Mis poemas en España

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martes, 1 de abril de 2014

Del amor y otras miserias, de Ulises Paniagua, poemario completo

En el año 2009, con la editorial Fridaura tuve la fortuna de publicar mi primer libro de poesía, que lleva por título Del amor y otras miserias; y se halla dividido en tres capítulos; el primero trata del erotismo, Territorios; el segundo  trata de la muerte: Vámonos poniendo fúnebres; y el tercero, es un ligero adentramiento a lo abstracto: La búsqueda del minotauro. Espero lo disfruten y puedan perdonar la inocencia implícita en un primer libro (aunque sospecho que hay algunos poemas rescatables y con suerte memorables).

Un abrazo:

Ulises Paniagua
 


 

 

 

DEL AMOR Y OTRAS MISERIAS



Ulises Paniagua

 
 
 

 

M è x i c o,   2 0 0 9
 
 
 
 
 
 
 


NOTA BREVE DEL AUTOR.

 

            Cita Borges, en su libro Discusión, a uno de los más cultos y lúcidos escritores que nos hayan obsequiado las letras mexicanas, Don Alfonso Reyes. La cita hace alusión a la labor del literato, y a una  terrible duda implícita en el oficio: cuándo cerrar la última página de un libro, y dar por concluida la labor. “Esto es lo malo de no hacer imprimir las obras; que se va la vida en rehacerlas” apunta Reyes,  muy atinado.

 

            Uno quisiera, al concluir un libro, tener la certeza de que  cada palabra, cada idea en él, goza de una precisión absoluta; al paso del tiempo (aún cuando la labor del escritor sea obsesiva

y metódica, o bien, sustentada en una casi mística confianza en un arrebato de genio) uno reconoce la imposibilidad de satisfacer a todos los lectores de la obra, y lo que es peor, reconoce también la propia insatisfacción. Sin embargo, hay un punto justo en este terrible desasosiego narrativo o poético, en que uno decide dejar una obra en paz, pase lo que pase, y enfrentar la critica. A fin de cuentas, es el azar, la frescura, y la propia imprudencia del autor, quienes se encargan de encarnar el cuerpo y el alma de la obra.

 

Este libro no podía ser la excepción: en sus páginas se cumple el destino azaroso que le corresponde. Arriesgo, pues, mis yerros y desatinos, esperando que llenen la memoria y el gusto del lector.  Del amor y otras miserias es el resultado de un proceso de varios años de incertidumbre y decisión, de atrevimiento e irresponsabilidad. Valgan pues, las letras titubeantes de este poemario, para enfrentarse a si mismas.

México D.F. Octubre del 2008.

       





TERRITORIOS

 

 

“Los hombres y mujeres o bien se devoran rápidamente en eso que se llama el acto del amor, o bien se crean el compromiso de una larga costumbre a dúo. Entre estos dos extremos no hay término medio. Eso tampoco es original.”

 

Albert Camus.

 

 

 

 

“Hay que hablar de amor y deseo mientras nos queden labios con que besar…”

 

U. P.

 

 

 

 

 

 

I      Territorios

Después de todo sólo se trata de la carne, de los amorosos territorios;


de esa fiebre incesante con que los cuerpos se revuelcan en la tumba.

Después de todo se trata del amor como una fiera oscura,

dentellada furtiva que reclama nuestro encuentro.

 

Quizá, en recovecos urbanos donde asoman la timidez y el prejuicio,

en las calles lunares, sin sortilegios y sin ruido,

convoquemos urgentes al placer milagroso,

ese sueño que todos soñamos

-¿quién lo sabe?-

 

Tal vez sea aproximación de vahídos en combate de cuerpos,

crucigrama de pieles cicatrizadas a fuerza de besos,

perfume que dejamos en batallas;

un nombre, un rastro, un ángel compartido.

Tal vez:

ese león insatisfecho que nos habita entre los muslos,

ese jugoso pretexto de retozar cama,

jornada ardua de caricias y mordiscos;

luz, sombra, muerte chica,

desnuda necesidad de piel,

desnuda necesidad de piel, y  olvido.

II  M a p a s

 

Y he aquí que los cuerpos ocultan extraños códigos,

rutas indescifrables, cercanías y desvelos;

la tersura de piel en brama revelada ante el asombro del viajero;

los parajes adversos, perversos, ávidos de descubrimiento;

deleitosas jornadas sin fatiga,

puertos de bravas fragatas,

nuestra mitad de océano sudoroso.

 

Don Juan declara:

los territorios son tan inmensos como la posibilidad de nunca recorrerlos;

Yo contradigo:

estas comarcas son infinitas pero mesurables,

como las palabras tuyas que bautizan mi vientre,

como coordenadas de desamparo en nuestro rumbo,

tan húmedas como labios que palpitan al contacto de tu sexo.

 

Guardo silencio, te busco, nos perdemos,

debiéramos al alba conseguir un astrolabio...

 

 

 

III  Lobo y cordero

 

De tu cuerpo me gusta todo, porque es tuyo,


porque es nuestro: porque lo compartimos.


Me gusta que sea la hostia que devoro,

me gusta ser lobo.

 

De mi piel ansiosa, suave y abierta que a ti ofrezco,

exijo sea parte de tu sed, ser alimento.

