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viernes, 25 de julio de 2014

La médula de Ciudad Juárez: sobre la novela “Corazón de Kaláshnikov, de Alejandro Paéz Varela, por: Ulises Paniagua (Alfaguara, 2014)


La médula de Cd Juárez: sobre la novela “Corazón de Kaláshnikov, de Paéz Varela

por: Ulises Paniagua

(Alfaguara, 2014)

 


 

Ah, sol generoso, desinteresado, apapachador;

sol amoroso de Chihuahua

Alejandro Páez Varela

 

         Ciudad Juárez. Jessica, Violeta y Juanita no tienen nada en común excepto el narcotráfico y la muerte, cadáveres en ácido, prótesis de silicón como evidencia y una ciudad desierta de alegría pero tremendamente vasta en miedo y violencia…Con una voz casi testimonial, Alejandro Páez Varela rinde un himno homenaje a aquellas mujeres que enfrentan el reto de sobrevivir, pero desde una trinchera de rencor, maldad, amargura y odio. También da inicio a un relato…de cómo el norte se ha ido carcomiendo por esa mancha llamada narcotráfico. De esta forma describe la reseña de Alfaguara a la novela que hoy se presenta.

         Dictaba Goethe, por aquellos años, que lo alemán es lo universal. Y tenía razón. Y no se refería, como podría suponerse, a un comentario pro-fascista, a una  apología de la Deutschland que recién se coronó campeona en el Mundial de futbol, sino a una manera particular de comprender la universalidad a través de lo regional. En ese sentido, la experiencia literaria del siglo XX no miente. Los cuentos de Rómulo Gallegos son seductores hasta la saciedad debido a la visión tan suya de las tierras venezolanas y sus costumbres; allí queda, para la posteridad, el cuento El machete, como ejemplo superlativo de su destreza. Juan Rulfo, en México, es un ejemplo contundente de este regionalismo que se traduce en una apreciación internacional, como si en cada país habitara el fantasma de un Pedro Páramo en su propia Comala. William Faulkner y su visión bucólico-violenta americana, no deja respiro al trasmitir el odio de sus personajes hacia cualquier punto de la humanidad; y si de algo puede presumir el éxito comercial de Cien años de Soledad es de que el Gabo García Márquez captó, en el retrato de una familia colombiana de Macondo, las angustias y los mitos que se formulan alrededor de cualquier historia familiar en el planeta.

         Alejandro Páez Varela, en  su novela Corazón de Kaláshnikov, consigue justo eso: retratar de manera fiel la desesperanza, la confusión y la oscura naturalidad de una ciudad fronteriza. Cuando uno piensa en Juárez de los años setentas y ochentas podría remontarse a la idea de aventura sexual y diversión, acompañada de las canciones de Juan Gabriel; norteamericanos y mexicanos conviviendo en un paraíso de sensualidad y armonía. Pero lo peor ya se gestaba; cualquier frontera se vuelve complicada, porque es fácil delinquir en alguno de los dos lados de su línea para regresar al país de origen, sin una orden de arresto de por medio. Aunque en aquellos años, desde luego -y eso lo deja claro el autor en una de sus páginas- Cd. Juárez aún no se había convertido en el gran terror que ahora representa. El caso de Las muertas de Juárez y los violentos ataques de los cárteles no eran noticia del día. Corría mucho menos sangre por sus calles, aunque bastante cocaína. De esos años trata la novela.

         Corazón de Kaláshnikov es un relato crudo de las décadas referidas. Alejandro Páez aborda el tema con maestría, porque lo ha respirado y lo ha vivido. Daniel Sada, uno de los mejores cuentistas contemporáneos, describe de manera excelsa la vida en el norte de nuestro país.  En los personajes de Sada, nacido en Mexicali, la cercanía a la frontera y la dureza del desierto tienen gran influencia. Hay mucho calor, cerveza, burdeles y trabajos rudos en sus historias. Una mujer, entre sus textos, confiesa:  Al decirte que estoy enamorada de ti, lo que en realidad quiero confesarte es que ya no me gusta esta vida de burdel. Quiero que me lleves contigo. Después de Sada la avanzada norteña se convirtió en una realidad. Literatura de alta factura que nos parece mágica por la manera en que describe ese mundo trasfronterizo, ajeno al común de los habitantes; que nos permitió descentralizar la visión hegemónica de la cultura, para mirar con asombro el talento de nuevos autores. Páez Varela podría ser incluido en esa línea, en ese mundo violento y difícil que relata la avanzada norteña; sin embargo, lo caracteriza su sello: la naturalidad. En sus novelas no hay asomos de exageración, no hay historias desorbitantes;  lo que ocurre es un espejo de la realidad juarense, existen las raíces rarámuris, existen los tugurios y el tráfico de drogas, existe el ganarse el pan en oficios sin mucho brillo. Hay existencialismo e identidad. Este detalle de enaltecer los orígenes indígenas, es digno de destacarse. Cito un fragmento: Mi abuela era rarámuri, mi madre también. Ella era muy guapa. Te lo juro. Mi madre. Muy guapa. Mi papá estaba muy enamorado de ella por guapa.

