entretuve en Viena.

«Todos creen», prosiguió, «que tengo el carácter científico de mi obra y que mi objetivo principal es la cura de las enfermedades mentales. Es un enorme malentendido que ha durado muchos años y que no he logrado disipar. Soy un científico por necesidad, no por vocación. Mi verdadera naturaleza es la del artista. Mi héroe secreto ha sido siempre, desde la juventud, Goethe. Hubiera querido, en aquel entonces, convertirme en un poeta, y toda la vida he deseado escribir novelas. Todas mis aptitudes, reconocidas incluso por mis maestros del Gimnasio, me llevaban hacia la literatura. Pero si usted piensa cuáles eran las condiciones de la literatura en Austria en el último cuarto de siglo pasado, entenderá mi perplejidad. Mi familia era pobre y la poesía, por testimonio de los más célebres contemporáneos, rendía poco o demasiado tarde. Además era hebreo, lo que me ponía en condiciones de inferioridad manifiesta en una monarquía antisemita. El exilio y el mísero fin de Heine me desanimaban. Escogí, siempre bajo la influencia de Goethe, las ciencias de la naturaleza. Pero mi temperamento permanecía romántico: en 1884, para volver a ver con unos días de anticipación a mi novia, lejos de Viena, hice sin cuidado un trabajo sobre la coca y me dejé robar por otros la gloria y las ganancias del descubrimiento de la cocaína como anestésico.

En 1885 y '86 viví en París; en 1889 estuve algún tiempo en Nancy. Esta permanencia en Francia tuvo una influencia decisiva sobre mi espíritu. No tanto por lo que aprendí de Charcot o de Bernheim sino porque la vida literaria francesa era, en aquellos años, riquísima y ardiente. En París, como buen romántico, pasaba las horas sobre las torres de Notre Dame, pero por las noches frecuentaba los cafés del Barrio Latino y leía los libros sobre los que más se rumoreaba en aquellos años. La batalla literaria estaba en pleno desarrollo. El Simbolismo alzaba su bandera contra el Naturalismo. Al predominio de Flaubert y de Zola se lo estaba sustituyendo, entre los jóvenes, por aquel de Mallarmé y de Verlaine. Hacía poco que había llegado a París cuando salió el À Rebours de Huysmans, discípulo de Zola, que pasaba al Decadentismo. Y estaba en Francia cuando fue publicado el Jadis et Neguère de Verlaine y se recogieron las poesías de Mallarmé y las Illuminations de Rimbaud. No le doy estas noticias para presumir de mi cultura, sino porque estas tres escuelas literarias —el Romanticismo muerto hacía poco, el Naturalismo amenazado y el Simbolismo en alza— fueron las inspiradoras de todo mi trabajo posterior.

Literario por instinto y médico por fuerza concebí la idea de transformar una rama de la medicina —la psiquiatría— en literatura. Fui y soy un poeta y novelista bajo la figura de un científico. El psicoanálisis no es otra cosa que la transferencia de una vocación literaria en términos de psicología y patología.
El primer impulso para el descubrimiento de mi método me vino, como era natural, de mi querido Goethe. Usted sabe que él escribió el Werther para liberarse del íncubo morboso de un dolor: la literatura era, para él, catarsis. ¿Y en qué consiste mi método para la cura de la histeria si no en el hacer contar todo al paciente para liberarlo de una obsesión? No hice otra cosa que forzar a mis enfermos a actuar como Goethe. La confesión es liberación, o sea cura. Lo sabían desde hacía siglos los católicos, pero Victor Hugo me había enseñado que el poeta es también sacerdote y así me sustituí descaradamente al confesor. El primer paso había sido dado.

Me di cuenta de inmediato de que las confesiones de mis enfermos constituían un repertorio precioso de "documentos humanos". Yo hacía, por lo tanto, un trabajo idéntico al de Zola. Él obtenía, de aquellos documentos, novelas —yo estaba obligado a tenerlas para mí. La poesía decadente atrajo entonces mi atención hacia la semejanza entre sueño y obra de arte y sobre la importancia del lenguaje simbólico. Había nacido el Psicoanálisis —no, como dicen, de las sugestiones de Breuer o de los indicios de Schopenhauer y de Nietzsche, sino de la transposición científica de las escuelas literarias amadas por mí.

