Mis poemas en España

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jueves, 4 de junio de 2015

"Barrio viejo", Cuento de Ulises Paniagua


Barrio viejo
Ulises Paniagua

El día que la mierda tenga algún valor,
los pobres nacerán sin culo

Gabriel García Márquez


A Dylan no le gusta hablar de eso. Le duele, por lo que pasó al final, por la manera como terminaron las cosas. Aunque en el fondo le gusta la imagen de héroe, eso de volverse personaje importante en Barrio Viejo.
Hoy basta mirarlo sentado en la banqueta, recorriendo con una rama rutas imaginarias sobre el asfalto. Parece un niño abandonado. Se ve tan solo que nadie se atreve a pensar que lo que hace tiene algo de pose, una afectación admirada por los chavos de las nuevas generaciones. Ya sabes, esa idea del mártir que nos han inculcado. Por eso decidió dejarse crecer la barba y el cabello, al estilo de los guerrilleros o de los apóstoles.
            Antes era fuerte y guapo, eso podíamos verlo incluso los hombres. Tenía la piel apiñonada y un cuerpo fuerte y elástico que perseguían las chicas. A ti te hubiera gustado si lo hubieras conocido entonces, y hasta me hubieras hechos sentir celos por estar lanzando miradas a mi hermano cada vez que yo tuviera que ir a la cocina para traerte una cerveza. Estoy seguro que sería así. Y entonces yo tendría que recordarte que tú me pediste que fuéramos novios, y no al revés, para que dejaras de babear ante su presencia. A mí me enorgullecía porque era popular y querido. Y cuando las muchachas enamoradas de él me encontraban en la calle me hacían fiestas y me llenaban de besos en las mejillas. Claro, yo entonces tenía cinco o seis años; era tímido. Güerito, igual que él, decían ellas. Les fascinaba lo colorado de mis chapas cuando me avergonzaba, y mis aires huraños para fingir una fuga entre sus caras coquetas.
            Mi mamá siempre lo ha preferido. Supongo que eso se debe a que el parto que lo trajo al mundo –me lo ha dicho la abuela- fue delicado. Traía el cordón umbilical enredado en la garganta, y todos aseguraban que iba a morir. Dylan resistió no sólo el alumbramiento, sino también un par de semanas difíciles cuando lo metieron a la incubadora de la clínica popular, para tenerlo en observación.
            Mamá dice que él se iba a llamar Moisés; no yo. Les había parecido que se había librado de milagro de la muerte; como cuando el profeta en la Biblia salva la vida navegando un río dentro de una canasta. Sin embargo, vino mi padre y su onda americanizada y decidieron ponerle Dylan, porque tiene los ojos verdes. Como no querían quedarse con la esperanza de usar el significado de Moisés en alguna ocasión, me pusieron así en homenaje a mí hermano. Por cierto que a mi padre le gustaba tanto lo americano que un día nos abandonó para regresar a su trabajo en el norte. No lo volvimos a ver.
Me he reído muchas veces de su nombre gabacho. Es que Dylan no sabe inglés; ni una pizca. Yo se lo recuerdo cuando se pone grosero conmigo. Él podrá ser quien ha sido, pero no sabe inglés. Cuando se lo digo desata su rabia: comienza a manotear al aire gritando que no tengo derecho a criticarlo, yo, quien ha usurpado hasta su nombre. Enojado dice cosas terribles. Con las tías y la abuela se ha expresado de peor manera. No sabe controlarse. No lo culpo: la desesperación le hace darse cuenta de que la anemia que arrastro no me impide saltar de aquí para allá cuando juego béisbol con los del barrio: el Chino, la Mary, el Hueso. Él no puede hacerlo. A veces no puedo soportar sus miradas rencorosas. Sé que Dylan quisiera correr y reír como antes.


