jueves, 9 de enero de 2014

Apuntes sobre la mal denominada generación “de la onda”, por Ulises Paniagua


Apuntes sobre la mal denominada generación “de la onda”

Ulises Paniagua

 

                                      ¿Qué es la onda y por qué se proclama como palabra clave?                                                 ¿Estar en onda significa estar in y saber la onda es pertenecer                           al grupo, a lo establecido-fuera-de-lo-establecido?

Margo Glantz

 

Etiquetar  es referenciar. Un catálogo justifica acceder a la información, de manera ágil y pronta, desde múltiples fuentes y perspectivas. Es el gusto postmoderno de la velocidad sobre la razón. Siempre se tiene prisa, sin saber de qué. Efecto inducido en una sociedad que presenta, en evidencia, síntomas de ansiedad.

         En este proceso de colocar diques a la información, al mundo, la línea para caer en convencionalismos y estereotipos es casi invisible. Etiquetamos para sentir que sabemos; etiquetamos para controlar las fuerzas externas a nuestro alcance mental. Sin embargo, la literatura (y el arte en general), son ejercicios de libertad, están por encima de las etiquetas.

         Ello puede mostrarse con mayor firmeza en las letras contemporáneas, donde los híbridos incluyen, mezclan y emparentan distintos géneros: novela corta, cuento de extenso aliento, prosa poética o poesía en prosa, cuento onírico, la invención o las ficciones a manera de guión cinematográfico, etc. Autores como Julio Cortázar y Juan Carlos Onetti experimentaron, décadas atrás, con los géneros. Para ejemplo baste citar la reconocidísima Rayuela, o los deliciosos libros de viñetas, recortes de diarios y microrelatos,  La vuelta al día en ochenta mundos, y De cronopios y de famas, del escritor argentino; o ese extraño cuento, estructurado a manera de poema, La novia robada, del magnífico narrador Onetti, nacido en Montevideo.

         Carlos Monsivais señala, en uno de sus ensayos, que la literatura denominada “de la onda” fue ante todo un fenómeno social, un movimiento contracultural que se manifestó en revistas, publicaciones mimeográficas, grupos de teatro, música, festivales de rock donde corrió la droga (como en el caso…de Avándaro), en personajes que se creyeron tocados por la "inspiración divina", en videntes o gurús; pero que por encima de todo influyó en el comportamiento y el lenguaje de la juventud, dejando huellas en la nueva literatura mexicana.

         La literatura “de la onda” tuvo como representantes a José Agustín, a René Avilés Fabila, a Gustavo Sáinz, entre muchos otros; pero quizás tuvo en Parménides García Saldaña su mejor referencia por su estilo de vida.  Si la generación “de la onda” fue identificada con un lenguaje cargado de malas palabras, con las drogas, con el alcohol entre encuentros eróticos y desencantados de las y los jóvenes, García Saldaña es un ejemplo perfecto de ello. Cito un fragmento de su cuento, ¡No te adornes, no te adornes!:      

         Llegando a la casa, unos drinks, y ya que estuvieran medio alumbrados, las viejas cachondas por los alcoholes en el cerebro, a bailar, faje sabroso (mamacita, pero mira nomás qué bien te has puesto, ¡sabor!), guapachoso, y todos al box-spring, él a gozar guapachosamente a Almita, con sabor a mamaíta. Todo así de perfecto y de chingoncísimo. Pero no, el plan se había ido a la chingada por la puta pendeja adornada.

         Los escritores que subieron a este tren “de la onda” se vieron de pronto beneficiados por un boom literario que se desarrollaba a la par que los movimientos estudiantiles de los sesentas y de los setentas, en México y el planeta, donde se buscaba derrocar las formas caducas, pesadas, de un mundo gobernado por adultos “demasiado maduritos”.

