Mis poemas en España

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jueves, 9 de mayo de 2013

Dos historias de horror, de Ulises Paniagua

Entrego aquí un par de cuentos de horror, contenidos en el libro "Nadie duerme esta noche", Editorial Fridaura, 2012. El segundo de ellos, "La colección", obtuvo una mención honorífica en el Concurso Nacional "Criaturas de la noche", convocado por el Instituto Coahuilense de Cultura, en el año 2007. Espero que este par de historias consigan hacerles estremecer.



Presagio 135

 

“Ocurrió que, en un momento dado, le di mi violín (al diablo), y lo desafié

a que tocara para mi alguna una pieza romántica. Mi asombro fue enorme

cuando lo escuché tocar con  gran bravura e inteligencia una sonata tan

singular y romántica como nunca antes había oído…”

 Sueño de Nicolo Paganini, una noche de 1713

 


Despiertas.

A tu alrededor hay un espacio amplio, casi en abandono. Ni un alma caminando los pasillos. Ningún autobús en los andenes. Un calor sofocante lo envuelve  todo. Una densa neblina se apodera de la central camionera después de la ligera llovizna.

 A lo lejos, proveniente de algún estéreo cercano llegan las notas del Romance, la célebre pieza para violín. Es extraño. En veinticinco años de carrera artística nunca pensaste escuchar una pieza clásica a altas horas de la noche en un lugar rodeado por caserones y rancherías.

De la puerta de una bodega sale una mujer madura, vistiendo un  camisón. Su cabello es largo, de un castaño profundo. Su cuerpo se trasluce compacto, firme, pero no se te antoja atractivo. Se encamina hasta el mostrador de una tiendita improvisada dentro de la terminal. Parece preparar un café. Puedes verla allí, de espaldas, en la penumbra y concentrada en su labor. Su figura impone. No tiene alguna particularidad, apenas hace ruido. Pero por algún motivo te parece amenazante. Dentro de ti algo se agita. Sientes la alarma. El calor aprieta. El volumen de la música se intensifica. Entra un coro de agudos inquietantes. La mujer gira hacia el asiento desde donde contemplas la escena. Se dirige despacio hacia ti, emergiendo desde la penumbra. Sientes miedo. No sabes por qué, pero sientes miedo. Ante ti aparece un cuadro terrible. Puedes verla: en su faz hay un par de cuencas sin ojos, como una virgen católica que llora sangre. Gotas de sangre que escurren hasta el camisón, manchado; iluminado apenas con la luz de alguna lámpara incipiente. Ella sonríe, cómplice.

Las bocinas de la terminal anuncian:

-Pasajeros con destino a la Ciudad de México, favor de abordar el autobús 135…

 

Despiertas.

Sabes que estuviste a punto de gritar. Malditas pesadillas que no dejan de perseguirte desde la visita a la hacienda de Rómulo Renán, el famoso ensayista que un día se obsesionó con los estudios sobre demonología. Miras a tu alrededor. La terminal está desierta. Los grillos se vuelven bulliciosos. Echas un ojo al reloj. Pasa de la medianoche. El autobús debía haber llegado hace quince minutos.  Comienzas a perder la tranquilidad. Sientes el impulso de sacar el violín, despojarlo de su estuche gélido y conservador para interpretar alguna pieza triste, propia del ánimo que promueve la soledad del sitio. Pero cambias de idea cuando a lo lejos los primeros compases del  Romance  te erizan la piel. ¿Quién demonios escucha a Beethoven después de la medianoche? Parece una broma malsana de un culto perdido en este pueblo mugroso. Te dices que no tienes nervios para soportar estas cosas.

Algo te obliga a revisar tu celular. Hay un mensaje de Rómulo Renán: Pase lo que pase, no indagues  los senderos de la locura. La Papisa lo dicta.  Ocioso desequilibrado. A quién se le puede ocurrir proseguir asustando de esta manera a un hombre en una noche tan extraña. La música se escucha con mayor claridad. Este ir y venir entre pesadillas en la última semana te obliga a considerar el estado de tu cordura. Piensas en Rómulo. En sus desvaríos. Los recuerdos desfilan ante tu mente como agitados flashbacks que intentan reconstruir una historia: la carta que aparece de manera misteriosa, una tarde cualquiera, debajo de tu puerta. Tú mismo leyendo las líneas de esa carta. ¿Por qué no mandarte un mail, para qué resolverlo de una forma tan anticuada? Renán pidiendo ayuda, implorando a un viejo conocido una visita para aclarar sus ideas. “Soy capaz de horrorizar a la más tierna de las historias” dicta un fragmento apenas legible en la misiva.

Haces tus maletas y partes al encuentro de ese viejo compañero que parece haber perdido la razón. Pero en secreto te inquietas al pensar que al reunirte con él, será inevitable el re-encuentro con Giovanna, el gran amor, el tempestuoso amor de tu juventud. En los archivos pretéritos desfilan las imágenes de Giovanna tomando cursos de latín en el liceo y su fabuloso interés por citar ejemplos de mujeres insurrectas en el quehacer histórico. Su preferida: Lilith, la mujer capaz de renunciar a Adán y a los designios de Yahvé para mantener su libertad, su derecho a ser en toda la extensión de la palabra. Su segunda predilección: Juana, la mujer que, según una oscura leyenda, llegó a adueñarse del papado en el siglo IX D.C.

 Giovanna te pareció siempre brillante y sorpresiva. El momento cúspide de tu admiración por aquella chica fue el día que te confesó que había iniciado sus trámites para la apostasía, que estaba convencida de que no existía mejor manera de conseguir la liberación que sacudir un yugo bautismal que nos había sido impuesto cuando aún no teníamos edad suficiente para decidir si queríamos pertenecer a algún círculo religioso. Mientras te contaba sus planes, miraba las gárgolas de la catedral, disfrutando de un café exprés. Esa tarde también te habló de los reikon. Giovanna amaba las costumbres del lejano Oriente. En esa época, estaba muy interesada en la concepción de los espíritus en la cultura japonesa.

-Si alguien se muere –me dijo muy seria- su reikon deja su cuerpo para habitar un espacio neutro, donde convive con sus antepasados. En Japón piensan que puedes contemplar la aparición de tu propio fantasma, que puedes desdoblarte de ti mismo para recibir un anuncio, como la muerte de un familiar; o para alertarte de algún peligro. Si algún día estás en peligro o muero, te lo haré saber por tu reikon.

-Giovanna –repusiste- Eres demasiado brillante para creer en esas costumbres primitivas.

La imagen de ella pareciera ahora nítida, incluso palpable. Evocarla es doloroso.

 

 El autobús se estaciona. En una pizarra electrónica, una y otra vez, aparece el destino del viaje: Ciudad de México….Ciudad de México….Ciudad de Méx… Desvías tu atención ante un chofer entrado en años que acciona el mecanismo de la puerta. Exhalando aire, la puerta abre. Entonces escuchas, ahora sí de manera nítida, la melodía de violín  que escapa desde el interior. De modo que de aquí provenía, te dices, un poco avergonzado por tu sugestión. Te cuelgas la mochila de viajero. Tomas el estuche de tu instrumento, te arreglas el cuello de la camisa, sin saber para quién te interesa verte elegante, y te preparas a abordar.