II

La Santísima me trajo al mundo, carnal. Ella misma me quitó las piernas. También me arrebató el ímpetu de levantar este arrabal. Dicen que ha sido porque el día que me salvé de que me acuchillaran los de San Lorenzo, por andarme tirando a la hija de un judicial, no le fui a dar las gracias a la imagen de la patrona. Preferí irme al billar con la banda para ganarme unos billetes. Yo no entiendo cómo puede ser eso, si los castigos divinos pueden ser tan malditos y esperar tantos años para concretarse. La neta es que sí me lo advirtieron.
Cuando me escapé de los de San Lorenzo tenía quince o dieciséis años, no me acuerdo bien. Era apenas un poco más grande que tú, pero ya estaba bastante maleado. En esos años sólo pensaba en la calle; en vivírmela de vago sin apoquinarle a la casa. Las viejas me jalaban mucho y la verdad, las tías me daban güeva con tanto sermón y consejos sobre las buenas costumbres y esas mamadas. Era irresponsable, pero vivía feliz ignorando tantas broncas que ya se nos venían encima.
El que me metió a la lucha fue Ayala, ese que estaba estudiando ciencias políticas en la facultad del sur. Me explicó que no quedaba mucha agua en la ciudad, que se la habían terminado los empresarios con esa mierda de la especulación inmobiliaria,  que éramos muchos los pobres y que ya no le interesábamos al gobierno porque no representábamos dinero para ellos. Me explicó lo que él llamaba conciencia. Me puso a pensar. Yo, la verdad, no le creí al principio. Él hablaba de deshielos en los polos, y que si se iba a acabar no sé que capa del cielo; que la cosa se estaba poniendo fea; y que los ricos se iban a adueñar hasta de la última gota que se conservara en los manantiales y en los pozos. Me acuerdo que el día que me platicó todo esto le grité; le dije que se dejara de pendejadas, que leer tantos comics -que le gustaban mucho- le estaba haciendo daño; le reproché que esa película ya la habían pasado muchas veces en el cine y que siempre acababa en tragedia y desmadre. Pero un poco después, un año o dos -no estoy seguro- el agua empezó a fallar en Barrio Viejo durante días, luego por semanas. Entonces me di cuenta de que Ayala tenía razón, pero no alcancé a confesárselo. Nunca lo volví a ver. Por ahí se rumora que los milicos lo raptaron por revoltoso. Alguien asegura que vio su cuerpo en un tiradero de basura, allá por los rumbos del Cayado o de Cerro Quieto. Quién sabe si será cierto.


III
           
Dylan me platicó cómo se le ocurrió todo. Él no sabe de libros, pero estaba seguro que era mejor actuar que tratar de componer el mundo a través de discusiones estúpidas en cafés universitarios. A balazos, carnal, me dijo en una ocasión, los cambios se hacen con plomo. Luego anduvo rondando unas reuniones de anarquistas que hablaban mucho sobre un tal Lipovesky, sobre democracia y la idea de imponer sistemas que a Dylan le parecieron inútiles por su pasividad.
            -Lo único que le interesa a estos compas es imponer sus ideas sobre los demás; darse a notar. En el fondo tienen madera de dictadores.
            A mi hermano no le interesaba la grilla; lo que quería era rescatar a nuestra madre y al barrio de la crisis que se avecinaba. Me pidió que le buscara en internet datos sobre las rutas de abastecimiento en la ciudad. Yo buscaba la información y le mostraba lo que encontraba. Así fui integrándome poco a poco a sus planes.
            Fue curioso: en los noticieros la información sobre la situación del agua era discreta, pero en las calles notamos mucho movimiento indicando que el ejército quería controlar los centros de abastecimiento. Era evidente que el problema se avecinaba. Dylan pensó rápido y pensó bien. Consiguió -sobornando a un coronel amante de una masajista de la calle cuatro- entrar a trabajar a la planta. El plan de rescatar a Barrio Viejo estaba en marcha.


IV

El Rodo y yo comenzamos a trabajar a principios de febrero. Después de dos quincenas en la planta habíamos ganado la confianza y el respeto de los compañeros. Sobre todo gracias al Rodo, que tenía la sangre ligera y facilidad para adaptarse a la gente. Yo, en cambio, soy huraño; pero pienso que me admiraban en silencio porque no me metía con nadie, y porque soy bueno para rifarme en los tiros. La chamba estaba papita. Nos mandaban con las pipas de agua a edificios de gobierno, para llenar cisternas enormes. También hacíamos viajes a residencias lujosas que habían levantado tanques elevados para que no les faltara el líquido. Uno de los jefes nos exigió mucha discreción en nuestro trabajo; sobre todo nos pidió que no mencionáramos nombres ni direcciones por ningún motivo porque a los que les surtíamos el agua eran empresarios reconocidos, o diputados; o tipos pesados que no querían problemas. Puros picudos. Cuidadito con soltar algo, nos amenazaron.
Los tres primeros meses surtimos las casas y los edificios que nos asignaron, para no levantar sospechas. Pero al cuarto mes, una vez que le agarramos el modo, comenzamos a saquear las pipas. Fue cuando estábamos pensando en robarnos uno de los camiones de la empresa, ¿te acuerdas, Moisés? Y a tí se te ocurrió una forma más inteligente de sabotear la planta. Entonces Don Samuel, el de la tienda de abarrotes, se puso bello y prestó sus ahorros como de diez años para comprar una pipa vieja. Lo hizo por la comunidad, pensando en el futuro de sus chavos, y bien aconsejado por ti.  La neta tu idea no pudo ser mejor. Eres un chingón.


