lunes, 8 de diciembre de 2014

Del por qué no acariciar a un perro ciego (Sobre la reciente novela de William Johnston), por Ulises Paniagua

Del por qué no acariciar a un perro ciego
(Sobre la reciente novela de William Johnston)


por Ulises Paniagua


Un antiguo crimen no resuelto, un oscuro secreto de cualquier domingo; un cuerpo sepultado en el jardín de una familia que buscaba hacer picar a una corvina negra; Cortázar como protagonista en uno de los pasajes de la trama; un incendio que lo devora y lo devasta todo (incluso el parsimonioso avance de las páginas iniciales), hacia un cierre perfecto bajo un cielo imperfecto; la persecución del fantasma de una magnolia y su leyenda; el incesto que aparece bajo el signo cifrado de sus consecuencias; un ciego como vínculo de todo ello y como explicación abierta de nada; la persistente violencia y la presencia del suicidio. Esta es la aventura de leer No acaricies a un perro ciego (Editorial Terracota, 2014), la más reciente novela del escritor uruguayo William Johnston, quien nos recuerda que nuestras vidas no tienen mayor certeza que la que les concede una lectura del Tarot, o las determinaciones cabalísticas.
Metatextual –como gustan llamarle a este tipo de propuestas- el libro se divide en tres episodios, cada uno una novela corta en sí (El cielo imperfecto, Magnolia y No acaricies a un perro ciego); historias en apariencia independientes pero con un eje conductor definido, un rompecabezas que se arma mediante el recurso de los encuentros y los desencuentros amorosos.  Tal como lo menciona la contraportada, No acaricies a un perro ciego es la novela de la desolación, un tríptico triste de cafés nocturnos y plazas solitarias (…) antes que un canto de amargura, una pieza de escritura tan conmovedora como intensa.
         Para definir a fondo el carácter de la obra, decidí incluir la entrevista que hice a uno de los personajes, Guillermo Stormer, quien por cierto se mostró huraño y renuente a concederme la primicia, pero que tuvo que aceptar después de mi abrumadora insistencia.
Reproduzco aquí un breve fragmento de dicha entrevista:

         Yo: Guillermo, ¿qué opinión merece para ti el suicidio?
         Guillermo Stormer: El suicidio es sólo un oficio de valientes, y todo valiente es un hombre que se ha dado cuenta, en determinado momento de su vida, de que la vida en general es la suma inconclusa de un puñado de miedos; un destino hecho a la medida de la mentira, el deseo, la imaginación, el orgullo, la vasta podredumbre; el viento urgente de un marzo cualquiera; la insolencia torpe de un amante que nada busca…
         Yo: Seguramente tienes algún pariente suicida.
         Guillermo Stormer: Seguramente usted es un psicólogo frustrado.
         Yo: ¿Qué es Magnolia?
         Guillermo Stormer: Una novela que escribí y perdí.
         Yo: ¿A qué atribuyes la pérdida de esa novela?
         Guillermo Stormer: La atribuyo a la cábala, las supersticiones y las casualidades.
         Yo: ¿Qué piensas de los libros, en general?
         Guillermo Stormer: Los libros se leen sólo una vez. Leerlos dos o tres veces es fastidioso.
         Yo: Y acerca de los escritores, ¿qué nos puedes decir?
         Guillermo Stormer: Son unos mentirosos. Los escritores somos mentirosos antes de ser escritores.

Stormer me concedió la entrevista antes de desaparecer entre la muchedumbre, entre los vaivenes de una multitud que desfilaba ante los aparadores decembrinos de un centro comercial gigantesco. No me dejó más que el perfume de aquellas pistas que pudieran descifrar la médula de  la historia. Sin embargo, sé que las piezas encajarán con la paciencia requerida cuando deban hacerlo, y sólo mediante la más atenta lectura.

Por lo pronto, más allá de cualquier pregunta a Guillermo Stormer, sólo queda dejarse conducir por la propuesta narrativa de William Johnston. No acaricies a un perro ciego es una novela contundente que demuestra el oficio del autor,  junto a su poderosa convocatoria poética que permea a través del lenguaje y sus imágenes. El interés y la fascinación por este libro emanan del tono natural de los personajes dentro de un mundo siniestro a causa de su cotidianeidad, del genio del escritor para construir misterios desde el barro de la vida diaria; de su ritmo discursivo irrefrenable, de la obsesiva destrucción y autodestrucción en los protagonistas (que habrá de conducirlos de manera ineludible a la violencia).
La más reciente novela de Johnston es contundente y me ha causado la más profunda impresión, sobre todo por su maestría y dominio, por esa imperdible capacidad de atar todos los cordones sueltos en un nudo bien apretado y asfixiante, para abrirlos finalmente, de manera natural, permitiendo la continuidad mediante una historia cíclica. Habrá que leer la novela, sin duda, y aguardar expectante las gratas sorpresas que este autor, en su acidez, nos depara en el futuro. Sorpresas que saltan, intempestivas, desde la vida, esa continua fuga entre satisfacciones nunca cumplidas, promesas de amor a largo plazo, furias abortadas entre el odio y la mentira.



México, Diciembre del 2014

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