El conductor, desde su sitio, te mira un poco aburrido, un poco aliviado al encontrar un ser vivo esta noche.

-No crea que soy muy culto –confiesa- Es que me dijeron que en la estación esperaba un concertista, y quise buscar la manera de hacerle agradable el viaje.

-¿Y por qué Beethoven? –te animas a preguntar.

-¿Por qué quién?

No quieres continuar con esta conversación. Sabes que no hay tema entre un melómano empedernido y un hombre ordinario. En ese momento la angustia vuelve a apoderarse de ti. Cómo podría saber este hombre que eres músico. Claro. El estuche. Algún intercambio vía radio. Además, el pueblo no es muy grande, te convences para encontrar la lógica de los hechos. Pero si el pueblo no es muy grande, eso quiere decir que Rómulo supo siempre donde te alojabas, que no habías partido. Quizás sólo había estado jugado al gato y al ratón contigo.

-Suba, señor. Ya no esperamos a nadie.

Asciendes la escalinata, te sientas tres lugares detrás del conductor, en el lugar que se halla junto al pasillo. Miras por encima de tu hombro. El autobús está desierto. Te recuestas sobre el respaldo. El chofer cierra la puerta. Enciende un cigarro, arranca el motor, y pone el vehículo en marcha. Comienzas a padecer el peso de las horas y la fatiga infligida por los sobresaltos de los últimos días. Te abandonas al sopor, al arrullo sordo de la marcha. El conductor vuelve a encender la radio. Esta vez es Mozart. El concierto G para violín,  KV 216.

 

Despiertas. Miras a través de la ventanilla. Una densa niebla impide  encontrar un objeto más allá de dos metros. Por el cristal del frente, el autobús devora las líneas de la carretera, que se van iluminando con el paso de los faros de halógeno. Giras hacia la derecha. Una sombra gigantesca agita una daga brillante entre las penumbras. Descarga un golpe sobre ti.

 

 

Esta vez sí gritaste. El chofer te mira a través del retrovisor, curioso. Sabes que gritaste. Tuvo que ser así.

-¿Le pasa algo? –su tono parece sincero.

-Discúlpeme. Estos días no he podido dormir bien.

Entonces te das cuenta de que la música parece haber cesado desde hace largo rato. Tratas de mantenerte despierto. Sacudes la cabeza de un lado a otro. Te tallas los ojos. Intentas reconstruir los hechos. El pasado duele.

 

Giovanna te dijo un día que le gustabas. Que eras un chico muy agradable, de una sensibilidad…¿cuál fue el término que usó para describirla? Sí, claro. Irresistible. Creo que sólo ella presentía que podrías convertirte en uno de los mejores violinistas del país. Luego te confesó que si le pidieras que fuera tu novia, no habría forma de negarse. Pero tú eras demasiado tímido, demasiado joven o muy imbécil y no pudiste responder ninguna palabra amable. Te limitaste a contemplar un viejo libro de Baudelaire  (quien en ese entonces era tu poeta preferido), y asentiste en silencio, procurando encontrar en tu corazón el coraje suficiente para declarar el amor que profesabas. Entonces recibiste una llamada. Preferiste atender al celular a un amigo que te invitaba a tomar una cerveza en un barcillo para estudiantes. Miraste a Giovanna con una desolación inmensa. Y antepusiste un “Gracias por todo.” al deseo infinito de dejarte consentir por uno de sus tiernos abrazos. Tuviste miedo. Tanto. Pobre criatura. Vinieron las vacaciones de verano. Giovanna se inscribió al propedéutico para estudiar la carrera de letras inglesas, y allí conoció a Rómulo, quien la deslumbró con su refinada educación, su trato cortés y una lucidez asombrosa. Sería inútil averiguar si el despecho ante tu cobardía ayudó a que ella decidiera entablar un noviazgo con él. A partir de entonces tus relaciones con Giovanna se volvieron tortuosas, hasta llegar a ser incluso insoportables. Rómulo, en cambio, ignorante de tu entrañable amistad con su nueva novia, te conoció en el slam de poesía que organizaron los estudiantes de Filosofía, y te brindó una amistad cordial y desinteresada que no haría más que aguijonarte el corazón durante tu estancia en el campus. Para ti, concluir los estudios fue lo mejor que pudo suceder durante esos años de titubeos.

 

 Cuando llegaste a la mansión de Rómulo, supiste que los habitantes del pueblo no mentían. Se trataba de un castillo de cantera pulida, una verdadera fortaleza con detalles góticos propios de un obseso de la arquitectura de dicha época. Por qué tu ex compañero de clase compraría o mandaría construir una residencia tan horrenda, resultaba indescifrable.

Rómulo emergió desde el dintel, apurado y jadeante, para invitarte a pasar. Las canas comienzan a consumirlo, piensas mientras lo sigues a través de húmedos corredores y pasillos alargados por una sucesión interminable de puertas. Cuando estrechas su mano, notas el anillo rosacruz que ha distinguido a generaciones extensas de políticos y famosos en el país, entre ellos los Ponce de León.

-Tú sabes de mi aversión a la Muerte -confiesa Renán, un tanto apenado, sin que medie alguna solicitud de justificar sus actos- Construir un hogar como este, un laberinto, me permite imaginarme a salvo.

Su explicación no resulta convincente.

- Juraría que esto es una prisión ¿Cómo construiste esto? –presionas con una voz apenas audible hasta para ti, mientras te convences de que lo único que hace es llevarte en círculos a través de la casa, para volver a la habitación principal.

-Los amantes de la demonología son poderosos. Comencé algunos tratados sobre historia medieval, y de allí derivé hasta el estudio de símbolos exóticos y oscuros encontrados en un manuscrito, escrito por un monje hereje en el siglo VI D.C., que se presume como la versión maldita de la Biblia. Incluso los entendidos  suponen que,  partir de ese libro, ha surgido a la par de la Historia de la cristiandad una Anti-Historia: una sucesión de milenios donde se ha desarrollado una iglesia perversa que perpetra sacrificios humanos a partir de la lectura de algún versículo oscuro. Lo que encontré cambió mi vida. Algunos poderosos, actores y políticos extranjeros pagaron cifras asombrosas con tal de obtener algunos libros que pude conseguir para ellos, basándome en  datos que me proporcionaron fuentes confidenciales. Libros escritos por verdugos y criminales. Te estremecería conocer el número y localidad de los miembros de la comunidad. Los demonios conviven entre nosotros. Un día despiertan en el interior del algún ser querido y te consumen a dentelladas; como lobos salvajes. A mí me ha pasado. Lo que más amaba se ha vuelto turbio, corrupto, a raíz de mis investigaciones. Yo sólo era un ensayista cautivado  por la imagen de Satán. Ahora me he convertido en un justiciero.

Te detienes. No quieres continuar. Estás agotado. Recordar te produce una fatiga terrible. Decides dejar de pensar en Rómulo y Giovanna. Tratas de dormir.

 

Abres los ojos. Ante ti, la ventana llena de bruma. De pronto, una mano pálida, surgida de una realidad inexplicable, portando un anillo con una insignia rosacruz, llama suavemente. Cierras los ojos. La vigilia es pavorosa.