Preciso habitarte,

navegar encima, debajo, detrás de ti,

navegar profundo…

 

De mí en ti y de ti en mi cuerpo me maravilla, me encanta todo;

porque todo lo que somos, porque todo lo que hacemos me gusta;

incluso la delicia con que maltrato y me maltratas,

las palabras sucias que retratan la ternura que resguardo;

hasta la candidez de un ambiguo te amo o la impúdica caricia,

y el abandono de tu almohada cuando te marchas en diciembre;

el escozor que dejas en la entrepierna,

y los rastros olorosos, dolorosos de tu sexo

entre sábanas que también te echan de menos.

 

De tu cuerpo extraño todo, hasta lo que no es tuyo,

hasta mi miembro erguido que vela tu ausencia

guardando luto a la delicia del momento,

y tu cáliz que jugoso se derrama, tu herida que ardiente se desborda,

y el oscuro suspiro en que te entregas;

presencia animal que culmina en desagarre de dos,

fin de encarnizada lucha: bi orgasmo.

 

Me gusta que aún cuando eres tuya, eres nuestra.

Me gusta penetrarte toda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IV  Misterios y rarezas

 

Siendo adolescente, la muerte y el sexo

se cernían sobre mí como poderosos misterios.

Hoy por hoy a la muerte la respeto,

pero la sacralización del sexo me mueve a risa:

 

y que alguien - tal vez Dios o un simio -

exculpe a los vientres que no se buscan,

las entrepiernas que no disfrutan,

la soledad que frígida muge en el armario.

 

Que alguien, como ya se dijo,

canonice a las putas,

nos regale una cajita de deseo

o una muñeca inflable en su defecto,

esa válvula de fuego que mitigue

el tedio de una tarde larga;

 

que alguien nos invada

derramando mosto, primitivo y jugoso,

desde el calor de su cuerpo,

y multiplique las manos y los besos,

y que beba y coma de nosotros

en convite interminable

de deleite y alborozo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

V.  Breve tratado sobre los amores de paso

 

Creo en esos seres que presiden la noche,

cuyas paredes suspiran y gimen;

que cálidos despiertan al antojo

de una sábana  

y se llaman hoteles.

 

Creo en esas celestinas con nombre de farra,

en el encuentro lejos de lazos y reproches,

en el tálamo clandestino y la noche sin bodas.

 

Creo en un dios de carne,

en los asomos de lumbre;

en los pechos que regalan

y palpitan como bestias furiosas.

 

No creo pero creo en el sida,

el aborto y la comunión de muslos,

en los grandes amores de las habitaciones 105 y 206.

en la urgencia clandestina, cuando dos se gozan,

desnudos y salvajes.

 

Creo en el deseo que gobierna destinos,

en el mañana que promete

la dulzura de los cuerpos;

creo en lo que ansío, en lo que invita,

en lo que muerde.

 

Confío en la sana insania del deseo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VI  E d è n

 

“Nada sé, salvo que la sed de amar es persistente...”

U.P.

 

Adán y Eva han demandado a Dios:

culpan a un fruto, a la sierpe

y al intransigente Paraíso;

ajenos a las pomas que colman el planeta;

ungidos del suave misterio sin saberlo,

hartos de tanta ciencia,

se les ha visto andar sobre la ingenuidad de sus cuerpos.

 

(Algo sucede…)

 

La serpiente –sigue así rastrera- 

busca en el contacto una excusa, un consuelo;

y ante el  placer que anuncia desconcierto,

encuentra la  verdad en el fulgor de unos labios:

Adán, casi dormido,

se refugia en los pechos de Eva.

(Se produce entonces un albor de advenimiento)

 

En el Edén de Eva, Adán arde,

Eva arde, y arde el Edén de Adán.

El Edén es una cama enorme que da gusto.

 

Mientras tanto,

mientras el amor sucede  bajo la sombra

apacible de un manzano,

me pregunto si Dios ya habrá conseguido mujer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VII   A   p i e l    a b i e r t a

 

Está claro, es imprescindible el beso;

es preciso el contacto entre la tersura de las pieles.

Debes saber una cosa:

yo no creo en los sexos obscenos ni en la animalidad en sí

(aunque algunas veces...)

 

Me siento entrar en ti, refugio de carne,

besarte sin prisa desde la nuca hasta el cielo,

perseguir con humedad deleitosa que explora lento.

 

Sé cuando permites mi arribo por detrás,

suave y salvaje, abriéndome paso entre la maleza de las bragas,

entre el nido pausado de tus caderas lustrosas,

en el estanque que bebo

y desfloro cada vez que te reencuentro.

Siento que dentro crezco, que indago;

te penetro, te absorbo, te muerdo;

hierven sangre y corazón a tu contacto,

hierve también el cabello que yo jalo.

 

Tú me pides que apriete, que destruya;

luego me pierdo,

Soy  sólo sabor que embiste y descarga,

lamento antropófago en tu cuerpo;

compruebo,

entre Sodoma y Gomorra existen muchas virtudes

-¿cómo fluidos no?-

entre tu carne y mi carne, linda,

no siempre debe haber amor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VIII  En busca de Roma

 

Dame tu cuerpo, negra,

ondeante y sigiloso,

para empezarte a vivir.

