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jueves, 9 de mayo de 2013

"Historias de la ruina", un cuentario de Ulises Paniagua

Prólogo al libro "Historias de la ruina", de Ulises Paniagua
(Sediento Ediciones, Coleción Lengua de Gato, 2013)
 
 

Por: Glafira Rocha


Una ruina implica destrucción, un proceso de decadencia, son los restos de un todo que quedó fragmentado por el olvido. La ruina es el abandono del sí mismo, el despojo del ser que no encuentra su lugar en el mundo. Historias de la ruina nos lleva a un universo donde sus personajes deambulan entre lo que fueron y lo que desean ser, caminan por los fragmentos de un edificio que quedó derruido por el tiempo, por una estructura que no tiene forma exacta porque aún se está reconstruyendo. Estimado lector audaz, estás entrando en una dimensión que tal vez te llevará a las reminiscencias de ti mismo.
      Ulises Paniagua, es, además de un literato, un arquitecto de profesión, es decir, que conoce cómo se le da vida a una construcción y cómo devolverle una nueva estética a aquella edificación que se perdió en el abandono. Esta habilidad es notoria en cada uno de los cuentos. Inicia con “Juguete chino” que funge como un instructivo, el cual indica que, como en Las mil y una noches, un cuento se hila con otro hasta regresar de nuevo al principio, donde el inicio no será el mismo pues ya se tiene la experiencia de la primera vuelta. Esta travesía literaria se mezcla entre la voz en primera persona y entre el narrador omnisciente que cree que todo lo sabe, pero en realidad los personajes lo engañan al ocultar secretos. Esto se puede ver en “Para domar las furias” donde el personaje, un ingeniero en una obra en construcción, sucumbe a la fantasía de sus trabajadores, a las leyendas, que como símbolos nos persiguen y nos atrapan en el momento en el que creemos en ellas.
      En cada uno de los cuentos de Historias de la ruina, podremos encontrar a un ser que se tambalea entre lo que es y lo que debe ser e intenta salir de una vida inauténtica. El filósofo Martin Heidegger, decía que la existencia auténtica es como el llamamiento de la Conciencia, que comprende al silencio y a la angustia en sus más extremas posibilidades, y sus posibilidades consisten en ver su nada. Este ser auténtico es un modo privilegiado del conocimiento. Sólo en este modo es que se ve la verdad, porque la define, sólo en él se ve la perfecta transparencia de estar consigo mismo, a diferencia de la vida ordinaria, la inauténtica, que se establece y se mueve en la no-verdad, sin embargo, es en esa no-verdad donde aprendemos y aprehendemos el camino para llegar a casa, es decir, hacia nuestra existencia apropiada. En este libro que tienes en tus manos, excelente lector que subraya y hace anotaciones, lo anterior se traslada a una serie de voces que se descubren sometidas al devenir de la costumbre y buscan una salida. En “Historia del desasosiego” aparece la siguiente frase que funge como la esencia del libro: “Enfrentarse es destruir la imagen que se tiene de sí mismo, desatar los lobos de la conciencia, desplomarse desde un cenit indomable”. En el cuento “La rampa”, Ulises dice: “No hay nada seguro en este mundo excepto la conciencia de que podemos desprendernos a través de historias resguardadas bajo capas de otras historias”. Cada personaje está en una indagación hacia sí mismo, porque es desde ahí donde podrá reconocerse. Esto nos recuerda a Julio Cortázar, quien en sus cuentos mostraba las capas externas de una narración, cuyo fondo es en realidad lo que provoca en el lector una sacudida estructural. Eso que no está dicho, pero que está ahí, aquello que es lo que nos lleva a continuar inmiscuido en una lectura que trastoca a la expresión, porque no está encaminada a la parte consciente del hombre, sino a un nivel más hondo que se sitúa en un inconsciente que se expresa a través del lenguaje cifrado, en poesía. El mismo Cortázar lo menciona claramente en Rayuela, capítulo 62: “así, al margen de las conductas sociales, podría sospecharse una interacción de otra naturaleza, un billar que algunos individuos suscitan o padecen, un drama sin Edipos, sin Rastignacs, sin Fedras, drama impersonal en la medida en que la conciencia y las pasiones de los personajes no se ven comprometidas más que a posteriori. Como si los niveles subliminales fueran los que atan y desatan el ovillo del grupo comprometido en el drama”.
    Historias de la ruina, querido lector macho (Cortázar) une una historia con otra a través de pequeños guiños, que nos indican que cada elemento se relaciona con otro para formar la unidad, una singular narración que con toda libertad puede prestarse, incluso, a sus personajes, sin necesidad de que esto implique que por sí mismo, cada universo narrativo, tiene su propia integridad. Esto nos lleva a Louis Aragon en La mise á mort: “un texto para el que no tenemos clave. Ni si quiera se sabe quién es el héroe, positivo o no. Hay una serie de encuentros de gentes que uno olvida apenas las ha visto y de otras gentes sin interés que reaparecen todo el tiempo. Ah, qué mal hecha está la vida. Uno trata de darle una significación general. Uno trata. Pobre diablo”. Un ejemplo de esto aparece en el cuento “Crónica del Minotauro”: el hombre y el animal se trastocan, intercambian roles y es el segundo por quien tenemos misericordia. El toro es un expresidente, que es puesto en el ruedo para que se lleve a cabo la fiesta brava. Un torero sale con sus banderillas para hacer de la masacre un arte, en donde miles de espectadores vituperan y piden venganza. Los cargos que se le imputan a ese pobre animal son los de alevosía, ventaja o premeditación contra los recursos naturales de la nación, su economía y/o desarrollo tecnológico o cultural. El hombre se ha convertido en su propio verdugo.
Ulises Paniagua, teje estas historias, desde una introspección que hace que cada elemento literario se transforme en una búsqueda del ser hacia algo que intuye y se dirige a lo desconocido que es él mismo. Lector entrañable, te invito a adentrarte en esta edificación bordada con filamentos de palabras que renacen de las ruinas.

 
 
Glafira Rocha
(Culiacán Sinaloa, 1974) estudió la licenciatura en Letras Hispánicas y la Maestría en Filosofía. Es Narradora, Dramaturga y Guionista. Tiene publicados: Azul, El rumor de los días que vendrán, en la Editorial Tierra Adentro y Tales cuentos en la colección Palabras del Humaya. Recibió Menciones  honoríficas en el IX Premio Nacional de Cuento Carmen Báez y en el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2002. Ha obtenido las becas de la Fundación para las Letras Mexicanas, Fondo Estatal para la Cultura y las Artes y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, así como el apoyo del Instituto Nacional de Cinematografía en su Programa de Estímulo a Creadores.  




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