 

Contrario a lo que hubieras imaginado, Rómulo te hace salir de la casa. Caminas a través de un patio terregoso hasta la caballeriza cercana. Los relinchidos de las bestias, como si presintieran la cercanía de tu anfitrión, se van volviendo cada vez más estruendosos. Los animales dan coces sobre las paredes de madera de la caballeriza. Se vuelven locos de inquietud. Te preguntas si Rómulo ha perdido el control de sí mismo. El anfitrión abre  la puerta de una patada. Los ojos de los caballos son salvajes destellos nocturnos. Te preguntas qué te llevó hasta allí, qué esperabas encontrar en una aventura como ésta. No sabes quién es este hombre que te conduce. No sabes qué fue de aquél muchacho reservado del que se enamoró Giovanna. Este tipo es un completo extraño.

-Giovanna –balbuceas- ¿Dónde está? ¿Estás divorciado, Rómulo Renán?

Frente a la puerta abierta de aquél establo, se detiene, concentrado. Habla despacio, como si sopesara cada una de sus palabras;

-Debes entender. Tú la amabas. Siempre la has amado. Pero ella ya no era ella. Ya no es ella. Es un ente distinto a nosotros.

Asustado por el giro que están tomando los hechos, das un par de pasos hacia atrás. Trastabillas y caes de espaldas sobre la tierra húmeda. Tu cabeza golpea la madera de la pared del establo. Rómulo extrae una daga de alguno de los bolsillos de su chamarra. El filo del arma incendia la noche. Aprieta el mango en su puño. Intentas levantarte, aprisa. El miedo te hace resbalar, hasta que en tu desesperación, imaginando tu carne perforada, te aferras al frío metal que cuelga en la pared y logras ponerte en pie, alerta. Tu anfitrión permanece quieto. No muestra ningún interés en atacar. La daga continúa entre sus dedos. Se genera una pausa extraña, un momento interminable que te obliga a mirar justo a tu espalda. Allí, a escasos centímetros, iluminados por un débil rayo de luna que se cuela por una de las pequeñas ventanas, cuelgan dos grilletes salpicados de un líquido oscuro y espeso. Sobre el suelo, revueltas con un amasijo de forraje, hay algunas manchas de sangre, y dos o tres pequeños trozos blancuzcos entre marañas de cabellos femeninos. Llevado por un impulso te olvidas de protegerte. Todo parece cobrar sentido. Te colocas en cuclillas, tomas una de esas piezas blancuzcas. Son dientes. El asco te obliga a dejarlos caer. Miras la pared. Alguien ha estado rasguñando la madera, dejando en ello trozos de sus uñas. Atónito, te vuelves hacia Rómulo.

-¿Qué has hecho?

La indignación te consume. La frialdad con la que habla te despierta el más profundo de los desprecios.

-Comprende, Marción –la invocación a tu nombre hace más tortuoso el momento- Ella se volvió un demonio. No el diablo mayor. Pero comenzó a actuar de manera extraña.

-¿Qué estás diciendo?

-Es verdad. Practicaba rituales e invocaciones. Mataba corderos y gallinas negras y se deleitaba frotando la sangre de los animales sobre su rostro. En noches de plenilunio sostenía relaciones con la servidumbre. Hombres y mujeres, le daba igual. Le encantaba tallar un rosario negro sobre su cuerpo. Podía observarla: al paso de las cuentas del instrumento sobre su piel, sus pezones se erguían, al borde del estallido. Se revolcaba extasiada sobre nuestras sábanas, anhelando los placeres carnales.

-Eso es mentira, Rómulo.

-Disfrutaba fustigando a los caballos mientras coqueteaba con las jóvenes que ordeñaban alguna vaca.  Ella decía que lo hacía por provocarme, por mofarse de mi alejamiento a las fuentes científicas. Negaba pertenecer a las huestes oscuras, pero lo cierto es que, desde que dejó atrás el bautizo cristiano, se tornó rara, elusiva y cruel. Dime, Marción: ¿quién puede tomarse el tiempo suficiente para fingirse un daemon, sólo para despertar la culpa en su marido? ¿Quién puede fingir un comportamiento herético sólo para vengarse de un esposo posesivo? Tuve que encerrarla bajo llave cuando marchaba a atender algún cliente fuera del pueblo; incluso contraté algunos hombres para traerla a casa cuando intentó escapar. Ya no era la tierna chica que conociste en el liceo. Una semilla de maldad había sido incubada en ella.

Comienzas a desesperar. Sus chasquidos, al hablar, te parecen insoportables. Te pones de pie de un salto, sin importarte que esté armado. Él permanece inmóvil.

-¿Qué hiciste con ella, pendejo?–lo sacudes por los hombros, furioso, para que escape del trance en el que parece estar sumido.

Entonces, entre los relinchidos, escuchas el llanto de una mujer dentro de la caballeriza. Aunque es imposible ubicar de dónde proviene. No parece humano. Se trata de un sonido que envuelve el interior del espacio. ¿Un alma en pena? ¿Una manifestación de dolor contenida en el eco de los maderos? Rómulo Renán se ha tirado al piso, arrepentido, y ante tus ojos atónitos, extiende su brazo para ofrecer la daga.

-Mátame –suplica en voz baja- Necesito que me liberes.

 Los caballos comienzan un golpeteo terrible sobre las puertas y las trancas. Algunos rompen los pasadores, y consiguen huir a todo galope. Casi arrollan, en su escape, al indefenso Rómulo, quien permanece hincado sobre el piso en un gesto de contrición.

Despacio, con una  frialdad tan poco común que te hizo llegar a sentir que no eras tú, sino una especie de desdoblamiento de tu persona, tomas la daga. Lo miras con rencor. Levantas el arma bien alto, dispuesto a hacer justicia…

 

Entonces escuchas, muy nítido, un crujido al fondo del camión. Te mantienes inmóvil un par de segundos, sintiendo cómo se agolpa en tu nuca el golpe de la adrenalina. Quieres convencerte de qué no ha sido nada. Sabes que cuando abordaste no había otro pasajero. Que es imposible no haberlo notado. Un nuevo crujido, un sonido chirriante te eriza la piel. No soportas más la curiosidad. Giras el torso para mirar.

Regresas a tu posición, alarmado. Pudiste verlo, apenas, entre la débil luz de luna. A mitad del vehículo, un hombre permanece en un asiento, con el antebrazo apoyado sobre el respaldo. Está inmóvil. Uno juraría que no respira. Sin embargo, puedes escuchar ese sonido angustiante de nuevo. El chofer no parece percibirlo. Continúa conduciendo, ajeno a tu terror. Piensas que debe tratarse de una trampa de los sentidos, un engaño óptico. Echas una nueva mirada. Maldita suerte. Sí, allí sigue. ¿Y si subió mientras dormías? Quizás en alguna caseta, alguna parada improvisada sobre la  carretera. Eso debe ser. Has permanecido entre cavilaciones  y pesadillas durante mucho tiempo, quizás un par de horas. Te acomodas las gafas. Miras la carátula de tu reloj. Son casi las tres de la mañana. Tal vez el tipo se había recostado cuando subiste, y no había oportunidad de enterarte de su presencia. No. Sabes que no fue así. De cualquier modo, prefieres no indagar. Aceptas que se trata de un descuido o un engaño de los sentidos. Quizás, de manera evidente, estás reflexionando dentro de un mal sueño. Tal vez. Es imposible saber. Te recuestas de lado, mirando hacia la ventana, tratando de ignorar la presencia a tus espaldas. Fuera, la densa niebla se ha adueñado de la carretera.