V

A Dylan le gustó lo que propuse. La planta está ubicada en el norte. Para llegar a las residencias de El Manjar hay que pasar cerca de Barrio Viejo. Entonces mi hermano y el Rodo estacionaban la pipa en la gasolinera de la calle ocho; así, la operación no llevaba más de cinco minutos. Cuando llegaban conduciendo la pipa de la empresa, el armatoste que donó Don Samuel estaba esperando justo a su lado, para que vaciaran, con apuro, la tercera parte de su contenido. Los camiones de la empresa, desde luego, tenían unidad de localización satelital; pero de cualquier forma había que abastecerlos de gasolina dos veces al día. En la planta no sospechaban. A los despachadores de la gasolinera les regalábamos uno o dos tambos, para comprar su lealtad.
La pipa de Barrio Viejo daba sus vueltas periódicas a la calle ocho. En el barrio la veíamos regresar, triunfante -cruzando entre paredes cacarizas, entre los tonos verdes y grises de las fachadas- para repartir el agua a la gente. Por supuesto,  no se podía cobrar por la labor que se hacía. Se trata de un asunto de verdadera comunidad.
Allí fue donde me encontraste ¿Te acuerdas, Yanaí? Trepado sobre la pipa, repartiendo cubetas a viejitas y niños; ordenando a los pordioseros que buscaban un trago para calmar la sed. Entonces te ví, una mulatita hermosa. Salías de casa de tus primas.  Usabas unos jeans ajustados y una ombliguera blanca, muy sexy. Primero pensé que eras una de esas que se acuestan con cualquier viejo que les regale comida. Luego me enteré de que casi no sales de tu casa, que estudias mucho porque le tienes asco a la pobreza. Y me avergoncé mucho por lo que pensé la primera vez acerca de ti.



VI

            Pásame esa botella. Ya sé que me hace daño, que me pongo mal cuando tomo. Carajo, sólo quiero olvidar. Eso quiero. No te vayas, sé que eres chido y soportas mis pláticas necias porque me quieres. ¿Tienes prisa? ¿Vas a ver a Yanaí? Ten cuidado. Ya ves cómo son de pirujonas las de su cuadra. ¿Te platiqué que una vez me tiré a una de sus  primas? Se movía rico. Está bien, si dices que tu mulata es diferente, así debe ser. No opino. No de eso. Déjame contarte al menos, otra vez, cómo me desgració la vida ese guey. Sé que lo he contado muchas veces, pero no me cierra la herida, la del corazón, quiero decir ¿Puedo?
Ya estás, entonces va de nuevo:
Pasaba de la una de la madrugada, nos habían encomendado llevar una pipa hasta la mansión de un dealer. Estábamos marcados por culpa de un administrador al que no le cuadraban los números. El hijo de puta nos denunció; como si el agua fuera suya. Estuvimos en la cuerda un rato, pero la neta es que no nos pasó por la cabeza el que nos anduvieran vigilando.  Ejecutábamos la maniobra de siempre en la gasolinera cuando vimos venir a dos gorilas. Liqué la acción y comprendí que se le iban encima al Rodo, que quería ligar con la despachadora. Supe que no iban a llevárselo vivo, se les veía en las jetas. Por la Santísima, lo juro -tú lo sabes porque te cuento cada cosa-, nunca antes había jalado del gatillo, por lo menos no para tumbar a un cabrón. Pero vi que peligraba el Rodo y me dije valió madres; y saqué de la guantera la fusca que me regaló un compa que estuvo en cana.
Nada más me vieron los polis, quisieron sacar los fogones. No tuvieron chance: de cuatro descargas los tenía tumbados en el piso; uno jodido y el otro llorando, suplicando que no lo matara. Le puse la cuarenta y cinco en la cabeza y le dije que no se pasara de huevos, que para qué nos andaba siguiendo. Entonces se dejaron venir dos patrullas que seguro les andaban haciendo el quite. El Rodo se fue sobre el arma del muerto, pero a la mera hora se arrugó, y dijo que mejor le paráramos, que nos iban a quebrar. Pinche puto, el Rodo. Pensé en mamá, y en ti, que eras un niño. Miré en mis pensamientos las caras tristes de los vecinos y de las nenas del barrio. Te juro que hasta me parecía ver los portones oxidados, y el mecanismo ese de madera que inventaron para acarrear los tambos de agua a las azoteas. Y juré que ustedes no iban a morir de sed.
Me olvidé del tipo que lloraba sobre el asfalto. No lo troné. Salí como fiera a soltar balas, a recibir tiros. Traía la suerte de mi lado: eran tres polis más, y ninguno tenía buena puntería. Creo que eran principiantes. Me fui acercando a ellos, mientras veía como los plomazos incendiaban la noche. La despachadora no dejaba de gritar que no se quería morir. Los cristales tronaban. Cada estallido de pólvora me encendía la sangre. A los tres policos les partí la madre. No hubo perdón para ellos. Al final, cuando los vi tirados, revolcándose entre espumajos de sangre, tuve la calma de prender un cigarrito. Ya sé que no es humano, pero les traía odio. Luego vino el Rodo corriendo. Escuchamos otras patrullas. Apagué el cigarro y eché una llamada acá, a la raza de Barrio Viejo, para que estuvieran al tiro cuando llegáramos. El Rodo se trepó a la pipa y la echó de reversa. Yo venía caminando cuando oí el estampido. Ya en el estribo sentí un dolor caliente que me llenó la espalda. Era una sensación rara, como si me hubieran partido. Y pues sí, carnal, me habían partido la columna de un balazo. Como pude, me arrastré hasta el asiento.
Esa fue la única ocasión en que Barrio Viejo mostró porque somos los que somos. El Rodo llevó la pipa al interior de nuestras calles. Salió un buen de banda a las aceras, a las azoteas. Todos armados con escopetas y plomos, para rifarse a lo que fuera. Los policos se asustaron. Nada más fintaban con lanzarse sobre nosotros, pero no se atrevieron. Nadie abrió fuego.
Prefirieron perder la pipa. Todos estuvieron conformes con eso: los polis y los del barrio. Yo no, porque no pude moverme para ayudar. Ni esa noche ni ninguna otra he podido moverme. Quedé hecho un vegetal, un pinche muñeco del que las mujeres sienten lástima. Estoy condenado a esta silla de ruedas, a ver cómo los niños juegan cascaritas y me miran con la compasión con la que se mira a un perro.


