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lunes, 1 de diciembre de 2014

Manuscrito inédito de Muhammud Ibn Al-Mahad hallado a la sombra de un olivar, por Ulises Paniagua


Manuscrito inédito de Muhammud Ibn Al-Mahad
hallado a la sombra de un olivar

por Ulises Paniagua




Si miras sólo hacia afuera, verás nada más que el mundo exterior. Si miras sólo hacia dentro, estarás ciego de ti.
Muhammud Ibn Al-Mahad


         Hace un par de años  y en una visita a México, el británico Johnathan F. Bartleby (quien estudiaba filología en una universidad de Granada, cerca de la influencia de los poéticos jardines de Alhambra), me mostró un manuscrito en árabe que aseguró pertenecía al poeta sufí Muhammud Ibn Al-Mahad, autor de un libro que integra el erotismo amoroso a la sabiduría cosmogónica del Medio Oriente. Me refiero a la compilación de poemas que lleva el título de Cantos a la amada. El documento inédito había sido encontrado en un baúl, y enterrado a la sombra de un olivar en los campos cercanos a Damasco; bául que yacía cubierto con una piedra en punta que apuntaba hacia la Meca.
Ibn Al-Mahad es reconocido por algunos especialistas en poesía sufí. De él se especula que escribió también bajo algunos heterónimos, como lo son Ahmad Ibn Al-Jallah, Hassan Ibn al-Rawiya y Sadí Din Bajja. Algunos atribuyen, incluso, una autoría colectiva de su obra bajo un mismo nombre, como se presume que ocurrió en el caso de Homero en los tiempos helénicos. Al respecto de este misterio, mi amigo filólogo decidió no asumir ninguna postura, pero sí se mostró convencido de tener en sus manos un original inédito de Al-Mahad.
El manuscrito que Johnathan poseía me pareció, además de ilegible, incomprensible debido a mi desconocimiento del idioma árabe. En adición, no presentaba ninguna firma. Por ello, sólo quedaba confiar en su versión. Según F. Bartleby, el poema (se trata de un poema de largo aliento) aborda de manera sutil y metafórica la interpretación del universo por medio de la geometría, un atrevimiento que en palabras del británico,“Al-Mahad habría escrito bajo la influencia de las enseñanzas de Ibn al-Letif Khaldun Aziz, desde su célebre Tratado de las figuras planas y esféricas del mundo”.  Pero el poema también muestra una visión encarnizada de la especie humana y la lucha por el poder, en un tipo de oda que oscila entre la suavidad del pétalo de una flor y la crudeza de un camello abierto en dos mitades.
Sin ser experto en el tema, dos datos me hicieron dudar de la autenticidad del escrito. El primero de ellos era que el documento estaba fechado en 1243, lo que parecía sospechoso si tomamos en cuenta que el año de nacimiento de Ibn Al-Mahad ha sido referenciado entre 1258 y finales del siglo XIII por su más fiel traductor, el escritor uruguayo-mexicano Saúl Ibargoyen. El segundo asunto que me hizo generar dudas, es la característica de largo aliento del poema. Esta sospecha, a su vez, nacía de una sencilla explicación: en la obra que había tenido oportunidad de leer a través de las versiones de Ibargoyen -incluyendo los heterónimos-, Al-Mahad no recurre en ningún momento a un recurso de tal extensión. Por otra parte, el poema de largo aliento tiene pocos registros en la poesía sufí en el escenario del medioevo occidental. Tal vez el poeta Omar Khayyam haya incursionado en esta exploración con más ahínco, pero el poema era visiblemente ajeno a este autor persa, pues basta conocer medianamente el temperamento y la textura de la poética de Khayyam para intuir que este texto no proviene de su pluma. Además, según referencias históricas, Khayyam murió, en el año de 1131, por lo que era imposible atribuirle la autoría. Por su parte, el escritor y teósofo Ibn Arabi no buscaba tampoco la gran extensión en su poética, ni se acercaba siquiera al tono agridulce de la temática del documento. También se descartó, de esta forma, alguna probable relación del teósofo con el texto.
Aquí será necesario hacer algunas mínimas precisiones, antes de concluir. La obra de Ibn Al-Mahad es demoledora. Se trata de textos condensados con una sutileza áspera, que deja a quien los lee contemplando el mundo como si atravesara con sus manos un muro de agua, para descubrir el edén, o el vacío. La mirada del poeta árabe aludido es un salto hacia el dentro en comunión con el exterior, un canto del espíritu integrado a una armonía universal, llena de humildad, pureza, y un místico erotismo. Así, recomienda en uno de sus poemas: No hagas de la amada el exclusivo asunto de tus versos / Pero si hablas de ella, / porque así es lo que sucede por voluntad de la palabra, / recuerda los recursos de muchos otros / que en lenguas distintas / han escrito antes que tú.