 

Descargas el golpe sobre él. El grito terrible de Rómulo al clavarle la daga sobre el hombro te hace retroceder. La sangre mana profusa desde la carne abierta de tu antiguo compañero. Asoma la palidez de un hueso entre la herida. Sólo la noche es solidaria, y te impide apreciar la atrocidad que has cometido, encubriendo el acto con la discreta cortina de la penumbra.

Estás avergonzado. No sabes cómo has podido llegar tan lejos. Asustado, giras sobre tus talones, recogiendo del piso el estuche de tu violín Amati, y decides largarte, sin mirar atrás, harto de los altos grados de neurosis y locura que se producen en el alma atormentada de tu viejo conocido, y en tu propia alma. No te importa nada. Tal vez cuando llegues a la ciudad pensarás en una denuncia contra él. Quizás no, porque pudiera morir desangrado o acusarte de un ataque, si lograra salvar la vida. Los hechos se desarrollan de una manera tan extraña que prefieres olvidar que estuviste en este lugar. Es lo mejor. Lo que pase con él y con Giovanna no volverá a importarte en lo absoluto, te dices, mientras emprendes una marcha pesada. Supiste que no debías acudir a su llamado. Debiste hacer caso a tus presentimientos. En la vida de un hombre hay llagas que no deben volverse a abrir, bajo riesgo de desatar un carnaval de demonios internos.

-¡Te hice un favor! –lo escuchas hablar.

Te detienes un segundo. Su voz se oye dolorida, sumida en una resignación inminente.

 -Ha estado enfurecida porque te negaste a buscarla, a reconocer que la amabas. Es rencorosa. Juró en uno de sus múltiples trances agusanar tu corazón mediante el empleo del pentagrama y el compás. Sus hechizos son poderosos.

-Necesitas ayuda profesional –te atreves a contestar con ironía, sin dignarte a verlo- Puedo recomendarte un terapeuta excelente.

-Pase lo que pase, no indagues  los senderos de la locura. ¿Me escuchas? –dice muy serio- Contempla la obra de la curiosidad en mi alma destrozada. Las noches que vendrán serán hondas, y la cifra que te persigue parece aciaga: 135. Espera a que pase esta semana; no regreses a la ciudad.

-Te has vuelto loco, Rómulo –alcanzas a vociferar en un tono apagado- Te has olvidado de los principios fundamentales que la razón y la lógica nos han otorgado durante siglos de conocimientos. Das pena.

Comienzas a dejar atrás este desafortunado encuentro. Desapareces entre las sombras de los sauces que custodian la propiedad. Lejos, el llanto desgarrado de tu amigo se consume en un patio solitario. Algunos pasos más adelante, te detienes a volver el estómago cuando recuerdas la sangre bullendo desde su carne expuesta.

 

¿Así sucedió? ¿Esa es la realidad? Despiertas ¿No estabas ya despierto? ¿Estás en tu cama? ¿Yaces en el lecho de un hotel barato donde te has escondido de Renán los últimos tres días, después del suceso? No. Es el asiento de un autobús viejo y escandaloso que brincotea, de vez en vez, debido a un sistema de suspensión ineficiente.

 

El rechinido está allí, otra vez, punzando los oídos. Qué es, te preguntas, y barajas una posibilidad abrumadora de ruidos que podrían concordar con el que viene desde el fondo del camión. ¿Qué maldito sonido es?

 

 -Mala noche –escuchas una voz, frente a ti.

Experimentas un sobresalto.

-¿Cómo?

Otra vez ese sonido. Recuerdas que a tus espaldas un desconocido observa la escena.

Te das cuenta de que la voz que escuchas es la del conductor que se ha animado a conversar.

-Esta pinche niebla no deja mirar más allá de tres metros –insiste el chofer.

Detrás de ti, el crujido. Entonces lo reconoces. Puedes entender: es un rechinido de dientes cuando se frotan unos contra otros con demasiada fuerza. Miras: el hombre enciende un fósforo. Su figura se ilumina de manera parcial. Sus brazos son largos, sus manos pálidas y de dedos delicados. Pero su rostro se esconde. Es imposible reconocerlo.

-Que bueno que viaja conmigo –dice el chofer- Cuando uno viaja solo, da miedo. En la carretera he visto almas saliendo de sus cuerpos después de algún choque cabrón. También he encontrado espíritus recorriendo los carriles donde los atropellaron. Se lo juro.

Sabes que el conductor habla, pero ya no puedes entender sus palabras. Acomodas tus anteojos. Los nervios te consumen. Ni siquiera puedes fumar, lo sabes. Estás aterrado. La sombra se pone en pie. Tu corazón late con fuerza. Aprietas los puños. Tiemblas. Si tan sólo pudieras ver su rostro. En la mano izquierda carga un estuche. ¿Y si fuera Renán que te persigue para acabar contigo? ¿Es posible que haya sobrevivido y ahora te busque para terminar contigo ante la cobardía de no cumplir sus deseos suicidas?  Tal vez se trate de Giovanna bajo algún disfraz, intentando dejar la hacienda. Te gustaría tanto volver  a verla.

Pero no puede ser ella. Ya habría corrido a tus brazos. Te inquieta el silencio de la sombra que permanece frente  a tus dudas. Quizás habría que empezar a pensar en emisarios de cultos heréticos. La figura avanza un paso hacia atrás, luego un segundo paso. Lo van consumiendo las tinieblas. No puedes dejar de verlo ¿Por qué retrocede? ¿Qué te quiere decir al retroceder? Sabes que su marcha debe tener una finalidad. Carajo. ¿Qué sucede con tu pensamiento científico, dónde está quedando tu cordura?

-¿Quién anda atrás? –espetas de manera incontrolable, casi como una reflexión personal. Pero sabes que pudieron escucharte.

-Joven –dice el chofer, quien no se permite apartar los ojos de la carretera –Aquí nada más estamos usted y yo.

Tu corazón late con fuerza. Ahora percibes la tensión del chofer, que hace esfuerzos ridículos por mantener el control de la unidad a la par que quisiera detenerse para enfrentar a lo que habita detrás del autobús. Piensas que el conductor piensa en frenar; pero detener el autobús en una carretera tan estrecha en estas circunstancias provocaría un choque inminente. La neblina es demasiado espesa. Esperas.