         La literatura de este grupo se convirtió en un estandarte, un grito de protesta contra el clasicismo de las letras donde aún se veneraba a Alfonso Reyes por sobre todos los nombres, donde se invocaban leyendas grecolatinas a diestra y siniestra para demostrar el profundo conocimiento que se poseía. Así, en ensayos y revistas, eran revividos los mitos de Edipo y de Electra, se citaba a las Perséfones bajo cualquier pretexto; y los personajes de las novelas utilizaban lenguajes inverosímiles cuando se trataba de retratar a los adolescentes. Ese fue uno de los grandes méritos de esos años: dotar a la literatura mexicana de una experimentación y una libertad ilimitadas y desconocidas por las formas institucionales. Su estilo no implicaba desconocimiento, sino rebeldía. Sin embargo, las virtudes de este movimiento fueron las peores armas que se volvieron en su contra. Algunos escritores de aquellos años, acomodados en el prestigio y la fama que les permitía el sistema y la rigidez de un pueblo católico de doble moral, emplearon el término para desacreditar la calidad de los textos. Así, la literatura “de la onda” pasó, para muchos, a formar parte del anecdotario, de una ocurrencia. El calificativo empleado tomó un tinte de menosprecio. Se pensaba, incluso, que los escritores onderos eran jóvenes oportunistas, que encontraban en  las letras un medio para expresarse sin necesidad de lecturas o estudios. Nada más falso.

         René Avilés Fabila comenta, a propósito: Ésa (la de generación “de la onda”),  fue una discutible calificación que Margo Glantz nos endilgó para hacerse pasar como crítica literaria aguda e innovadora, cuando ella es mejor analizando a los clásicos.

         No es extraño entonces que José Agustín pierda los estribos cuando las preguntas, incisivas y torpes, vuelven a etiquetar aquello que está más allá de una simple apreciación superficial; no es extraño que Avilés Fabila y Gustavo Sáinz quieran deslindarse también del estigma de haber pertenecido a un proceso histórico y político en México que poco tiene que ver con sus talentos críticos y estilísticos. Confinar a una generación que bien podría definirse como la generación de los sesentas, o de manera menos simple, sólo demuestra las limitaciones de los lectores y de los medios de comunicación.

         Concluye René Avilés Fabila, ampliando la idea: “Una generación literaria es un conjunto de escritores de edad semejante, cuya obra tiene algunas características similares, un lenguaje común. Por lo regular queda marcada por los grandes acontecimientos políticos, sociales y culturales de una época…Entre nosotros, que se reconozcan como generación, tenemos a la del Ateneo de la Juventud, donde Reyes, Torri, y Vasconcelos sobresalieron. Brilla la de los Contemporáneos, quienes cometieron la hazaña de darle a la cultura nacional los necesarios aires renovadores de Europa y Estados Unidos...Asimismo, debemos recordar Taller, revista que agrupó y le dio nombre a una generación que encabezaron Octavio Paz, José Revueltas, Efraín Huerta y Rafael Solana. Difícil hoy imaginarlos juntos: sus carreras corrieron por diversos rumbos…Al principio, arrancamos, alrededor de 1959, agrupados en un taller literario…: José Agustín, Eduardo Rodríguez Solís, Gerardo de la Torre y yo. Poco más adelante, uno o dos años, se incorporaron Alejandro Aura, Juan Tovar, Gustavo Sáinz, Andrés González Pagés, Jorge Arturo Ojeda y Elsa Cross…Habrá que añadir que la Revolución Cubana acababa de triunfar, Guevara ya era proverbial, Agustín, Gerardo y yo fuimos militantes comunistas en diversos momentos de aquella época, y el rock and roll dejaba huella indeleble como evidente manifestación contracultural, como la poesía beat… Hablo de 1963 y 1964. Mucho más adelante, el círculo se ampliaría…se le añaden personajes solitarios como Parménides García Saldaña y Raúl Navarrete, al que Rulfo exaltara. Ambos murieron de forma dramática y prematura…Como generación aparecimos en un libro propuesto por el poeta Xorge del Campo… una antología de nuevos narradores: Literatura joven de México. Éramos siete y el editor le pidió a Margo que la prologara, allí nace la Onda. El éxito fue mucho y llegó la segunda edición, llamada Onda y Escritura, nuevamente prologada por Glantz y con otros escritores mayores que nosotros, que representaban “la escritura”, nosotros éramos los onderos, los que escribíamos con desenfado y descuido.”