Me explicaré más claramente. El Romanticismo, que retomando las tradiciones de la poesía medieval había proclamado el primer lugar de la pasión y reducido toda pasión al amor, me sugirió el concepto de la sexualidad como centro de la vida humana. Bajo la influencia de los novelistas naturalistas, di del amor una interpretación menos sentimental y mística, pero el principio era ese.

El Naturalismo, y sobre todo Zola, me habituó a ver los lados más repugnantes pero más comunes y generales de la vida humana: la sexualidad y la avidez bajo la hipocresía de las buenas maneras; en resumen, la bestia en el hombre. Y mi descubrimiento de los vergonzosos secretos que cela el inconsciente no son otra cosa que la evidencia del acto de acusación sin prejuicios de Zola.
El Simbolismo, al final, me enseñó dos cosas: el valor de los sueños, comparados con las obras poéticas, y el lugar que ocupan el símbolo y la alusión en el arte, o sea en el sueño manifestado. Fue entonces que emprendí mi gran libro sobre la interpretación de los sueños, como reveladores del inconsciente —de ese mismo inconsciente que es la fuente de la inspiración. Aprendí de los simbolistas que cada poeta debe crear su lenguaje y yo he creado de hecho el lenguaje simbólico de los sueños, el idioma onírico.

Para completar el cuadro de mis fuentes literarias agregaré que los estudios clásicos —cumplidos por mí como el primero de la clase— me sugirieron los mitos de Edipo y de Narciso; me enseñaron con Platón que el estro, o sea el fluir del inconsciente, es el fundamento de la vida espiritual, y al final con Artemidoro que cada fantasía nocturna tiene su recóndito significado.

Que mi cultura sea esencialmente literaria lo prueban abundantemente mis citas de Goethe, de Grillparzer, de Heine y de otros poetas: la forma de mi espíritu está encausada hacia el ensayo, a la palabra, a lo dramático, y no tiene nada de la rigidez pedante y técnica del verdadero científico. Y existe una prueba irrefutable: en todos los países donde ha penetrado el psicoanálisis, éste ha sido comprendido y aplicado mejor por los escritores y los artistas que por los médicos. Mis libros, de hecho, se parecen bastante más a obras de imaginación que a tratados de patología. Mis estudios sobre la vida cotidiana y sobre las ocurrencias graciosas son prácticamente literatura y en Tótem y Tabúme puse a prueba incluso en la novela histórica. Mi deseo más antiguo y tenaz sería el de escribir verdaderas novelas y poseo un tesoro de materiales de primera mano que harían la fortuna de cien novelistas. Pero temo que ya sea demasiado tarde.

De cualquier modo he sabido vencer, por una vía alterna, mi destino y he alcanzado mi sueño: permanecer literato a pesar de hacer, en apariencia, el médico. En todos los grandes científicos existe la levadura de la fantasía, madre de las intuiciones geniales, pero nadie se ha propuesto, como yo, traducir en teorías científicas las inspiraciones ofrecidas por las corrientes de la literatura moderna. En el Psicoanálisis se encuentran y se compendian, transportadas en jerga científica, las tres mayores escuelas literarias del siglo diecinueve: Heine, Zola y Mallarmé se reúnen en mí, bajo el patronato de mi viejo Goethe. Nadie se ha dado cuenta de este misterio obvio y no lo hubiera revelado a nadie si no hubiese tenido la óptima idea de regalarme la estatua de Narciso».

La conversación, en este punto, se desvió —hablamos de América, de Keyserling, e incluso de las costumbres de las vienesas. Pero la única cosa que vale la pena conservar en papel es la que he escrito ya. En el momento de despedirme Freud me recomendó silencio en torno a su confesión:

«Usted no es escritor ni periodista, por fortuna, y estoy seguro de que no divulgará mi secreto».