 

Tú, tan llena de bondad,

tan buena de cada parte, de todas partes;

yo, tan siniestramente amoroso,

tan vulgarmente atado a tu cobijo.

 

Dame tu boca,

tu cuello floración de besos,

ese ciervo que entre tus pechos se inflama,

esa Roma que arde entre tus piernas.

 

Deja que se consuma el verso afable en palabras sucias,

entre exigencias y abandono.

            Negra jugosa, negra suave,

trémula alegría que desborda,

que rico flagela,

que goza lento.

 

Dame tu cuerpo, oscuro y llano,

la borrasca y la maleza del cabello;

dame luz, dame noche,

dame horas interminables

en el profundo misterio de tus muslos.

            Negra rica, negra tersa,

prodiga con tu orgasmo el cielo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IX  A  solas

 

Me gusta ser animal telúrico, deleitoso,

me gusta ser carne que se abre,

carne que se vuelca sobre carne:

tu cuatrero.

 

Me gusta ser los labios que calientes

se regalan a tus pechos,

frágil pendulaciòn

de dedos  en tu entrepierna;

me gusta ser la lengua que derrama.

 

Prefiero tu urgencia de pantera enfurecida,

ver cómo te agitas sobre mí, medusa interminable;

y la curva de tu espalda que ya dije,  y  tus ojos

tan clavados en los míos, decididos pero hermosos,

-y entonces, sólo entonces- me gusta verme perdido,

como un náufrago,

olvidado en el letargo interminable del goce,

agitado y sudoroso, urgido de éxtasis,

radiante,

-y entonces sólo entonces-

 

tensado en un arco de abandono,

sobre tu cuerpo como casa,

des can sar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

X    O b i t u a r i o

 

Amargo como obituario de memorias,

una mariposa abandonada en cada beso,

el Amor, dolorido, se hundió en la noche;

sano ejercicio onírico que apenas ocultó el engaño:

el destino apuntaba siempre a su condición de esclavo,

magro y afectivo.

 

Al final

extrañaba el calor de otro cuerpo en el océano de su cama.

Al final

extrañaba la zozobra que comparte, la delicia aguerrida.

 

Cómo culparlo,

el húmedo fetiche de la nostalgia marchita a cualquiera.

 

¡Ay, amor impuro que duermes mordiendo la almohada,

que sería de ti sin el amor...!

 

 

 

XI   Apología  del  engaño

 

De tus fervorosos engaños, linda,

sólo despojos me llevo,

que más valdría censurarnos los labios

cuando nos vencen los miedos.

 

Roto el corazón,

aún persiste el deseo;

nos demudan las huellas,

nos acusan los sueños

- y de azarosas serpientes

está colmado el desierto-

 

(Todos reniegan los tormentos de amor;

más amor es lo único cierto,

ahondado, clásico y quieto

el corazón sigue latiendo)

 

De tus  fervoroso engaños, linda,

sólo los huesos conservo,

que más nos valiera ser sabios

y comenzar a entregarnos completos.

“Venid, bajemos y confundamos su lenguaje”

Nuevo Testamento (V, 7)

 

XII   E p í l o g o

 

En ese lugar del que hablas, linda,

la mantis se provee de maridos;

un alargado gemido ensordece los oídos del planeta;

la devastadora soledad se masturba

haciendo guardia ante una sábana sin reposo.

 

Alcánzame tu cintura, linda,

que hoy no tengo ganas de lo subjetivo

-¿y quién dice que hacer el amor no es subjetivo?-

Las termitas se comieron mis manos,

sólo me quedan los labios para perseguirte entera.

 

Esto es confuso, linda, mi amiga murió de sida

y aún conservo su negligé como memoria de guerra.

No hay impudicia a juzgar, ni sollozos de culpa;

apenas el coraje desnudo ante una muerte gozosa.

            (La batalla de los cuerpos no pide descanso…)

 

 

Debes saber que entre un hombre y otro cuerpo

se ocultan las preferencias de cada quien;

lo mismo ocurre con las mujeres, y con todos.

Y yo aquí sentado bebiendo mundo,

desfilo mis ojos entre tantos cuerpos,

cuerpos y cuerpos por multitudes,

t e r r i t o r i o s,

y todos ellos, nocturnos,

gustan del mismo néctar,

y todos ellos, noctámbulos,

disfrutan un húmedo infierno.

 

Regálame una indecencia, linda,

que las termitas

ya vienen taladrando mis fronteras,

destapando los oscuros pozos de la palabra.

Bésame, regálate

en el hondo suspiro de la noche plena;

al final de la trinchera

son los mismos ojos, linda,

siempre los mismos ojos.

 

XIII   Reunión

 

Furtivo te mido,

de mi mirada a la tuya media una promesa,

un encuentro.

 

No sé bien cuándo tu boca se convirtió en este mosto

que imaginario, pero rudo, me devoro.

Te acaricio sin tocar tu ropa,

te gozo, te siento.

Me miras con ojos claros de gatita:

sonríes y levantas la oscura copa.

Pienso que tal vez quieras hacer el amor

aún cuando ya lo estamos haciendo.

Ahora mismo mi aliento, y mis dedos, índice y medio…

Sonríes, insistente: te abro, espero.