VII

Eso me contó Dylan. Después me hizo jurar que yo defendería a Barrio Viejo, que usaría mi inteligencia para salvarnos. Tú tienes cabeza, me dijo, abrazándome, eres un chingón para eso de los planes. Es la única vez que me ha dado un abrazo. Aunque no le hice mucho caso porque sé que estaba mal, que andaba muy borracho.
 ¿Verdad que aunque sea guapo no me cambiarías por él? ¿Verdad que me quieres mucho, aunque no sea alto ni musculoso?
Pienso en lo que me pidió mi hermano. Estoy en tercero de secundaria y tengo claro que voy a terminar la carrera de abogado dentro de unos años. Con mi promedio puedo conseguir una beca. Pero tengo dudas. Para qué sirve una carrera si nos vamos a morir de sed. Para quién voy a ejercer, a quién voy a rescatar de la cárcel. Mi madre se ve cansada. Los niños de la cuadra se muestran deshidratados. Estuve meditando durante noches enteras. Por eso me cargo estas ojeras, preciosa, mi Yanaí.
Temo por la vida de los que quiero. Hace poco mataron a unos compas, aquí cerca. Eran gente buena, con la pinta suficiente para robar pero jamás para herir a un cristiano. Tuvieron problemas con un judicial. Se habla de algunos kilos de coca que quedaron a deber. Por la noche, mientras dormían, los llenaron de plomo. Estaban tan drogados que no se enteraron de su muerte. Desde entonces las cosas han cambiado, se han vuelto salvajes. La policía arma investigaciones sobre cualquiera que pueda dar problemas, que les parezca sospechoso de un delito, verdadero o inventado.
No sé qué intentarán cuando se enteren de que hemos vuelto a surtir nuestras pipas de agua, con nuevos métodos. Te cuento esto porque me lo pides, y porque te quiero. Será un orgullo demostrar a todos que puedo ser tan grande como Dylan; tal vez no tan guapo ni tan intrépido, pero sí inteligente y efectivo. Quiero que me admiren tanto como lo han hecho con él. No sé si me mueven las ganas de salvar a mi gente, o justificaciones idiotas de un ego atormentado. A veces pienso que no debería meterme en problemas. Pero Barrio Viejo me necesita. Y la sed de nuestra gente no va a esperar tanto tiempo. En sueños recientes mi madre me acaricia el cabello con dulzura, como cuando era pequeño, mientras Dylan me mira desde el fondo de la habitación. No sé qué signifique ese sueño. La verdad, no quiero pensar más. Ya sabes que no me gusta hablar de eso.



De: "Entre el día y la noche"
Derechos reservados al autor.


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