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viernes, 1 de agosto de 2014

Todos los mares llevan a Alma Karla Sandoval, por Ulises Paniagua


Todos los mares llevan a Alma Karla Sandoval

por: Ulises Paniagua

 


         En cierta ocasión, Virginia Woolf comentó: Nos produce náusea la vista de personalidades triviales que se descomponen en la eternidad de lo impreso.  Una frase impecable que demuestra el rigor con el que la escritora trabajaba sus textos.

         La Woolf es considerada pilar del feminismo del siglo XX, junto a escritoras como Simone de Beauvoir y Anne Sexton. Virginia Woolf dotó a sus historias de profundidad y generó personajes de gran presencia. Es evidente en sus letras la reivindicación existencial, el sentido de saber y conocer para qué se viene a este mundo dominado por los hombres. Las mujeres han vivido todos estos siglos como esposas, con el poder mágico y delicioso de reflejar la figura del hombre, el doble de su tamaño natural, asegura con absoluta lucidez. El poder en su prosa es evidente, ejerce fascinación a cada página, una fascinación que ha perdurado hasta generaciones contemporáneas. Por ello, no es una coincidencia que Alma Karla Sandoval haya decidido retomar a  la escritora londinense  para dar título a su primer libro de cuentos: Todos los mares llevan a Virginia (Sediento Ediciones, 2014).

         Este cuentario, escrito de manera ágil e inteligente, se convierte en una miscelánea de historias que abundan en temas profundos y profusos: el amor; la rebeldía de la mujer para liberarse del yugo económico y psicológico; y el amplio anhelo de libertad a través de los actos propios y uno que otro encuentro pasional. Incluso se adentra en lo histórico, pues uno puede acceder a las leyendas revolucionarias del estado de Morelos al navegar sus páginas. El oficio está presente a cada párrafo. Sandoval es una escritora con experiencia y conocimiento, intensificado gracias a  su actividad catedrática, que la mantiene en contacto con las letras en el más fresco de los abrazos. La poesía, por su parte, es un género que ha cultivado bien (tiene más de media docena de poemarios publicados), y que le ha ayudado a dotar a las historias -como sucede con escritores como Cortázar u Oscar Wilde- de un contexto metafórico. El ritmo es parte de la delicia en la lectura de estos cuentos. La capacidad poética de Alma Karla es un asunto que no puede cuestionarse, pues en el año 2013 fue galardonada con el Premio Nacional Ignacio Manuel Altamirano.

         En las historias de Todos los mares llevan a Virginia, es evidente el tedio y la rutina de las parejas; así, el desconcierto se avecina entre los amantes. En algunos episodios del libro el hombre es el diablo, ese diablo que maltrata, que comete infidelidades, que golpea y luego bebe un frapuchino en cualquier Starbucks, al lado de la mujer oprimida; es esa oscura presencia que obliga a una chica a repetir, sin saber por qué: fue mi culpa, perdón. El matrimonio es un auto que corre a toda velocidad, que se estrella sembrando la muerte. Volviendo a Oscar Wilde, citamos una frase que podría resumir el parecer general: Los hombres casados son horriblemente aburridos cuando son buenos maridos, e insoportablemente presumidos cuando no lo son.

         Este asunto de géneros no es una regla, sin embargo, es interesante conocer lo que las mujeres tienen que decir acerca de los hombres. Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, comenta: Las mujeres no necesitan estudiar a los hombres, porque los adivinan. Y parte de adivinarlos es la esperanza de escapar a su indiferencia conyugal. Siguiendo este camino, Alma Karla Sandoval nos conduce al encuentro de la soledad de una esposa dentro de casa: La mujer quiere llegar a escribir un correo electrónico, a guardar tres vestidos, cosméticos, desodorante y la bolsa de todos los días. Pero hay dos cacerolas, cinco platos, dos sartenes con grasa y siete vasos sucios en el lavadero. Sin embargo, lo más interesante en los cuentos de la autora que nos ocupa es que, a pesar de todo, la mujer no siempre interpreta el papel de víctima; se vuelve de carne y hueso, una mujer con anhelos y fantasías, quien en la más absoluta libertad decide su búsqueda, lo que puede conducir a romances que hieren la sensibilidad de quien las ama o supone amarlas. Esa es la fortaleza de la mujer-tigre, que devora lo que hay a su paso. En uno de sus cuentos, es evidente este tipo de desconcierto en la pareja: Esperé a que durmieras para llamarle al erotómano y pedirle que viniera a hacer visita. Estuve a punto de proponer un trío, pero eso habría sido peor que apuñalarte…Me levanté buscándote. El bungaló, con los trastes limpios, se había quedado solo. O bien, qué decir de este fragmento en el cuento que da título al libro, donde se muestra la independencia de una mujer que escribe a su pareja, Leonard: No te pido perdón, aunque entenderás que me apena mucho no poder envejecer acariciando tus arrugas o lanzando monedas a fuentes mágicas…Debía marcharme.

