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martes, 8 de septiembre de 2015

El lenguaje de la colonia Roma, breve crónica urbana de Ulises Paniagua.

El lenguaje de la colonia Roma
Ulises Paniagua


Fotografía: Ulises Paniagua

Son las 4 de la tarde. Al salir de la estación del metro Insurgentes, la glorieta es como un pulpo urbano, una inmensa plaza con múltiples salidas (de las cuales se debe elegir la indicada para llegar a la colonia Roma Norte). El bullicio de las conversaciones, la risa de los jóvenes y el desplazarse de las ruedas de las patinetas sobre el concreto de la plancha de la glorieta, nos recuerda lo céntrico y recurrido del lugar.
Cruzando un desnivel, la vista se abre a la calle de Jalapa. Muchos oficinistas vienen y van, algunos con prisa, otros con parsimonia. Los vendedores ofrecen agua, dulces, accesorios. De pronto el olor de bistec y de chorizo asados invade al olfato. Al doblar a la izquierda, sobre la calle de Puebla, esta sensación se intensifica. Tortas, tacos de suadero, tacos de guisado, cilantro, papalo. El olor convoca al apetito. Me siento a comer un par de tacos. Mientras tanto, veo desfilar a una gran cantidad de oficinistas y trabajadores que caminan por las aceras de la calle de Puebla. Frente a mí, el edificio funcionalista del Instituto de Derechos de Autor. De allí salen músicos y escritores. En el puesto, las conversaciones entre comerciantes que llegan a mis oídos abordan temas personales, del barrio; las de los oficinistas se refieren a sus empleos. Se percibe lo popular. La gente se reconoce con silbidos, con gestos. “…la sonoridad del ambiente es también un lenguaje en el que habla el lugar y le otorga “personalidad” (Vergara, 2013:55). Termino de comer y me pongo en marcha. Al llegar a la esquina, encuentro a un par de chicas que tocan la guitarra y cantan canciones rancheras. “Si nos dejan, hacemos de las nubes terciopelo…”. Una mujer ha montado un puesto de queso, crema y hierbas en el cruce de Puebla y Orizaba. Una fonda recibe una gran cantidad de clientes. A contraesquina, llama mi atención un edificio elegante. Es la Casa universitaria del libro. Con un patio amplio, con una arquitectura neoclásica, con una imprenta en la entrada delatando viejas funciones editoriales, el edificio es un verdadero palacio. Las columnas, los rosetones, las cornisas, los remates, todo es refinado. Pero algo parece fuera de lugar.  Los balcones no funcionan en realidad. El espacio para pararse en ellos es mínimo, una persona no cabe allí. La fachada es en este caso una máscara, sólo anuncia el status del edificio. “La fachada es “la cara” del lugar, pero, a veces, es más bien su máscara.” (Vergara, 2013:63). La colonia de origen porfirista reafirma, un poco torpemente, sus sueños aristocráticos. Es curioso que, al ingresar al patio de este edificio, la sonoridad habla: los ruidos populares, incluso el de los automóviles, se atenúan. La Casa universitaria del libro resignifica su espacio hecho para los libros, para la tranquilidad, la reflexión.
La figura de la iglesia de la Sagrada Familia se recorta en el cielo. Es espectacular. Sus guiños góticos, sus arcos ojivales, sus vidrieras y sus rosetones son de dimensiones monumentales. Voy a ella, en la esquina opuesta. A sus puertas, un grupo de indigentes conversa. La gente desfila sin prisa.
Del fondo de la calle, me atrae el sonido de una fuente que me invita a acercarme. Es un parque, la Plaza Río de Janeiro. En el centro, una réplica de “El David” de Miguel Ángel parece cuidar de los visitantes, desde el pedestal de una fuente. Hay una exposición de artículos indígenas y otra sobre memoria histórica de la colonia, al aire libre. La exposición dicta, con su presencia, la fuerte identidad de los habitantes hacia el lugar, y la importancia que tiene para ellos preservarlo y conservarlo. De pronto las notas de un trovador llenan el ambiente. En una pequeña carpa, un cantautor interpreta una balada melancólica. El día está nublado. Las casas alrededor remarcan su influencia neoclásica, de corte inglés enladrillado, o art decó. Con la canción nostálgica, un poco de bruma y la escultura que remata la fuente, uno juraría que está caminando las calles de alguna pequeña ciudad europea. Es como volver al pasado, a los años cuarenta o cincuenta del siglo pasado.
Por el parque desfila una gran cantidad de personas, demostrando con vestimentas y posturas sus prácticas sociales, y algo más. Están los estudiantes de clase media, chicos de primaria o secundaria con uniformes escolares de escuelas de paga; están los hípsters que ven correr el tiempo sentados a la orilla de la fuente, algunos leyendo: los deportistas de clase media y baja enfundados en sus ropas deportivas; los clasemedieros aspirantes a las altas esferas, vestidos con chaquetas de cuero o de pana, mujeres vestidas con ropa de diseño, o enjoyadas. Los hombres y las mujeres que menciono al final caminan erguidos, fríos; con el ceño fruncido y el rostro de aquel que está percibiendo malos olores todo el tiempo.  “…el cuerpo es la forma en que el actor, sujeto o lugareño define y expresa su ser, en consonancia con su fachada personal y el medio que él mismo y el lugar producen-proveen” (Vergara, 2013:51).