La sombra se mueve de nuevo. Esta vez da un par de pasos hacia el frente. Viene hacia ti. ¡Viene hacia ti! Ruegas que esto sea un mal sueño. Te pones de pie. El desconocido se mueve lento. “Despierta, vuelve Marción”, te dices, imploras. Renán te lo advirtió, no debiste abordar un camión antes de concluir la semana. El desconocido se detiene. Su complexión te es familiar. ¿Por qué no se muestra? Trémulo, con esos dedos pálidos y largos, abre el estuche, sin prisa, y extrae un objeto de él. Te cubres el rostro. Sólo percibes el sonido sordo del motor del autobús. De la unidad ciento treinta y cinco. Imaginas una daga, un corazón palpitante. Imaginas los dientes de Giovanna en la palma de su mano…

Despiertas o abres los ojos. Abres los ojos o despiertas. Da igual. Frente a ti está tu violín. Lo miras alejarse hasta llegar hasta el hombro del desconocido. Lo acomoda contra su cuello, afina  las cuerdas. Comienza a tocar. Es, sin lugar a dudas, la Sonata  seis, de Paganini ¿Estás sobre un escenario? No, estás en el interior de un vehículo en una noche interminable. Reconoces las facciones, el gesto amargo del violinista al ejecutar el instrumento. Recuerdas las palabras de Giovanna acerca de los reikon: “No siempre asumen formas absurdas, o terroríficas, pero hay que prestarle atención”. La maestría del ejecutante es indudable. Posee una sensibilidad…irresistible.  Giovanna querida. El calor de una lágrima inflama una de tus mejillas. Sabes que ha encontrado la manera de hacerte saber de un peligro inminente mediante tu propio reikon. ¿O es sólo una señal con la que te anuncia su muerte? En el cristal de tus propias gafas aparece tu rostro, lleno de desconcierto. Puedes verte ejecutando la sonata del diablo. Te has desdoblado desde ti. Pero tu rostro, es decir, su rostro, está surcado por filosos cristales. Su cabeza está rota y uno de sus ojos parece demasiado fijo. De pronto comprendes. Parar. Es necesario parar. Es lo que quiere decir tu reikon. Ahora lo sabes, pero no haces el menor esfuerzo por contradecir a La Papisa, una carta marcada por el tarot. Sería vano. Además, no te interesa seguir viviendo un mundo sin su presencia. Sabes que es egoísta actuar de esta forma, pensando en el conductor, pero la decisión ha sido tomada.

De entre la niebla emergen un par de luces que destellan en el interior del camión. Tu reflejo se ilumina como un ángel celestial. Hay tanta luz. Sientes cómo el piso se planta  de pronto bajo las suelas de tus zapatos. Luego, escuchas un rechinido estruendoso. El grito de horror del chofer ante la inminencia del impacto. Escuchas las notas de Paganini, esparciéndose sobre el ambiente, la belleza de la armonía; el crujir del acero y los cristales acompañándote en el viaje; la comunión del arco y las cuerdas  mientras vuelas por el aire en tu inevitable destino a través del umbral del parabrisas y de la niebla y de la noche y de un pentagrama perfecto; a través de los rabiosos aplausos de un público extasiado ante la precisión de los acontecimientos. Ha sido una ejecución excelsa.
 
 
 
 
La colección
 
“Se puede decir lo que se quiera, pero el simple hecho de reflexionar sobre el mal aunque sea por accidente, corrompe.”
William Faulkner
 