         Ahora bien, es muy probable que muchos conozcan los primeros libros escritos por José Agustín, Gustavo Sáinz o Avilés Fabila, por tratarse de libros y cuentos emparentados a lecturas de bachillerato, historias de chavos, como lo son los casos de Gazapo o De perfil. Pero, ¿cuántos se han arriesgado a conocer a profundidad la obra de estos escritores mexicanos, más allá de su etiqueta, en la contemporaneidad?

         Sáinz, por ejemplo, ha sido profesor de literatura norteamericana en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la U.N.A.M.; también fue encargado de la Dirección de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes de 1977 a 1980, y en Estados Unidos ha sido sido investigador de Literatura Hispanoparlante, en la Universidad de Nuevo México.      De él, comenta Ignacio Trejo: Aparte de las técnicas narrativas que suele implementar, Gustavo Sainz posee un manejo envidiable de la prosa: canta, adjetiviza de la mejor manera: seduce, provoca. Su manejo del lenguaje es vital, como el de Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán o Fernando del Paso, lo que no es poca cosa. Gustavo teje las palabras de tal modo que pareciera, como los músicos, que utiliza un metrónomo. Sus libros Ojalá te mueras, A la salud de la serpiente, Batallas de amor perdidas, El juego de las sensaciones elementales y La novela virtual, entre muchos otros, deben ser leídos con menos ligereza de la que se ha pretendido imponerles.

         El caso de René Avilés Fabila es de mención particular. Escritor de vasta cultura, inquieto, director del prestigioso suplemento cultural El búho, ha decidido indagar en diversos temas y manifestaciones. En su novela El gran solitario del palacio, prohibida en México a finales de los sesentas y principios de los setentas, ahonda en un tema político que, cuarenta años después, es de una vigencia demoledora. En Réquiem para un suicida se aborda un tema que incluso ha sido considerado tabú en una sociedad mexicana persignada y remilgosa. En Tantadel y La canción de Odette se permite aproximarse a lo erótico, empleando una prosa pura, bien fundamentada, que hace de esos relatos una delicia. No en vano tuvo como maestros a Juan José Arreola y a Juan Rulfo (igual que José Agustín), en el Centro Mexicano de Escritores. Me atrevería a afirmar que en estas historias hay, incluso, un toque de barroco contemporáneo. Y en De sirenas a sirenas, Avilés Fabila aborda un género poco practicado en nuestro país y en los cinco continentes: las ficciones, donde abundan las alusiones mitológicas y los bestiarios, con recursos empleados de una manera ágil, magistral. El libro es una poderosa manifestación del poder de la imaginación. Nada más lejano a aquellos primeros textos “de la onda”.

         Y de José Agustín no decimos más. Recomendamos que se acerquen a la obra de este reconocido escritor mexicano, poseedor de un oficio y un talento indiscutibles, cuyas historias más recientes pueden encontrarse en una estupenda compilación de cuentos, realizada de manera reciente, que derrumbará muchos mitos y dogmas acerca de una generación que, de manera errónea, ha venido sufriendo la desaprobación de sus primeros años.

         La generación “de la onda” no es sino uno de los grandes facilismos en la historia cultural de nuestro país. Cuarenta años después, sin duda, estamos en condiciones de romper con las etiquetas y los moldes. Los invitamos, entonces, a conocer la obra completa de estos magníficos escritores, cuya lectura, sin duda, podrá ir dejando en el olvido la injusta etiqueta de onderos, que se les ha impuesto de manera institucionalizada.

 

México DF, 2014
 
 
 

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