 

Nueve pasos distan de una comunión de cuerpos.

Te intuyo, te adivino.

Bebo un trago, me levanto,

Hace rato nos desnudamos con los ojos.

 

 

XIV      EL MUNDO

 

Tendido en el imperio de esta cama, amplio y ansioso,

escucho el confluir de orgasmos que es el mundo.

Los amantes estallan en una celebración de gestos y caricias;

un clitórico murmullo me adormece/

me despiertan tus manos tibias,

tu lengua que recorre personales territorios:

me conduzco, te conduzco y me dejo conducir,

encuentro tu contacto sobre mí,

tu tacto con dulce tacto sobre mí, conmigo;

ciego y mudo me entrego a tu misterio;

una suave lascivia invade mis venas

y mi sexo, enhiesto, cada vez más ansioso,

es cada vez más tuyo.

 

 

 

 

 

 

 

 

XV   De vuelta a los antiguos territorios

 


Después de todo sólo se trata de la carne, de los amorosos territorios;


de esa fiebre perpetua con que los cuerpos se deleitan en la tumba.

Después de todo sólo se trata  del prolongado rugido del deseo;

de un hombre, una mujer,  y en ocasiones una nueva vida.

 

Al final -¿quién así lo dispuso? ¿cuándo se consumó el edicto?-

los cuerpos nuestros sean habitables a plazos,

como mudanzas que se repiten sin sentido.

Después de todo el amor exista…

(creo haberme aventurado demasiado)

 

Déjame alcanzar tu vientre, linda,

hoy no quiero pensar de qué se trata todo esto.

Se extingue la noche, amenaza el alba,

y con la sed de tu piel y de mi piel quedan tantas cosas que escribir.

Hoy sólo sé que se  anuncia, placentera,

la orgía de dos, nuestro cobijo;

nuestros cuerpos enredados sin cansancio,

con este pretexto necio de compartir cama,

con esta constante necesidad de olvido.

 

Quizás, después de todo,

sólo se trate de la carne, de la mordida certera,

del desvelo.

Quizás, al final de todo,

sólo nos reconozcamos, salvajes y puros,

a través del espejo de los cuerpos.

 

 

 

 

Fin de “Territorios”.

 

 

 

 

 

 

Ulisses 2006.

 

 

 

 

 

NOCHE  DE  LOBOS.

 

            Todos decían que cobijarme en su sarcasmo

causaba cáncer. Tenían razón.

 

            Todos decían que jugaba a la ruleta rusa

cocinando balas expansivas.

 

            Me refugiaba de la soledad, eso era todo.

Me divertía pensar que no pensaba.

 

(Destapé mi cajita de Pandora

una tarde sin nublados ni tormenta.

Creo que de ella surgieron agonías felices,

conversaciones malgastadas,

largas caminatas sin tregua y sin sentido)

 

            Organizar el recuerdo de sus ojos

equivale a cruzar un hoyo negro sin ningún cuidado;

llamarle a la estupidez, inocencia,

y a la fatalidad, romance o aventura.

 

            Ahora no quiero reducir su recuerdo

al engaño de unos cuantos trazos fastidiosos.

Del olvido más vale no acordarse;

la memoria es siempre una trampa exacta,

urdida justa al tamaño de una noche de lobos.

 

            Te olvidé una vez y hoy te olvido de nuevo:

tú me ves ya, que no estoy cansado.

 

            Ojalá que tú no me recuerdes

de ningún modo.

 

Ojalá tampoco a ti te persigan los lobos.

 

 

Ulisses 2005

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VÀMONOS PONIENDO FÙNEBRES

Breves Poemas al cobijo de la festejada.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

                                                           Sólo vinimos a dormir, sólo vinimos a soñar;


no es verdad, no es verdad


 que vinimos a vivir en la tierra…”


 

Anònimo mexica.

 

 

 

I

 

Que ninguno se salva de tus labios,  

bien lo sabes,

que nadie del otero se refugia,

suicida Santa.

Que  el gusano teje olvido carne a carne,

hueso a hueso,

al amparo de los cánceres y el sida.

 

Que no se rechaza invitación al aposento,

al festín de tierra  entre los dientes,

a la celebración del polvo y de la mosca

bien lo sabes, perversa,

terroncito de azúcar;

bien lo dicta tu desdén, tu empeño.

 

Dime entonces, sin fingimiento:

¿ tu expiación, cuándo se llega?

¿ cuándo tu lápida se yergue?

 

Nada para siempre queda, hermana,

ni tu ni nada para siempre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 


 


 

 

 

 

II


 

¿Para qué tanto escándalo de horas,

tanto cuesta arriba y cuesta abajo,

tanta verbena de mercado

y tanto  andar nervioso de una hormiga?

 

Para qué tantos besos

de Judas y Caìnes, y este seguir hollando mundo;

la deslealtad del hombre caza-hombres,

¿para qué entonces el llanto de la ciencia?

 

Al final, lejos, muy después del camino

sólo dos misterios nos esperan.

Y ellos no entienden de retórica.

Ellos no comen de pretextos.

 

 

 

 

 

 

 

III

 

¿Y tú, por qué no te mueres?

¿Por qué no carcome tu hueso flaco

la mansedumbre apacible de un abeto?

