Mis poemas en España

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jueves, 26 de septiembre de 2013

Clarice Lispector, "Brasilia" y "Felicidad Clandestina"

Aquí comparto un cuento magnífico, y un texto magistral, de la insuperable Clarice Lispector:
 
 
 
Felicidad clandestina
Clarice Lispector
 
 
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:
-Vas a prestar ahora mismo ese libro.
Y a mí:
-Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?
Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.
 
 
 
 
 
Brasilia
Clarice Lispector
(1970) 20 de junio

EN LOS INICIOS DE BRASILIA...
Brasilia está construida en la línea del horizonte –Brasilia es artificial. Tan artificial como ha de haber sido el mundo cuando fue creado. Cuando el mundo fue creado, fue necesario crear un hombre especialmente para aquel mundo. Nosotros estamos todos deformados por la adaptación a la libertad de Dios. No sabemos cómo seríamos si hubiésemos sido creados en primer lugar, y después el mundo deformado según nuestras necesidades. Brasilia todavía no tiene al hombre de Brasilia. –Si yo dijera que Brasilia es linda, percibirían de inmediato que me gustó la ciudad. Pero si digo que Brasilia es la imagen de mi insomnio, ven en esto una acusación; pero mi insomnio soy, es vívido, es mi espanto. Los dos arquitectos no pensaron en construir belleza, sería fácil; ellos levantaron su espanto, y dejaron inexplicado el espanto. La creación no es comprensión, es un nuevo misterio. –Morí, un día abrí los ojos y era Brasilia. Estaba sola en el mundo. Había un taxi parado. Sin chofer. –Lúcio Costa y Oscar Niemayer, dos hombres solitarios. –Veo a Brasilia como veo a Roma: Brasilia empezó con una simplificación final de ruinas. La hiedra todavía no creció. –Además del viento hay otra cosa que sopla. Sólo se reconoce la crispación sobrenatural del lago. –En cualquier lugar donde donde se está de pie, un niño se puede caer, y quedar fuera del mundo. Brasilia queda en la orilla. –Si yo viviera aquí, dejaría que mis cabellos crecieran hasta el piso. –Brasilia es de un pasado esplendoroso que ya no existe más. Hace milenios desapareció ese tipo de civilización. En el siglo IV a.C. estaba habitada por hombres y mujeres rubios y altísimos, que no eran americanos ni suecos, y que brillaban al sol. Eran todos ciegos. Es por eso que en Brasilia no se corre el riesgo de tropezar. Los brasiliarios se vestían con oro blanco. La raza se extinguió porque nacían pocos hijos. Cuanto más bellos los brasiliarios, más ciegos y más puros y más centelleantes, y menos hijos. No había nada en nombre de lo cual morir. Milenios después fue descubierta por una banda de forajidos que en ningún otro lugar serían recibidos; ellos no tenían nada que perder. Allí encendieron fuego, armaron tiendas, poco a poco excavaron las arenas que cubrían la ciudad. Eran hombres y mujeres más pequeños y morenos, de ojos esquivos e inquietos, y que, por ser fugitivos y estar desesperados, tenían en nombre de qué vivir y morir. Habitaron las casas en ruinas, se multiplicaron, y construyeron una raza humana muy contemplativa. –Esperé por la noche, como quien espera por las sombras para poder escabullirse. Cuando llegó la noche, me di cuenta con horror de que era inútil: donde estuviera, me verían. Lo que me aterroriza es: ¿quién? –Fue construida sin lugar para ratas. Toda una parte nuestra, la peor, exactamente la que siente horror por las ratas, esa parte no tiene cabida en Brasilia. Ellos quisieron negar que no servimos para nada. Construcciones con espacio calculado para las nubes. El infierno me entiende mejor. Pero las ratas, todas muy grandes, la están invadiendo. Es un titular de los diarios. –Aquí tengo miedo –Este gran silencio visual que yo amo. También mi insomnio habría creado esta paz del nunca. También yo, como ellos dos que son monjes, meditaría en este desierto. Donde no hay lugar para las tentaciones. Pero veo a lo lejos buitres que sobrevuelan. ¿Qué se está muriendo mi Dios? –No lloré ni una vez en Brasilia. No había motivo. –Es una playa sin mar. –En Brasilia no hay por donde entrar, ni hay por dónde salir. –Mamá, es lindo verte de pie con esa capa blanca, volando (Es que estoy muerta mi hijo). –Una prisión al aire libre. De cualquier manera, no habría dónde escapar. Pues quien huye se dirigiría probablemente a Brasilia. Me atraparon en libertad. Pero libertad es