I

 
Bernardo siempre fue un hombre extraño. Una criatura solitaria que despertaba cierta repulsión. Quizás fuera su carácter silencioso y austero, o su manera desagradable de acosar a una chica cuando le nacía el instinto seductor; pero en honor a la verdad, debo decir que la sola presencia de Bernardo era fastidiosa y frustrante. En particular lo era para mí.
Cómo pude soportar durante largos meses su amistad, su cercanía, es algo que no alcanzo a descifrar en las noches donde los malos sueños vuelven a acosarme. Supongo que existe cierto tipo de personas que nos permite descubrir, al relacionarnos con ellas, un pasillo oscuro y tortuoso de nuestra psicología, una puerta mórbida que abre paso a nuestros peores anhelos reprimidos. Sin  embargo, una amistad como esta no podía fructificar, y como es de suponerse, no podía terminar sin un asomo de crimen.
A Bernardo lo conocí en una famosa librería del sur de la ciudad, en la sección de literatura de horror. Justo cuando yo estaba a punto de tomar del estante un libro de Lovecraft que durante años había buscado con insistencia, una mano compacta, luciendo un pesado anillo de Rosacruz, me lo arrebató. Era Bernardo (Tal vez su mirada insana  y su rostro demacrado hubieran podido prevenirme, pero en ese momento mi atención se enfocaba al libro). Como era el último ejemplar en existencia, Bernardo me lo prestó bajo la promesa de que se lo devolviera pronto. Estuve de acuerdo con él, y después de pagar en la caja iniciamos (a petición suya y con el argumento de que necesitaba alguien con quien conversar esa tarde) una larga caminata entre muchos estrechos y callados callejones, intercambiando opiniones acerca de las mejores historias fantásticas que se hubieran escrito. Bernardo habló de Stocker y de Shelley, yo en cambio cité a Maupassant y a Quiroga. Terminó la conversación una vez que arribamos al lugar donde Bernardo había estacionado un poderoso Mercedes Benz del año. Abordó su automóvil, no sin antes convenir una cita la semana próxima en el café de la librería, pues mis aportaciones, aseguró, le parecían de gran interés.
A partir de entonces las citas crearon compromiso, y el compromiso se transformó en una tibia amistad. En tardes frías, una vez que yo olvidaba el despacho y la arquitectura y él dejaba atrás sus actividades como  empresario, repasamos autores, historias y personajes. Desciframos símbolos y esquemas ocultos  en novelas y cuentos de terror y de necrofilia. Compartimos el gusto por la sangre y la fascinación de la muerte por sobre todas las cosas.
Pero una sesión todo cambió. Un detalle funesto regiría nuestras relaciones a partir de  entonces. Caminábamos hasta su automóvil como cada sábado, cuando una quiromántica de cabellos oscuros y revueltos, una mujer madura de sonrisa maléfica y ojos de engaño, se acercó a nosotros. Prometió descubrir nuestros destinos con sólo estudiar la palma de nuestras manos. Sólo pedía unas monedas. Yo intenté deshacerme de ella mostrándole desprecio, pero Bernardo se sintió inclinado a tentar a la suerte. La mujer lo tomó de la mano, y meticulosa, comenzó su labor. De pronto se detuvo, impactada. Lanzó una mirada de disgusto a mi compañero y lo insultó:
-Hijo de puta.
Bernardo retrocedió asustado. A mí, en cambio, la ofensa me pareció excesiva. Si bien para mí su compañía resultaba nada más que una obligación para mantener una  buena plática sobre literatura, no me parecía que el hombre mereciera el repudio de alguien que apenas lo conocía. Intenté alejarlo de ahí pero la mujer tenía bien aferrado el brazo de Bernardo.
-¿Cómo te atreves a jugar con los sin descanso? ¿Acaso no conoces de respeto?- la mujer escupió a los pies de mi compañero.
Quise intervenir, apaciguar los ánimos. Pero aquélla extraña estaba enfurecida:
-Escucha bien lo que te digo, hijo de la peor de las putas - imprecó- Tu destino está escrito y merecido lo tienes. Habrás de perecer a manos de aquella criatura que más estimas en este mundo. No se puede jugar así y quedar impune.
Lo alejé de allí a empellones, apresuradamente. La gente nos miraba con curiosidad y extrañeza. A pesar del desconcierto, alcanzamos a doblar la esquina. Aunque a mí el destino de mi compañero me importaba un carajo, creí mi deber, como un acto solidario, tranquilizarlo. Sus manos temblaban  rabiosas; sus ojos, ocultos bajo unas gafas impersonales y deslucidas, parecían más hundidos que nunca. Argumenté que aquella vieja de seguro estaría loca, que quizás habría leído la historia de Macbeth y se habría lanzado a la calle para desatar su furia, que no debía prestar mucha atención a sus palabras. Finalmente, antes de que Bernardo se alejara en su Mercedes Benz después de haber permanecido mucho tiempo pensativo, me pareció escuchar que lloraba.
La semana siguiente preferí pasarlo en casa de una amiga que cocina bien y renta muy buenas películas. Hacía tiempo que había descuidado a mis amistades, en aras de un profundo intercambio de ideas literarias que ellos no podían ofrecerme (sus conversaciones se avocaban más bien a tópicos comunes: líos amorosos, situaciones familiares, e infidelidad). Antes de llegar al departamento de mi amiga, traté de localizar a mi compañero de tertulias literarias marcándole a su teléfono celular, para ofrecerle una disculpa, pero nunca contestó. Me olvidé de él, y la tarde transcurrió plácida, entre jugueteos y acercamientos íntimos entre mi amiga y yo, hasta que la cercanía (como siempre sucedía en las visitas a su casa) nos condujo a hacer el amor. Por la noche, después de despedirme de ella con un beso largo, me dirigía a casa, rendido, cuando recibí una llamada. Era Bernardo. Se escuchaba inquieto.
-Debe venir aquí, señor arquitecto- me dijo perturbado- hay algunas amistades mías que le encantará conocer.
Una angustia súbita se apoderó de mí. Su voz era oscura, densa. Me dio la dirección de su residencia, me explicó detalladamente cómo podía llegar. No tuve tiempo de pensar, me gobernaban los impulsos. No traté ni siquiera de adivinar, de sacar conclusiones de su invitación. Una vez que colgué, me detuve y tomé un taxi.
Bernardo esperaba al pie de la puerta principal de su residencia, se le veía nervioso. Como siempre, vestía un impecable traje a rayas. Bajé del taxi y me reuní con él. Cruzamos un amplio jardín lleno de sauces, ahuehuetes  y marmóreas esculturas de damas tristes. Un ladrido feroz partió la noche. De entre las sombras un decidido dóberman emergió mostrando los dientes. Se acercaba amenazante, decidido. Bernardo lanzó un grito, una imprecación. El perro se detuvo ante la voz de su amo.
-Es mi propio Sabueso de Baskerville –dijo- Estuve pensando largo tiempo en un mastín como el  de la historia de Conan Doyle, pero la idea no me convenció. Un dóberman es más práctico.
El perro ladró enfurecido.
Diavolo¡- ordenó Bernardo a aquella bestia- No seas impertinente con las visitas. Pareciera que Diavolo es bravo –se dirigió a mí- pero en el fondo es noble. Probablemente sea el ser que más amo en esta vida, a falta de familia y esas cosas-puntualizó.
Por si las dudas, evité apartar la vista del animal, hasta que dejamos el jardín.
Entramos a la mansión. Un amplio vestíbulo del siglo XVIII desembocaba en una lujosa escalera. Ésta ascendía, enmarcada con lúgubres candelabros que reflejaban sombras siniestras y translúcidas. El techo del salón, a doble altura, era una inmensa cúpula. Tristes, algunos vitrales violáceos y azules daban paso a un resquicio de luz de luna. El silencio podía respirarse a cada paso sobre la mullida alfombra purpúrea.
A la izquierda, un nicho pequeño, mínimo, permitía descubrir una puerta de acceso a lo que seguramente sería el sótano de aquel salón.
-Este es mi palacio, señor arquitecto. Este es mi descanso de toda intromisión mundana. ¿Le gusta?
-Me parece un poco macabro- respondí.
-No me diga que usted es prejuicioso. Un hombre culto no puede inquietarse por tan poco. Pero esto no es nada. Las habitaciones son más extrañas aún. Y el sótano...usted tiene que ver esto.