Al respecto de asuntos metafísicos y espirituales, afirma: Detrás del mundo perceptible / hay otro cosmos que se mueve / como la garra del tigre/ entre las hojas que agonizan. / De igual modo la imagen de la amada tiembla debajo de tu piel.  Y líneas adelante concluye, a manera de epílogo: (…) Recién cuando deba cumplirse tu día, conocerás lo que es la sustancia del silencio. Por eso, sin saber nada, nunca dejes de cantar.
      Din es una palabra árabe que expresa en el sufismo una manera de vivir. La vida de quien practica los preceptos sufíes es equilibrada y luminosa, en comunión con lo que habita dentro, afuera y alrededor de nosotros. Implica una cosmovisión (…) y un compromiso de por vida en todos y cada uno de los aspectos y facetas de la existencia. Todo lo que hace el sufí está orientado a la conquista de la Iluminación, a la apertura espiritual que le permita “contemplar la faz de Allah”, o lo     que es lo mismo, aniquilar el ego para experimentar con todo el Ser (y no sólo con la mente) la Unidad de todo lo creado, la Unión mística (Ballesteros, Emilio). Basado en estos preceptos, había un cabo suelto, un tercer dato que me hacía vacilar de la validez del manuscrito en poder de F. Bartleby. El poema mencionaba los tiempos de mansedumbre de las gacelas dulces: allí donde moran los corazones de los hombres; pero también exaltaba las artes de la guerra con la fascinación con la que un áspid segrega sus encantos entre el plácido cantar de los vientos. Esta visión bélica, aunada a pasajes donde se describían batallas cruentas y verdaderas carnicerías entre califatos, me hacía cuestionar la postura de F. Bartlebly. Esta exaltación de la violencia era a todas luces contraria a los principios del sufismo.
 Johnathan defendió al manuscrito, tal vez mayormente por necedad que por una actitud crítica. Tenía fe en su descubrimiento, o necesitaba tenerla. Para resolver el asunto que casi rayaba en una franca disputa, debimos acercarnos a expertos en la materia. En primera instancia, intentamos establecer contacto vía mail con Reyna Carretero Rangel, quien de manera reciente publicó una tesis en la Universidad Autónoma Nacional de México acerca de la obra de este autor, al que compara en su mística con poetas como el ya mencionado Ibn Arabi, y el filósofo Rumi, quien pereciera víctima de una desobediencia política. No obtuvimos respuesta a nuestros mensajes electrónicos. Ibargoyen, estudioso y traductor del poeta árabe, se hallaba vacacionando en Montevideo en aquellos días, y habría que esperar al menos un mes para poder conversar con él.
Ansioso y obsesivo, víctima de la desesperación y cansado de mis cuestionamientos, F. Bartleby decidió exponerse: envío el manuscrito a un laboratorio donde trabajaba uno de sus primos lejanos, y facilitó un par de copias a expertos en caligrafía que contactó en un área de posgrado de Londres. El resultado para él fue desalentador. Después de las pruebas de carbono-14, y de múltiples comparaciones, el poema fue atribuido a Jalil Al Rashid, un autor poco estudiado hasta el día de hoy, quien escribiera poemas menores en el Bagdag de los años 1122 y 1159, y que resultó descendiente directo de la vasta familia del califa Harán al-Rashid, ese neurótico protagonista de Las mil y una noches al que Sherezada le contaba cada luna una historia.
Volviendo al caso del poema de largo aliento referido, se concluyó entonces que se trataba de  un texto apócrifo, que poco o nada tenía que ver con Muhammud Ibn Al-Mahad y su vasto talento. El asunto sobre la veracidad del manuscrito me costó la amistad de F. Bartleby, pues el filólogo británico me escribió, en una carta breve y poco emotiva, que preferiría no ser mi amigo nunca más, después de la vergonzosa derrota que el episodio representaba para su imagen erudita. Para ser franco, no me interesó en lo más mínimo su furia, pues al final del asunto yo estaba harto de su actitud veleidosa, de fiera herida.
Trato de olvidar esa historia. Lo conseguiré pronto, si me empeño, y sé que no representará para mí una paja dentro del ojo, siquiera. Sin embargo, un resabio de incertidumbre ha sido sembrado en un pequeño grupo de expertos: siempre quedará abierta la posibilidad de hallar un texto inédito de Ibn Al-Mahad. Por lo pronto, lo único que permanece como verídico y único, son los versos del poeta árabe, Al-Mahad, alentándome a descubrir la luz entre tanto misterio, como una resonancia magnética que alimenta sensaciones a través de la palabra: Teje un tapiz con la sombra que separan los hilos materiales de estambre. Luego, descansa sobre tanta luz.
No cabe duda, la frontera entre lo verdadero y lo que no lo es, no es más lejana que la frecuencia que separa un aleteo de otro, de un colibrí al amanecer.



Ulises Paniagua, en las proximidades de Alhambra.
2 de Diciembre del 2014






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