Lo tranquilicé —y con sinceridad: estos apuntes no están destinados a la imprenta.






martes, 20 de octubre de 2015

La transgresión en la literatura española del siglo XX, por: Ulises Paniagua (ensayo)

La transgresión en la literatura española del siglo XX
Ulises Paniagua

William Blake escribió: Los tigres de la ira son más sabios que los caballos de la educación. Un verso que encaja con el largo grito español durante los años de dictadura franquista. En los años cuarentas y cincuentas del siglo XX, la producción literaria en aquel país europeo adquirió, de manera curiosa y a pesar del régimen, notables muestras de transgresión. Este ensayo, por su brevedad, no permite extenderse demasiado para conseguir un estudio profundo, aunque tampoco se ha pretendido tal fin al escribirlo. Me limitaré a explorar, de manera directa y concisa, dos fenómenos que demuestran un impulso dialéctico: la novela social, y la poética de los proscritos. La primera, iniciada por Camilo José Cela, se encaminó a la consolidación de una estética revolucionada, formal y conceptualmente, que alcanza su más alta expresión artística en las novelas de Miguel Delibes publicadas en los ochentas. La segunda, sustentada en cuatro autores (Dámaso Alonso, Blas de Otero, Gabriel Celaya, hasta llegar al maestro de la locura, Leopoldo María Panero), es una poética que, conforme se abría la represión y la censura, alcanzaba un  carácter de malditez sin máscaras ni tachones.
            A partir de 1942, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, la narrativa española recurrió a la novela social como un arma del futuro (citando un poema de Gabriel Celaya), y se dedicó a tratar de explicar o denunciar fenómenos como la injusticia y la orfandad identitaria, mientras Europa era arrasada por las bombas. Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan / decir que somos quien somos, / nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. / Estamos tocando el fondo. (Celaya, 1960). Debe citarse como iniciador del movimiento narrativo a Camilo José Cela, con su libro La familia de Pascual Duarte (1942), novela que marca un antes y un después en la manera de contar una historia en lengua castellana. Otros autores, a partir de este parteaguas, continuarán en la línea durante cuatro décadas, revelando desigualdades y relaciones de dominación a través de conflictos de señoritos y patrones contra empleados o sirvientes. Algunos autores destacados de este periodo son: Juan A. de Zunzunegui, con Esta oscura desbandada (1952), Juan Goytisolo, con Juegos de manos (1954), Rafael Sánchez Ferlosio, con El Jarana (1956), Jesús Fernández Santos, con Los bravos (1954), Miguel Delibes (excelso, por cierto), con Mi idolatrado hijo Sísí (1953), Los santos inocentes (1981), y La Mortaja (1987), y Ángel María de Lera, con Los olvidados (1957), (que lo único que comparte con la cinta de Luis Buñuel de 1964 es el título).
Pablo Gil Casado, para explicar el fenómeno de la novela social de esos años, la divide en cinco categorías: 1) La abulia, 2) El campo, 3) El obrero y el empleado, 4) La vivienda, 5) Libros de viaje, y 6) La alienación (Gil, 1968: 14-16).
            La narrativa social, producto de un entorno represivo, aunque bajo atavismos de conflicto rural, mucho debe a la influencia de Bertolt Brecht y de György Lukács (Gil, 1968: 5), y se caracteriza por tres puntos básicos:

1.      El análisis exacto del pueblo como conjunto de fuerzas diversas y opuestas entre sí.
2.      La propuesta de elaborar los principios de un arte al servicio de una clase (el proletariado), que aspira a una función de guía, es decir, de un arte que también sobre el plano técnico-formal desarrolle un papel hegemónico en relación a toda la sociedad (rechazo del folklore como cultura de las masas subalternas).
3.      El empalme del aporte brechtiano con la elaboración científica de la noción de realismo, alimentado por la realidad misma.
(Gil, 1968: 5-6)