sólo lo que se conquista. Cuando me la conceden, me están ordenando ser libre. –Todo un costado de frialdad humana que tengo, lo encuentro en mí aquí en Brasilia, y florece gélido, potente, fuerza helada de la naturaleza. Aquí es el lugar donde mis crímenes (no los peores, sino los que comprenderé en mí), donde mis crímenes no serían de amor. Me voy a los otros crímenes, los que Dios y yo comprendemos. Pero sé que volveré. Me atrae aquí lo que en mí me asusta. –Nunca vi nada igual en el mundo. Pero reconozco esta ciudad en lo más profundo de mi sueño. Lo más profundo de mi sueño es una lucidez. –Pues como iba diciendo, Flash Gordon… -Si me retrataran de pie en Brasilia, cuando revelaran la fotografía sólo saldría el paisaje. -¿Dónde están las jirafas de Brasilia? -Cierta crispación mía, ciertos silencios, hacen que mi hijo diga: caramba, los adultos son tremendos. –Es urgente. Si no la pueblan, o mejor superpueblan, otra cosa va a habitarla. Y si eso sucede, será demasiado tarde: no habrá lugar para las personas. Se sentirán tácitamente expulsadas. –El alma aquí no hace sombras en el piso. –Los primeros dos días estuve sin hambre. Me parecía que todo sería comida de avión. –De noche extendí mi rostro hacia el silencio. Sé que hay una hora desconocida en que el maná baja y humedece las tierras de Brasilia. –Por más cerca que se esté, todo aquí se ve de lejos. No encontré un modo de tocar. Pero por lo menos esta ventaja a mi favor: antes de llegar aquí, ya sabía cómo tocar de lejos. Nunca me desesperé demasiado: de lejos, yo tocaba. Tuve mucho, y no lo que toqué, sabes. Mujer rica es así. Es Brasilia pura. –La ciudad de Brasilia queda fuera de la ciudad. –Boys, boys, come here, will you, look who is comming on the street all dressed up in modernistic style. It ain’t nobody but… (Aunt Hangar’s Blues, Ted Lewis and His Band, con Jimmy Dorsey en clarinete.) –Esa belleza que asusta, esa ciudad trazada en el aire. –Por ahora no puede nacer el samba en Brasilia. –Brasilia no me permite cansarme. Persigue un poco. Bien dispuesta, bien dispuesta, bien dispuesta, me siento bien. Y finalmente siempre cultivé mi cansancio, como mi más rica pasividad. –Todo eso es hoy. Sólo Dios sabe lo que pasará con Brasilia. Es que el azar aquí es abrupto. –Brasilia es fantasmal. Es el perfil inmóvil de una cosa. –De mi insomnio miro por la ventana del hotel a las tres de la madrugada. Brasilia es el paisaje del insomnio. Nunca duerme. –Aquí el ser orgánico no se deteriora. Se petrifica. –Yo querría ver dispersas por Brasilia 500 mil águilas del más negro ónix. –Brasilia es asexuada. –El primer instante de ver es como cierto instante de la embriaguez: los pies que no tocan la tierra. –Qué profundo se respira en Brasilia. El que respira empieza a querer. Y querer, es lo que no se puede. No hay. ¿Será que lo habrá? No veo dónde. –No me espantaría cruzarme con árabes por las calles. Árabes antiguos y muertos. –Aquí muere mi pasión. Y adquiero una lucidez que me vuelve grandiosa en vano. Soy fabulosa e inútil, soy de puro oro. Y casi mediúmnica. –Si hay algún crimen que la humanidad todavía no cometió, este crimen nuevo será aquí inaugurado. Y tan poco secreto, tan bien adecuado al planalto, que nadie lo sabrá jamás. –Aquí es el lugar donde el espacio más se parece con el tiempo. –Estoy segura de que aquí es mi lugar. Pero es que la tierra me envició demasiado. Tengo malos hábitos de vida. –La erosión va a desnudar a Brasilia hasta el hueso. –El aire religioso que sentí desde el primer instante, y que negué. Esta ciudad se obtuvo mediante el rezo. Dos hombres beatificados por la soledad me crearon aquí de pie, inquieta, sola, al viento. Hacen tanta falta caballos blancos sueltos en Brasilia. De noche ellos serían verdes a la luz de la luna. –Sé lo que los dos quisieron: la lentitud y el silencio, que también es la idea que me hago de la eternidad. Ambos crearon el retrato de una ciudad eterna. –Hay algo aquí que me da miedo. Cuando descubra lo que me asusta, sabré también qué amo aquí. El miedo siempre me guió hacia lo que yo quiero; y, porque quiero, temo. Muchas veces fue el miedo el que me tomó de la mano y me condujo. El miedo me lleva al peligro. Y todo lo que yo amo es riesgoso. –En Brasilia están los cráteres de la Luna. –La belleza de Brasilia son sus estatuas invisibles
 
 
 
 
 
 
 
 

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