         En Alfaguara, novelas como La Mara, del periodista tamaulipeco Rafael Ramírez Heredia, y Leopardo al sol, de la escritora colombiana Laura Restrepo, abordan el tema de los grupos delincuentes y de la formación de bandas de narcotraficantes y asesinos. Para Páez Varela, seguir esos pasos hubiese resultado fácil y efectista. Sin embargo, el escritor de Chihuahua sostiene, con entereza, la naturalidad de la trama, sin amarillismos. Esa es una de las grandes virtudes de su escritura. El amor hacia su tierra es sincero. Así, en una nota publicada en El Universal, explica: Por otro lado, la verdad es que no me siento con ánimos para pasar por mi ciudad, por Juárez, como he acostumbrado en estos años para estas fechas. La última vez que puse un pie regresé con una enorme depresión; fue hace unos meses. No es fácil soportar el trauma de ver tu hogar en ruinas. Aunque una parte de mis amigos y mi familia está en el exilio, otra sigue allí.

         Como un hombre que conoce su origen, y lo enaltece, el lenguaje en los personajes de la novela viaja de una coloquialidad literaria  hasta la idiosincrasia y los modismos propios de la gente de Chihuahua. Las preocupaciones, por su parte, se expresan a través de los diálogos de los protagonistas:  (Esta coca) es de la que le ponen al Papa en el piso. Se baja a besar el suelo y le da un jalón”; “La gente que cruza a El Paso levanta refrigeradores viejos de las banquetas…y acá, con una buena mano de gato y un par de chicanadas, tienen vida para unos años más”, “Soy puta y quieres salvarme, dijo, y sentí una rasgadura en la camisa, en la carne, en las costillas”. Y valga como último ejemplo este diálogo de Violeta, que resume la importancia del poder en un submundo bravo: “póngale cuarenta y ocho diamantes en las cachas”, exige refiriéndose al arma que quiere ostentar,

         La manera de estructurar la novela es brillante. La historia inicia con el asesinato de una mujer; en la escena del crimen se presenta lo inconexo, no hay pies ni cabeza para explicar el homicidio: un televisor a todo volumen, un disparo a mansalva sin mayor diálogo que medie entre ejecutante y víctima; y una bala que va a parar a la tina de un vecino. A partir de entonces habrá que reconstruir la historia de atrás hacia adelante, hay que buscar en saltos temporales lo que es apenas una sospecha. La novela como un rompecabezas de una cotidianidad sangrienta.

         Volviendo a Sada, el bajacaliforniano comenta, en entrevista: En la novela lo más sobresaliente son los personajes, mientras que en el cuento lo son las situaciones. En una historia larga hay una buena suma de transgresiones, siendo los personajes los propulsores más señeros de las modificaciones o desajustes que inciden en una trama. El autor de Corazón de Kaláshnikov  cumple al pie de la letra los acuerdos tácitos de las convenciones novelescas, los personajes son múltiples y se vuelven el enlace que ayuda a descifrar el enigma: Amado, Jessica, Mario Giancana, Violeta y Juan Cevallos se convierten en el eje que revela a la historia, pero al mismo tiempo son devorados por ella. Juanita y su abuela, en otra vertiente, representan la metáfora de la tierra, la condición de los juarenses de sentirse parte de su origen.

         Esta obra goza de tal manufactura que el propio escritor reconoce que se encuentra entre sus favoritas: Tengo tres libros favoritos, reconoce Páez Varela, uno de ellos es Corazón de Kaláshnikov, que es mi primera novela; en ella se puede advertir quién soy: un tipo debilitado, cansado, vencido. Es probable que Corazón de Kaláshnikov deje algunos cabos sueltos, pero ello, en evidencia, no es una omisión o un descuido del autor; sino que la novela es parte de una trilogía, que incluye El reino de las moscas, y Música para perros, también incluidas en Alfaguara; secuelas que cierran el ciclo y edifican las piezas faltantes de este rompecabezas fronterizo de gran fascinación.

         Hay que completar la lectura de la trilogía para comprender la totalidad de la historia, y sin embargo, cada una de las novelas contiene una trama atractiva, plena de suspenso, que vuelve el libro ágil y lúdico a cada vuelta de página. La prosa de Alejandro Páez Varela es fluida, sin ornamentos, lo que permite al lector involucrarse de lleno en el argumento y los pequeños grandes detalles. Páez Varela se consolida como uno de los narradores más importantes en estos tiempos convulsos. Logra con su pluma hacernos sentir parte de ese mágico y riesgosos universo que lleva por nombre Ciudad Juárez, y nos convierte en habitantes de su encanto y de su más sombría manifestación.

 

 

Ulises Paniagua

25 de julio del 2014

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