¿Por qué no te ocultas,

te desprendes, te arrebatas?

 

¿Nunca cesas?

¿No conoces de finales de jornada y

agonías de milenio?

¿Nunca has sentido los pies llagados

en las fatigosas marchas sobre el mundo?

¿No sientes escozor en las venas

con la sangre alimentando, macabra,

el subsuelo?

¿No te espantan las bombas?

¿No aborreces el asesinato por la espalda

o el infanticidio?

¿No sufres los terribles legados de la guerra?

¿Nunca lloras?

 

¿Quién te crees? ¿Qué esperas?

¿Por qué no te mueres de una vez,

y resguardas, en sigilo,

el rastro negro, solitario,

de esta especie ingrata y asesina?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IV

 

-Asistí a una comedia

que versaba sobre un Mesías

resurrecto y triunfante-

 

Nada más absurdo que el ascenso

del Houdini entre hipérboles de  potestades.

 

Lejos del sueño,

hacía parecer tu cuerpo una luna sin brillo.

 

Como si la muerte fuera romántica,

como si enterrar a tu madre o a tu hijo

causara risa,

como si los cuerpos chamuscados tuvieran descanso,

como si de verdad, en serio,

creyéramos en algo.

Como si fuéramos niños pidiendo calavera

en un placentero inframundo…

 

Asistí ayer a una buena comedia:

me causo espanto.

V     BALADA  DEL RÌO

 

Me siento torpe al ofrecer

el cuerpo a ojos ajenos, así, tan descompuesto;

culpable por mostrar a cielo abierto

una dentadura imprecisa y los huesos largos.

 

Me siento torpe por volverme tierra,

lombriz de tierra,

agonía de tierra; cerca del pie vecino,

memoria de río.

 

Da vergüenza cómo me camina tanto sol

entre los ojos,

por sobre la mochila enrarecida de desierto,

en la cartera despojada de biznagas

y la mezclilla atajada de escorpiones.

 

Da pena la línea inútil tan cerca de mi,

y la sangre palpitando, dolorida,

allá tan lejos,

donde no habrá más

de mis pasos en el eco de la milpa.

 

Sólo esta lumbre que incendia

los olvidos más furiosos,

las lágrimas sin destino.

 

No puedo evitarlo, hoy me siento triste,

estùpido y lejano,

por haberme muerto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VI

 

Cuando alguien muere,

consumimos los pabilos para avivar el fuego de la ausencia;

suplantamos su sombra sobre el pavimento;

gastamos cartuchos en busca de perdones y excusas;

trocamos viejos rencores en felices momentos.

Nos creemos santos, y hasta

hacemos verbena de buenos principios frente a todos.

 

Pero a solas, en el silencio estático de nuestros adentros,

sabiendo lo que sólo nosotros sabemos,

nos da por llorar:

lloramos.

 

Cuando alguien muere,

sencillamente lloramos.

 

 

 

 

 

 

VII

 

Me nublo,

de mi va quedando

apenas un rastro sin dueño.

En el cielo asoma

la confusa presencia

del enigma y su llave.

 

Torbellinos de tierra se vuelcan

sobre uñas y mis parcos labios,

el mundo no existe más allá de mi puño crispado;

en el aire flotan las preguntas sin respuesta;

en el aire se respira misterio.

 

Más allá no hay nada.

Quizás frío, quizás ánima,

Quizás la incertidumbre

que nos agobia desde el primer parto.

 

 

 

 

VIII

 

Ampáranos, mal sueño,

de terminar descarnados en una fosa,

de alimentar susurros de anonimato y silencio,

de  convertirnos en un asalto de taxi mal pagado

o juguete de adolescente violento.

 

Protégenos de calles de afilados cuchillos

y entrañas de metal mestizo;

de la furia de cada día,

de una rabieta de hambre o abandono.

 

Líbranos de las esquinas impredecibles,

de los recovecos oscuros,

de los pasos que persiguen nuestros pasos,

de la espantosa hidra del miedo.

 

 

 

 

 

 

IX

 

 

Vayamos todos a la  Muerte, de buen modo. Los caducos anarquistas, el miasma del catolicismo; los revólveres sin pólvora, los sedientos de sueño, las bellas, los ridículos,  los feos. Este animal absurdo como un cerbero, que juega con el corazón del pueblo.

 

Doblemos la esquina y alarguemos la zancada. Vayamos todos a la Muerte, derechito y sin escalas. Y que se derrumbe el mundo, si es preciso, antes del alba, que se desgarre el cielo en su profunda negrura. Que nada quede en pie, hermanos lobos.

 

Vayamos, juntos, doloridos, a la Muerte y de buen modo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

X

 

Sólo vinimos a soñar

que no dormimos,

que somos accidentes de tiempo;

acaso una perezosa telaraña

enredada en el determinismo;

como raíces de rudo ciprés  bien plantado,

como ángeles, como niños.

 

Sólo vinimos a fingir que algo nos pasa,

así,

de vez en cuando, en silencio o con regocijo;

que alguna vez una sombra fugaz

nos iluminó el rostro en invierno;

y que en ese instante, al cobijo del destello,

en una calle sin ruido,

verdaderamente nos pensamos vivos.