No se trataba ya de un realismo “rosa”, costumbrista, al estilo de Pérez Galdós o de Leopoldo Alas “Clarín”, sino de una forma directa en la búsqueda de identidad ante los procesos de una modernidad impuesta. Se trataba de saber qué significaba ser español, sobre todo si se era pobre. Se buscaba el corazón de la españolidad, con insistencia, para darle voz en medio de una esquizofrénica batalla entre fascismo y libertad. Juan Ramón Jiménez dedicó, en ese contexto, su obra poética “a la inmensa minoría”, declarando un carácter elitista donde el preciosismo en la prosa, y lo intelectual, estaban destinados a unos pocos. Blas de Otero, como respuesta agria a un discurso literario segregacionista, dedica sus versos “a la inmensa mayoría”, para integrar a las grandes masas campesinas y obreras, unidas contra la injusticia de una figura, llamada Dios, que bien podría ser una metáfora (consciente o inconsciente) de Franco. Es a la inmensa mayoría, fronda / de turbias frentes y sufrientes pechos / a los que luchan contra Dios, deshechos / de un solo golpe de tiniebla honda (Otero, 1950) También, en éste sentido de urgencia popular, Antonio Machado escribe: Hasta que el pueblo las canta, / las coplas, coplas no son, / y cuando las canta el pueblo, / ya nadie sabe el autor. / Procura tú que tus coplas / vayan al pueblo a parar, / aunque dejen de ser tuyas / para ser de los demás.
La poesía, por su parte, se vuelca a un tono que no fue considerado contestatario del todo, según lo miraba la censura en un inicio, pero que mucho tenía de ello. La influencia de autores como Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud y Paul Verlaine es evidente en versos llenos de un reclamo ácido. En el caso de los autores franceses, tal imprecación estaba orientada a los estragos de una era industrial, de una modernidad asfixiante para una comunidad que guardaba prácticas rurales todavía.
En cuanto a España, la acidez de los versos también reclama el pasado perdido, la destrucción del modo campesino de vida, pero esta visión de por sí pesimista se intensifica ante los horrores de una guerra fraticida, una guerra civil encarnizada, llena de asesinatos y persecuciones de carácter político. Para calcular las dimensiones de este conflicto, nacional en apariencia, basta citar el Congreso de intelectuales antifascistas, convocado en Valencia, en el año de 1937, al que acudieron escritores y artistas de la talla de Pablo Neruda, Octavio Paz, Silvestre Revueltas, Rafael Alberti y Elena Garro, para demostrar su repudio ante el peligro de una derecha intransigente. (Garro describe, perfectamente, ese episodio histórico en su libro Memorias de España 1937).
España estaba en el ojo del mundo. En poetas como Gabriel Celaya encontramos el miocardio del conflicto, un conflicto similar al que se debatía en la narrativa. Las altas esferas políticas, aliadas con pequeños grupos intelectuales que le eran cercanos (se rumora que Camilo José Cela fue censor de Franco) intentan hegemonizar la cultura, destacando lo que les sirve o parece apropiado, y rechazando “la otra poesía”, la que no habla de dioses y serafines, bajo el pretexto de no juzgarla digna por sus condiciones estéticas. Celaya protesta: Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales / que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. / Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse. (Celaya, 1960). ¿Dónde quedaban los pobres, el pueblo en montón, los marginados. “la inmensa mayoría? Blas de Otero y Celaya sabían que mientras el pueblo estuviese alejado de los libros no podría dejar de padecer el peso inhumano del régimen. Franco también. Y por ello, en algún momento de la dictadura, cuatro años, para ser exactos, no fue publicado un solo libro de manera oficial, bajo la consigna de Aquí no publica ni Dios. Nuevamente Celaya responde con un grito fiero: Poesía para el pobre, poesía necesaria / como el pan de cada día, / como el aire que exigimos trece veces por minuto, / para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica (Celaya, 1960).
Mientras tanto, ¿qué con lo español?, ¿qué significaba ser un español? Por momentos: el horror, la destrucción del alma a través de la guerra. Dámaso Alonso ya había iniciado el debate desde el momento que publicó, en 1944, un poemario que causó estruendo: Hijos de la ira. Un reclamo a lo celestial, extrañamente semejante a lo oficial, por los terribles daños causados a la paz y a la esperanza. Eran tiempos oscuros de una Europa sumida en la violencia y el hambre. Dice Dámaso Alonso: Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres / (según las últimas estadísticas). / A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo / en este nicho en el que hace 45 años que me pudro, / y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, / o fluir blandamente la luz de la luna  (Dámaso, 1944).
España como problema era el debate. ¿A dónde ir? ¿A qué aferrarse en el caos, en el naufragio? Lo cierto es que entre 1929 y 1972 la tierra española se vio se  sacudida por fuertes convulsiones socio-históricas. En este panorama aparece la figura de Blas de Otero, firme y poderosa, en un equilibrio cavernoso para comprender el proceso histórico, pero también para tratar de comprenderse a uno mismo: Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre / aquel que amó, vivió, murió por dentro / y un buen día bajó a la calle: entonces / comprendió: y rompió todos sus versos… (Otero, 1955).  El dolor era profundo, y parecía interminable. No se querían más balas, más llanto. Escribo / en defensa del reino / del hombre y su justicia. Pido / la paz / y la palabra.  (Otero, 1955). Bajo tan aciago panorama, sólo el suicidio o la revuelta parecían opciones al infierno que se padecía. Y si ambas fracasaban, se aspiraba, destrozado, a la nada: Entonces ¿para qué vivir, oh hijos /de madre, a qué vidrieras, crucifijos / y todo lo demás? Basta la muerte (…) Termina, oh Dios, de maltratarnos. / O si no, déjanos precipitarnos / sobre Ti, ronco río que revierte. (Otero, 1955).
Es justo aquí, en este ambiente podrido, desesperanzado, que los poetas, a pesar de su unidad, se internan en los versos tremendistas, cataclísmicos. Como respuesta, un odio expresado en palabras vierte veneno hacia los opresores y ante la pasividad de los oprimidos. Destrucción, autodestrucción. La malditez toma las bridas, como puede detectarse en versos del propio Celaya dedicados a Blas de Otero. La malditez como forma de transgresión. La transgresión ya no como único instrumento de protesta, de reclamo, sino de transformación profunda. Se rompen las estructuras tradicionales dando paso a nuevas formas, dinámicas, contrarias a la rigidez de los viejos militares, industriales y ganaderos que controlan los procesos económicos. Ahora es Rilke, ahora es Blake. Son los tigres de la ira:

Amigo Blas de Otero: Porque sé que tú existes, / y porque el mundo existe, y yo también existo,  / porque tú y yo y el mundo nos estamos muriendo, / gastando nuestras vueltas como quien no hace nada, / quiero hablarte y hablarme, dejar hablar al mundo / (…) / Vamos a ver, amigo, si esto puede aguantarse: / El semillero hirviente de un corazón podrido, / los mordiscos chiquitos de las larvas hambrientas, / los días cualesquiera que nos comen por dentro, / la carga de miseria, la experiencia —un residuo—, / las penas amasadas con lento polvo y llanto. / Nos estamos muriendo por los cuatro costados, / y también por el quinto de un Dios que no entendemos. / Los metales furiosos, los mohos del cansancio, / los ácidos borrachos de amarguras antiguas, / las corrupciones vivas, las penas materiales... / todo esto —tú sabes—, todo esto y lo otro. / Tú sabes. No perdonas. Estás ardiendo vivo. / La llama que nos duele quería ser un ala. / Tú sabes y tu verso pone el grito en el cielo.
        (Celaya, 1960 )

En 1955, Ginsberg publica en Estados Unidos Howl (Aullido), poema imprescindible para la generaciones posmodernas:  I saw the best minds of my generation destroyed by madness, starving hysterical naked, / dragging themselves through the negro streets at dawn looking for an angry fix (Ginsberg, 1955) *. ¿Habrían leído Celaya y De Otero estos versos? ¿O sucede que la malditez, la crítica a la maquinaria del mundo es un horror compartido en esa década? Lo relevante es como las formas poéticas se encaminan a versos de largo aliento y a temas urbanos donde la locura y el horror son escenarios comunes.
En España, el exponente digno de esta tradición, llevado al punto máximo de transgresión treinta años después, fue Leopoldo María Panero (quien murió finalmente recluido en un hospital psiquiátrico). Panero es la locura como medio de redención, el cuestionamiento a los “normales”, alienados, “esa inmensa minoría” que se sienten superiores a los caídos. El mundo es sangre y extrañeza en la obra de Panero. Es una balada de resentidos: Los libros caían sobre mi máscara (y donde había un rictus de viejo moribundo), y las palabras me azotaban y un remolino de gente gritaba contra los libros, así que los eché todos a la hoguera para que el fuego deshiciera las palabras (Panero, 1987).
Hablamos de un poeta desarraigado, un hombre desclasado que trabaja con sus versos contra la sociedad y contra él mismo, un ser que sufre del complejo de autodestrucción y que transforma ese complejo, esa autodestrucción, en obra de arte. Un maldito, en definitiva, que se suicida a cámara lenta y, de esta manera, es capaz de hacer su obra con prisas, iluminada con destellos e impulsada, paradójicamente, por ese descenso hacia el fondo del abismo que, en realidad, busca truncar con violencia, dejar inacabada, esa misma obra (M. Orozco, 2012). Emulando a Baudeleaire, («Ten piedad de mi larga miseria», de “Le fleurs du mal”), Panero compone un Himno a Satán, una plegaria que por maldita busca la defensa de los marginados:

Tú que eres tan sólo / una herida en la pared / y un rasguño en la frente / que induce suavemente / a la muerte.  / Tú ayudas a los débiles / mejor que los cristianos / tú vienes de las estrellas / y odias esta tierra / donde moribundos descalzos / se dan la mano día tras día / buscando entre la mierda / la razón de su vida; / yo que nací del excremento / te amo / y amo posar sobre tus / manos delicadas mis heces. / Tu símbolo es el ciervo / y el mío la luna: / que caiga la lluvia sobre / nuestras faces / uniéndonos en un abrazo / silencioso y cruel en que / como el suicidio, sueño / sin ángeles ni mujeres / desnudo de todo / salvo de tu nombre / de tus besos en mi ano / y tus caricias en mi cabeza calva / rociaremos con vino, orina / y sangre las iglesias / regalo de los magos / y debajo del crucifijo / aullaremos
(Panero, 1987)

No cabe duda de que la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial, aunadas a una terrible dictadura, dejaron en el pueblo español hondas heridas, cicatrices que lentamente las nuevas generaciones han conseguido cerrar, bajo procesos de una libertad artística: de allí el movimiento del rock en español y de la liberación sexual, reflejada en las películas de Pedro Almodóvar.
España, antes de reconocerse como ahora pretende hacerlo, se debatía en dos, una oscura y amante de la muerte, y una luminosa que anhelaba la luz. Una esquizofrénica como el Guernica de Picasso; otra confundida como el payaso alegre y el payaso triste tan profunda y violentamente retratados por Alex de la Iglesia, en su cinta Balada triste para un solo de trompeta (2010). ¿Cómo comprender este camino del dolor? ¿Cómo llegar a la liberación? La novela social y la poesía brindan respuestas. La literatura, en su búsqueda, es transgresión, transgresión que redimió a una España fracturada por su propia locura. Ese enfrentamiento en el vértice, en el límite del aullido, fue una oportunidad, sin embargo, de alcanzar una salida: En el oscuro jardín del manicomio / los locos maldicen a los hombres (Panero, 1987).
Enfrentarse para reconocerse. Transgredir para dejar atrás. Maldecir para olvidar el rencor y mantener viva la memoria, eternamente. Ese es el fuego de la poesía y de la literatura. Esos son los colmillos filosos del tigre que devoran los rígidos fantasmas del pasado. España, recién salida del abismo de la dictadura, no ha podido ser la excepción.



*He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa …


Bibliografía:
1.      Alonso, Dámaso, Hijos de la ira. Espasa. España, Primera edición, 1944.
2.      Celaya, Gabriel, Poesía urgente. Losada, Argentina. Primera edición, 1960.
3.      Gil Casado, Pablo, La novela social española. Seix Barral. España, 1968.
4.      Otero, Blas de, Ángel fieramente humano. Lumen. España, 1950.
5.      Otero, Blas de, Pido la paz y la palabra. España, 1955.
6.      Panero, Leopoldo María, Poemas del manicomio de Mondragón. Hiperión. España, 1987.

Cinematografía:
1.      De la Iglesia, Alex, Balada triste de trompeta. 2010.

Fuentes electrónicas:

1.      M. Orozco, Revista de letras. Diario La Vanguardia, 27 /08/ 2012. http://revistadeletras.net/himno-a-satan-de-leopoldo-maria-panero/





jueves, 15 de octubre de 2015

Los umbrales del yo (Cuento de Ulises Paniagua)


Los umbrales del yo
 Ulises paniagua

Te vi muerto esta mañana confesó el vecino del apartamento 303, en medio de la más oscura extrañeza.
Me quedé de piedra.
Claro, ahora veo que no eras tú. El atropellado se te parecía mucho.
No quise conocer pormenores ni circunstancias. El acto de confundirme con un cadáver me llenaba (sí / claro que sí) de un horror profundo.

Te estuve observando en el gimnasio el martes  —comentó siete días antes la vecina del 105, una guapa puertorriqueña. Allí comenzó el juego macabroTe veías bien.
Era imposible negarme al elogio. Había pasado mucho tiempo desde que una mujer bella me coqueteara. Me limité a cerrar el ojo, no sin torpeza, y a asentir (vamos muchacho / impresiónala) con docilidad.