         Para aquellos prejuiciosos que pudieran esgrimir alguna crítica en contra de lo banal que puede resultar el tema de las relaciones amorosas, es necesario aclarar que la mirada de Sandoval en ningún momento se conforma con ello. Va más allá, estableciendo a través de los cuentos la terrible relación entre la violencia ejercida hacia la mujer y la violencia ejercida sobre los derechos humanos y sobre la sociedad. La propuesta literaria, en todo momento, aboga por el derecho a la libertad, tanto física como de pensamiento. Así, encontramos la cruenta historia donde Leonora Carrington escapa de los nazis a través de sus alucinaciones, en un exilio que guarda sorpresas oscuras. También podemos leer en Desnuda en un jardín de flores violentas, el trágico destino al que puede conducir el activismo en un mundo bestial.

         En un par de historias magistrales, por su parte, la narradora y poeta consigue hacernos cimbrar, establecer conciencia e identificación, al describir con crudeza el terror desatado en Cuernavaca y sus alrededores, una vez iniciada la guerra entre los cárteles, la furia del narcotráfico en sus antes pacíficas calles. La policía no parece dar respuesta, y una vendedora se muestra aterrada ante la llegada del nuevo teniente al presentir de lo que es capaz un hombre cuando ha probado las mieles de la corrupción y el poder. El temor de la mujer llega a tal punto que decide orar: Santa Muerte bendita, que lo maten en una balacera de por acá. En Pamela y los abrazos, una pequeña es víctima de la justificada paranoia en una ciudad que sabe que esa noche habrá un ajuste de cuentas entre bandas delictivas, un festín de sangre. El temor de las familias se desata como un virus: Le pregunto si es cierto que ya están matando a mucha gente en la calle. Me dice que no, que son mentiras. Me abraza muy fuerte, como mi papá, pero siento su corazón latir muy rápido. La realidad noquea, avergüenza por su implacable naturalidad; y a pesar de ello hay una esperanza cifrada en el papalote de un niño, un papalote que se extiende sobre el cielo. Como comenta nuestra querida Dolores Castro en el epílogo de esta obra, se trata de: Cuentos que encierran globalmente dramas del mundo actual: la violencia, la vigilia, el sueño y la ensoñación.

         En mi opinión -más allá de la certeza de que cada uno de los cuentos es disfrutable-, una de las grandes virtudes de Alma Karla es adentrarse desde su narrativa en episodios históricos del estado de Morelos, de donde bebe para regalarnos cuentos de gran manufactura. Así, historias como De barro suave y de calandrias, donde se hace presente la locura de Carlota en el Jardín Borda, y Las rosas que miran la lluvia, donde entreteje una historia de romance y odio entre la Coronela y la señora King, en pleno auge de la Revolución Mexicana, muestran una crónica literaria pero encarnada, de aquellos años.

         El convite de los cuentos es infinito en este libro. La voz de Alma Karla Sandoval, en Todos los mares llevan a Virginia es una voz limpia; que a través de la transparencia reivindica los derechos de las mujeres y de los seres humanos. Así, en el universo de sus múltiples cuentos, una mirada crítica y femenina se atreve a confrontar al mundo. No es esa estática rebeldía de Emily Dickinson, encerrada en su habitación para escribir poemas; es la vorágine, la tormenta desatada por una mujer en fuego que asoma, más allá de una imagen frágil y sutil, por encima de los dogmas y la censura. En este libro, Sandoval recuerda la importancia de cantar a pulmón abierto sobre las heridas, nos advierte de no ignorar el gran anhelo de la vida. Como diría Simone de Beauvoir al respecto: Para (la mujer), existir significa remodelar la existencia. Vivir es la voluntad de vivir. Esa voluntad es evidente en la luminosidad de los cuentos de Todos los mares llevan a Virginia.

 

Ulises Paniagua

01 de Agosto del 2014
 
 
 
 
 

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