 

 

 

 

 

XI

 

Nada a tu paso queda, hermana,

nada a tu paso;

desde el microbio hasta la orca

nada dejas sobre el mundo;

ni las piras quevedianas,

ni las bibliotecas imposibles,

ni el destino, ni el fusil,

ni un zapato.

Todo por morir termina,

a tu paso toda senda arrollas,

tren nocturno.

 

De nosotros nada sobrevive,

todo por morir acaba;

ni la flor, ni el canto,

ni la mentira que atraviesa un puño de agua;

nadie queda,

nadie,

lo que vemos la chingada se lo carga la chingada.

Nada para siempre, hermana,

ni tú ni nadie para siempre.

Es apenas un arrebato de sueño,

una tímida señal, un gesto,

es apenas la ilusión de ser materia de aire

en la impaciencia del camino,

o la esperanza de

pertenecer a un llanto,

a una cruz, a un guijarro.

 

Nada para siempre queda.

Ni tú ni nada para siempre.

 

 

 

Fin de Vàmonos poniendo fúnebres.

2005

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA BÚSQUEDA DEL MINOTAURO.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL GRITO.

 

 

Escurrían lágrimas amargas desde sus sucios corazones de poeta; pero la palabra no nacía. Atados y amordazados, castrados, locos, los poetas     eran/son    perros mugrosos y hambrientos. Malditos por no lograr parir palabras. Mil veces malditos. Su condena:

 

reptarán por los muros arañando sueños; aguardarán como refrigerador  de casa vacía; lamerán la sangre propia; hilvanarán angustia en noches de desvelo

 

Como perros rabiosos, puercos, malvenidos, los poetas largos y mudos, escucharán la tierra derrumbarse alrededor de ellos. Sólo entonces llorarán su cobardía.

 

 

 

 

 

 

 

 

ELEGÌA DE DOMINGO.

 

            ¿Qué hace la gente a media tarde, cuando el sol estira las membranas del cielo, y el agua del aire se transmuta en sudor, bajo influjos de rigurosa alquimia,  y entonces cuando el sudor se vuelve sal, y la sal aburrimiento?

 

            En estadios la tribuna salta,  al calor de un atún furioso entre las redes. Líneas hienden la virginidad de papel sobre cuadernos de escuela; se preludian poemas y reposos de  amantes vespertinos ¿Qué hace la gente bajo el sopor  de las calles? ¿Descansa la resaca, desmantela el orden de la casa? ¿Arrastra la mediocridad en una siesta?  ¿Santifica puteros?

 

            ¿Hay suicidas de azotea a las dos p.m.? ¿Los asesinos  se contratan? ¿Se levantan las guerrillas,  y Dios hace recorrido para contemplar sus campos, a  la ribera de un manso  río?

 

Alguien debiera, en la hora aciaga, regalarnos una cerveza y un cigarro, quizás desde luego una mujer; o labrar una queja, un grito, y con la furia y el rencor de una voluta,  suprimir  esos días terribles y aburridos, tautología miserable convertida en desasosiego.

 

            ¿No sería más feliz el mundo – me pregunto - si un día de éstos suprimiéramos la media tarde del domingo?

 

Ulisses 2003.


 

LA AGONÍA DEL MINOTAURO.

 

 

I

 

Maldito Minotauro que reposas al amparo de mi sombra

como silencio que vulnera una armonía

como fatiga de nocturno peregrino

o encrucijada donde llora una taberna.

 

Maldito Minotauro que habitas mis horas,

riguroso carnicero de añoranza,

grito último y certero.

 

Protervo, sensible, con asombro de alba

ríes y atacas cuando el luto te frecuenta,

 y esgrimes tristeza

cual bandera de letras:

 

Carcómete, pues, en tus rincones de olvido,

templos de cantinas y borrachos,

hilos de Ariadna a tres el kilo,

en las anheladas muertes personales,

en tu ruego.

Destrúyete, cáncer de sociedad,

refugio de mundo.

 

Destempla el corazón,

vuelve al carril de la llana vida.

Despierta,

¿dónde quedó tu laberinto?

 

 

II


 

Te vi, bebiendo. Te vi bebiendo una cerveza quemada. Descansabas la cornamenta, fatigado, sobre la  barra. Esperabas una ilusión, una voluta de cigarro. Hablabas mucho: de la terrible condena que implica ser un hombre de asfalto, del diario llevar el pan para la departición de la cena, del amargo carnaval que en Latinoamérica se gesta, del agudo acero de letras, del recibo de luz. De esta Creta de alta tensión y amplias avenidas bajo  tráfico de oficina, del hilo telefónico que conduce siempre al semáforo –preventiva- del espantoso laberinto.

 

Hablabas. Jorobado y musical. Con ojos de sinsabor, con el dolor a cuestas, con las pezuñas desnudas sin limar. Hablabas. Bebías.

 

Bebías una cerveza, y otra, mientras en los tersos encalamientos de paredes perfumadas de tequila e historias insalubres, el eco de mariachis, y Vicente, y Alejandro, el olor a pulque y José Alfredo y Pedro Infante, inflamaban, sórdidos, un retazo de tiempo.

 

Bla, bla, bla. Hablabas. Con ojos de sueño. Blablabas. De la oscura permanencia de las soledades, estériles como pavimentos en selva lacandona.