Caminó apresurado hasta el nicho de la puerta. Tras sus absurdas gafas, sus ojos autistas brillaban con efervescencia. Sacó de su bolsillo un llavero oxidado. Corrió los cerrojos, abrió la puerta y se internó en aquella habitación. La puerta rechinó amenazante, y mi anfitrión estalló en una carcajada enfermiza.
-No aceito mis puertas. Es una tradición en las novelas de fantasmas.
Inquieto, después de un instante de duda, camine tras él.
-¿Y la servidumbre, en donde está?- alcancé a preguntar, sintiendo como la sangre se agolpaba en mi cabeza.
-La servidumbre no trabaja los sábados, señor arquitecto. Los sábados los dedico a mi colección particular.
Encendió la luz. Una empinada escalera, cercada por dos paredes estrechas, desembocaba a lo lejos, en otra habitación. La espalda de Bernardo estorbaba mi visión mientras descendíamos, pero el poco margen que su figura otorgaba, me permitía descubrir al final de la escalinata un enorme y amplio pasillo. El piso y  las paredes estaban rematados con losetas blancas, a la manera de un quirófano, de un anfiteatro.
Experimenté el miedo. A los costados del pasillo, una fila de urnas cada una con la forma de un ataúd, custodiaban el recorrido.
-Mi colección personal- exclamó fúnebre.
Yo no daba crédito a lo que veía. Cada urna poseía una serie de objetos que evocaban algún célebre cuento de terror. Bernardo procedió a mostrar cada elemento de la colección. En la primera urna, un animal asqueroso y no mayor a una cabeza humana, se escondía tras un almohadón antiguo.
-El cuento de Quiroga- adiviné- El almohadón de plumas.
-Ese fue fácil- contestó febril mi interlocutor.
Continué resolviendo las pruebas. De entre una maqueta de un pueblo olvidado, un ser bizarro y enorme emergía. Recordé el Horror de Dunwinch con facilidad. También encontré algunas referencias a narraciones de Maupassant.
Conforme el recorrido avanzaba, las urnas se iban tornando más sombrías. En una de ellas unos dientes macabros y una maraña de cabellos oscuros, acompañados de una pala salpicada de tierra,  hacían referencia a Berenice. Todavía eran evidentes rastros de sangre. Decidí que no podía continuar, aunque empezaba a fascinarme tener tan cercanos los elementos de aquellas inolvidables historias. Di un paso atrás. Bernardo notó mi turbación. Me tomó del brazo y me condujo adelante. Pude darme cuenta entonces que el pasillo torcía hasta una sala más amplia, resguardada tras una pálida
mortaja.
-Creo que no quiero entrar ahí- le dije a Bernardo.
-Pero usted no puede detenerse ahora. Lo mejor está adentro- dijo eufórico.
No sé cómo me convenció o me convencí, pero entramos a ese maldito pozo del miedo. La oscuridad lo envolvía casi todo. Siete urnas iluminadas fúnebremente desde el interior de los cajones destacaban el espectáculo siniestro. En cada una de las primeras cinco, un cuerpo, un cadáver maquillado, caracterizando a un horroroso personaje. Entre el olor fétido de la descomposición de los cuerpos, y la sustancia con la que seguramente Bernardo procuraba conservarlos, tal vez formol, no pude articular palabra.
Empezó la verborrea de Bernardo. Se veía claramente que había esperado esto durante años. Por fin había encontrado una persona que compartía sus aficiones y a la cual podía descubrir su privacidad, consciente de la capacidad literaria del invitado, de su gusto por el terror puro. Pero se equivocaba. Me di cuenta entonces de que una cosa era que a uno le gustaran las historias de espectros y maldiciones, y otra cosa muy distinta era construirse su propia Mansión de Usher a costa de otras vidas.
Bernardo describió cada una de las escenas en las urnas. En las dos primeras, los cadáveres de dos adolescentes que evidenciaban retraso mental, hacían alusión a los hermanos Manzzini, de la Gallina degollada. Luego, en una chica ensangrentada y con crucifijo en mano reconocí a Carrie. Sus ojos eran tan espantosos que me era imposible continuar el terrible espectáculo. No pude reconocer el resto de los personajes; no tenía ánimo para continuar. Bernardo me explicó entonces que para él, el contacto con los muertos era más natural, más afectuoso. Porque ellos no guardan hipocresía ni resentimientos, son sencillos y predecibles. Rebatí, le dije que seguramente los muertos podrían ser caprichosos y vengativos si se lo proponían.
-Estúpido -me dijo- no me gusta que nadie venga a contradecirme.
Luego pareció recapacitar sobre su actitud. Después prosiguió.
-Una de estas urnas vacías -explicó fuera de sí- le guarda una sorpresa. La otra está destinada para mí. Aquí mismo quiero que coloque mi cadáver cuando haya muerto. Pronto moriré, eso ha dicho la gitana. Por eso me he sentido inquieto estos días. Pero no puedo morir sin antes escoger un buen personaje, una caracterización adecuada.
Sus ojos brillaban, de su boca la baba resbalaba repugnante. Se quedó allí, en medio de la habitación, alabando sus cualidades criminales, describiendo paso a paso, sin prisa, cómo había elegido a sus víctimas, cómo pacientemente las había torturado obteniendo de ellas la expresión perfecta, la caracterización adecuada. Confesó cómo algunos ministros del gobierno lo sabían todo, pero aún así la impunidad ante su poder y su fortuna estaba garantizada. Después de todo se trataba de un Ponce de León, de un intocable.
-Bernardo Ponce de León -estalló en una risa eufórica- el artista de la sangre. Yo no escribo, señor arquitecto, Yo plasmo imágenes. Soy un artista visual, ¿entiende?
No quise saber más. Un puñetazo certero, pesado, cayó sobre él y le partió la nariz. Lo vi arrastrarse en el piso, intentando detener la hemorragia. Di media vuelta y apresurado abandoné el sótano. Con largas y veloces zancadas atravesé el jardín, presintiendo que Diavolo podría alcanzarme en un descuido. A salvo y al borde de un colapso nervioso, escapé de la residencia y cerré la puerta.
Dentro de la mansión emergían los gritos contrariados de Bernardo. Lo escuché amenazarme de muerte y correr hasta la puerta que yo apenas cerraba. Una serie de ladridos salvajes anunció el ataque. Después alcancé a escuchar los alaridos de dolor del amo atacado por su amada bestia. Terribles lamentos que parecían interminables. Luego escuché un tiro. La noche, finalmente, quedo envuelta en el silencio. Huí a casa.
No pude dormir. La inquietud era muy grande. Imaginaba que en cualquier momento uno de esos malditos cadáveres podría introducirse entre mis sábanas y recriminarme el que no los hubiera rescatado. Traté a toda costa de olvidar el asunto. Después de todo, Bernardo ignoraba donde vivía y la dirección de mi despacho.
La mañana siguiente fue agitada. Muy temprano llamó al timbre de mi casa la policía. Mencionaron una nota donde Bernardo había escrito una última petición: que yo identificara su cuerpo sin vida. Las hipótesis de los agentes me resultaron infantiles. Según su versión, después de una larga batalla con un perro furioso que intempestivamente había desconocido a su amo, Bernardo agonizante había alcanzado a escribir una nota donde involucraba mi nombre. Pregunté por Diavolo. Me contestaron que también había muerto, víctima de un disparo. Debieron pensar que estaba loco cuando les dije que era imposible. Que esto era parte de un plan complejo y perverso. Bernardo no había muerto. Una persona agonizante no podía escribir una nota. Estuvieron de acuerdo conmigo, pero cuando les conté lo del incidente con la adivina comenzaron a dudar de mi lucidez. Intenté explicarme, les dije cómo Bernardo debía morir a manos de la criatura más cercana, y esa criatura, esa persona era yo. Les dije que debía haber un error. Un oficial me contrarió. Comentó que yo estaba muy nervioso y debía tranquilizarme.
-Si no quiere identificar el cuerpo ahora no tiene porque hacerlo, podemos esperar.
Angustiado, fuera de mí, me apresuré a contestar.
-Pero si quiero- dije, y partimos de inmediato al anfiteatro.