Te vi corriendo en la mañana  —inició la conversación un amigo de infancia, cuando lo encontré hace tres días, camino a la oficina.
No era yo  —respondí, desconcertado Creo que me viste ayer, ayer sí corrí un rato.
No, fue hoy, temprano. Parecías un profesional.
Qué carajo significa parecer un corredor profesional, aún no lo sé. Pero comenzaba a sospechar que algún atleta vivía cerca de casa, una especie de doble de este humilde corrector de estilo.

¿No estabas abajo, en la entrada del edificio? me preguntó ayer un compañero, en la oficina de la editorial. Te acabo de ver con una rubia buenísima.
Maldije al otro mí. No sólo era un deportista, era un don juan, y también trabajaba en una oficina.
No he salido de…Ah, claro, si (cómo no / cómo no). Claro que era. Quién más podía ser. balbuceé, para no quedar en ridículo.
Aunque la confusión me alegraba porque generaba una buena imagen de mis capacidades galantes, comenzó a invadirme la paranoia.

Horas más tarde, el dueño de la tienda de la esquina juraba haberme visto pasar en un auto de lujo. Mi prima me llamó para felicitarme por mi entrevista en un noticiero. Mi hermano casi se infarta al verme entrar a un motel acompañado por dos chicas. Una foto con mi rostro aparecía en la portada de un diario importante.
A mí se me ha negado siempre la envidia, pero tuve que reconocer que las noticias que llegaban a mis oídos despertaron un justificado sentimiento de celos ante ese otro, ese que decían era mi yo exitoso, ubicuo.

Te vi muerto esta mañana  —confesó hoy el vecino del apartamento 303, en medio de la más oscura extrañeza.
No quise conocer pormenores ni circunstancias. Sin embargo, mi rostro emitió un rictus de satisfacción torcida. Experimenté una placidez morbosa, por un instante. Luego me puse triste nada más llegar a mi apartamento solitario, y encender el televisor.


Del libro: "Entre el día y la noche", de próxima publicación.


viernes, 2 de octubre de 2015

Peticiones inesperadas, un cuento de Ulises Paniagua.


Peticiones inesperadas
 Ulises Paniagua
Cuento


Se ha rebelado mi perro. Hace unas semanas me hizo entrega de sus peticiones. Se queja de que no le atiendo como antes, de que las labores de oficina y mis frustradas conquistas amorosas lo tienen en el olvido. Tal vez tenga razón. Asegura, con el ceño fruncido, que merece alguien mejor, alguien con quien experimente mayor empatía. Me muestra a cada rato un tomo titulado “Los derechos de las mascotas”. No sé de dónde lo ha sacado.
        La primera vez me dejó con la boca abierta. Debo reconocerlo, su oratoria era impecable. Luego me he acostumbrado a sus peroratas, interminables, sosegadas, racionales. Ha llegado a límites gnoseológicos y epistemológicos impensables, se pregunta por el “ser” de cualquier perro, y  cuestiona incluso el concepto de aquello que llamamos “perro”.
      Está insoportable, ya no quiere que le acaricie el lomo, que lo llame a silbidos, que le sirva croquetas. Un aparato para masajes, un celular, una buena arrachera, eso es lo que me ha pedido, esas son sus exigencias. Amenaza con sindicalizarse.
       Comenzó con sutilezas absurdas pero comprensibles. Ahora se ha apoderado de la casa y de mis fuerzas. Se pasa el día viendo el televisor mientras calza mis pantuflas. Yo me desvivo por atenderlo: le llevo comida, le acerco un libro, una cerveza. No puedo explicar por qué lo hago, supongo que los años que lo tuve en el descuido me han despertado una sensación similar al remordimiento.
      Las razones no importan. Explicarlo o aprehenderlo, qué más da. Ahora duermo en el sillón; él duerme en la recámara. El automóvil que le he comprado me tiene hundido en deudas. Si continúo faltando al trabajo van a despedirme.  Y por si fuera poco, las croquetas que me sirve en estos días saben horrible, parecen de pésima calidad. No sé dónde las ha comprado.


Del libro: "Entre el día y la noche".
Derechos reservados al autor.