 

En el arrastre  de tu cornamenta larga y retorcida -nido de paloma a media noche- contabas maravillas de tu improvisada isla en confines urbanos, de tu particular península que a todos pertenece, del aullido que provoca no conocer jamás la salida; de llanto, de miedo, de la interminable espera del justiciero Teseo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Ulisses 2005


 

 

 

EN EL AIRE.

 

Este viento que fustiga las ventanas

este sollozo aguzando  los tejados

esta rabia que estremece los cimientos.

 

Este vesánico desgarre que regala plomo,

este torcer de calles descompuestas;

este grito en Ámsterdam,

este terror de Londres,

este espectro delirante en  favelas brasileñas.

 

Este desgarre de tiempo

(Este poema incompleto)

 

Las fementidas Furias, las fúlgidas,

las que acosan en noches sin pan y sin cobijo,

las que derrumban verdades  sobre el mar.

Las que acusan, las que castran.

 

Estas Furias que escupen el rostro

con  la acidez de llanto en Afganistán;

esta cruz y su veneno,

ecos de desierto de  humanidad.

 

Y esta repetición insulsa

que no resuelve,

que no busca resolver.

 

Hoy día hay Furias que navegan el aire, Amor,

tantas Furias.

 

 

 

 

 

 

Ulisses 05


 

 

 

 

 

 

 

 

LA CIUDAD Y LOS ZAPATOS.

 

“En esta ciudad  siempre seré un extranjero”.

U.P.

I

 

No voy a hablar de ella,

sino de los zapatos que se tienden

sobre sus venas de acero,

que cuelgan y derraman como párpados de desprecio y polvo.

 

No voy a hablar de la urgencia entre sus plazas,

o las saudades mexicanas que despiertan sus calles sin brillo;

sino del miedo que se traga al miedo en cada esquina,

o el hambre que se oculta tras el pliegue de un mercado;

o del asma amorosa que nos consume sin prisa,

en un lecho sin esperanza ni posibilidad de entendimiento.

 

Prefiero guardar silencio,

respirar el asfalto de una avenida en acecho;

aguardar el arribo justiciero

de un  sueño sin sobresaltos ni juicio.

 

II

 

Una terca espera sigilosa

tras el ojo de niebla que se abre.

En la caza de una bocanada de taxi,

me transcribo en la memoria

persiguiendo fugitivos tamemes salvajes.

 

El mundo avanza hacia los cuatro vientos

con tanta prisa, ciego.

Y el recuerdo de nuestros pasos,

alguna vez caminados al mismo ritmo,

se desperdicia en la tristeza inútil

de un crucero de Insurgentes y Reforma.

 

Abro la mano, despacio:

sobre la palma extendida, una semilla de olvido.

 

 

 

 

 

III   NOCHE MUERTA.

 

Asomo a la soledad, a esta boca sin dientes. Implacable y cínica, una horda de malas memorias se empeña en sitiarme. Desnuda, la realidad –pordiosera persistente- me ataja de tajo en una avenida desierta.

 

Es una de esas noches en las que un rostro en el asfalto puede despertar a los demonios más holgazanes.

 

La verdad asalta. Despoja mis despojos. Hiere pero no mata –no quiere la maldita- sólo hilar  collares de pupilas derramadas.

 

No hay descanso para mí,  el más abatido espectador del mundo. No me dejaron nada. Ni siquiera pudor con que  escribir lo que ahora escribo. Ni siquiera rencor o jubiloso pesebre de odio. Nada.

 

Tus calles no me dejaron nada.

 

 

 

 

 

 

IV

 

De todas las tardes que imagino,

la tarde de mi ciudad es la más triste.

Puede que en Santiago o Buenos Aires

la melancolía comprima los pulmones;

o que la lluvia en Madrid  alimente los cuerpos;

pero la tarde de la Ciudad de México

es la más gris de todas la grises,

y pobre como desamparo de niño.

 

Tal vez porque me recuerda un llanto fingido

a la orilla de un crucero;

tal vez porque rememora días soleados

y felices hasta la médula de la inocencia.

Quizás, porque de vez en vez,

uno necesita hacerse la  victima.

 

Por lo que sea, es claro,

la tarde de la ciudad que habito

es la más triste. Porque es mía.

Y punto.

 

 

V

 

Despierta la plaza.

Un cortejo fúnebre preside

el patio que, al costado de Palacio,

se queja mustio.

Hace frío,

parece una de esas navidades que no llegan;

Debajo,

permeando un terror procedente de inframundo,

el gusano persistente engulle el subsuelo,

resuenan estáticos los ecos

de un derrumbe del ochenta y cinco,

conviven trenos silenciosos.

Arriba,

en los dominios de una deidad

que se oculta bajo grandes orejeras;

un tianguis fantástico enhebra las calles;

el odio acumulado tras largas jornadas de sudor

atesta, implacable, las alcantarillas.

 

Guardo silencio. No quiero decir más.