Pasear al perro aquí es símbolo de status. Casi todos traen en mano la correa de sus perros, vengan a correr o a caminar. Se trata de animales de raza, no hay ninguno callejero, desde luego. La conducta en esta colonia parece dictar que tener un perro de raza y pasearlo indica que eres parte de una generación única, conformada por diversas tribus urbanas clasemedieras (hípster, snob, neo-aristócrata). También expresa que estás al tanto de la moda.
Continúo por la calle de Durango. La música va quedando a mis espaldas. Comienzan a aparecer fachadas y casas de inicios del siglo XX, de corte porfirista. En la colonia, la arquitectura habla por sí sola, busca monumentalidad y elegancia. “El espacio arquitectónico es también factor que condiciona las prácticas del lugar, y tiene su propio lenguaje. En este sentido, se observa una progresión expresiva que articula la función y el significado para (…) fusionarlos de manera peculiar” (Vergara, 2013:61). Es impresionante la cantidad de rosetones que puede uno encontrar. Es la colonia de lo rosetones, y de los medios sótanos. Todas las casas antiguas poseen sótanos que se ventilan e iluminan a través de la calle, de ventanas circulares  hechas de herrería.
Giro por Frontera y me encamino al corazón de la Roma Norte. Aparecen cafés, bares, restaurantes, reposterías, tiendas de muebles. Los locales poseen nombres extranjerizados, muchos de ellos hacen referencia a un anhelo parisino, ya sea en el propio nombre, ya sea a través de diseños que traen a la memoria a Láutrec, o los tiempos del Moulin Rouge.
Podemos interpretar mucho acerca del lugar, si recurrimos a referencias etnográficas: Desde el punto de vista del lenguaje articulado, acotando, se puede decir que el lugar es su nombre, sus diálogos y sus relatos (…) En muchos casos, el nombre lo caracteriza y es el recurso por el que se lo evoca y proyecta…” (Vergara, 2013:44). Los locales de la Roma Norte hablan por sí mismos: Conde, Corazón Contento, Forneaur y Rosseau, Memorias de un barista, Costillas D” Fuentes, Kitchen. Los nombres remiten a una visión europeizada, francesa, británica o irlandesa, siempre nostálgica. Los locales anuncian con presunción el año de su fundación. Desde 1960, desde 1930, desde 1906, etc. Hasta los hoteles de paso pregonan aires de ducado: Hotel Monarca, Hotel Milán.
Eso sí, la calle de Frontera es eso, precisamente, una frontera, porque a partir de ella y hacia avenida Cuauhtémoc, los negocios se vuelven populares. Los tacos “Frontera” son concurridos por fresas y por nacos, ambos grupos se mensajean con amigos lejanos a través de sus celulares y sus tablets, de manera constante.
Llego a avenida Álvaro Obregón, antiguamente avenida Jalisco. Allí se abre el espacio, el recorrido se vuelve paseo, el tiempo se detiene a pesar de la circulación de los automóviles que transitan a alta velocidad. Es el boulevard, modelo importado desde las  militares fantasías del barón de Haussmann. Fuentes con figuras mitológicas (bajo la tradición renacentista pero labradas en bronce), aterrizan las fantasías aristocráticas del lugar. Hay que admitir que los sueños de grandeza de los pudientes de inicios del siglo XX consiguieron una estética especial en estas calles y plazas. La colonia tiene encanto.
Una exposición de pintura se desarrolla a lo largo del camellón central, en uno de los corredores culturales más activos de la ciudad de México. Al costado, cafés y bares imprimen una presencia bohemia, intelectual y pseudo-intelectual al entorno. Se arma una mancha (Magniani, 2005) alrededor de los espacios literarios. Existen librerías de viejo, se encuentra aquí la Casa del poeta (donde se desarrolla en ese momento la presentación de un libro y un taller de creación literaria). Cerca, Casa Lamm imparte cursos de arte y literatura. Los artistas que buscan espacios y gente similar, invaden cafés y bares. Hay bullicioso en las aceras, también muchos extranjeros hospedados en hoteles cuatro o cinco estrellas, mucha gente joven, música lounge. A los locales les gusta demostrar su refinamiento. No son cantinas. Son espacios para “borrachos bien”.
En Mérida me sorprende encontrar un mercado sobre ruedas. Gente de todo tipo come quesadillas, gorditas; compra nopales, queso, chicharrón. Ese mercado sobre ruedas es como un símbolo del paso del tiempo: no existe lo aristocrático sin lo popular. Ambos elementos co-existen, son parte de la vida, pueden convivir en paz. Los “sueños de nobleza” se diluyen con la invasión de la cultura mexicana, en ese espacio socio-territorial (el tianguis) que remarca la condición local, lejos de miras europeizantes.
Fatigado, con la preocupación de un cielo cargado de nubes grises que anuncian tormenta, me refugio en un café de la calle de Córdoba. Allí me dedico, ocioso y curioso, a ver caer la lluvia, esa lluvia que moja las viejas fachadas, que baña a chicas hermosas (modelos desconocidas, actrices aspirantes, estudiantes de diversas universidades) que cruzan delante del café. Tomo un periódico del local, y así se me va la tarde, confinado en una bella burbuja, ajeno a una ciudad agitada y posmoderna, envuelto en el suave rumor de la lluvia y de los sonidos de una calle de la colonia Roma.


Bibliografía.                          

García Vázquez, Carlos,  Ciudad Hojaldre, visiones urbanas del siglo XXI. Gustavo Gili, España, 2004.
Vergara Figueroa, Abilio, Etnografía de los lugares. Escuela Nacional de Antropología e Historia. México, 2013.




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