 

II

 
Una vez que descubrieron el cuerpo, el pesado anillo de Rosacruz refulgió acusador. Era el mismo anillo, no cabía duda. El resto de él era imposible de identificar: tenía el rostro destrozado y las vísceras fuera. Concluí que la talla y la estatura correspondían con las de Bernardo y se lo hice saber a la policía. No quise comentar nada acerca de su macabra colección y los incidentes de la noche anterior, porque sabía que no me creerían.
Me dejaron en libertad, no sin antes recordarme que estaba bajo sospecha, y que debía cooperar para resolver el caso. Garanticé mi solidaridad para su conclusión  y regresé a casa.
Del cajón de mi buró, saqué un viejo revólver 22 que un tío, apasionado de la violencia, me había regalado hacía dos cumpleaños. No dudé en guardarlo en la bolsa de mi chamarra. Sabía lo que tenía que hacer.
Media hora más tarde entró a mi celular la llamada que había estado esperando. Era Bernardo. Me dijo lo que ya sabía, que no estaba muerto, que lo disculpara pero que un vecino había escuchado el disparo y que, inquieto, decidió llamar a la policía por la madrugada. Mientras tanto Bernardo tuvo tiempo de pensar, de acomodar un nuevo cadáver de entre las reservas de su colección, un cuerpo que se ajustara a su talla en el lugar de los hechos. Lo de Diavolo era cierto, había tratado de atacarlo. Y eso le había disgustado mucho.
-¿Sabe usted, arquitecto? La maldita profecía de la vieja me tiene inquieto- reconoció.
Colgué de inmediato. No quise conversar más. Sabía que era mejor terminar con esta ridícula historia de horror de una buena vez.
Llegué a las ocho en punto a su casa. Oscurecía y los chillidos de algunos zanates resultaban sombríos. La puerta, como era de preverse, estaba abierta de par en par. No había ningún rastro del trabajo policiaco, salvo una débil banda de precaución en la zona del incidente. Crucé nuevamente el oscuro jardín, perseguido por el terrible recuerdo de los ladridos del dóberman muerto.
Cuando entré al salón, las luces estaban encendidas, invitándome a continuar la travesía. Hasta la puerta del sótano, siempre hermética, celosamente resguardaba, estaba abierta. No tuve duda alguna de lo que me estaba esperando. Pero cuando bajé la escalera, el escenario era aterrador. Bernardo había apagado las luces del pasillo. Al fondo de la escalinata reinaba la oscuridad. Descendí meticuloso, inseguro, escalón por escalón, hasta tocar fondo. No se veía nada. El miedo lo cercaba todo. A lo lejos, en la otra habitación, una respiración profunda resonaba espectral. A tientas caminé entre las primeras urnas, tropezando con los cristales, con la madera de los ataúdes, imaginando los dientes de Berenice, la sangre de los asesinatos. No quería seguir. Pero bastaba acariciar el revólver para tomar un poco de valor. Con las yemas de los dedos, escuchando el propio latir de mi corazón, descubrí el quiebre del pasillo. Avancé lento, dubitativo, explorando el frente, angustiado, imaginando las muecas grotescas de los cadáveres, guiándome por el estridente olor a formol.
Reconocí la mortaja, la acaricié con una morbosa calma. Un espacio familiar se abrió ante mí. Adentro de la sala, los cadáveres seguían cada cual en su urna, iluminados y teatrales. Pero al fondo una figura escalofriante despertó mi angustia. Reconocí una figura alta y flaca, envuelta en una mortaja salpicada de sangre, con la frente amplia y el rostro escarlata. Reconocí en ella a la Muerte Roja, de Edgar Allan Poe, extraída del cuento -había que aceptarlo- con magistral fidelidad.
Apunté directo a la frente, decidido. Pero aquélla figura no se movía. Serena y firme, permanecía escrutando cada uno de mis movimientos. Era el momento. Debía cumplir la predicción. Jalé tres veces del gatillo y entonces la espantosa figura se derrumbó, mostrando a mis ojos incrédulos una marioneta, un muñeco de trapo contenido tras el disfraz. Una voz, a mis espaldas, me obligó a permanecer quieto.
-No soy tan imbécil, mi querido arquitecto. La profecía no va a cumplirse.
Giré completo. Bernardo empuñaba una pala, siniestro. Sus ojos lucían desorbitados. Su rostro, reconstruido de las múltiples mordidas, causaba una impresión muy desagradable.
No tuve tiempo de reaccionar. Con un golpe seco, la pala cayó de lleno sobre mí.
 
III
 
Cuando desperté dentro de la rígida máscara de la Muerte Roja, descubrí que Bernardo, convertido en un hábil albañil, colocaba ladrillo a ladrillo con una paciencia desesperante. Yo tenía las manos y los pies atados, así que pude comprender de inmediato la premura de mi situación. Fue la más fácil de todas las adivinanzas que hasta ahora hubiera tenido que responder. Estaba emulando sin duda el final de El barril de amontillado. Me estaba emparedando. Colocaría pieza por pieza hasta que yo dejara de respirar. El muy hijo de puta.
-Fortunato muere en el cuento- dije en un último arrebato de rebeldía- Pero en la realidad debe matarte para que tu alma descanse en paz.
Bernardo me miró de reojo. Su mirada no evidenciaba ningún sentimiento.
-Esto cierra el ciclo – asentó- tu nunca has sido mi amigo. Eras sólo parte del juego.
Supe que no tenía salida. Que la historia llegaba al final. Bernardo continuaba levantando el muro mientras se relamía los labios. Cada ladrillo colocado me atormentaba. Comencé a gritar, asustado, pidiendo clemencia. En respuesta, el hábil constructor, daba rienda suelta a su risa insana.
De pronto, al fondo, en lo oscuro, en el silencio del cuarto, un quejido prolongado e imponente retumbó. Voces sobrehumanas emitieron quejas, deseos de venganza. Bernardo se detuvo impávido. Sus ojos estaban bien abiertos. Sudaba. Me miraba como pidiendo una explicación concreta, real. Tratando de confirmar conmigo la procedencia de los ruidos. Esta vez el sonido de los huesos que tronaban, de los cuerpos que despertaban con lentitud, era evidente. Se movían.
Agité mi cabeza intentando derribar la máscara que me habían impuesto. Me retorcí invadido por el espanto. Mis nervios se crispaban con cada uno de sus pasos. Los vi venir, lento, avanzando con sus muecas grotescas, hasta un Bernardo que suplicante, levantó los brazos en señal de arrepentimiento.
Cerré los ojos. Sentía como sus cuerpos chocaban constantemente con el mío, impregnándolo con su fetidez. Escuché sus últimos lamentos; escuché como con una fuerza descomunal, hacían pedazos de él. Lo mutilaron. La espera fue larga, pero fui cuidadoso de no intervenir en lo que no me correspondía. La profecía debía cumplirse al pie de la letra, a manos de las criaturas que Bernardo consideraba más cercanas, más personales.
Cuando abrí los ojos, su boca aún echaba espumarajos de sangre; sus ojos aún estaban abiertos en busca de alguna salida. Pero su cuerpo era una masa sanguinolenta, impúdica e irreconocible. Mis manos en cambio, habían sido desatadas durante el ataque, y los cuerpos habían vuelto a ser colocados, de manera inexplicable, en sus urnas. Desaté mis pies y salí huyendo del lugar.
 
 
IV
 
Denuncié los hechos a la policía. No me creyeron. Ellos aseguran que fui yo quien destrozó el cuerpo de Bernardo con la pala de albañil. Dicen que estaba sugestionado, y no podía ver más allá de mi imaginación azotada por paranoicas historias de difuntos. No estoy tan convencido de negarlo. Tal vez sí fui yo quien cometió el asesinato. Tal vez una gran cantidad de detalles que ahora narro sean producto de una mente alimentada por la sangre de los libros.
No fueron muy severos conmigo después de todo. Los crímenes de Bernardo eran imperdonables,  y a fin de cuentas, fui sólo un instrumento de la justicia social. Me dieron un año y luego me dejaron libre. Antes, por supuesto, pedí que me dejaran atestiguar la inhumación de cada uno de los cuerpos, y la cremación de Bernardo. Me concedieron el capricho. Ahora me siento a salvo.
Ya no leo más historias de horror. Apenas me he aventurado a reconstruir la presente narración de los hechos como una descarga de conciencia, en la búsqueda de cierta absolución. La Casa de Usher de Bernardo fue demolida y sobre ella se erige, en contraposición, un florido y ordenado parque público. He encontrado refugio en historias más agradables, en narraciones más cercanas al lado cordial de la humanidad. Espero que algún día pueda olvidar lo ocurrido. Después de todo, a pesar de los excesos que a veces nos brinda la Muerte; nuestras vidas, cotidianas y sorpresivas, pueden revelarse ante nuestros ojos con su amplia e infinita belleza.
 

México D.F. 12 de Julio del 2006


 


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