Ni de los zapatos que se me vienen enredando en las arterias,

ni de los ojos largos, ni del asombro

que representa ser un extranjero en nuestra tierra,

o del reflejo ambiguo en un parabrisas pretérito,

o de la eterna inquietud

a la que se ha reducido mi persona,

o del mundo que aquí se me termina,

ni del nuevo que, paso a paso, metro a metro

(como acontecer diario),

el futuro nos promete  a tu amparo

tras la ambigüedad de un  Jano malicioso.

 

 

Ulisses 05


 

 

 

 

 

 

 

TRÒPICO DE CARNE.

 

Puedo verlos tras la bruma; todos sonríen y se entregan;

el instante no exige lejanía:  se prolonga en calor comunal y sugestivo.

Me fundo en una fotografía, con ellos,

un papel vivo de niños, primos,

una madre; éstos sus hijos;

entre el corazón y el propio idioma.

 

Reímos. Huele un poco a leña.

Sangre llamando a sangre; el fuego vivo somos.

Entre las ceibas, que conviven con nosotros

-con un gesto, una mala palabra- nos reconocemos.

Regocijo que quema, que desborda.

Trópico de carne. Eso somos.

Sudoroso desparpajo; pueriles de amor, supongo.

Linaje envuelto por la noche, poseído por la luna,

un sueño compartido.

Y reímos, con la boca grande. Nosotros. Mi familia.

 

 

 

BRAMBILA SUR.

 

No existe sombra para despojos de tiempo,

Brambila Sur es peldaño contrario de cielo.

Los parroquianos de este silencio de lugar

depositan sus gafas en el clasicismo roto.

 

La soledad es un perro rabioso,

lo sabes,

ritual de adoradores de iguanas;

simiente de dolor perpetuo;

oscuro treno sin el requisito de sus muertos.

 

Brambila silencia

rasura bigotes con la vieja podadora

regala hormigas a los vientres claros

devasta lunas en noches de alborozo.

 

El sur es la decadencia del sur:

se mecen montañas sobre ciudades

amenazando derrumbe.

¿Se desplomarán algún día?…

 

 

Recogí mi cigarro entre  colillas abandonadas, llegó hasta mi mano en la partida hacia el origen. Olvidé que no fumo desde que Buñuel y Cortázar incendiaron la galería del centro. Era un día claro. Había ambulancias, sirenas, y un Ulises sembrando semillas en su pecho. Debes saber que hay cosas turbias, que lo peor de todo no es ser un megalómano: lo peor de todo es ser un megalómano  y además mediocre. Debes saber.

 

Brambila me prestó algunos pesos.

Con ellos quisiera aprender a recitar

poemas como hacen los loros,

sus pendido e in merso en mí;

ahora

paseo mi desencanto sobre un viejo carrito;

prefiero un café a un manifiesto.

 

Hoy no tengo ganas de imaginar que escribo.

Prefiero guardarme en el armario.

Y Brambila desliza su ataúd sobre su cuerpo;

dos monjas gráciles se desprenden desde el tejado.

Ya no recuerdo cuando naciste,

las manecillas de silencio se han detenido,

¿recuerdas tú?

 

No recuerdas.

Brambila acabó con todo:

con la soledad cabello de iguanas,

con la endecha descarriada del mediocre;

no creo creer en nada.

Ella abarca la tierra,

los sueños y los días,

y luego se pone a tejer ojos

en la poltrona,

junto a los cálidos leños de  la chimenea.

 

No creo poder creer en algo,

ni en mascaradas de  elefantes,

el bebé nuclear

o el tostador que produce arte.

 

Ni en la alusión

o la constancia de un pensamiento,

vivo pero llagado.

No creo en creer.

Brambila Sur es un espacio que lo abarca todo.

 

Ulisses. 2005.

ESE  OSCURO  PREDADOR  DE  SUEÑOS.

 

 

El tren no para; el almanaque es un verdugo. Quisiera que hoy las calles más que frías estuvieran desiertas. No es posible ¿Te habías fijado que  es septiembre?  Esas luces insolentes lo delatan. Hay afrenta en las luces  intermitentes; hay ofensa en este puto país inventado. Recargo la frente sobre el cristal; soy un rey abatido, un perpetuo profanador de la palabra.

 

En el asiento contiguo, El Tiempo, ataviado de mujer, me compadece.

 

Olvidamos el origen, la estación de partida. Olvidamos que para el amigo una mano es sólo una mano;  y un beso es más que un beso para los enamorados.

 

Las manos se alejan, a los besos se los devora la noche, se los jode. Después nos queda la monotonía y el miedo.

 

Terribles gestos se adivinan tras  la bruma. No son mil ojos, es uno solo. La persistente presencia del paso de las horas. Luego es cierto. El tiempo no perdona.

 

 

Septiembre 04

 

 

 

ÌNDICE LITERARIO:

 

 

 

 

Nota breve del autor………….……………..2

 

 

Territorios……………………………….….3

 

Noche de lobos……………………..…...….28

 

 

 

Vámonos poniendo fúnebres……………..30

 

 

 

La búsqueda del Minotauro……………..46

 

 

El grito……………………………………..47

 

Elegía de domingo…………………………48

 

La agonía del minotauro…………………...49

 

En el aire………….………………………..52

 

La ciudad y los zapatos……………………54

 

Trópico de cáncer………………………….60

 

Brambila sur……………………………….61

 

Ese oscuro predador de sueños…………....64

 






 

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